Tinder

Mi amigo I. se ha pasado Tinder: Se va a casar con su actual pareja, J., a la que conoció por la app de la llamita blanca. También, su anterior novia, le pescó por allí. Entre una y otra medió una semana. Si eso no es pasarse Tinder, que venga Sobera y lo vea. Obvia decir que I. tan confiado en las apps pide trabajo mediante DM en Instagram. Y, es que, por algo le decimos ‘El Animal’.

Un ejemplo más de fortuna tinderina, es el de A., otro buen amigo. A. contactó con la polaca más buenorra del orbe, que, por casualidad, pasaba el verano de ‘au pair’ en San Fernando. Una noche, se enamoraron, y ¡hala!, viajes de novios a París, a Polonia, a Portugal, a Marruecos… Pero A. se quedó en el nivel 38, ya que, aquello lo acabó por romper la distancia. No en vano, se le conoce como ‘El Monstruo’.

Tengo otros colegas, que se piensan que el Tinder es el Candy Crush, y los cabrones, antes de haber llegado a la nueva ciudad ya han gastado todos sus likes, ¡y te piden vidas!:

-Déjame probar desde el tuyo.

-Lo que faltaba, que suplantes mi identidad.

Mi experiencia en Tinder, como en el Super Mario, es penosa: no creo haber pasado del nivel dos. Me quedo en el puto cutre “Buenass!!, qué tal! =)” y ya no sé cómo seguir, cuando, en contadas ocasiones, me responden: “Bieen, y tú?”. No es lo mío, sinceramente: En una ocasión me crucé a mi prima, y de lo nervioso que me puse de pensar que me descubriera allí, deslicé el índice hacia la izquierda lo más rápido posible con la mala suerte de que pulsé ‘super like’.

Es curioso que nos dé pudor reconocer que usamos app de ligues, como Tinder. No escondo que cuando alguien ve en la pantalla de mi móvil el círculo con la llamita blanca, me pongo del color que la rodea. Y joder, ¡qué tío no ha usado nunca Tinder! Las chicas, en cambio, salvo para jugar, no creo que lo necesiten. Ya dije en otra ocasión que ellas lo tienen mucho más fácil para ligar: les basta ser y estar. El cortejo, por naturaleza y no por patriarcado (entonces la del pavo real y el ciervo, por ejemplo, serían sociedades machistas), casi siempre ha correspondido al macho.

Y, bueno, la mayoría de chicas que están en Tinder tienen alguna tara [me da a mí que esto no pasa la censura de la 3ª ola]. Valga el caso de otro colega, Q., que conquistó chateando a una gachí guapa, culta y cariñosa, y cuando quedaron en persona resulta que tenía una pupila hacia Sanlúcar y la otra hacia Cartagena. No pudo mirarla cara a cara en toda la cita, ¡y eso que era la primera!

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Madridismos

En una clase de Sociología, en segundo de carrera, nos contó don Ubaldo, un hombre que se viste por los pies, que llevaba tiempo estudiando sociológicamente el madridismo en Granada y su periferia: desde que se despertó su interés al ver un partido del Madrid en un bar de Armilla rodeado de culés. Llegó a la conclusión de que Granada capital era blanca “de la hostia”, pero conforme se alejaban los círculos concéntricos (siendo el eje central la Catedral), se volvía azulgrana. Hoy, todo está más difuso con esto de la conurbación, el metro y el independentismo: El cinturón rojo, con Maracena (“la Rusia chica”) y los zubiéticos a la cabeza, ha ido perdiendo sus colores; así como el núcleo de la capital, en cuyo subsuelo descansan el yugo de Isabel y las flechas de Fernando, ya no es tan del color del culo de Franco.

Sin salir de la ciudad nazarí, no puedo hablar del Madrid y pasar por alto a quien reconoce que su madridismo se le ha ido de las manos, Jesús Abril Vela; que estaba predestinado a ser jefe de prensa del Real y, por la vida que es muy puta y el periodismo que es su hijo, ha acabado preparando, como media España, unas oposiciones. Jesús es un auténtico ratonero de entradas de Champions: El día antes del partido lo dedica a pulsar F5 en la web del Madrid hasta que un socio libera su asiento y él lo caza. La jornada de Champions, se monta en su autobús de buena mañana y se tira seis horas hasta llegar a Madrid –no niega cierta emoción al pasar por Casa Pepe-. Tras el partido vuelve, a medianoche, a Granada. En el camino del Bernabéu al bus, le echa siempre una monedilla al dios Neptuno como si de un mendigo se tratase, y se enjuaga la cara con el agua bendita de la diosa Cibeles.

