CICLISMO MÁGICO

Manuel López Sampalo

Una mañana de verano, mi madre regresó de su ruta en bicicleta por los pueblos de la Vega de Granada con una bolsa del mercadillo de Fuente Vaqueros colgada del manillar de su vieja bici de carretera: la que se hubo comprado con el primer sueldo de médico residente. Mientras mis primas, mi hermana y yo desayunábamos picatostes en la mesa del patio pequeño de El Corti, mi madre fue sacando de aquella bolsa, como un mago, cuatro mallas color pistacho con un dibujito de Piolín. A cada una le había escrito un nombre compuesto con permanente: “Cristina-Pantani”, “Belén-Jalabert”, “Almu-Ullrich” y “Yiyo-Olano” ‒aunque a los dos días me lo tacharía y escribiría el apellido “Escartín”, dado el fraude del ciclista vasco, Abraham Olano; llamado a ser el sucesor de Induráin‒.  Aquél nimio episodio provocó el apasionamiento de mi hermana por Jan Ullrich, tanto o más como el que sufría por Mijatovic, y mi tendencia a bancar a los ciclistas españoles: ya se apellidasen Beloki o Sevilla.

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En aquél cortijo de la Vega granadina, las siestas eran sagradas, y más en los cuarenta grados del verano. Mis padres, mi hermana y yo nos encerrábamos después de comer en la salita a seguir el Tour de Francia con devoción: bueno, mi padre roncaba tumbado en el sofá del fondo y de vez en cuando se sobresaltaba diciendo “¡Qué ha pasao, qué ha pasao!”, hacía un comentario aleatorio de la carrera y volvía a sus sueños. Las voces de Carlos de Andrés y Perico Delgado, con el ruido de fondo de las aspas del helicóptero están grabadas por siempre en mi memoria sentimental. Afortunadamente, esa combinación de sonidos la puedo seguir disfrutando a día de hoy, en este mundo tan cambiante e instantáneo. El Tour también se consagró en aquél caserón de campo.

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No vi correr a Induráin. Pero si mi madre no lo hubiese visto, probablemente, a mí no me gustaría el ciclismo. Ella me contaba cuando toda España se paralizaba a media tarde para seguir con devoción al ciclista navarro con corazón de buey, superhéroe magnánimo. Una vez, por ejemplo, ellos subían en el coche de Paco Pérez ‒personaje torrentino‒ a Madrid y pararon en una venta manchega para seguir por la tele la carrera de Miguelón. Los relojes de España entera, de Conil a Rosas, de Mojácar a Ferrol se paraban a la hora de la siesta. Toreaba Miguel.

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A mi madre, su antiguo novio, que fue quien la introdujo en el mundo de las dos ruedas y los pedales, le regalo una réplica en miniatura de la bici con la que Induráin batió el record de la hora, la ‘Espada’. No sé si ella luego se la re-regaló a mi padre o la tenían como objeto común en su casa matrimonial. El caso, es que cuando se separaron, mi madre se quedó con los niños ‒o sea, mi hermana y yo‒ y mi padre con la réplica de la bici de Miguelón. A día presente, aquella mini-bicicleta sigue luciendo, con su pata de cabra de alambre, en las repisas del despacho paterno, y mi madre, de vez en cuando se acuerda de ella y nos pide que cuando vayamos a verlo se la traigamos de vuelta. Y ya de paso, dice bromeando, que nos quedemos alguno de los dos allí.

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Ya digo, que la devoción ciclista de mi madre era y es mayor que la de mi padre; lo que no quiere decir que sea anterior. Mi padre cuenta con Luis Ocaña como ídolo de infancia. Luis Ocaña, ‘el héroe trágico’ contra Eddy ‘El Caníbal’ Merckx: aquéllos duelos debían de ser colosales.

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Mientras mi hermana disfrutaba de Jan Ullrich, infalible en cada Tour, siempre luchando si no por la victoria, por el podio; yo padecía a los ciclistas españoles, uno tras otro, que fracasaban en el intento de emular al inigualable gigante navarro. Lo mío fue un desamor tras otro: Abraham Olano, Fernando Escartín, Óscar Sevilla, Joseba Beloki, Paco Mancebo, Roberto Heras, Ibán Mayo, Carlos Sastre… Ninguno cuajó. Si acaso, más tarde, el cuñado de El Chaba. Todos grandes ciclistas, pero lejos de ser grandes ídolos eran idolillos de temporada, de quita y pon: segundones. Ahora sí, qué alegría cuando alguno de los vasquitos se escapaba en hazaña brutal por los puertos pirenaicos a más de 100 kilómetros del final y empapado de ikurriñas hacía la machada: remember Roberto Laiseka.

