Noventa años de sol y edad

El día de su concepción el sol se asomaba cotilla por las ventanas de un Madrid recién republicano. La matrona escarbó en las entrañas de su madre y sacó, como del fondo de una mina, una niña tan negra como el cacao. Teresita no lloraba, sino que reía.

Las lenguas malhablaban por los zocos y verdulerías de la ciudad: con esa piel negra como una noche de grillos, tan oscura que azuleaba, la niña no podía ser hija de su padre: un extravagante rubio de ojos verdes que se movía por la capital con un monociclo y un tití al hombro. Se quiso creer entonces que su madre, Concha –una señora grande como un castillo–, fue preñada, en uno de sus viajes a las mil islas del cuerno de África, por un mandingo.


Su abuelo gustaba de llevar a la negrita por los bares de ese Madrid sin rey a comer hocico de jabalí y chupar cuerno de ciervo. A Teresita le encantaba coincidir en aquellos templos de la casquería con Manuel Azaña, a la sazón presidente del consejo de Ministros, y que le contara los cuentos de Calleja.


Por motivos de trabajo, siendo aún muy cría, sus padres se la llevaron a una de las mil islas de ébano y marfil. La travesía a lomos –o a caparazón– de un galápago gigante fue pesadísima. Al poco de estar en la ínsula de Fernando Poo, un veneno serpentino y multicolor infectó a la niña con el virus del sueño. Del que no despertaría hasta dos años, cinco horas y veintitrés minutos después, gracias al buen hacer de un chamán de tribu local. Al amanecer, Teresita se encontró con una nueva hermana, Choni, esta sí, fruto indudable del matrimonio entre el hombre extravagante de la cola de tití y la mujer-castillo.


Tras la larga siesta, la familia se instaló en Jerez de la Frontera. Allí vería la luz la grande hermana pequeña, Julita, hija del hambre, que nació con un bocadillo de chicharrones bajo el brazo. Dicen que durante el embarazo, a Concha le crujían las tripas como truenos en una tormenta tropical, pero no eran las suyas, sino las de la niña que abrigaba en su vientre. El quijotesco padre moriría al poco de regresar de la negritud entre fiebres horrorosas que le ponían el cuerpo a 60 grados. Combustionó.


El día que expiró el padre, una monita salió de debajo de la cama en la que el buen hombre pasó los últimos calores. El primate se hizo un hueco en la casa como una cuarta hermana. Nuestra Teresita peleaba a menudo con la mona en unas palizas enredadas en las que bien no se sabía dónde acababa aquel simio y dónde empezaba la ya joven negrita.


Mas el hambre llamaba a la puerta del hogar tras la crudelísima Guerra de Los Hermanos. Dicen, que como en el cuento de El Coronel, Concha, la matriarca, ponía piedras a hervir para que los vecinos no pensaran que en su casa se pasaba hambre. Aunque Julita, que cobijaba en su cuerpo una solitaria como una anaconda, se las comía como si de patatas duras se trataran.


(…)


Teresita, para apoyar la economía del hogar, se puso a trabajar de costurera en el taller de banderas de Don Mario. La negrita, astuta cual zorrillo de las nieves, tejía y destejía –en un remedo entre Penélope y Mariana Pineda–, los retales amarillos para aclarar el morao de las banderas. Daba la impresión de ser la más trabajadora, aunque en sus diez años en lo de Don Mario, sólo convirtió tres pendones republicanos en nacionales.


(…)


Entre tela y tela, conocería a Paco, un hombre con corazón de buey, y pronto se casarían. Tendrían hasta seis hijos. Tan deseada era la primogénita, que le dieron por nombre todo un continente: África. La siguiente, Almudena, ya monologaba en la barriga de su mamá. Pero antes de alumbrar a la tercera, María Teresita, un calco de Teresita –o Doña Teresa ya por entonces–, La Desgracia, eterna vecina, se le presentó a la familia. Llamó al timbre de la casa y tomando de la mano a la niña África, la sacó al patio, la levantó en peso y la ofreció al cielo. Como Amaranta la Bella en la magna obra de García Márquez, la niña, abducida por una luz cenital, subiría a la patria celeste cual globo de helio.