Y, es que, siempre he sostenido que el madridismo más puro es el que baja desde Ciudad Real a Motril: Allí viven agazapados entre sus olivares los más fervientes merengones. Recuerdo, de la primera vez que fui al Bernabéu en Champions (derrota vs Lyon), lamernos las heridas en el Txistu, entre cava con sorbete y tejas, con otro grupo de excursionistas que venían de los montes bastetanos. Mi padre, emocionado, soltó: “¡Si es que allí es donde está el buen madridismo, coño!”

La última vez que fui a ver al Madrid en Champions fue muy distinta: acabé rescatando de madrugada a mi amigo J. de un puti en una bocacalle de la Gran Vía. J., como muchos, es un madridista advenedizo: culé de toda la vida, hizo un Carlos Herrera, ya que su nacionalcatolicismo subyacente no le permitía seguir apoyando a un club rompepatrias. Fuimos, vs Bayern, a un palco del Bernabéu, cortesía de El Español, y como catetos de pueblo deslumbrados estuvimos más pendientes de los canapés y de las azafatas que del fútbol. Había barra libre y la cosa acabó como tenía que acabar.

Tormenta sobre el naranjal

De Albert Rivera dirán que mató a Kennedy. Que no es Albert, sino Chiquetete. Que, como Luis Enrique, es hijo de Amunike. Que es un lagarto de V (cosa que ya se ha dicho). Que está liado con Chabelita. Y, que tuvo la culpa de la ruptura de la mejor pareja de cómicos patrios, Bertín y Paco Arévalo.  

El diario Púbico abrirá en portada con la exclusiva de que Ciudadanos se financia sus campañas electorales con la venta de ‘rebujito’ en las Tres Mil Viviendas. El diario.es, de Preescolarito,  publicará que “Un estudio psicológico revela que La Manada votaría a Ciudadanos”. La Sinrazón sacará a la luz unos documentos en los que se certifica que el líder de C’s pagó al dentista en negro por la última muela que le empastaron. Y, OkInda sacará a la luz un vídeo en el que Inés Arrimadas aparece robando un chicle en un quiosco de Jerez cuando tenía 9 años. Escándalos que obligaran a Ferreras, por orden de Soraya, a retomar los estimulantes para aguantar al volante las 24 horas de Le Mans. 

Digo esto porque se vienen elecciones, y el acoso y derribo al partido favorito en las encuestas, C’s, se va no a redoblar, sino a centuplicar. Las primeras, salvo que Mariano salga de la catalepsia y siempre que Su Peronísima (Carlos Mármol dixit) agite el abanico, serán las Andaluzas, en marzo de 2019. Las Catalanas ni las cuento, porque ya hay que llamarlas por su apellido: trimestrales. Luego, en mayo, vendrá la triada: Europeas, Municipales y Autonómicas. Y, cuando esa especie de berberecho que aparece en los mítines (Losantos dixit), el plasmarote (ídem) de Marianico el corto quiera, habrá Elecciones Generales.  

Resistan, no traguen: las invectivas y las inventivas vendrán por tierra mar y aire. Van a por Ciudadanos. Se avecina tormenta sobre el naranjal… Esperemos que cuando pase, el cultivo no haya quedado anegado, y el sol salga nuevo y naranja. 

La preeminencia femenina

Mi Lolita:

Hablemos de la preeminencia, definida por tus vetustos académicos como “privilegio, exención, ventaja o preferencia que goza alguien respecto de otra persona por razón o mérito especial”; en el caso que nos requiere, de género.

Sí, la mujer ocupa un lugar preeminente, respecto al hombre, en ese terreno ponzoñoso que podemos definir como pre-sexual; es decir, en el ligue, el flirteo, el coqueteo. Es en este proceso primario (en su amplia acepción, entiéndeme) en el que vuestra superioridad natural respecto al varón es palmaria. Algunas sois viperinas, os valéis de y apoyáis en esta ventaja para jugar, exprimir y aprovecharos de vuestras víctimas de orden fálico. Otras, jugáis desarmadas, en pos de esa quimérica “Igualdad real”.

