Indulto

El libro infantil ‘El cuento de Ferdinando’ fue prohibido en la España franquista y en la Alemania nazi, ya que era considerado un texto antibelicista/pacifista que iba en contra del espíritu militar de la época; a lo que en nuestro país se sumaba la consideración de alegato contra la fiesta nacional: los toros. También se encontró con la censura en Estados Unidos, acusado de corromper a la juventud.

La recién estrenada película de animación ‘Ferdinand’ está basada en este cuento, de gran éxito (pese a todo), escrito por el norteamericano Munro Leaf y publicado en 1936. Y que fue llevado por primera vez en 1938 a la pantalla por Walt Disney, en forma de cortometraje, premiado con un Óscar.

La pasada tarde fui al cine con mi primo pequeño a ver el largometraje. Esperaba un mensaje maniqueísta en el que los humanos taurinos fuesen pintados como bestias despiadadas y los animales, como bellísimas personas. Y, sí, por un lado me encontré con una historia que resulta maniquea a ojos de los niños, quienes solo captan bien una de las dos lecturas que suele ofrecer esta clase de película de animación: la superficial.

El niño se quedará con la historia de un toro pacifista que se niega a pelear, y que solo quiere oler flores y disfrutar la vida con sus parlantes y sensibles amigos animales. Pero el destino es inexorable y el toro es llevado contra su voluntad a pelear a la plaza por los crueles humanos -quienes ya habían asesinado a su padre-. Allí se enfrenta a un señor arrogante vestido de dorado, que va acompañado por una cuadrilla de picadores y banderilleros con sus respectivas armas afiladas: o sea, un acoso y derribo, al pobre animal asustado, ante la muchedumbre humana que ha venido a disfrutar con su muerte y de su sangre. Pero el toro, por su buen comportamiento en el albero, es indultado y se salva. Y comieron perdices.

Mi primito, de cinco años, al resumirle la película a su madre, expresó una conclusión: “los toreros son unos asesinos”. Subliminal.

Pero la película tiene una segunda lectura, más profunda, que se compone de matices. Unos matices que amortiguan el maniqueísmo, y que destiñen lo negro a un gris oscuro y tiñen lo blanco de un gris claro. Aquí van los dos más notables:

1. El indulto es pedido por los aficionados taurinos presentes en la plaza, y concedido por el director de la misma. O sea, que los mismos que van supuestamente a disfrutar de la muerte del toro son los que acaban por salvar su vida. 

2. Ferdinand, el toro protagonista, es la excepción: el resto de astados que asoman en la película son bravos y ansían la llegada del día de la pelea contra el hombre (para ganarle): es su objetivo en la vida. He aquí la condición del toro de lidia.

***

Nadie ha hecho más por la causa animalista que Walt Disney, que humanizó (antropomorfizó) a los animales: les dotó de sentimientos humanos y les puso a hablar en la gran pantalla. Recientemente, en España, se aprobó una proposición de ley en el Congreso de los Diputados para considerar a los animales como seres vivos, y no como cosas.

Bien, los animales ni son cosas, ni son seres humanos: son animales. 

 

 

 

 

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Machísmo

El Granada es un equipo machísta (que no machista). O sea, no se confundan, que su machísmo no es una “actitud de prepotencia de los varones frente a las mujeres” (RAE), nada más lejos; sino una dependencia de Darwin Machís.

Sí, el Granada a día de hoy sufre (o goza, según se mire) de machísdependencia, aceptémoslo. Y es que, sin el jugador venezolano en el césped el equipo apenas genera peligro ofensivo. En los tres partidos ligueros que no ha disputado Machís (el último frente al Reus el pasado sábado), se ha demostrado que el Granada de Oltra -sin él- es como un buen cuchillo sin afilar; con un mango firme, elegante y bien tallado, y una hoja fabricada con un metal de calidad, pero que ni corta, ni pincha: solo sirve para untar mantequilla o sobrasada. Acuérdense por ejemplo del partido contra el Sevilla Atlético en casa: tampoco estuvo presente el extremo venezolano.

El jugador suramericano ha participado en las ocho victorias del Granada. En los tres partidos que no ha disputado, por sanción o lesión, el equipo ha empatado en dos ocasiones y perdido en una. Además, siempre que este ha marcado, el Granada ha obtenido los tres puntos: Córdoba (2 goles), Hoya Lorca (3), Huesca (1) y Almería (1).