Al poco de la ascensión, Doña Teresa la negrita, agigantó de nuevo su vientre para parir, cómo no, otra hembra. Le pusieron por nombre África II, aunque todos la llamaban Tati, nunca nadie supo por qué. Y, por fin, a la quinta, –con Paco, el hombre del corazón de bóvido, desesperado–, vino al mundo un varón en aquella suerte de gineceo o sororidad. Paquito le bautizaron.


Y cuando ya la familia se hubo consolidado. Teresita noto que Juan José se cocinaba en su entraña. Cuando nació, no sin dificultades, ya que aquella criatura pesó más que un atún, Juan José resultó ser Rocío, que con los años y con la misma edad que su madre entonces, daría al mundo un ratoncillo llamado Alejandro. El famoso parto de los montes.


(…)


Pasaron los años, y a Paco padre, por culpa de su cardiopatía, le crecía más y más el corazón –que ya era como el de un elefante– (“paquidermo” le decían bromeando sus amigos): conforme más grande se le hacía el órgano más buena persona era. Sabía que un día, no muy tarde, le estallaría el corazón de extrema bondad.


Con sus hijos ya crecidos y dándole nietos y venga más nietos, Doña Teresa dedicaba merecidamente los días a tomar el sol con su hermana Julita, la famosa tía Julia del escribidor. Eran como lagartos aletargados que pasaban días y días bajo el aliento del Lorenzo. Una tarde, nuestra negrita, impulsivamente, decidió vencer su fobia al agua y se echó a la mar. Cuando salió, lo hizo con la piel escamada y una cola como de lagartija.


A la vejez, en una suerte contraria a la de Benjamin Button, su cuerpo envejecería a pasos agigantados, quedando la pobre Teresa como una uva pasa. Por cambio, su mente rejuvenecía recuperando facultades olvidadas y optimizando los cinco sentidos. De natural nervioso, su rabo de lagartija se movía cuando rumiaba alguna preocupación. O sea, siempre. Harta de ese delator apéndice de saurio, cada viernes lo hacía cortar en su peluquería, pero como el hígado de Prometeo, a la noche se regeneraba. Estaba condenada a vivir con su bata de cola y nervio.


El día de su noventa cumpleaños, en un infinito comedor rodeada de sus hermanas, hijos, nietos y bisnietos; con dos sillas vacías que ella llenaba con el recuerdo de Paco y de África, pronunció estas palabras: “En casi un siglo, siento que he vivido seis vidas; pero afortunadamente puedo decir que nunca he conocido la soledad”.


“Claro, abuela”, replicó una de sus nietas: “El sol siempre se rodea de estrellas”.

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Erase una vez… en España

España no tiene su Tarantino; si acaso, a Manolo del Dúo Dinámico que se le viene pareciendo. Sí tiene/tuvo, por cambio, nuestra Españita, sus spaghetti westerns o chorizo westerns y los tarantos: ambos brotados de la tierra sedienta y estriada de Almería.

Precisa y curiosamente, los dos últimos reductos de Libertad en Hollywood frente al #metoo, Tarantino y Eastwood , beben de este subgénero con capital en el desierto de Tabernas. Uno, el guapo y republicano Clint, se hizo actor de la mano de Sergio Leone en la patria chica de Manolo Escobar y Chencho Arias; el otro, el sangriento y genial Quentin, bebió hasta emborracharse en su niñez de esta cosa quijotesca del vaquerismo de indalo y fetuchini.

