‘HIMNOTIZADOS’

Cuando hay Mundial de fútbol lo que más me gusta es la ceremonia de los himnos. Si el horario no se corresponde con el europeo, me puedo levantar a a las 4 de la mañana para escuchar el himno de Togo y el de Dinamarca. Me fijo en los jugadores formando en línea; emocionados, con la cabeza alta, la mano en el pecho henchido y la garganta hinchada del canto. En el pasado mundial de Brasil, yo le hubiera dado la Garganta de Oro a los jugadores y afición chilena cantando a capela su precioso himno, y a Gigi Buffon desgañitándose por “Italiaaaa, Italiaaa”.

Más allá de lo deportivo, el himno, como la bandera, es un símbolo de la patria. Pero si detrás de la acción simbólica de patriotismo no hay sustancia, contenido o idea, ese ejercicio de canto se queda en mero patrioterismo. Es decir, el amor a la patria puede ser solo factual sin necesidad de símbolos. En cambio, no se es patriota solamente por exaltar la simbología. Digamos que los símbolos son un añadido del que enseña la patria por la ventana, pero no por ello la hace.

Los auténticos himnos son populares. Nadie los impone. El pueblo, de manera natural, los hace suyos y comulga con ellos. El Cádiz Club de Fútbol, por ejemplo, tiene dos himnos oficiales, pero el que la afición canta es el oficioso: que se trata de un pasodoble de una chirigota, ‘Me han dicho que el amarillo’. Y es que, es fundamental para que un himno cale, que se componga sin intención de hacerse himno.

Hay himnos bellísimos, como La Marsellesa, y los hay horrendos, como el de Corea del Norte. Pero la calidad de la composición no es relevante cuando la comunidad se siente representada por esta. Un caso curioso es el de El Arrebato, un artirsta del montón, pero que un momento de lucidez compuso el himno de los himnos del fútbol español. ¿Quién no ha llevado en su mp3 “Dicen las lenguas antiguas”? ¡Hasta los béticos! Esta composición más flamenquita que marcial ha destapado un inédito género himnario.

En España no hay consenso respecto al himno nacional. Unos lo tachan de franquista, como todo lo que no imponen ellos. Otros quieren acoplarle letra por sus patrios cojones: como si de ponerle el cascabel al gato o sacar la puta espada de Excálibur se tratase. Ya son muchos los aspirantes fracasados; la última, Marta Sánchez y su cursilada de salita de té de Serrano.

 

 

 

 

 

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¿Quién coño son Amaia y Alfred?

(Perdonen el exabrupto del título, pero no hago más que parafrasear a ese gran mafioso yodado, Jordi Pujol, que dijo aquello de “qué coño es esto de la UDEF”).

Con sinceridad, no tengo la más remota idea de quiénes son la tal Amaia y el tal Alfred, ni me interesa. Mas supongo que toca hablar de ellos si uno quiere estar en la conversación: ya que copan las tendencias nacionales en redes y coronan los rankings de noticias más leídas en diarios digitales; robándole protagonismo a la no-investidura del daliniano Puigdemont y al 50 cumpleaños del Borbón y su Toisón.

Esta fiebre por Amaia y Alfred, que empiezo a sospechar -gracias a mi gran olfato periodístico- que son concursantes de Operación Triunfo, me recuerda a un capítulo de Los Simpsons en el cual Homer aterriza en una remota isla pacífica como misionero. Los indígenas no dejan de hablarle a nuestro gordito amarillo sobre las bondades de Craig y Amy: yo me siento Homer repitiendo en tono burlón: “Alfred y Amaia, Amaia y Alfred, ¿por qué no os casáis con ellos?”.

Por mis exhaustivas pesquisas he concluido también que la doble A va a representar a España en Eurovisión. Y por ahí si que no paso: ¿¡teniendo a Puigdemont de gira por todo el continente vamos a enviar a esta pareja!? Manda puigdemones…

En fin, todo sea por que nos desintoxiquemos un poquito del Procés. Que, por cierto, tampoco sé de qué va el tema.

 

 

 

La lengua mordidita

La lupa mediática nacional ya no hay quien la aparte del Teatro Falla hasta que acabe el Concurso. Toca convivir (cantar) con esa presión añadida. Mas dudo que los autores de carnaval se amilanen ante esta situación de perenne vigilancia mediático-social; es más, en las sucesivas fases arreciarán, seguro, las letras críticas contra esta inquisición extramuros y a favor de la libertad de expresión.

Cuesta creer que la amenaza con los juzgados pueda atemorizar a los autores, parapetados tras el ‘animus iocandi’ (intención de broma) y confiados en una justicia local conocedora de la fiesta. Aunque cabe resaltar que el ‘animus iocandi’ hay que tomarlo como lo que es, un amortiguador y contextualizador de la posible ofensa; no un justificante de un delito de odio: no todo vale, y sí es delito encubrir el odio dentro del humor.