Cuando Machís está en el campo, el equipo le busca continuamente para que sea él quien desborde por la banda izquierda y genere la ocasión de gol. Cada vez que el ‘once’ tiene el balón se intuye el peligro para el rival. Y hace bien el contrario en alarmarse cuando el extremo conduce la bola en sus pies: Machís es el segundo máximo goleador del equipo (7), y solo le supera Joselu, que lleva ocho tantos en su haber. Además, ha dado hasta la fecha cinco asistencias de gol, el que más del Granada y el cuarto de la Liga 1|2|3 (lo cual invalida las acusaciones de individualista o chupón: y es que como todo crack que se precie, gusta de hacer alguna filigrana innecesaria).

El extremo zurdo hace mejor al equipo. El rendimiento ofensivo del Granada no solo mejora por Machís, sino que lo hace con Machís: es decir, que este con su sola presencia en el campo aumenta la efectividad del rendimiento en ataque de sus compañeros: probablemente más confiados y atrevidos. Especialmente Joselu funciona de maravilla cuando el tucupiteño está en el once.

Pero, al igual que el otro extremo, Pedro Sánchez (seis goles y tres asistencias), Darwin Machís (que ha marcado sus ocho goles en Los Cármenes) muestra un rendimiento muy desigual en casa y fuera. En muchos de los encuentros como visitantes se ha visto mermada notablemente la capacidad de ambos jugadores: esto en buena medida ha sido el motivo por el que el equipo solo ha obtenido dos victorias fuera (Alcorcón y Soria).

Pese a este último apunte, no cabe duda de que Machís es la única pieza irreemplazable en el puzle de Oltra. No nos queda otra, a los granadinistas, que ser machístas.

 

 

 

¡Selu, fascista!

Me siento triste e indignado: a todos los carnavaleros de verdad se nos ha caído un mito.

Sepan ustedes que el Selu y su chirigota han actuado en el acto de cierre de campaña, a las elecciones catalanas, del partido político fascista Ciudadanos. Algo que no tiene defensa ninguna, por más que el autor justifique que lo hacen por motivos económicos (y no de afinidad ideológica) y recurra por Twitter a rastreros argumentos emocionales como que el componente de su agrupación Jose Mari le hace falta el dinerito para los reyes de su niña. O que también cantaron en su momento para Nuestro Partido, el único que defiende la democracia, Podemos. No hay justificación posible, Selu, no te lo perdonaremos jamás.

El carnaval de Cádiz siempre ha sido patrimonio de la izquierda, y es una alta traición que un carnavalero reconocido se venda a la extrema derecha. ¿Qué buen demócrata en su sano juicio no preferiría dejar a sus niños sin regalos de reyes antes que ponerle el culo a la oligarquía tirana del Ibex35 y del artículo 155? La coherencia debe estar por encima de todo, incluso hasta del pan de tus hijos. Si hay que pasar hambre, se pasa.

Y, es que, es una verdadera incoherencia que un supuesto defensor de la libertad de expresión como José Luis García Cossío (José Luis García Vendío, desde ahora) colabore en la recogida de votos con un partido tan reaccionario que defiende la muerte digna, el aborto regulado, la supresión de los privilegios carlistas, el matrimonio homosexual, la regulación de la prostitución o la legalización de la marihuana entre otros planteamientos propios del siglo XIX. Un partido heredero del franquismo (movimiento que silenció la voz del carnaval durante 40 años), cuyo líder Albert Rivera, un reconocido consumidor de cocaína, casi comparte apellido con el fundador del movimiento falangista José Antonio Primo de Rivera. Y cuya lideresa catalana, esa “mala puta” (Albà dixit) de Inés Arrimadas ¡es jerezana! ¿Desde cuándo uno de “Cadi Cadi” apoyando a alguien de Jerez?

Desde aquí, compañeras y compañeros, ciudadanas y ciudadanos de Cádiz, propongo un boicot a la chirigota del Selu. No comprad entradas para el día que actúe en el Concurso o fuera de él, abucheadles y escracheadles cada vez que los veáis por la calle. Decir NO al Selu es decir NO al fascismo, y, por tanto, decir SÍ a la democracia y a la libertad de expresión.

Firmado: un votante de Ciudadanos, hijo de una jerezana.