Y si hablo del spaghetti/chorizo western es porque vengo de ver la (pen)última del director de Kill Bill, Érase una vez… En Hollywood.En ella, Tarantino, como ya habrán escuchado, rinde homenaje al cine de su infancia, donde no podía faltar su guiño (importante, como de Junqueras) a la mamma patria y a la tierra de conejos. No les haré spoiler pero les pongo sobre aviso de una colosal escena de Brad Pitt y Leonardo Di Caprio en un antro almeriense, degustando unos gurullos regados con unos americanos.

Si van a ver la película, quizás se pregunten como yo, cuánto tiempo tardará el macarthysmo de las metiómanas (Arcadi dixit) en echar sus garras sobre el director de Malditos Bastardos con la menor excusa. ¿Cómo se puede permitir (¡cuidao spoiler!) una escena en la que un actor blanco, guapo, hetero y rico carboniza con un lanzallamas a una hippie “racializada”? “¡Fomentando la violencia de género!” chillaría algún iluminado, iluminada o iluminade.

Valga como ejemplo de que el histerismo moralista ha roto el pacto de ficción estas iluminadoras palabras de Alberto Olmos a raíz de la censura al trapero C. Tangana: “El Arte nos explora, nos pone del revés; nos dice quiénes somos diciéndonos quiénes podríamos ser. Y el artista lo es porque no tiene miedo de que le digan qué lleva dentro.”

En fin, también les adelanto que Quentin, como librepensador y leal colega, salva de la quema hollywoodiense a Roman Polanski. Y yo que lo celebro. Por cierto, les dejó una pregunta: ¿se imaginan a Richard Gere en una de Tarantino?

El Capitán Kichittino o el Padrecito Patera

Además de sentirse un elegido, José María González, ‘Kichi’, es de los que pretenden anteponer su moral a nuestras leyes. De ahí, que su compromiso como alcalde no se limite a la multita de caca de perro, a la pintura de carriles bicis y al aporte de carbón y chirigota en la barbacoa. Kichi tiene un compromiso con la Historia, con el Mundo y con la Vía Láctea.

Pero no se dejen engañar por la palabrería y la mayúscula de este Padrecito Patera: el primer compromiso del Alcalde de Cádiz es consigo mismo. Se podría entender que Kichi es, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Pero, siento contarles que lo suyo es pura retórica y, que este regidor es, en el mal sentido de la palabra, listo. Y digo listo, porque cuando juega a la geopolítica en Twitter desde una silla de playa en Los Caños de Meca, bien sabe que lo que pide al “Estimado Presidente” es imposible (seamos oportunistas, “pidamos lo imposible”.) Y, precisamente, por eso lo exige en su cartita de Reyes Magos con prosa infame de Galeano: cero riesgos, todo ventajas.

Esta actitud del Alcalde Sol me recuerda al “sujétame que lo mato”, o sea, a esa valentía de boquilla del peleador cobarde que sabe que no va a enfrentarse al problema porque está separado y agarrado. En este caso, lo que permite a Kichi mostrar su Bondad, su Generosidad y su Todo son las leyes que, por fortuna para él y para todos, sujetan a este insensato capitán Ahab en busca de su ballena Dignidad, cebada como su ego.

Me imagino a González Kichi (“Cádiz nunca será el destino final de quien viene a buscarse la vida”) como un capitán Schettino al timón de su Costa Concordia (léase Open Arms) encallando el barco en las piedras de La Caleta y huyendo en su barquita de mojarra con su deber moral cumplido y dejando el marrón y los negros a los adultos.

Kichittino ya tiene su TT y su murito pintado de corazones, y en Cádiz no atracará el Open Arms. Jugada maestra, ¡enhorabuena!