Bajemos, pues, al barro de lo concreto, para que me entiendas (y no me acuses de ‘mansplaining’, que sabes que me entra la risa):

Un hombre común, para ligar, -salvo los de estómago generoso-, debe trabajárselo mucho, y, aun así, no se asegura el pan al final de la jornada noctámbula. Un varón poco agraciado tiene que dejarse la piel, la vergüenza y hasta la cartera, si quiere, al menos, participar de la rifa (no te irrites, es una metáfora). Y ya, ese hombre tímido, carente de labia, tiene que esperar, como mínimo, una alineación astral.

A vosotras, con vuestro vestidito estampado de flores y vuestros labios teñidos carmesí, incluso sin labia, incluso sin atractivo, os basta poneros en medio de la pista o apoyar un codo sobre la barra para tener a siete ejemplares del sexo opuesto revoloteando cual moscardones en derredor vuestra. Y, entiendo, que esto os puede resultar agobiante. Y a ellos, humillante.

Pero la realidad del coqueteo, en definitiva, es de preeminencia femenina. ¡Atenta al verbo!: Una mujer liga cuando quiere, un hombre, cuando puede. Hay tanto en ese camino verbal: por ejemplo, la explicación a muchos actos indebidos del varón frente a la fémina (apoyados en la preeminencia física de este). Acciones sucias, violentas, injustificables, condenables, execrables, …pero comprensibles (repito que no justificables) desde este lado de la inferioridad masculina.

¿Acaso el derecho a importunar del hombre no se justifica por esta preeminencia femenina?

Permíteme retomar e introducir el bisturí en una idea anterior: Acordamos que vosotras, por lo común, sois buenas conocedoras de vuestras potentes armas. Algunas sois señoras, compañeras, que de verdad pretendéis una igualdad, y que generosamente renunciáis a vuestra naturaleza para entregaros al juego desarmadas. Pero, también estáis las que no dudáis en valeros de esa preeminencia para instrumentalizar al hombre. Para jugar con él como un perrito: el palito y la zanahoria, sin daros cuenta que lo estáis destrozando, joder. Conozco alguna que incluso no paga una copa.

¿Acaso, como varón, os pido que renunciéis a este privilegio natural? No, ¡en absoluto! Para prohibir, para remontar la naturaleza, ya está vuestra querida izquierda: populista, radical y digital. Solo defiendo el derecho a importunar del pobre hombre, por cierto, también natural.

Ahora, Lo, lánzame la primera piedra.

M.

El proceso

“El mundo se divide en dos: Los que viven como Dios manda, y los que mandan viven como Dios”. J.C. Aragón

 

En la Universidad, así como en la vida en general, rige la ley de la balanza. Los contrapesos hacen que, si alguien sube, otro baje. Es decir, donde hay beneficio, hay perjuicio. Estos días han colmado la palestra mediática los casos de los beneficiados, de los favorecidos universitarios: el anverso de la moneda. Yo les contaré un caso kafkiano, el mío propio, que junto al de algunos compañeros, está grabado en el reverso de la misma moneda: donde nos hallamos los perjudicados, a quienes se nos puso unos pesitos para que bajara nuestro platillo y subiera el de los otros.

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La Resistencia

Cuando ganamos la Guerra en el 39… 

No, hombre, no. No quería ir por ahí porque luego en el 45 nos la devolvieron. 

El caso es que quiero hablar de Humor, porque le debo una grande a La Resistencia, a David Broncano y compañía (puto Grison), que tan buenas siestas me están haciendo pasar. Desde Induráin… 

Decía Spengler que un pelotón de soldados siempre acababa por salvar la civilización. A lo que Paco Arévalo añadía que “los enanitos tienen una pierna así en el medio”. Pero volviendo a Spengler, parafraseándolo, me atrevo a decir que es el humor lo que siempre acaba por salvar al mundo. Mientras haya un átomo de humor, resistiremos. 

Caigo en el topicazo, pero ya sabemos que detrás del tópico subyace cierta verdad, de que la mayor inteligencia se demuestra con el humor. No sería capaz de mantener una relación, salvo interés o sangre, con una persona sin sentido del humor. Me siento una persona altamente humorística, en el sentido que pienso constantemente en clave de humor. Hago mía la máxima de Julio Camba “no me tome ni demasiado en serio, ni demasiado en broma”. Pero tengo un problema, y es que ese humor desde el que percibo el mundo, y que continuamente produzco mentalmente, no sé expresarlo; no soy buen comunicador humorístico. Por eso, admiro tanto a esos genios que directamente te matan con un gesto. Mi amigo Evaristo Rivieccio, a priori es un tipo muy serio y callado, es un puto genio de la narración humorística. Con nadie me he reído más. 