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Yo iba a ser ciclista, ahí no cabía debate. Después de cada etapa del Tour y de La Vuelta, me daba un baño en la piscina, merendaba torta de chocolate o pan con aceite y azúcar, me ponía mi ropa deportiva y a correr bicicleta. Cuando más niño, subía por la antigua vía del tren ‒un camino de tierra pedregoso‒ hasta la puerta de la vaquería y bajaba de nuevo hasta el cortijo. Luego daba vueltas por el patio y por las eras simulando finales de etapa. Me atacaba a mí mismo, retransmitiendo mentalmente, y  esprintaba cada vez que enfilaba el portón y levantaba los brazos al pasar por este. Siempre ganaba. Mi imaginación estaba repleta de imágenes de etapas y de narraciones de Carlos y Perico, que estallaban en mi cabeza al estímulo de los pedales. Era feliz.

Llegué incluso a organizar una contrarreloj con mis primas y mi hermana, compañeras de juego y de infancia. No sé cómo las convencía, pero el caso es que aquél paripé se llevaba a cabo y como estaba previsto, arrasaba yo.

Algo más crecido empecé a explorar rutas de tierra en torno al Cortijo, y me llegaba hasta la abandonada iglesia de Frajana, una torre de campanario de aspecto mejicano a punto de derrumbarse con un inmenso muro en el que se leían pintadas de “Cárcel, no”, o “Fuera ETA”, en relación al penal para terroristas que planteaban construir en aquella zona de la Vega granadina. Como tenía miedo de ir más allá de los dominios familiares, que eran bastos, a veces, daba vueltas pedaleando por el patio a la espera de que mi tío Jaime ‒aka Tito Jeans‒ ese día se decidiera a coger la bici. Entonces, cuando salía por el portón, yo esprintaba hasta llegar a su rueda y me iba detrás de él, pese a su disconformidad, a descubrir mundo con la bicicleta. Las más veces me llevaba hasta el cortijo de Casas Blancas, camino de Íllora, sito en una elevación entre olivos, al que se accedía tras subir un camino largo, estrecho y empinado. Era mi Tourmalet a escala. Tan motivado iba que le arrancaba a mi tío en la cuesta, y él se enfadaba recordándome que íbamos de paseo. Me enseñó que los puertos se suben a ritmo y con la cadena flojita. La bajada era un gozo.

Mi padre, harto de comprarme cámaras de repuesto, ya que todas las semanas, sin falta, pinchaba una o las dos ruedas, me enseñó a reparar un pinchazo. Separar la rueda del cuadro, con unos destornilladores planos sacar la cubierta por encima de las llantas, extraer la cámara, inflarla y meterla en un cubo de agua buscando la pérdida de aire, o sea, el pinchazo. Señalarlo con una lima y deshinchar del todo la cámara. Secar bien la zona y aplicarle pegamento en torno al agujerito, superponer el parche con su plástico correspondiente y apretar con los dedos gordo e índice durante cinco minutos, retirar el plástico y voilá, cámara reparada. Revertir el proceso anterior para colocar la rueda en el lugar que le corresponde en la bicicleta ‒si es la trasera, cuidado con ajustar bien la cadena y los frenos‒ e inflarla bien. Y a correr de nuevo. He llegado a tener cámaras con hasta veinte parches o cicatrices de batalla.

Cuando con la primera adolescencia comencé a hacer rutas de verdad yo solo, saliendo a carretera con mi nueva bici de montaña y pasando por los pueblos ‒Ezcórnar, Valderrubio, Fuente-Vaqueros, Cijuela, Romilla, Chauchina, Láchar…‒ empecé a preocuparme en serio en ser ciclista. El primer obstáculo que pasó por mi mente derivaba del pánico a los ascensores, fruto de mi claustrofobia, a los que por entonces no me subía. “¿Cómo voy a ser profesional del ciclismo sin montarme en ascensores?”, esa era la duda irracional que empezaba a corroer mi sueño de ser ciclista. Me imaginaba en el hall de un hotel con unos señores de la UCI diciéndoles que yo subiría a la décimo-segunda planta por la escalera. Bueno, todo se andaría.

Algo más tarde, y más crecido física y mentalmente, la preocupación de dar al traste con mi sueño se tornó más real. Ya por entonces, tendría unos 14 ó 15 años, medía cerca de 1 metro con 90. Con esa altura no podía ser ciclista; desde luego, no escalador. Es probable que me fijara mucho en los escarabajitos colombianos o en esos ciclistas vascos con estatura de jockey y cara de duende. Entonces, en el pelotón mandaban los sherpas. Más tarde, llegaría el tour de Wiggings (1.90) o los de Froome (1.86) para echar abajo mi teoría del ciclista de talla baja; demasiado tarde. Ahora pienso que me podría haber fijado en Miguel Induráin, un tipo grandullón y que mandaba en todas las disciplinas.