Paca Salas: el coño de España

Lo de Paca Salas está escrito con el coño de Los Javis, esos Costus de Netflix y Madrid Central. Es, por tanto, la de Paca una obra cipotuda pero hecha desde la vagina, cipotudismo vaginal. Mejor que cañí, sería más exacto hablar de coñí, de la Españita coñí, al referirnos al mostrador de casquería de la cosa que es la serie de PS. Un BOE con prosa de puticlub, una columna de Umbral: quien allí no está, no existe. Nos sumerge en un submundo de ginebra nacional en vaso tubo, copla, pillería, casticismo de molleja, Seat Panda y Guardia Civil. Paca Salas es una metaserie de Larios y torreznos. Un pelotazo de ese talento de unicoño con cuerno de toro y arcoíris que son Los Javis. Que se mueven entre Almodóvar y Mario Vaquerizo. Entre Lorca y Torito.

El personaje, Francisca Salas, Paca, es un combinado de José Luis Torrente y un maricón de Cádiz (como La Salvaora o La Petróleo: que nos hizo, ay, de Chapuli un hombre). Tiene también algo de Nieto Jurado con peluquín de Teófila Martínez y mostachones de Archidona.

Aunque esté plagada de frases rotundas, como una novelita de Jabois, tiene Paca una sentencia que bien resume el espíritu de este bestiario patrio: “De aquí no se mueve nadie. Mi madre está muerta y el coño de Belinda Washington en Sálvame.”

Tenemos que hablar

Creo que fue en el verano de lo de Iniesta. Mi amigo R. conoció a su novia P. en una barbacoa playera, de buena madrugada y con algo de sangre en el alcohol. La casualidad de que se encontrasen en tal estado y a esas horas propició que se cocinaran una imagen falsa del otro. Así, iniciaron a salir juntos y todas las noches. Durante ese agosto se emplearon en una suerte de escalada alcohólica, de carrera espacial por ver quién de los dos llegaba antes al coma etílico o al reino de la tarima. Todo por querer complacerse sin conocerse. Hasta que una tarde P. se plantó y, pese a creer que perdería a R., le dijo que ella “en verdad” no era “así”. Mi amigo, que tampoco era “así”, ya digo que lo celebró más que lo que nos vino de Sudáfrica. Me cuentan que desde entonces son felices dándose a la bicicleta de paseo y al cine. 

He rescatado esta historia de final sobrio, como un bombero de recuerdos, porque recientemente me vi en medio de otra similar. Ocurre que tengo un par de amigos, Casimiro Griego y Pepe Cabalga, que entre ellos solo se conocían por lo que yo le había contado al uno del otro y al otro del uno. No sé bien cómo los dibujé, que ambos pensaban que el otro era un borracho. Así, la cena en que se conocieron estaba yo sentado entre los dos, que, tímidos, apenas se dirigían la palabra. A esa hora que llaman la de las copas se dieron a una maratón alcohólica: que si la quinta del Buitre, la de Paco Gento, la de Mijatovic… Cuando ya buscaban la décima con más ansia que Tomás Guasch tuve que frenarlos: 

-¿Pero tú no tenías que coger el coche?- le pregunté a Casimiro. 

-Y tú, Pepe, ¿no aborrecías la ginebra? 

Así era. De ser por ellos, heladito y para casa. Todo fue por agradar al otro.  

La chusma selecta

Como una profecía artúrica, estaba escrito que solo Antonio podría mojar su pluma de gaviota en el tintero de cicuta de Juan Carlos. Resultó que esa difusa chusma selecta, que fue reuniendo el capitán en torno a su hoguera de apóstol y su guitarra de hampón, tenía la cara y los apellidos de Martínez Ares.

Qué calambre y qué orgullo nombrarlos de seguido y de la mano: Juan Carlos Aragón y Antonio Martínez Ares.

Antonio y Juan Carlos. Impares y primos. En las antípodas de los siameses. Cónsules de Cádiz. Dos catedrales góticas en la ciudad del tanguillo y la convidá. Virreyes de este enclave caribeño en la piel de toro. Patrones laicos de oración de popurrí: San Antonio y San Juan Carlos. Cuatro manos zurdas. Genios de un mismo tiempo, cosecha del 67. Góngora y Quevedo. Un par de locos que se fueron haciendo grandes en su carrera armamentística, en su Guerra Cálida, y ensancharon las costuras y el orgullo de nuestra ciudad-galeón.