El Humor, el bueno, no tiene por qué producirte la carcajada. Que también, de vez en cuando. Considero que el buen Humor es el que te deja, mientras dura, la sonrisa perenne de bobalicón, como cuando piensas en la chica que te gusta. En su presentación en la Cope hablaba, con acierto, Carlos Herrera de que “hay cada triste por ahí que te dan unas ganas horrorosas de llorar. También es verdad que hay tíos jocundos y señoras jocundas que creen que todo es un chiste. Y luego, otros muchos que saben guardar los equilibrios imprescindibles y necesarios”. Por eso cuando hablo de Humor no me refiero a ese espécimen ojediano tan frecuente por estas latitudes, ‘el grasioso’. Aquí abajo, lejos de la gracia fácil y gilipollas, tenemos dos maestros del humor, Yuyu y Selu. 

Anteayer, escuche al genial humorista Ingatius Farray, aka José Ignacio, citando a Bertrand Rusell en defensa de la libertad humorística, de la expansión de sus límites y del derecho a transgredir y errar. Venía a decir que hay determinadas profesiones a las que tácitamente se les concede el bulo o el privilegio de poder realizar ciertas acciones que serían reprobadas en cualquier otro ciudadano, como el cartero de Rusell, quien podía llamar a todos los telefonillos de los portales sin reprimenda o castigo a alguno.  

Porque el Humor, y especialmente este humor posmoderno (o millenial), que cultivamos y recibimos ahora, debe ser transgresor o no será. El programa de Movistar, (beso en la solapa) La Resistencia, cumple con creces el objetivo de la transgresión. Paradigma, punta de lanza, de este nuevo y magnífico humor que se está produciendo en nuestro país (LVM, Pantomima Full, Miguel Noguera…), el programa de Broncano, como acertadamente dijo un invitado, es diferente. Tiene un no sé qué, inexplicable, inefable, que te engancha y te devuelve la esperanza en la civilización spenglariana: que se salva gracias a un pelotón de humoristas. La Resistencia.  

Alejandro

Ayer tarde leía en EPSemanal un reportaje sobre el mejor deportista español, sin complementos, Alejandro Valverde. Y el más infravalorado, casi un desconocido para quienes me estáis leyendo. El ‘Magno’, como le gusta llamarle a Jesús Abril Vela, de ser belga, podría disputarle la Corona a los Sajonia-Coburgo-Gotha (dinastía que reina en el país).

A mitad de la lectura la mente se me fue a Granada, al cortijo de la familia paterna, donde fui feliz los veranos de mi infancia. Allí pedaleaba el niño gordito, con la bici remendada, por el caminito de tierra que ascendía entre olivos, soñando que era Valverde, vestido de lunares rojos, esprintando y levantando las manos en la meta invisible que se dibujaba de tronco a tronco. Yo sería ciclista, porque si ganaba siempre a mis rivales imaginarios, siendo la imaginación lo más poderoso de la infancia, ¿cómo no hacerlo con los de hueso y piel?

Eran julios de Tour, piscina, primos y bicicleta. La plenitud. ¿Acaso no era aquello la dicha plena?

(…)

Con los primeros granos llegó el cuestionamiento, las dudas terrenales a despejar. El gordito crecía y se espigaba… centímetros y centímetros por encima de sus ídolos. Tampoco entrenaba el resto del año: sin bici de carreras, sin equipo, sin competición… Por primera vez la realidad empinaba el sueño.

Los avatares adolescentes acabaron por traicionar al niño. Desengañado quiso acercarse a su deporte primero por medio del INEF y, luego, de rebote, por el periodismo deportivo, allí donde dicen que vamos los deportistas frustrados.

(…)

Dos veranos escribiendo Deporte en el Diario bastaron para que el joven, herido por la realidad, desviara de nuevo su meta, convirtiéndose en el Judas del niño feliz que fue.

Qué lejos quedaba la bici. Arrumbada en el trastero. Aplastada por libros y otras cosas inútiles de mayores.

(…)

Pero al abrir la revista, y como el dinosaurio de Monterroso, allí seguía él. Más enjuto, sin pelo y con arrugas, con los huesos de la pierna puenteados por metales y el lumbar hendido por la sospecha envidiosa. Viejo. Pero con la ilusión en la mirada y la sonrisa limpia del que no se ha traicionado, y que, a pesar de todo, no me ha traicionado.