Pero sin duda, lo que cambió el “yo voy a ser ciclista” por el “yo iba a serlo” fue la cruda realidad. Si yo pasaba los veranos en aquél cortijo familiar dándole todas las tardes a los pedales, el curso lo pasaba en mi ciudad, Cádiz; probablemente el peor municipio español para querer ser ciclista. De ahí, que el número de ciclistas profesionales salidos de la ciudad de Cádiz o del entorno de la Bahía sea igual a cero. Cádiz, solo tiene una salida para las bicicletas y es la autovía a San Fernando, peligrosa por lo estrecho de sus arcenes y muy transitada. Para encontrar alguna cuesta hay que ir hasta Medina-Sidonia o Vejer, a casi cincuenta kilómetros de la capital. Si esto no te quita las ganas de ser ciclista, añádanle un viento espantoso que ya, definitivamente, le quita las ganas a cualquiera. Incluso a mí. O sea, que durante el curso me olvidaba de los puertos y las pájaras y retomaba el pragmatismo de querer ser veterinario o policía.

Así que, mis planes de futuro se quedaron en el trastero luminoso de la niñez como un juguete especial. Quizás, después decidiría cursar la carrera de periodismo por hacerme periodista deportivo y poder estar lo más cerca posible de ese sueño, aunque del otro lado de la valla, siguiendo la máxima de que el periodista deportivo es un deportista frustrado. Cuando acabé la carrera, ni siquiera me decanté por el periodismo deportivo, ni por el periodismo, vaya.

En mis fogonazos de escritor, cada cierto tiempo repito que Nieto Jurado, con 35 piñones, aún tiene una Vuelta en las piernas. Yo tengo 28, ¿quién sabe si acaso tengo una Vuelta en los dedos?

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Con la entrada del siglo, el bloque familiar ‒si es que alguna vez fue tal‒, en torno a la hoguera del Tour, se derritió definitivamente. Mi madre ya no pasaba los veranos en El Corti, mi hermana prefería ver ‘Pasión de Gavilanes’ con mis primas y mi padre cada vez dormía, y roncaba, más profundamente en el sofá del fondo. Me quedé sólo al pie del puerto. Cada mañana miraba en el diario IDEAL el perfil de la etapa de ese día y leía la crónica del día anterior: si era llana, una sensación de desilusión me atrapaba, si era montaña, alta montaña, era día de fiesta, día grande para mí.

Con el comienzo de La Vuelta a España acababan nuestros veranos colosales de casi tres meses en El Corti. La ronda a española la seguía a caballo entre Granada y Cádiz, pues. No tengo para olvidar aquélla etapa montañosa en que un joven y casi desconocido llamado Alejandro Valverde, ciclista del Kelme-Costa Blanca ‒ese Betis del ciclismo‒ se impuso a los mejores ‒Roberto Heras, Óscar Sevilla, Félix Cárdenas‒ con una potencia descomunal. Ese día me enamoré y aposté todo, sin razonar, a ese caballo ganador. Me salió bueno. Aún vibro como un chiquillo con sus hazañas más de quince años después. Y lo que le queda, lo que nos queda…

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La canción de La Vuelta, que se anunciaba a mitad de Tour en sus anuncios, era todo un hito del verano. Sin duda, no se admite discusión, la mejor ha sido la de Melendi. Brutal. Las ha habido muy buenas, como la de Pastora Soler, la de Patricia Monterola ‒“Que el ritmo no pare”‒ o hasta la de Nena Daconte. Pero la de Melendi alcanza la categoría de mítica. Aunque los de generaciones anteriores nos hablen con devoción del “Me estoy volviendo loco” de Azul y Negro.

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A mí, las clásicas ‒y discúlpenme los clasicómanos‒ me importan un carajo. Y me importan un carajo porque no las he mamado, no forman parte de mi educación sentimental: mi ciclismo se reduce a Tour y Vuelta y, si acaso, algún Mundial. Las clásicas para los come-gofres.

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El dopaje o, mejor dicho, los controles antidopaje o, especificando más aún, la proliferación y endurecimiento de estos controles casi acaban con el ciclismo. Los siete Tours que vivimos sometidos a Amstrong y su guardia pretoriana fueron una mentira. Es duro que te borren siete veranos de un plumazo. Nada ha vuelto a ser igual en este mundo de las dos ruedas y los pedales: la afición ha mermado como atacada por una gripe de alta mortandad y los que quedamos somos mucho más escépticos: a cada truco de magia le buscamos la trampa y el cartón, a los ataques arácnidos de Froome, el motor; porque sencillamente hemos dejado de creer en la magia. A veces, se nos olvida y volvemos a conectar con esa sensación especial que transmite este deporte: que puede que sea el más aburrido del mundo, pero sigue siendo, con toda seguridad, el más bello del orbe.

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Un día de finales de Secundaria, un compañero de clase me soltó que a él le gustaba tanto la Fórmula-1 como a mí el ciclismo. No le dije nada. Pero aún sigo pensando qué habrá mamado ese chiquillo de la fiebre pasajera por esa competición de motor y lujo, que duró lo que duró Alonso en la élite. No se puede comparar una moda con un modo… de vivir. Yo el ciclismo, como todo buen aficionado, lo llevo en la sangre y aunque se envenene, ahí seguirá haciéndome retorcer. Ciclismo y Fórmula-1, ¡já! Es como comparar a tu madre con una noviecita de la adolescencia.

