Almudenas

Almudena no ha vuelto a leer a Almudena desde aquella tarde. 

Tomaba el tren a Málaga para conocer a su admirada escritora, Almudena Grandes. Con la ilusión virgen y el libro ‘Los besos en el pan’ bajo el brazo, se apeó en María Zambrano. Ya en La Térmica cayó en que se había dejado la novela en la mesilla del hotel. No importaba. Compraría otro ejemplar allí mismo. 

Almudena se enganchó a la prosa de su tocaya en el prólogo de la década de los noventa, con novelas como ‘Las edades de Lulú’ y ‘Malena es nombre de tango’. Luego vinieron ‘Atlas de geografía humana’, ‘Los aires difíciles’ y ‘El corazón helado’. Se podría decir que, hasta esa tarde, era lo más parecido a un ídolo que tenía. 

Vestida de emoción, como es ella, se acercó tras la conferencia a que la Grandes le besara el ejemplar recién horneado. Y, de paso, entregarle un manuscrito autobiográfico que llevaba años confeccionando. Le firmó maquinalmente y tomó la carpetilla, en la que Almudena le confiaba su vida, como quien coge un folleto publicitario en la calle.  

A su lado estaba Eduardo Mendicutti, que la vio triste, y que incluso le invitó a pasar a la sala de escritores. Una vez allí, entre vino y canapés, Almudena tuvo el honor de conocer y entablar amistad con otra escritora sin libros, María del Mar. A ella le dedica Antonio Soler su última y magna novela, ‘Sur’: “María del Mar, /sur, norte, este, oeste. / Rosa de los vientos/” 

Por más que una se apellide Grandes, la Almudena grande es la Sampalo, mi madre.

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No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Kichín Pamplina, cantautor de Plaza Mina

Arrugué mi camisa y salí de casa. La cita era a las 7, como en Las Ventas. 

Volvía Kichi a torear en su plaza, la de Mina. Aquella en la que pegaba megafonazos como liberado sindical, cuando desertaba de la que le correspondía en Tabernas. Pero no estuvo solo. Hasta seis teloneros, ¡seis!, le calentaron la silla. 

Alberto Garzón (rayo que no cesa) se cayó del cartel, a Pablo Iglesias le amenazaron con cortarle la coleta si la asomaba por aquí. Miguel Urbán, “becerro”, vino como único embajador de la Corte y Villa; aunque se dedicó a dar lecciones de Europa, como si a Cádiz no hubiera llegado el adsl o siguiéramos con la peseta. No comprendía el eurodiputado que, de él, la audiencia solo aceptaría recomendaciones de dónde comer los mejores gofres en Bruselas. 

Los adelantados habían tomado para sus juegos el ruedo central de la plaza de Mina, entre sol y sombra, privando a los niños de sus políticas de cada tarde (aunque alguno se coló por allí correteando para darle un aire de madurez al acto). La cosa, como era de esperar no empezó hasta las 7 y 25, y se alargó casi hasta las 9 por culpa del lenguaje inclusivo.  

A la hora que comenzó a hablar Lola Cazalilla, no se registraba ni media entrada al coso: cuatro amigotes de la comparsa, dos viejos sindicalistas y los privilegiados del kichismo en barrera de sombra; o sea: Paco Cano (aka Sinmu, aka Sinver), Barcia y demás camelos.  

No le sentó bien a Cazalilla que un tal Ernesto Alba, portagrito de IU en Andalucía, despotricara de “los bienvestidos de Ciudadanos” siendo ella la candidata de Cs por Adelante Kichi. Reivindicó la futura concejala la dignidad y a Ana Camelo, que es como reivindicar la cultura y a Álvaro Ojeda. Añadió que Cádiz necesita vitamina K, “de Kichi”, mientras nos ofrecía la K de kursi. Terminaba leyendo un popurrí de Juan Carlos Aragón, y cuando iba por la mitad ponía cara de que mejor hubiera sido un cuplé, aunque rematase con sacada de nabo. 