Juan Carlos y Antonio. Capitán y corsario. Canalla y bohemio. Filósofo y melómano. Uno con prisas, otro sin tiempo. Un centinela de la muralla de arena de Cortadura y un gato errante que roza sus nudillos con el ostión de los bloques. El guevarista y el sofisticado. El poeta y el músico. Uno que Silvio Rodríguez y otro que Walt Whitman. De calle y de buhardilla. El cupletero y el pianista. María Jiménez y Pedro Romero. Sabina y Serrat. Un ateo de sus propias religiones y un creyente de cristo de barrio. Un beduino castizo y un gadita del cosmos.

Ares y Aragón. La vida y la muerte. Dos caras del mismo doblón. ¡Viva esta hermandad!

Tanganilla en lo de Picalagartos

Se va uno un par de días y vaya lo que se encuentra… Nieto Jurado tirándose de los pelos con el inglés. Figuradamente, claro, porque los dos son pelados y cada uno a su manera. Nieto, como es, se resigna a su alopecia e incluso se adelanta a ella con un rapado a lo Iván de la Peña. Rhodes, pudoroso de su calva, la esconde con lianas de pelillo de huevo que le dan un aire de eterno recién despertado de la siesta.

El caso es que JNJ, un follonero de tasca, le tiró el recadito al dizque pianista; que, desconocedor de las astracanadas del personaje entró al trapo de nuestro torerillo de barra. A Nieto nos lo hicieron, ay, TT los mismos z@ngolotinos que, cual concurso de haikus, le dieron “jarabe democrático”. Estas bellas almas rodhesianas, empoderadas de Bien, dejaron sus mejores deseos en el murete castizo de nuestro hombre en Argüelles, desconocedoras de que le estaban fabricando la tarde a un Nieto Jurado que salió a todas y de todas como un todocampista de época, haciendo inventario de sus seis vidas pasadas como el pirata cojo, por revoleras (hasta tiró alguna caña el muy cuco, chulapón de Tinder).

Y, es que, estaban destinados a encontrarse estos dos duelistas goyescos; que en la piel de toro todo queda en un patinillo de vecinos. La pelotera era inevitable y, Nieto, ya digo, la adelantó como su calvicie, como una criatura de cesárea.

Entenderán que entre un cínico y un moralista uno siempre se ponga del lado del primero. Ya digo que Rhodes (Jaimito en adelante) es un prescriptor de moral, un tío de la tiza que va marcando en el suelo la separación entre el Bien y el Mal, entre su Bien y su Mal mejor dicho. De la rayita hacia acá, todo amor, frases de Míster Wonderful, carmenas y casas de los javis; tras la línea, odio de brigadista internacional, de miliciano en Paracuellos, de menopausia de Almudena Grandes. Por cambio, JNJ directamente y como buen escéptico repudia esta disyuntiva; él, como un invitado de El Hormiguero, ha venido aquí a disfrutar, y si algo sabe de buenos y malos es que los que se dicen buenos jamás lo son.

Mientras Jaimito es un organillero de parroquia pequeña, un Merimée con Netflix que no concibe ni transige con una España más allá de sus cuatro tópicos de cuadernillo de Irving, un cándido infectado por la candidiasis progre propagada por el neorromanticismo hispanófobo de los Minder, Carlin y demás follaburras; un monaguillo mediático, un juguete del mester de progresía, un eterno alumno de Educación Física, un ciclotímico que viene a vendernos sus lágrimas embotelladas en frasquito de Chopin número cinco;

Nieto Jurado es un jugón con faca de Albacete, un charneguillo de sí mismo, un poetilla de vinazo derramado, una entelequia de España y hueso, un ratón de área, un pillo de ultramarinos, un chicuco de umbrales; es uno, trino y veintisiete, un comunero del Pimpi Florida, saltimbanqui de plazuela, un Pedro Luis de Gálvez con suscripción a deber en HBO.