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Jugaba a un juego con mi hermana, y aún seguimos jugando, cuando hay un tercero delante, para demostrar ante el mundo sus conocimientos de ciclismo, los cuales llegan hasta la retirada de Ullrich. Muy sencillo: yo decía el nombre del ciclista y ella remataba con el apellido. Así:

Yo: ‒Erik…

Almu: ‒Zabel.

‒Fabian…

Cancellara.

‒Andreas…

Klöden.

‒Laurent…

Jalabert.

‒Joseba…

‒Beloki.

‒Floyd…

Landis.

Y su favorito: ‒Jan…

‒¡Ullrich!

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Sostengo que Valverde es más grande que Induráin.

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Mi último recuerdo ligado al ciclismo que mamé es el de mi padre madrugándome en una mañana de agosto para bajar a nuestra salita de El Corti a ver el final de la prueba de ciclismo en línea de las Olimpiadas de Pekín 2008, las mejores que he vivido. Si no recuerdo mal, teníamos dos caballos ganadores en esa prueba: Óscar Freire y mi Alejandro Valverde. Ninguno de los dos entró en el corte definitivo; si lo hizo Samu Sánchez, un escalador menudo del Euskaltel-Euskadi ‒ese Athletic del pelotón‒. No teníamos confianza en que siquiera fuera a sacar una medalla; sabíamos que era bueno subiendo y también bajando, pero al sprint no hubiese apostado por el ciclista asturiano ni su madre. No sé cómo, no sé de dónde sacó las fuerzas, qué imagen le pasó por la cabeza…que va el tío y vence al sprint. ¡Samu campeón olímpico! Qué manera de despertar aquella mañana del 9 de agosto de 2008. ¡Qué subidón!

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Yo pensaba que se quedaba. En aquella pared de Insbruck, que dejaba en un falso llano las rampas del Angliru, yo pensaba que se quedaba. No quería mirar. Veía a Bardet, escalador nato, tan joven y canijo, subiendo como un sherpa al Himalaya, con esa facilidad… y veía que hasta Alaphilippe cedía; me parecía inverosímil que Alejandro, con casi 40 años y La Vuelta aún caliente en las piernas, aguantara un segundo más la rueda del francés. Entre ellos, un tal Wood, leñador canadiense, convidado a la mesa de los mayores. En cambio, una vez coronado aquel muro de las lamentaciones, aquel infierno vertical, suspiré aliviada y fuertemente pensando “esto ya está hecho”. Pensamiento que desapareció en cuanto vi que Dumoulin, esa mala bestia, conectaba con el trío de los metales. El arcoíris, como el amarillo para los artistas, estaba maldito para Valverde. “Dumoulin les va a arrancar a kilómetro y medio de meta y los va a dejar tiesos a los tres.”, rumiaba. No fue así: 1 kilómetro, 700 metros, 500 metros, 400, 300 y ¡pum!, arranca Alejandro. «¿¿¡¡Dónde vas!!??», dijimos todos. La cámara de meta enfocaba a los cuatro, y aquél sprint parecía a cámara súper lenta, hasta tres veces pensé que Bardet había superado a Alejandro. Obvia decir, que llevaba 20 minutos viendo la carrera de pie, como los finales de partido de mi equipo. Cuando Alejandro levantó los brazos hubo en mí una explosión de sentimientos inefable. Corría, saltaba y me revolcaba emocionado y excitado por los pasillos de casa. ¡Qué alegría, Dios mío! ¡Qué justa es a veces la vida! «¡Cucha el Balica, coño, con 38 años!», como dijo él mismo.

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La firma falsa de Induráin:

Para cerrar el círculo de mi historia sentimental ciclista he de contar que mi madre, en torno a 2012, fue a un congreso a Pamplona. No recuerdo bien de qué: algo relacionado con la medicina, pero también con el liderazgo. Para su gozo, su ídolo de juventud, Miguel Induráin, estaba anunciado como ponente en el acto. Unos años atrás, yo había comprado un maillot amarillo de líder del Tour en la tienda Nike de Londres. Lo saqué del armario y le dije que se lo guardara en su maleta y, por favor, me lo trajese firmado por Induráin. Así fue. A los cinco días regresó con la firma en la maleta. «A Manolo, que consiga tantos éxitos como dispute… M. Induráin», esa era la dedicatoria que el gigante navarro había plasmado con un rotulador permanente negro y de punta gorda a las espaldas de mi maillot. Tanta ilusión me hizo, que lo colgué de la pared de mi cuarto. Jamás sospeché de su veracidad, aunque al pasar unos años, no sé por qué, quizás el remordimiento o un despiste, mi madre me confesó que aquélla firma no era de Miguel, sino de ella. ¡Qué chasco y qué cabreo! Induráin, por lo visto, no acudió finalmente a aquél congreso, y mi madre, por no desilusionarme, por cumplir con su papel de reina maga, había suplantado la firma del ciclista. De las mallas de piolín al maillot, y siempre la letra materna dotando de magia a aquéllas prendas inertes: mitificando un deporte, un modo de vida.