Cuando tomó la palabra la otra concejalable, Eva Tubío, sobrevolaban el ruedo las cotorritas argentinas aclimatadas al sudapopulismo del acto; sus graznidos se confundían con los de la Tubío, poniéndole un punto de coherencia al discurso. 

No fue el descubrimiento de la tarde la número cuatro de AK, Lorena Garrón, que solo hizo pelearse con el micro; el hallazgo fueron las perlas que dejó la juntaparlamentaria Ángela Aguilera, y que he tenido a bien recogerlas para su goce: “Los fascistas no vienen del cielo”, “Acordaos cuántas ruedas nos han puesto en el camino” o, mi favorita, “Cs lleva 40 años apuntalando el sistema bipartidista”.  

Cerró el acto el alcalde alcaldable, que siguiendo la tónica de sus compañeros se apropió de la figura de Juan Carlos Aragón, paz descanse, hasta titular su perorata “Cádiz resiste”. Este kichilicuatre, que guarda aspecto como de cantautor o de pedirte fuego, se acordó de las bondades de su mandato, tapando las vergüenzas como sus michelines; como quien vende un crecepelo efectivo, pero omitiendo que te deja estéril. Estuvo cumbre cuando afirmó rotundo que ellos no hacían populismo, para acto seguido marcarse un ejercicio impecable de dicha práctica: “El bastón de Salvoechea volverá a donde tiene que estar, en las manos del pueblo”. 

En fin, pamplinas. Y los niños, sin plaza.  

Me recuerdo a mi abuelo

“Me recuerdo a mi abuelo”, me sorprendí pensando. Estaba sentado en el sofá leyendo el diario El Mundo y seguía de fondo los toros en la tele. Exactamente a lo que se dedicaba mi abuelo Paco en sus últimos años de vida.

No sé por qué camino llegamos a converger. No fui consciente del proceso en que sus aficiones se convirtieron en las mías.

Le recuerdo aquellas tardes en la casa de mis abuelos, ahora de mi abuela, siendo yo un chaval de nueve o diez años, y él perenne en su sillón de flores verdes donde repasaba el periódico de ayer, o en el sofá blanco frente a la vieja Samsung los días de toros en Canal Sur. Me evoca tardes aburridas de clarines sonando y de olor a tinta recalentada por el sol de la ventana. Supongo que yo entonces jugaría o haría como que hacía la tarea.

Hoy le pediría “pásame el periódico cuando acabes, abuelo”, y quizás comentaríamos las verónicas de Morante, y él me diría que para torero de arte El Paula, y entonces me contaría cuando eran vecinos y le daba clases particulares al diestro jerezano, que por entonces era medio analfabeto, y que luego les invitaba, agradecido, a las mejores corridas y tal.

Pero él estaba en el ocaso de su vida y se había ganado esas tardes de placer; yo estoy en la aurora de la mía y me siento culpable por ellas: “soy un niño jubilao” como escribió Martínez Ares.

El pacto del lechazo

Se dice que en Granada abunda el malafollá y en Valladolid, el facha. También cuentan que la ciudad de la Alhambra es la más castellana, por su sobriedad, de las andaluzas, y que en Valladoli(t) se habla el mejor castellano. Dichos son.

Los hechos son convergentes. Ambas capitales son gobernadas por camisasblancas sanchistas: un matón feminista en El Norte y un profe de gimnasia con gafas en la ciudad Ideal. Pero, sobre todas las cosas, el Pucela y el Graná, si hay Dios, se reencontrarán mediado agosto en la Santander, como un veraneo de David Gistau con vermú. Cierto es que el último que descendió al Valladolid fue el Granada, pero también que Guardiola, goleador en Payaso Fofó, mamó Puleva. Todo se puede arreglar con un buen lechazo de por medio y unos piononos al postre, hasta lo del tractor San Emeterio, en propiedad pucelana, que el sábado nos hizo soñar, ay.

