El proceso

“El mundo se divide en dos: Los que viven como Dios manda, y los que mandan viven como Dios”. J.C. Aragón

 

En la Universidad, así como en la vida en general, rige la ley de la balanza. Los contrapesos hacen que, si alguien sube, otro baje. Es decir, donde hay beneficio, hay perjuicio. Estos días han colmado la palestra mediática los casos de los beneficiados, de los favorecidos universitarios: el anverso de la moneda. Yo les contaré un caso kafkiano, el mío propio, que junto al de algunos compañeros, está grabado en el reverso de la misma moneda: donde nos hallamos los perjudicados, a quienes se nos puso unos pesitos para que bajara nuestro platillo y subiera el de los otros.

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La Resistencia

Cuando ganamos la Guerra en el 39… 

No, hombre, no. No quería ir por ahí porque luego en el 45 nos la devolvieron. 

El caso es que quiero hablar de Humor, porque le debo una grande a La Resistencia, a David Broncano y compañía (puto Grison), que tan buenas siestas me están haciendo pasar. Desde Induráin… 

Decía Spengler que un pelotón de soldados siempre acababa por salvar la civilización. A lo que Paco Arévalo añadía que “los enanitos tienen una pierna así en el medio”. Pero volviendo a Spengler, parafraseándolo, me atrevo a decir que es el humor lo que siempre acaba por salvar al mundo. Mientras haya un átomo de humor, resistiremos. 

Caigo en el topicazo, pero ya sabemos que detrás del tópico subyace cierta verdad, de que la mayor inteligencia se demuestra con el humor. No sería capaz de mantener una relación, salvo interés o sangre, con una persona sin sentido del humor. Me siento una persona altamente humorística, en el sentido que pienso constantemente en clave de humor. Hago mía la máxima de Julio Camba “no me tome ni demasiado en serio, ni demasiado en broma”. Pero tengo un problema, y es que ese humor desde el que percibo el mundo, y que continuamente produzco mentalmente, no sé expresarlo; no soy buen comunicador humorístico. Por eso, admiro tanto a esos genios que directamente te matan con un gesto. Mi amigo Evaristo Rivieccio, a priori es un tipo muy serio y callado, es un puto genio de la narración humorística. Con nadie me he reído más. 

El Humor, el bueno, no tiene por qué producirte la carcajada. Que también, de vez en cuando. Considero que el buen Humor es el que te deja, mientras dura, la sonrisa perenne de bobalicón, como cuando piensas en la chica que te gusta. En su presentación en la Cope hablaba, con acierto, Carlos Herrera de que “hay cada triste por ahí que te dan unas ganas horrorosas de llorar. También es verdad que hay tíos jocundos y señoras jocundas que creen que todo es un chiste. Y luego, otros muchos que saben guardar los equilibrios imprescindibles y necesarios”. Por eso cuando hablo de Humor no me refiero a ese espécimen ojediano tan frecuente por estas latitudes, ‘el grasioso’. Aquí abajo, lejos de la gracia fácil y gilipollas, tenemos dos maestros del humor, Yuyu y Selu. 

Anteayer, escuche al genial humorista Ingatius Farray, aka José Ignacio, citando a Bertrand Rusell en defensa de la libertad humorística, de la expansión de sus límites y del derecho a transgredir y errar. Venía a decir que hay determinadas profesiones a las que tácitamente se les concede el bulo o el privilegio de poder realizar ciertas acciones que serían reprobadas en cualquier otro ciudadano, como el cartero de Rusell, quien podía llamar a todos los telefonillos de los portales sin reprimenda o castigo a alguno.  

Porque el Humor, y especialmente este humor posmoderno (o millenial), que cultivamos y recibimos ahora, debe ser transgresor o no será. El programa de Movistar, (beso en la solapa) La Resistencia, cumple con creces el objetivo de la transgresión. Paradigma, punta de lanza, de este nuevo y magnífico humor que se está produciendo en nuestro país (LVM, Pantomima Full, Miguel Noguera…), el programa de Broncano, como acertadamente dijo un invitado, es diferente. Tiene un no sé qué, inexplicable, inefable, que te engancha y te devuelve la esperanza en la civilización spenglariana: que se salva gracias a un pelotón de humoristas. La Resistencia.  

Alejandro

Ayer tarde leía en EPSemanal un reportaje sobre el mejor deportista español, sin complementos, Alejandro Valverde. Y el más infravalorado, casi un desconocido para quienes me estáis leyendo. El ‘Magno’, como le gusta llamarle a Jesús Abril Vela, de ser belga, podría disputarle la Corona a los Sajonia-Coburgo-Gotha (dinastía que reina en el país).

A mitad de la lectura la mente se me fue a Granada, al cortijo de la familia paterna, donde fui feliz los veranos de mi infancia. Allí pedaleaba el niño gordito, con la bici remendada, por el caminito de tierra que ascendía entre olivos, soñando que era Valverde, vestido de lunares rojos, esprintando y levantando las manos en la meta invisible que se dibujaba de tronco a tronco. Yo sería ciclista, porque si ganaba siempre a mis rivales imaginarios, siendo la imaginación lo más poderoso de la infancia, ¿cómo no hacerlo con los de hueso y piel?