Pero como sucedía con la Ley Fraga, la censura más eficaz, que puede acallar a los autores, es la propia: la temida autocensura. Escribir con cortapisas, llenar el papel de borrones o teclear con el dedo corazón diestro acariciando sobre la flecha de retroceso, son los síntomas más evidentes de esta práctica abortista. Por desgracia, ya es una realidad que la pluma de los autores carnavaleros sucumbe ante la inquisición digital de lo políticamente correctísimo: o sea, los tuiteros insomnes que fiscalizan hasta la letra más inocua de la última comparsa. No vaya a ser que llamen parienta a la mujer, suegra a la suegra, o negro al negro.

 

 

Contra Ciudadanos

Como votante declarado de Ciudadanos, hay multitud de puntos (llamémoslo así) de este partido que no me gustan, con los que estoy en desacuerdo. Creo que la autocrítica es fundamental , como se suele decir, para la salud democrática de una formación política. También es un ejercicio positivo pararse a razonar y recordarse a uno mismo que el partido al que votas no es tu equipo de fútbol; es decir, yo soy votante de C’s, no un hincha del partido naranja (“y cada día el de más gente”). Mañana, por lo que sea, puede que vote al PSOE, y pasado alomejor al Partido X, que me convence más. En cambio, jamás apoyaré a otro equipo que no sea el mío, el Granada: y es que en este caso no juega la razón, sino el sentimiento. Sí, estoy hablando de la cláusula emocional; innegociable, como la rescisión del contrato de Messi. Los puntos son los siguientes:

  1. El bandazo ideológico: De C’s me desagradó mucho su cambio ideológico en 2017 de la noche a la mañana, como si la ideología fuera un eslogan, o mejor, un peinado: “ayer me acosté socialdemócrata y hoy me he levantado liberal-progresista”. ¿Esto es serio? ¿Es una declaración de intenciones del partido de hacer residuales las políticas sociales?
  2. Tránsfugas y arribistas: A nivel regional, provincial y municipal C’s no se ha preocupado de crear unas estructuras sólidas y de confianza. La formación naranja se lanzó con mucha prisa a presentarse a las municipales y regionales de 2015 con unos cuadros políticos compuestos en buena parte por arribistas, tránsfugas y personajes de toda calaña.
  3. Más susanistas que Susana: ¿Qué hace el partido apoyando en Andalucía al PSOE más corrupto? ¿Por qué el elegido para liderar a C’s en Andalucía es Juan Marín, quintacolumnista del peronismo rociero, lacayo de Susana Díaz?
  4. El Losantismo y el neoliberalismo: Si el partido atrae votantes procedentes de la órbita de Jiménez Losantos, o sea, la extrema derecha neoliberal y desalmada, es que algo se está haciendo (muy) mal. O bien, si resulta que el objetivo de C’s es llegar a ser un partido faústico que vende su alma al mercado. Quizás la renuncia, a lo social por lo liberal, antemencionada vaya por ese camino.
  5. El asquito andaluz: Hay ocasiones (contadas) en las que Albert Rivera presume de su origen andaluz por parte materna; pero parece que lo hace cuando le interesa y en beneficio propio. No hay que ser un lince para darse cuenta de que parece hablar a (y de) los andaluces con condescendencia (en el mal sentido de la palabra). Recuerdo aquello que dijo en un mitin para las autonómicas de que había que “enseñar a los andaluces a pescar”. Y en este sentido es llamativo también que Inés Arrimadas en el Parlament camufle su acento andaluz, de Jerez de la Frontera; como si este fuera un residuo indeseable de tiempos oscuros. En cambio, bien que recurre al acento, lo fuerza, cuando le interesa electoralmente.

Pese a lo expuesto, a día de hoy, no tengo intención de cambiar mi voto. Ciudadanos, entre lo malo, es lo menos malo. Y de momento, en la balanza naranja, pesa más lo positivo.

 

 

Los cambiapieles

Hay unos personajes de Juego de Tronos denominados los cambiapieles, que representan, literalmente, el ideal de la empatía: ponerse en la piel del otro: en su caso de un animal.

Es conocida la afición de Pablo Iglesias por esta serie fantástica (en sus dos sentidos). Puede que en estos seres de fantasía se haya inspirado el líder de Unidos Podemos para la última propuesta parlamentaria que su partido ha presentado. Se trata de la inclusión como materia obligatoria en en las aulas de una asignatura de empatía animal: o sea, que los chavales se pongan en la piel de los animales con el fin de lograr una mejor empatía, no animal, sino humana.