Aprovechando que Aguado toreaba por Valladolid, como bien nos narró José F. Peláez, y que se le quedó la carita como de tal al ver que la puerta no era del Príncipe ni el Pisuerga el Guadalquivir, no me resisto a felicitar a Jesús Nieto Jurado que se marcó el domingo un artículo torero en sus cartas que echa al Norte. Como la canción de mili, JNJ (que suena a reunión papal con jóvenes) tiene en cada puerto una mujer o un equipo: el Málaga en el Mediterráneo, el Valladolid en el Pisuerga, el Atleti en el Manzanares y el Madrí a la orilla de la Cibeles.

Cerca de la Diosa, en San Jerónimo, la Gran Familia Socialista velaba el cuerpo de Rubalcaba, tibio como un tercer león de piedra; mientras en Mis Cármenes los sobrinos de la ETA llamaban asesino a don Alfredo, paz descanse, en un minuto de silencio que se hizo más largo que un artículo dominical de Pedro J. Y la Leti tan feliz emprestando Su Copita a las katxorras. Siempre recordaremos a APR por las manos de José Mota y por Juan el del Selu.

Y nuestros progres a lo suyo, a polemizar ignorantemente por un pañuelito que se sacó Morante; cuando el pañuelo que deberían agitar en sus tuits es el teñido de sangre de las vírgenes gitanas: eso sí que es una animalada.

Mi alternativa

Escribo a porta gayola mientras escucho Al-cantar-a-Manuel, de Mayte Martín: “A la sombra de una barca/ me quiero tumbar un día/ y echarme todo a la espalda / y soñar con la alegría.” Me inspira como ver torear a El Juli. Leí hace unos días las declaraciones de un torerillo jiennense y pelirrojo, debutante en San Isidro, que decía que él quería ser torero, no quería recoger más aceituna. Yo me siento así cuando escribo: no quiero estudiar más oposiciones a ordenanza o a secretariucho, quiero ser escribidor, quiero ser columnista. Y por eso me arrimo al toro, a sabiendas de la cornada, como Roca Rey, que se los pasa por la taleguilla.


LL se acoge a sagrado en lo español, como la KSB, y el aligátor caraqueño vuelve a morder. Me vienen a la cabeza los versos de Neruda, que los parafraseo: “Nicolás Maduro se llamó el murciélago. / Era redondo de alma y de barriga / pestilente, ladrón y circunflejo, / era un gordo lagarto de pantano, / un mono roedor, un loro obeso, / era un prostibulario maleante, / cruzamiento de rana y de cangrejo.” Se le pique bien a la bestia.


El quite se lo dejo al de La Puebla, Morante de Vox, que pasea el río por la marisma con los ecos de su capote.


Vaya el primer par de banderillas contra los inclementes que se han aprovechado de un lapsus de la periodista María (Roca) Rey para lapidarla. Los segundos palitroques, con la bandera nacional, se claven en el lomo de los ofendiditos que se han horrorizado por un titular ingenioso de la “referencia dominante”. Y cómo no, los últimos avivadores, precisamente para eso, para el buey Marius, aka Ferdinando, cuando Silvia Barquero le esté dando de comer ramitas. (“La madre o el perro”, que diría el Chapu).


[Y antes de entrar con la muleta, quiero brindar este toro a Jesús Nieto Jurado, un Pedro Luis de Gálvez millenial: ahí va la montera, Maestro; cámbiela por la gorra].


Solos ya la bestia y el menda. La Ansiedad y la Muerte. En el horizonte, la Vida. Le doy dos pases al natural: que pacte Sánchez a su izquierda.
Recuerdo a Borges, “me legaron valor, no fui valiente”. Mi sempiterna compañera de viaje, la bicha, me seca la boca, me paraliza y me disocia, pone a Manuel en tercera persona. No le da tiempo a rumiar, la sangre morena que atasca la autopista corazón-cabeza, porque el toro le ha cabeceado.


Acostado en la arena solo quiere ser arena.