Eran julios de Tour, piscina, primos y bicicleta. La plenitud. ¿Acaso no era aquello la dicha plena?

(…)

Con los primeros granos llegó el cuestionamiento, las dudas terrenales a despejar. El gordito crecía y se espigaba… centímetros y centímetros por encima de sus ídolos. Tampoco entrenaba el resto del año: sin bici de carreras, sin equipo, sin competición… Por primera vez la realidad empinaba el sueño.

Los avatares adolescentes acabaron por traicionar al niño. Desengañado quiso acercarse a su deporte primero por medio del INEF y, luego, de rebote, por el periodismo deportivo, allí donde dicen que vamos los deportistas frustrados.

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Dos veranos escribiendo Deporte en el Diario bastaron para que el joven, herido por la realidad, desviara de nuevo su meta, convirtiéndose en el Judas del niño feliz que fue.

Qué lejos quedaba la bici. Arrumbada en el trastero. Aplastada por libros y otras cosas inútiles de mayores.

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Pero al abrir la revista, y como el dinosaurio de Monterroso, allí seguía él. Más enjuto, sin pelo y con arrugas, con los huesos de la pierna puenteados por metales y el lumbar hendido por la sospecha envidiosa. Viejo. Pero con la ilusión en la mirada y la sonrisa limpia del que no se ha traicionado, y que, a pesar de todo, no me ha traicionado.

CORRER

Cuando salgo a correr, escribo. Estos artículos o reflexiones que periódicamente publico los escribo mentalmente mientras corro por la playa, luego solo me queda dejar que mis dedos bailen sobre el teclado del portátil de manera automática, como el pianista que toca por enésima vez la pieza.

Desconozco científicamente por qué mecanismo mi mente se pone a funcionar con claridad y alto rendimiento cuando corro: las ideas explotan como fuegos artificiales. Supongo que el movimiento agita las neuronas y las conecta con resultado de hiperactividad creativa.

Además, correr es para mí el ansiolítico más efectivo cuando la ansiedad se dispara. Con el sufrimiento físico, la exigencia mental y el posterior agotamiento, además de tapar la ansiedad (como cuando te duele la cabeza y te pegas un pellizco para desenfocar el dolor), libero buena parte de ese veneno negro que me carcome.

Junto con la lectura, el hábito de correr se ha convertido en uno de los pilares de mi frágil estabilidad. En estas dos disciplinas (lectura y running) el sufrimiento es preciso para llegar al placer: la imposición y la constancia son los escalones para traspasar la muralla del hábito. Luego todo es más fácil.

Pero como toda rutina, la motivación es fundamental para sostenerla. Aunque correr y leer llevan el placer implícito de la adicción (la liberación de endorfinas y el goce intelectual), hay días que esta no basta y el estímulo hay que buscarlo fuera. Para correr, me ayuda mucho la música (Martínez Ares y Juan Carlos Aragón siempre están en mis auriculares). También hay que aprovechar los impulsos motivacionales (chutes estimulantes que se generan tras ver una etapa del Tour o un partido del Granada, por ejemplo) para, sea la hora que sea, ponerse los tenis y salir. Las camisetas que me pongo, por tonto que parezca, las elijo a conciencia para sentirme más motivado: la de la Legión, la rojiblanca horizontal del ascenso.

Disponer de tu vida

Se felicita al padre, a la madre en su día, pero ¿por qué? ¿No les deberíamos dar las gracias por regalarnos lo más preciado que tenemos, o, por el contrario, castigarlos por traernos, sin preguntar, al infierno? Depende de la situación en la que llega cada uno, pero desde luego las felicitaciones son un elemento más de las incongruencias de las costumbres. Tan comerciales.

El hecho de traer un hijo al mundo puede ser el más generoso o el más cruel de los actos que realiza una persona a lo largo de su vida. Si la Libertad máxima es poder elegir la muerte, la dependencia suma es que elijan tu nacimiento. “El hecho miserable de nacer sin que antes nadie me lo consultara”, decía el poeta local.

Echar a andar al mundo a un niño relativamente sano dentro de una sociedad aceptable es una acción necesaria y, repito, generosísima. Dar a luz a un niño enfermo, privado de la libertad máxima; o a un hijo sano en un contexto siniestro, pueden considerarse acciones crudelísimas. Pero si la vida se te tuerce por tus decisiones es un acto misérrimo culpar a tus padres.

La maternidad y la paternidad solo pueden ser responsables y generosas. Supone pérdida de buena parte de tu libertad en favor de la felicidad de tu hijo. Es tu obligación. La irreflexión o la irresponsabilidad son mil veces más graves que la interrupción de cualquier gestación.