 

Con cariño y malafollá

No elegí mi nombre, tampoco mi equipo; otros decidieron por mí: y digo yo que al menos podrían haber tenido la deferencia de consultarme. Mi abuelo se llamaba Manolo, mi padre se llama Manolo y yo me llamo Manolo; mi abuelo era del Granada, mi padre es del Granada… y a mí no me quedó otra. No era quién para romper la cadena familiar. Tampoco mi hijo la romperá, aunque estoy pensando seriamente en ponerle un nombre moderno: Jonatán de Messi o Cristiano Ronaldo de Jesús, o algo por el estilo.

El mayor hito granadinista familiar lo fechó mi abuelo, concretamente el 21 de junio de 1959, cuando presenció en las gradas del Bernabéu la final de la Copa del Generalísimo, cara al sol y con la camisa nueva, entre el Granada Club de Fútbol y el Fútbol Club Barcelona. Fue un día histórico para el Granada: perdimos cuatro a uno.

El otro gran hito del granadinismo familiar lo viví yo, bueno, mi bufanda (que tiene su historia que luego contaré). El caso es que mi bufanda estuvo presente en el Estadio Martínez Valero de Elche cuando ascendimos a Primera, en 2011, treintaicinco años después. (¡Oh, Ighalo!) No pude conseguir una entrada, así que a las siete de la mañana del día del partido me colé en la fila de autobuses que partían desde Los Cármenes hasta Elche, y allí, sutilmente, tras saludar a mi amigo Jesús, un afortunado con entrada, le abrí un poco la cremallera de la mochila y se la introduje, la bufanda. Al rato, con Jesús en el bus, le mandé un sms letal que decía: “Mi bufanda va en los bajos del autobús dentro de tu mochila: no la toques hasta llegar a Elche. Que entre en el estadio y que ascienda. ¿Entendido?”. No le quedó otra, sabía con quién jugaba: estaba ante el clan familiar de los Manolos.

Hoy, miro mi bufanda, con un bonito grabado que representa una cenefa nazarí, colgada en la pared de mi cuarto y me subo a la cama y acerco mi nariz hasta que aspiro su olor, aún huele a ascenso y a palmera. Y un poco a mierdecilla acumulada, pero es que no quiero lavarla, no vaya a ser que pierda sus atributos totémicos.

Mi padre tuvo la fortuna de coincidirle la infancia consciente, cuando más intensamente se vive el fútbol y todo, con el Gran Granada, el de las ocho temporadas seguidas en Primera, el que quedó dos veces sexto en la clasificación, el que tuvo un pichichi llamado Porta, mañico, el de los oriundos en la defensa de hierro: Aguirre Suárez (que yo siempre pensé que eran dos), Montero Castillo y Fernández. ¡Échense a temblar! Estos oriundos eran suramericanos a los que por su supuesta ascendencia española les estaba permitido jugar la Liga. Llegaban a la madre patria con ganas de partir más de un tobillo y alguna ceja de españolito tibio o de estrellita europea. Que se lo pregunten a Amancio.

Por aquel entonces, en la niñez de mi padre, el Granada jugaba aún en el (antiguo) campo de Los Cármenes, hoy día una gran plaza rodeada de modernos edificios. Este estadio, tenía de mítico su colindancia con la cárcel: cuentan que los presos trepaban las rejas del patio para ver los goles de Porta y las paradas de Ñito. Aunque sospecho que esta historia está aderezada por mi padre. En fin, un estadio de hombres: en pie, con chaqueta gris, con cigarro y con sombrero. El sueño de mi padre con el Granada se rompió en el año ’76 con el “mítico”, el “gran” Miguel Muñoz, ex del Real Madrid y de la Selección, en el banquillo: nos fuimos a Segunda, y ya no volvimos a la élite hasta 2011.

Hasta aquí los vagos recuerdos prestados por Manolo y por Manolo; ahora déjenme que tire de memoria propia, la de Manolo, para narrarles mi relación sentimental con el Granada.

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Antología de la mentira (en construcción)

Poema* 1: Los hechos 

Bajo el subtítulo se leía: 

“Era un matrimonio de mediana edad. Ella era ama de casa y soñadora. Él era médico. Era la hora de comer, y estaban en la sala de estar junto a la chimenea.” 

Ese fue el relato que ofrecieron los diarios. 

Él no es médico, sino un celador jubilado. No es de mediana edad, tiene 68 años. No era la hora de comer, era medianoche. No estaba en la sala de estar, sino en la terraza: por lo que tampoco había chimenea.  