COBRARSE LA COBRA

COBRARSE LA COBRA

Por Manuel López Sampalo

I Congreso de columnistas gallegos en el exilio. Palacio de Congresos de Cádiz: 20, 21 y 22 de mayo de 2021.

Llegaba apurado como siempre y ¡quia!, menuda sorpresa me llevé al encontrarme allí a Primo Laguardia, era la última persona que pensaba cruzarme por aquel congreso. Con el acto ya empezado, me acerqué para abrazarle a su asiento esquinado de la última fila: que era donde le gustaba ponerse, como los mafiosos, “Para estar al liquindoi, que hay mucho bujarrón”, solía decir. Se soltó de mis brazos y con su mala leche habitual, mientras le espetaba mi sorpresa, me largó que si es que acaso no me había leído el dossier informativo o qué cojones. Sacó el tríptico y me señaló con el dedo el título de la última mesa de las tres jornadas del congreso. ‘La cuota castellana en el columnismo gallego: José Primo Laguardia, Perfecto Girasol y Galindo Garabato’, pude leer.

  • ¡Pero si tú odias esto a muerte!— le comenté con sorpresa.
  • A muerte es poco, amic. Me dan unas arcadas de la hostia.
  • ¿Y entonces?
  • Los jurdeles— dijo haciendo el gesto del dinero. — Además vengo a reventar esta mierda. Pero sobre todo…— Y señaló con una contorsión inimitable de barbilla y ojos hacia la primera fila.

En efecto, en la otra punta del auditorio del Palacio de Congresos gaditano ‒otrora fábrica de tabacos‒ estaba ella: Mademoiselle Grapó (“Mame” en los ambientes).

Mas permítanme ponerles en antecedentes: Mademoiselle Grapó era lo que se podría decir una grupi de los columnistas, especialmente de los de acento gallego, y cuanto más sacarinosos más le arrebataban. El columnismiño solía ser particularmente empalagoso, y no era exagerada la recomendación de leerlo con una ampolla de insulina a mano. La expansión incontrolada, como una metástasis, de este articulismo galaico por todo el territorio nacional, con la correspondiente hipercursilización patria, había llevado a sectores ultra castizos del sacro oficio de la columna a levantarse en armas contra lo que ellos llamaban “El amariconamiento del columnismo español”.

El germen fueron las plataformas cívicas, como la famosa ‘Stop columnismo gallego’. Pero visto que estos seres de progreso no se envainaban sus plumas ante las protestas y manifiestos, el núcleo más duro de sus detractores se echó al monte. De ahí surgió el ‘Comando Umbral’, liderado por el veteranísimo maestro Rubén del Hoyo, que prescribía el boicot al vino Albariño y al percebe. Este grupo de resistencia armada, sito en el barrio de Argüelles, limpió en apenas una semana la capital de España de galleguitos intensos. La mayoría escaparon al sur, como los moriscos en tiempos de La Reconquista.  “¿Y por qué no volvieron a su terra?”, pensarán. Pues porque allí no eran precisamente profetas, sino más bien apestados; ya que, los valleinclanistas –seguidores del maestro del esperpento– se habían hecho fuertes en las cuatro provincias del Noroeste frente a los epígonos de Camba, que eran los intensitos. Gracias a Dios y al magnífico trabajo de barrido de Rodri Latorreta, valleinclanesco líder.

Apenas en Andalucía, Murcia y Badajoz podían seguir atentando con su escritura estos prosistas hiperglucémicos sin temor a un secuestro o directamente a un tiro en la nuca por parte de los GAHU (Grupos Armados hasta los Huevos. Un remedo de los GAL, una confederación de los comandos armados antigallegos). El motivo no es que por estos lares meridionales se acogiera de buen grado el terrorismo escrito de estos tipos infames, sino que por su bendito analfabetismo el grueso poblacional desconocía por completo ya no la obra de estos cantautores del columnismo, sino su mera existencia. Aunque ya, ni estos territorios les iban quedando a estos pagafantas, debido a que recientemente, unos pocos cultivados y sesudos patricios sureños se habían agrupado en torno a la ‘Brigada Séneca’, emulando los comandos septentrionales de la península. Entre ellos figuraba, como cabeza visible, el más fino analista de ABC Horacio Cagancho y Gómez de Langreo, marchenero de cuna.

Entenderán entonces las circunstancias que llevaron a que el simposio de tema gallego se celebrase en Cádiz. Para estos cantajuegos –al igual que para el entrenador balompédico David Vidal– la patria gaditana, decían, era lo más parecido “a minha terra” que les quedaba: El Atlántico, el marisco, la harina, las mareas. Y además, la Tacita de Plata tenía un alcalde, Juan Manuel Fernández ‘Chichi’, admirador de los escritos de Eduardo Galeano y por ende de estos intensitos. Para qué más.