La película ‘Verano 1993’, que representará al cine español en los Óscar, te somete durante hora y media a un ejercicio de empatía intenso, de emociones fuertes y a flor de piel. Siente uno el desamparo, la rabia, la nostalgia, la pena y la alegría de Frida, la protagonista, una niña huérfana de apenas siete años. No es difícil justificar sus malas acciones porque lo hace el propio contexto. Igual que justifica uno las suyas propias.

El final de la película te deja un nudo en la garganta y el llanto contenido. Es un corte abrupto en el momento de mayor intensidad emocional; como esas etapas de La Vuelta que tras un terreno quebradizo acaban con la subida a un muro de un kilómetro al 22% de pendiente.

Creo que esta, el hacernos empatizar con el protagonista de una película o novela, es la pretensión máxima de un autor. La directora Carla Simón consigue con creces que por un rato nos convirtamos en Frida. Que nos mudemos a su piel.

El perro andalú

Vayan estos tres relatos a la atención del Instituto Andaluz de la Mujer, a la de la Junta:

Con apenas dieciocho año recuerdo salir de juerga por El Puerto a finales de verano. Callejeando, un amigo y yo, nos desviamos del resto en busca de una esquina tranquila donde cambiarle el agua al canario. Un par de puretonas (tendrían 15 años más que nosotros) iban riendo detrás nuestra, y una de ellas agarró las nalgas de mi amigo. La reacción de este fue inmejorable, “¿puedo yo también?”, preguntó amablemente. Y ¡pum!, palmadita de vuelta en el pompis de la pureta. La cosa quedó empatada.

Me contó mi padre que, también con dieciocho años, salía de casa tras las uvas para dirigirse a su primer cotillón. Caminaba por las calles del centro de Granada cuando un par de jóvenes exaltadas de su edad empezaron a gritarle desde una ventana próxima “¡tío bueno!” y de ahí para arriba. Él, nervioso y distraído, chocó contra una farola y se hizo una brecha en la frente.

En mi colegio cada año se celebraba (y se celebra, supongo) un torneo de fútbol del que participaban todas las clases de secundaria y bachillerato. La final de este era el gran evento de la fiesta de la escuela. Al partido asistían principalmente niñas con los nombres del guapito o chulito de turno pintados en ciertas partes de su cuerpo. Apoyaban a este o a otro jugador con gritos y cánticos tales como “¡Pepe, guapo!”, “Juanito, buenorrooo” y aún más “Paco, capullo, queremos un hijo tuyo”.

Y me pregunto: ¿Son estas mujeres unas cerdas por gritar barbaridades?, ¿son gallitas por “opinar libremente sobre nuestro aspecto físico”?, ¿son pulpas por palpar traseros? ¿son buitras, son búhas, son gorrionas?

Yo creo que no.

Si consideramos que todo hombre es un potencial acosador o violador, y toda mujer una posible víctima, el pacto por la igualdad está roto: lo rompen ustedes mismos al dividirnos en agresores y víctimas, en animales y mujeres. Lo único que van a conseguir por ese camino es desnaturalizar las relaciones entre mujeres y hombres y agrandar la brecha entre los dos géneros.

#NoSeasAnimal

Kichi antes de Kichi

En mi periodo práctico en Radio Cádiz hubo una época que semanalmente pasaba por la Plaza de Mina a recoger los gritos y cánticos de consigna de un grupo de profesores y monitores indignados. Se concentraban ante la delegación de Educación para protestar contra las exigencias que la consejería había impuesto a los monitores escolares para preservar su puesto.

De esta marea verde, cuya portavoz era la hermana del actual jefe de prensa destitulado del Alcalde, me llamaron la atención un par de jóvenes: ella por su peinado batasuno y su actividad vehemente, y él simplemente porque llevaba el megáfono y el bombo, vamos, que era lo que se conoce como “er tonto er sirbato”.

Recuerdo que cantaban un cuplé con música de las Momias de Güete: que empezaba diciendo que “desde las siete de la mañana/los monitores están dando la cara”, y terminaba con un demoledor “Pero como yo no soy monitor/ según el Luciano [Alonso]/ desde la cola del paro/ me cago en sus muertos tós”.

Tal gracia me hizo el cuplé que les pedí que lo repitieran un par de veces más para grabarlo completo y con más nitidez sonora. De manera indirecta estaba alentando el escrache al Consejero de Educación.

A mi jefe de redacción le gustó tanto el cuplé que lo emitimos íntegro (sin censura) en el informativo del mediodía.

Ellos se animaron tanto con sus cánticos que decidieron sacar un disco de villancicos reivindicativos. No sé si llegó a ver la luz, pero sería una delicia poder escucharlo.

Por cierto, unos meses después, la chica del peinado batasuno se convirtió en eurodiputada, y “er tonto er sirbato” en alcalde de Cádiz.