Pero se acuerda de Alcántara (“tendré ya que figurarme, don Manuel, que también somos paisanos en la muerte infatigable”), de Aragón y del Balica. Y de su madre despertándole para ir al cole. Y con legañas de sangre negra se incorpora. La espada en el paño de la muleta, que va de derechas. Vuelvo al yo. Me descalzo y pido música al maestro Tejera. Suspiros de España, FJL. Serie magistral de derechazos.


Y la plaza unánime pide indulto, como snchz con los golpistas. Porque a mi bestia, a mi bicha, a mi miedo no se le mata, se le torea, se convive con él, se le acoge. Decirle te quiero, ¡te quiero, ansiedad!, y no te temo. ¿Qué sería yo sin ti? Quizás un periodista en Madrid, pero desde luego no sería el que soy, Manuel López Sampalo.


Se abre la puerta del Príncipe. Me llega el olor del azahar apretado del crepúsculo. La brisita atlántica me da en la cara. Y renace el mundo, de colores, de flores, de amigos, “de libros de madrugada, el verano y tus pestañas”. Me canta El Pali desde una silla sobre el espejo cenital del Guadalquivir. Quién pone la manzanilla, que nos vamos pa la Feria. “Que la vida hay que tomarla, ole, ole ole y ole, de cachondeo”.

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.

El oro del Perú

Al niño de José Mari Manzanares le pasa lo que al de Santiago Amón, que son figuras en lo suyo sin alcanzar a padre. O eso hablan los que han vivido. Lo de Suárez Illana –ayer en La Maestranza – es más como lo del chico de Paquirri.

El alicantino Manzanares resucitó el domingo con guapura bailando un toro con apéndices blanquiazules como una libélula oronda.

Roquita, que es virrey de la República del Perú, tiende los puentes de sangre que volaron San Martín y O’Higgins. Se deja los alamares en el filo de las astas como ofreciendo el último oro del Perú, y se pasa la vida y el toro por la taleguilla. Morir para vivir: ¡resurrección! Y domingo. Sevilla y don Mario Vargas Llosa –paisano tuyo, Roquita, ¡y mío! – en el tendido. Y el Juli, ahí es poco, que le brinda el primero al Nobel. No habrá faena, Roquita, pero ya la tarde tiene su literatura; y la mañana ya la tuvo: que dicen que pregonó García Reyes de Puerta del Príncipe. Y que allí estaba en el coso Alberto, el escribidor de Sevilla, y a su verita Carlos Herrera, que comía pipas como le come audiencia a la Ser.

No sé qué tiene la Plaza, Roca, pero allí no van mujeres, allí va la flor de la eugenesia a verte: francesas, portuguesas y sevillanas como Esperanzas, Trianas y Macarenas. Vale, sí, también estaba Esperanza Aguirre

Yo tampoco sé en qué momento se jodió el Perú, Roquita, pero ten por seguro que contigo y Mario, tu bandera sangre y blanca (como tu vestido) que pendía ayer en la plaza marinera, también es la mía.

“Firme y feliz por la reunión”.

Liberales en un 207

Tanto parecía aquello un bautizo pijo, que cuando llegué al lugar realmente pensaba que lo era: felicité a los padres, le pellizqué un cachete al niño y pregunté dónde era lo de Rivera

No era precisamente un crío al que se consagraba en la pileta bautismal del Atlántico, sino más bien una señora que cumplía 207 años, ¡Felicidades Pepa! Un número, 207, que evoca cierto modelo de Peugeot, coche en el cual hoy día, y como dice el ingenio, seguirían cabiendo los genuinos liberales españoles. Uno de ellos es José Ramón Bauzá, expresidente balear, quien ya sin portar la alianza del PP venía soltero acompañando a Rivera en su ya tradicional ofrenda floral, como rito iniciático de la primavera, a la Constitución gaditana. 