Pero no se me confundan, la opinión mayoritaria ‒salvo en el Sur, que ni existía tal‒ estaba del lado de estos galleguitos. Su prosa hiperazucarada se había colado por las venas de una sociedad sumamente emocional, que pedía más y más mierda procesada. Los GAHU y sus apologetas eran minoritarios, resistentes, excepcionales. Lo ‘normal’ eran los clubes de fans. Podemos hablar de que eran como estrellitas pop de las que grupúsculos de sabios justicieros habían tasado sus cabezas. Aunque una metáfora más gráfica y acertada sería la de las patrullas de caza creadas años ha para mermar las poblaciones de esa criatura invasora y dañina con nuestro ecosistema conocida como cotorrita argentina. Cambien cotorrita argentina por columnista gallego.

Y perdonen la digresión; ya estamos de vuelta con Mademoiselle Grapó o Mame, según gusten. Como antes hemos dicho, grupi incondicional de estos “seres de luz” (poeta Arturo Lúcar dixit). Decía que supe de la asistencia de Grapó al congreso probablemente a la vez que mi compadre Primo Laguardia, cuando ella posteó en sus redes sociales el cartel del simposio –o lo que fuera aquello– acompañado de la siguiente frase: “Las excusas de Cádiz”.

Grapó y Primo mantenían una indescriptible relación de amor-odio por vía digital. Él le pegaba tiritos por Twitter y ella se ofendía o se hacía la tal. Ella le calentaba el cayetano por Instagram y él se ponía borde y cachondo. Este tira y afloja virtual tenía su origen en aquélla vez que se conocieron en persona. Fue en Valladolid, tierra natal de M. Grapó, en otras jornadas de estas que se montan los columnistas a solaz de su ego; y según cuenta Primo, ella le puso la mejilla cuando él fue a entrarle como matador en suerte de espadas. Se ve que a mi compadre le dolió la corná.

  • He venido a cobrarme la cobra, Sampaio. — Me comentó Primo muy serio con la mirada ausente y lagrimosa.

José Primo Laguardia –disculpen la descortesía de que aún no se lo haya presentado– era un joven aunque veteranísimo columnista que se definía como radicalmente castizo y bohemio. Deudor de Alejandro Sawa y de Pedro Luis de Gálvez, firmaba con el seudónimo de ‘Don Latino’ en referencia al personaje de ‘Luces de Bohemía’. De cuna desconocida, a veces jugaba a ser castellano y otras a andaluz. Defensor acérrimo de la castellanidad de Madrid y hasta de Granada. Un maletilla de las letras, que se diría. No formaba parte, al menos que se supiera, de ninguna de las brigadas antigallegas (unidas en los GAHU); pero simpatizaba abiertamente con estos miríficos movimientos y lo decía negro sobre blanco en sus mordaces escritos.

Entre la primera y segunda ponencia congresista ‒‘La influencia de Xacobe Casas en las fotocolumnas de Miguel Jalois en Instagram’ y ‘O progreso galego camiña coma un cangrexo coxo’‒, salí con Primo a convidarle a unas cervecillas en un gastro-bache a la espalda de la antigua fábrica de tabacos gaditana. Allí, por más que le insistía, no me quiso contar su plan para reventar aquel chiringuito y, sobre todo, nada me dijo de su táctica para abordar a Madamoiselle Grapó. Sí me comentó que se alojaba en una pensión de mierda en el barrio de Santa María, y que había rechazado una suite en el Parador Atlántico por no coincidir más que lo preciso con esos cursis, y especialmente por cuidar su imagen de perro pulgoso.

Transcurrió la primera jornada congresista sin ninguna incidencia reseñable y así lo reflejé en mi crónica para el Subsidiario de Cádiz: “Tostón a feira” la titulé.

De los pastelosos y tediosos coloquios del segundo día poco recuerdo, apenas que Mademoiselle Grapó hacía manitas sentada, cómo no, en primera fila con un tal Javi Cabeteila: uno que se las daba de gracioso en las páginas de El Retroceso de Lugo. La noche anterior, ya la vimos Primo y yo retozando a la salida del congreso, entre las columnas de la otrora fábrica de tabacos, con otro ‘percebeiro’ cortado por el mismo patrón (intensito, pelito despeinado y con barbita: ese era el molde): un tal Migue de Consenso, que debía escribir para Míster Wonderful por lo menos.

Durante esa segunda fecha, Primo Laguardia solo acertaba a murmurar, hundido en su asiento de última fila: “Puta, reputa, más que puta. Se va a enterar esta…”, en referencia, claro está, a M. Grapó. Lo que no me había contado y supe después por terceros, es que el muy zorro se estaba trajinando a la señora que le hospedaba en aquella pensión del barrio de Santa María, que más que otra cosa era una suerte de putiferio. En fin, esos ambientes de casinillo y cloaca por los que él tan bien se movía.