Ella no existe.  

Está soltero. 

Vive solo. 

 

Poema 2: Mátrix mediático 

Le pidieron que escribiese un relato distópico. Mas no le hizo falta recurrir a su imaginación. Le bastó con sacar de su mochila el diario del día y empezar a pasar las páginas ante los presentes: 

Referéndum ilegal: Editorial contundente: con sus mossos, su Fiscalía, sus patriotas, sus rufianes, sus anarquistas y su olé que viva la Guardia Civil. 

Elecciones alemanas. 

Caminata del presidente por Washington. 

Victoria del Real Madrid y derrota del Atleti. 

Boda del torero con la farandulera. 

Televisión y 

tiempo soleado. 

El escribiente cerró el periódico y preguntó al auditorio: ¿Ven ustedes suicidios por alguna parte? Pues yo, tampoco. 

 

(*) Estos escritos no son poemas, pero puestos a mentir. 

Cádiz es Pamplona (comentario de ‘7 de Julio’, de Chapu Apaolaza)

El libro ‘7 de julio’ llegó a mis manos de manera azarosa, diría que mágica. Como buen humano débil, tengo mis vicios y mis compulsiones: el mío es caro pero instructivo, se trata de comprar libros por Amazon, por impulso, sin pensarlo: reconozco sentir placer al clicar y añadir al carrito, y luego cuando llega a casa y rompo el cartón y tomo en mis manos el nuevo libro y huelo sus páginas… El caso es, que el día del chupinazo de 2017 sentí una atracción repentina y fugaz por una fiesta que me era totalmente desconocida y ajena, necesitaba saber algo de ella. Me vino el libro de Chapu a la mente, ya que sabía de su existencia por ser seguidor del buen hacer de la editorial Libros del K.O.; tenía también ‘Fiesta’ rondándome la cabeza. ¿Cuál de los dos comprar y leer? “‘7 de Julio’, está claro”. “No, mejor ‘Fiesta'”. “Bueno, mejor los dos”. Clic, clic.

Así, la noche del lunes 10 estaba sentado en mi butaca de leer con ‘7 de julio’ en las manos, sin saber qué me iba a deparar. (Pensé en leer primero, a modo de telonero a Chapu, para luego pasar a Hemingway… Ahora tengo cierto miedo de comenzar ‘Fiesta’, no vaya a ser que eche por tierra todo lo que Chapu ha despertado en mí).

Puedo afirmar y afirmo que el libro de Chapu me ha inoculado el veneno de San Fermín. Esa noche de lunes me acosté tarde leyendo, el libro me atrapó y perdí la noción del tiempo. Pero no me importó, puse el despertador del móvil a las 7 y 45, media hora antes de lo habitual: necesitaba corroborar por la tele y en directo lo que había leído en el libro. Normalmente pongo tres alarmas en el móvil, con tres minutos de diferencia cada una, para así despertar de manera más suave con la última. La mañana del martes 11 me incorporé en la cama como un resorte, a la primera, impulsado por una energía, por un motivo potente y desconocido. ¿Cuál era?, pensé en esos cuatro o cinco segundos de ubicación que uno necesita al despertar. “Hostia, el encierro”. Corriendo al sofá y La 1 puesta.

Era verdad, no me mintió. En la tele me encontré, corroboré, lo que Chapu me había narrado la noche anterior. El rezo de menos 3, el canto que desde 2009 también se hace en euskera, el pequeño santo moreno, el rezo de menos 1, los pocos valientes en la cuesta de Santo Domingo, las caras de tensión de los corredores más conscientes, los estiramientos, el cohete, los cencerros. El encierro.

Los momentos previos a la salida de los toros sentí cierta ansiedad, angustia, un hormigueo en los dedos de las manos, dificutad para tragar saliva y un estrechamiento del esófago. Lo mismo que había sentido de noche con el relato de Chapu, un superdotado en la capacidad de transmisión de sentimientos, un transcriptor de la vida. El encierro fue rápido, 2 minutos y diez segundos, y apenas pude fijarme en las carreras de los mozos ante las astas, ya que mi atención se centraba en la supervivencia de estos. En la repetición multicámara de TVE, ya sí pude disfrutar.