Vuelvo al acto pleno de Libertad, en contraposición al nacimiento, que es la muerte: poder decidir dónde, cuándo y cómo morir. La persona que dispone de esta voluntad última, que es consciente de ella, pese a cualquier atadura o sometimiento vital, es Libre. Así de crudo es: poder elegir tu muerte es la Libertad. Un incapacitado mental, un niño, un enajenado, un tetrapléjico, un vegetal; son prisioneros de la vida.

No me malinterpreten: esto no es un alegato en contra de la vida, no es un “¡Viva la muerte!” a lo Millán Astray, sino a favor de la Libertad. Personalmente, la muerte me causa pavor (sí, tengo miedo a la Libertad, necesito mis ataduras, mis apegos vitales: familia, amigos/as, mujeres, libros, deporte, música), y este es el síntoma más evidente de que sigo enamorado de la vida. Pero si llegara un día en que este amor se rompiera, y no por obra de la naturaleza, quisiera poder decidir: cómo, dónde, cuándo.

Esta Libertad, a día presente, solo puede garantizarla un estado liberal, laico y progresista. La eutanasia y el aborto son las herramientas fundamentales para la capacidad de decisión libre del ciudadano. Por consiguiente, la lucha por la Libertad debe combatir primordialmente cualquier inclinación totalitaria o terrorista; porque no se trata de llegar a la muerte, sino de cómo se llega.

Cal y arena

Mi primer recuerdo con Teófila es prestado. Correteaba, con apenas cuatro años, al sol del paseo de domingo junto al mar. La mujer rubia, en campaña, se paseaba elegante y nueva, buscando las manos, los ojos y los labios de los vecinos. Topó frontalmente con el chiquillo que era, se agachó a la carantoña y descorché -con el descaro reservado a los primeros y últimos compases de la vida- el pensamiento inocente y feliz: “¡Hola, Rafaela!” Su sonrisa fue el voto de confianza de mis mayores.

El otro encuentro que conservo en la memoria es propio y más reciente. Diecinueve años después, ella en el ocaso de su mandato y yo en el amanecer de mi profesión, nos cruzábamos cada viernes prensa y gobierno. Tras la perorata de la alcaldesa, se ponía, resignada y con prisas, a disposición de los que inquirían: yo entre ellos. En una de esas debí tocar una tecla incómoda y ella solventó el picor con descortesía y arrogancia: “Usted es muy joven para conocer ese asunto”, zanjó.

Así fueron sus 20 años al frente: una de cal y una de arena. La mejor alcaldesa que tuvo Cádiz. Y también, la peor.

‘HIMNOTIZADOS’

Cuando hay Mundial de fútbol lo que más me gusta es la ceremonia de los himnos. Si el horario no se corresponde con el europeo, me puedo levantar a a las 4 de la mañana para escuchar el himno de Togo y el de Dinamarca. Me fijo en los jugadores formando en línea; emocionados, con la cabeza alta, la mano en el pecho henchido y la garganta hinchada del canto. En el pasado mundial de Brasil, yo le hubiera dado la Garganta de Oro a los jugadores y afición chilena cantando a capela su precioso himno, y a Gigi Buffon desgañitándose por “Italiaaaa, Italiaaa”.

Más allá de lo deportivo, el himno, como la bandera, es un símbolo de la patria. Pero si detrás de la acción simbólica de patriotismo no hay sustancia, contenido o idea, ese ejercicio de canto se queda en mero patrioterismo. Es decir, el amor a la patria puede ser solo factual sin necesidad de símbolos. En cambio, no se es patriota solamente por exaltar la simbología. Digamos que los símbolos son un añadido del que enseña la patria por la ventana, pero no por ello la hace.

Los auténticos himnos son populares. Nadie los impone. El pueblo, de manera natural, los hace suyos y comulga con ellos. El Cádiz Club de Fútbol, por ejemplo, tiene dos himnos oficiales, pero el que la afición canta es el oficioso: que se trata de un pasodoble de una chirigota, ‘Me han dicho que el amarillo’. Y es que, es fundamental para que un himno cale, que se componga sin intención de hacerse himno.

Hay himnos bellísimos, como La Marsellesa, y los hay horrendos, como el de Corea del Norte. Pero la calidad de la composición no es relevante cuando la comunidad se siente representada por esta. Un caso curioso es el de El Arrebato, un artirsta del montón, pero que un momento de lucidez compuso el himno de los himnos del fútbol español. ¿Quién no ha llevado en su mp3 “Dicen las lenguas antiguas”? ¡Hasta los béticos! Esta composición más flamenquita que marcial ha destapado un inédito género himnario.

En España no hay consenso respecto al himno nacional. Unos lo tachan de franquista, como todo lo que no imponen ellos. Otros quieren acoplarle letra por sus patrios cojones: como si de ponerle el cascabel al gato o sacar la puta espada de Excálibur se tratase. Ya son muchos los aspirantes fracasados; la última, Marta Sánchez y su cursilada de salita de té de Serrano.