El caso es que me saqué de allí a Primo antes de que le dieran al pico los de la última mesa de la jornada, ‘Se vas escribir autoparodia non collas fardos coa zódiac’. Lo dejé en lo suyo y quedamos en vernos a la noche en Casa Manteca, donde Pepe, para recibir como se merecía al gran Perfecto Girasol. Yo me iría a la redacción del Subsidiario a rematar la segunda crónica del congreso con más imaginación que otra cosa: le di el título de “Nunca máis!”

Perfecto Girasol era, por decirlo así, el Sancho Panza de Primo. Al mediodía siguiente, en la jornada de clausura de aquel suplicio galaico escudaría, una vez más, a nuestro bohemio columnista en su colofón. Leonés del Barrio Húmedo, con voz cavernosa de presentador de matinal radiofónico, sobrio, sin más adorno que su exacerbado aguadismo (entiéndase por su devoción por el torero sevillano Pablo Aguado). Era Perfecto un crítico feroz de lo que él denominaba “la turra a la gallega”. Que él y Primo hubiesen sido invitados a clausurar aquel congreso, solo se entendía por el tema de las cuotas y por aquella petulancia de “tender puentes”, algo en lo que ya únicamente esos cándidos terroristas de la palabra creían.

En fin, que esa noche, como hemos anunciado, eché unas manzanillas y unos chicharrones en Casa Manteca acompañado de Primo y Perfecto. Me detallaron, ahora sí, su plan para saltar aquello por los aires en su intervención del día siguiente. Apenas pude articular palabra de lo sorprendido que quedé, tan solo abría la boca para dar entrada en mi organismo al caldo sanluqueño. Si aquello salía, ¡pum!, sería la bomba. Perfecto, ahumado por el vino de la tierra, se pegó unas medias verónicas con su chupa de cuero; Primo se arrancó por Juan Carlos Aragón, y yo me quedaba para mí que cuando fui a mear me topé en los baños, con la puerta entreabierta, a M. Grapó dándose el lote con Xosé Tablón: probablemente el más talentoso de aquella sensiblera pléyade. No quise echar más leña al fuego, que ya suficiente ardían los bosques galaicos, y no le contaría nada a Primo.

Y llegó, como suele decirse, el gran día. 22 de mayo: última jornada del ‘I Congreso de columnistas gallegos en el exilio’. Sabía que si llevaban a cabo una cuarta parte de lo que habían tramado mis dos compadres, iban a hacer pedazos a los galleguitos y, por encima de todo, Primo haría que Mademoiselle Grapó (“Mame” en los ambientes) mojara las bragas como nunca… Pero antes del gran momento de “la cuota castellana”, hubimos de tragarnos otra insoportable mesa que llevaba por nombre ‘A Cadena Ser ou El País, o resto é fascismo en Madrid’, a cargo de Monxo, Ignacio Autopisto y Miguel Loueioureiro.

Saboreando la inminente llegada de su momento, Primo Laguardia dejó que Perfecto Girasol y Galindo Garabato se gustasen en una suerte de prólogo a su performance, en la que lo más amable que soltaron del articulismo gallego fue que sus columnas en papel eran buenas para limpiar las pústulas perianales.

  • ¡Señoras, señores, me alegro!— arrancó Primo su speech emulando a su admirado y querido Carlos de Herrera. —Dejemos de comernos las pollas y pasemos directamente a la dialéctica de los puños y las pistolas— pronunció masticando las palabras, mientras se ponía en pie, provocando un grito sordo en la audiencia.  

Se había sacado un antiquísimo y elegante revolver de debajo de la mesa de exposiciones y, con su cañón largo y plateado, como un falo de exposición, apuntó a la primera fila donde se ubicaba el cogollo de la intensidad galaica. Bajó los tres peldaños que separaban la tarima del patio de butacas, sin dejar de señalar a aquellos fantoches, y le puso la Smith & Wesson a Miguel Jalois, líder espiritual de los gallegos, en el mismo entrecejo. Los del público ‒y prensa‒ no huíamos del auditorio, sino que nos habíamos quedado congelados en nuestros asientos. Esto no era, desde luego, lo que me habían contado de noche.

  • ¡Lo que hay que hacer por salvar la columna, carajo!— gritó Primo como un loco.

Sin dejar de encañonar a Jalois, anduvo lateralmente unos cinco pasos hasta situarse cara a cara con Mademoiselle Grapó, que estaba de pie ante su asiento. Primo fue a comerle la calavera como nunca antes la habían besado. Palparía su coño para comprobar que estaba húmedo. Chorreaba.  

Amartilló la pipa y a la voz de “¡Viva-Es paññña!” se llevó el cañón a su propia sien e hizo fuego.

Abuelas

Mis abuelas estuvieron a un tris de la muerte siendo muy niñas. La materna, Tere, que pasó sus primeros años en una islita africana, fue la pionera europea superviviente a la picadura de la mosca tsé-tsé. Marisa, la paterna, fue bombardeada, afortunadamente sin éxito, por la aviación alemana cuando su madre la llevaba en brazos por las calles de Guadix. Que yo esté escribiendo estas líneas es purito milagro.