Entenderán que, de tal colisión, de esta riña de gatos, solo pudiera salir un Chernobyl castizo. Fue bonito.

Café, media y el diario

Desayuno, bar y periódico de la casa. Es viejo oficio de tinta de aceite y municipalidades varias. No soy practicante, solo turista y romántico de raíz. Me enamoro a lo grande con lo chico, a corto y de lo que nos va quedando.

En Sevilla, soy hermano del Mollete de Utrera con jamonazo de anoche. Me reclino sobre el ABSé, en una barra de espejo, chapa y matemáticas de tiza; estoy en una rancia abacería de sus céntricas serpientes: subrayado en virgen extra el artículo de Antonio Burgos. Viejo jodío gaditano. Esquelas regias. Summum. Leo y alterno con letraheridos, tataranietos de Gustavo Adolfo que dibujan un pleno con sonetos encolumnados, como Hércules como Curro con la muleta. Maestrantes, cortesanos, marineros y nomadejados. García Reyes, Barbeito, Paco Robles. El calor en adobo. Putas, príncipes y torerillos en La Alameda.

En Granada, me hicieron devoto de la hermandad del Santo Ideal. Los veranillos de setiembre, desayuno de reina en mesa coja, tilos y trinos de domingo, proyecta linajes en la piedra el sol que se filtra en Bibarrambla, en Trinidad, en La Mariana. Café Fútbol. Diario de beaturronas, de carocas y malafollá. Dxtes, camisetas grises y blancas horizontales. Lamelas. Un puñaíllo de Tico Medina. Andrés Cárdenas y déjense de poyas.

SUR. Mi más reciente placer. Hallazgo ya de viejo. Vocabulario propio. Siempre al desayuno: Nubes y pitufos. Vaya. Manolo, siempre y ahora, púgil a la contra. Caldo Mediterráneo. Los Mármoles, El Perchel a la sombra de agosto. Quintacolumnismo castellano con CP de Pedrega. Apellidos alemanes.Trujillismo. Atleta. Cartojal y lunares a la tarde.

Escribo en una servilleta. No lo muramos.

Almudenas

Almudena no ha vuelto a leer a Almudena desde aquella tarde. 

Tomaba el tren a Málaga para conocer a su admirada escritora, Almudena Grandes. Con la ilusión virgen y el libro ‘Los besos en el pan’ bajo el brazo, se apeó en María Zambrano. Ya en La Térmica cayó en que se había dejado la novela en la mesilla del hotel. No importaba. Compraría otro ejemplar allí mismo. 

Almudena se enganchó a la prosa de su tocaya en el prólogo de la década de los noventa, con novelas como ‘Las edades de Lulú’ y ‘Malena es nombre de tango’. Luego vinieron ‘Atlas de geografía humana’, ‘Los aires difíciles’ y ‘El corazón helado’. Se podría decir que, hasta esa tarde, era lo más parecido a un ídolo que tenía. 

Vestida de emoción, como es ella, se acercó tras la conferencia a que la Grandes le besara el ejemplar recién horneado. Y, de paso, entregarle un manuscrito autobiográfico que llevaba años confeccionando. Le firmó maquinalmente y tomó la carpetilla, en la que Almudena le confiaba su vida, como quien coge un folleto publicitario en la calle.  

A su lado estaba Eduardo Mendicutti, que la vio triste, y que incluso le invitó a pasar a la sala de escritores. Una vez allí, entre vino y canapés, Almudena tuvo el honor de conocer y entablar amistad con otra escritora sin libros, María del Mar. A ella le dedica Antonio Soler su última y magna novela, ‘Sur’: “María del Mar, /sur, norte, este, oeste. / Rosa de los vientos/” 

Por más que una se apellide Grandes, la Almudena grande es la Sampalo, mi madre.