Decía que Albert se acompañó del boticario balear para que vendiera las recetas de su farmacopea anti(pan)catalanista. Parecía Bauzá, entre conde y matador, con su patrico y sus ricitos en la nuca, el mar de fondo, navegar en un catamarán en las aguas de Menorca. 

El escenario del coloquio, el Parador Atlántico, era el mismo en el que hace justo 7 años, en la celebración del Bicentenario de la Constitución, se tomaron las fotos de José Mari Aznar, otro dizque liberal, saliendo a hacer running de buena mañana, Federico en los cascos y sus machacas detrás.

Distraído de la trivial tertulia, captó poderosamente mi atención un grupo de jóvenes, como de nuevas generaciones naranjitas, formados en pelotón tras el coloquial escenario, que parecían los liberales de Torrijos, muchos años después, esperando a ser fusilados. Aunque los únicos disparos fueran los flashes de las cámaras, y ellos más que dispuestos a morir por la Libertad parecieran convencidos a hacerlo por un quinto puesto en una lista de provincias.  

Acabo Albert su speech con un “¡Viva Cai, viva La Pepa y Viva España!” Le faltó darle un viva a Malú.  

8M: Pasacalles taurino

La quedada del machihembrado, que diría Umbral, era en hora taurina (18h), y el ‘meeting point‘ donde la antigua plaza de toros de Cádiz, cuyos paredones de sangre roja fueron demolidos en el ’76 por los estigmas que dejaron los fusiles franquistas. Desde entonces no ha visto Cádiz más torero que el de la chirigota, hasta que esta tarde hizo el paseíllo morado José Luis Ábalos, hijo del novillero ‘Carbonerito‘ antes que ministro en funciones. 

Marchaba Ábalos, con hechuras de banderillero gordo, casi a la cola de toro de esta suerte de pasacalles de chirigota larga con ribetes morados como de penitencia cuaresmal y santa y puta inquisición. Se dejaba ver Carbonerito jr, el pecho palomo, la chaqueta de tenor y el llavero del Cortijo asomando por el bolsillo del pantalón. Flanqueado por su cuadrilla en la que figuraba el alcaldable panzasanchista Fran González y el susánida Juan Cornejo. La estampa invitaba a que sonara Suspiros de España y a rematar la faena en Casa Manteca apurando un Tío Pepe y un papelón de chicharrones de Chiclana. 

Pero la realidad era bien distinta y disonante: al paseíllo sociata lo acompañaban las voces agudas del gineceo hormonal con el popurrí acostumbrado: que si “mi coño”, que si “el patriarcado”, que si “el capital criminal”, etc. Si Heliodoro Ábalos, paz descanse, levantara la cabeza. 

En fin, que había manifa más allá del fomentador, y ésta al girar el coso taurino y enfilar la Avenida comenzó a estirarse y formarse en abanicos, como un pelotón ciclista en persecución: por el ritmo de batucada con apretón o de procesión con cielo negro pareciera que encabezaran el grupo los Sky de Thomas y Froome. No me sorprendió ver por allí, entre banderas guerrepublicanas, juventudes comunistas (sumo oxímoron), pezoneras y ombligos morados al sobrio concejal de Ciudadanos, JMPD, como una más haciendo el lila: pintaditos los cachetes con el símbolo de la mujer. Y digo que no me chocó porque en tiempo de elecciones… 

Pero como uno es cronista de los márgenes, como un Jesús Quintero sin teatro, fui a pescar en el caladero último, a ese fin de fiesta que los Locales tienen que ir azuzando con varas como pastores a mulillas. Y, ¡oh!, bendito regalo de la simbología: tras una cutrepancarta de ‘Podemos Cádiz’, quince, literalmente quince, viejos rockeros comunistas, una concejala kichista con megafonía y un Histórico profesor de la UCA que unta la manteca en pan en clave marxista. Olor a vinazo reseco al sol y a naftaleno. “Por el barrio de La Viña quiso el destino que se encontraran/ la peñita de Fidel Chano y la peñita del Chele Vara./ Y salió sin querer esta revolución”.