Antes mencioné la inoculación del veneno sanferminero, y prueba de ello es que esa mismo martes a la hora de comer, muy serio yo, frente a mi abuela en la mesa, le dije con voz de quien decide ir voluntario a la guerra: “Abuela, el año que viene me voy a correr los sanfermines”. Esa tarde-noche, tapeando con un amigo le solté: “Quillo, el verano próximo nos vamos pa’ Pamplona a correr, con dos huevos”. ¿Qué mejor prueba de que la llama había prendido en mí, de que por culpa de Chapu me había envenenado en una sola noche de lectura?

El miércoles, el jueves y el viernes repetí ese rito recién creado. Alarma a las 7:45 y la tele enchufada. Me habitué a esa leve ansiedad mañanera que acentuaban los cantos al santo de menos tres y de menos uno y disparaba el bum del cohete; aunque el jueves viendo el encierro y habiendo leído la noche anterior el capítulo de la muerte, cambié de opinión y pensé “no corro, ni de coña”; la ansiedad me dominó solo de pensar que el próximo julio yo estaría allí. El viernes, de nuevo decidí que corría. Sentimientos viejos: la euforia; monstruos antiguos: la ansiedad, la puta ansiedad, pero aplicados a algo nuevo. Al nuevo mundo en el que acababa de desembarcar. San Fermín.

Cuando Chapu habla en su libro de Pamplona, yo pienso en Cádiz; cuando habla de San Fermín, yo pienso en el Carnaval de Cádiz. Dos  fiestas a priori en la antípodas, pero que si se rasca un poco en ellas, el fondo es el mismo: un baile entre la vida y la muerte, una exaltación de la vida. Escribía Martínez Ares para la comparsa La Eternidad, que Cádiz es “la tierra donde tropiezan y donde descansan los vivos y los muertos”. ¿Acaso no es eso la Pamplona de los sanfermines? Juan Carlos Aragón con Los Millonarios comparó el Carnaval con una religión laica (valga el oxímoron):

[…]todas las calles de Cádiz/ también son el templo de una religión/
que da a la vida sentido, /por eso te digo, si vienes de fuera /o si eres de aquí
pero aún no te enteras /qué es el Carnaval:/
No es una fiesta más ni una feria de tantas, /es un modo de estar de la gente de Cádiz,/
que hace de su cantar su semana más santa, /su semana de gloria, de olvido y pasión./
Y como tal religión tiene oración, /culto y profeta, canto, castigo y perdón, /resurrección, música y letra,/
y como tal religión, /mi religión, /tú las respetas.

¿No son acaso los sanfermienes eso mismo? Una religión laica en la que se venera a San Fermín, en muchos casos, desde posiciones ateas; una fiesta en la que no hay más dios que el toro. Acaso es San Fermín una simple fiesta más o una feria de tantas; no es acaso un modo de estar, de vivir. Una semana de gloria, de olvido y pasión. Desde la jota del día siete, hasta el “pobre de mí”, pasando por los rezos al santo, no son más ni menos que oraciones. No son acaso los corredores más destacados, profetas de la trayectoria del toro, del devenir de la fiesta. ¿No es cierto que son componentes del encierro el castigo y el perdón concedidos por el toro? Acaso no es otra cosa el encierro, la fiesta, que una resurrección.

Mil kilómetros separan a Cádiz de Pamplona. Pero la distancia es solo física, ya que estamos “pegados por la saliva” como dijo el sabio, ligados por la muerte y la vida, por la sangre, por el vino. Cádiz, tan idosincrásica no se entiende sin Pamplona; Pamplona, tan foral ella, no se entiende sin Cádiz; por ello la importancia de coser un país por los márgenes, sin necesidad de pasar por la imposición de un Estado Central.

* * *

Permítaseme la coda: La Cádiz de hoy, la del Kichi, no puede estar más alejada del mundo del toro. “Ciudad libre de espectáculos con animales”, así ha sido declarada hace poco. Un alcalde, que ignorante él, tacha a la fiesta con trazo grueso de “maltrato animal”. Pero pese a que Cádiz desde los años setenta no tiene plaza de toros, por causa del estigma franquista (se hizo de las paredes del coso un paredón), no hay que olvidar jamás la importancia que tuvo la esplendorosa Gades en el toreo. La ciudad puede presumir de algunos hitos de la tauromaquia como la invención del toreo a pie, el ser pionera a la hora de construir un ruedo, o acoger el primer mano a mano entre Juan Belmonte y Joselito El Gallo. Casi ná.

¡Gora San Fermín y viva el Carnaval!