Eran tiempos en los que se hacían las novelas del futuro, los primeros compases del siglo XX. Me contó mi abuela Tere que su padre se paseaba por las callejas del viejo Madrid en una bicicleta con un mono al hombro. La abuela Marisa recuerda como algo de otra vida cuando a su padre, dueño de la fábrica de harina de Guadix, lo secuestraron durante la Guerra los anarquistas y socialistas venidos del Levante, y cómo sus propios trabajadores le salvaron la vida.

Si algo en común tenían mis bisabuelos Juan José (materno) y Luis (paterno), según me ha llegado, es que eran dos hombres buenos y con propiedades. Juan José fue un aventurero y soñador que heredó unas tierras en la isla de Fernando Poo (hoy día Bioko, Guinea Ecuatorial), que por entonces pertenecía al ya moribundo Imperio Español. A su cargo, en supuesto régimen de semiesclavitud, tenía un grupo de negros, los bubis: holgazanes y jaraneros, que le trabajaban la tierra. Aunque, dada la mano blanda del bisabuelo, se pasaban más tiempo de cachondeo que trabajando. Se casó con mi bisabuela, Concha, por poderes (hoy sería como hacerlo por Skype): Él en la isla, y ella, en Madrid.

Como decía, al poco de nacer mi abuela, la llevaron en barco, lo que era una odisea de tres semanas, hasta Fernando Poo. Allí le picó la dichosa mosca tsé-tsé que la dejó en coma por la conocida como enfermedad del sueño…, de la que muy pocos despertaban. Ella, milagrosamente, lo hizo a las dos semanas. Lo dicho, la primera europea que lo superó. O eso cuenta ella.

De la isla colonial se volvieron pronto a Jerez de la Frontera, donde se asentó la familia. Pero, como souvenir, el genial excéntrico de mi bisabuelo se trajo una mona. La mona vivió un tiempo con ellos en su casa de la calle de Las Naranjas. Situada en el balcón, hacía las delicias de los jerezanos, que se paraban a hacerle monerías. Una vez en Feria la vistieron de sevillana.

Por la otra rama familiar, el bisabuelo Luis era el propietario y director de la fábrica de harina de Guadix; que por entonces era la empresa que más beneficio generaba de la zona. La cruenta Guerra les pilló a él y a su familia con las manos en la masa. Pronto el pueblo granadino fue tomado por el bando republicano; y expropiaron la fábrica a mi bisabuelo, que quedó en manos de los obreros. Unos trabajadores, que, por la bonhomía de su jefe, juraron defenderlo de las amenazas forasteras. “Don Luis, usté tranquilo, que con nosotros no le tocan un pelo”. Pero fue inevitable que, tras un tiempo ejerciendo de chófer de los revolucionarios, los grupos anarquistas y socialistas levantiscos lo secuestraran, llevándoselo por los montes de Jabalacón, refugio penúltimo de bandoleros y maquis. Finalmente, la intercesión de uno de sus secuestradores (que estuvo a sus órdenes en la fábrica), le permitió escapar con vida hasta Granada, territorio nacional.

Mientras tanto, mi bisabuela Ascensión, su mujer, trató de huir con sus dos hijos a Murcia, donde residía su familia. Pero no sin antes pasar por el fatídico y milagroso episodio del bombardeo: Por el motivo que fuere, andaba ella en la calle con mi abuela en brazos, un bebé, cuando quedó oculto el sol por el vuelo del bombardero de la Legión Cóndor, que atacaba indiscriminadamente a la población accitana. Mi bisabuela corría sin mirar al cielo, rezando, mientras estallaban las bombas a izquierda, derecha, adelante y atrás. Por fin, encontró una covacha donde guarecerse del planeo asesino del pajarraco ferrugiento. Ya en su vejez, cuando tuvimos la suerte de conocerla sus bisnietos, se arremangaba un poquito la falda para enseñarnos los estigmas de la metralla en sus pantorrillas.

(…)

A qué periodista no le han preguntado por su entrevista soñada. Yo, lo tengo claro: a mi abuela Tere y a mi abuela Marisa. Testigos últimos de un tiempo en que no mediaba una pantalla con la vida. Ni con la muerte.

LOS MUERTOS DE EL MUNDO

De Francisco Sampalo, mi padre dice dos cosas: 1. Que fue una buena persona, y 2. Que “Fransisco” y él fueron los lectores pioneros de El Mundo.  Lo primero yo no se lo he escuchado, sino que dicen que se lo dijo a mi propio abuelo materno en su lecho de muerte. “Paco, vete con la tranquilidad de que has sido una buena persona”, algo así debió expresarle. A mi hermana y a mí ‒12 y 11 años por entonces‒ no nos dejaron despedir a nuestro abuelo, a pesar de la resistencia de Almu; entiendo que para que no nos quedáramos con esa última imagen decrépita de él. Se puede decir que como niños que éramos nos protegieron de la muerte, nos la escondieron. Como debe ser.

Cuando falleció mi otro abuelo, Manolo ‒lector de Ideal y de ABC‒, yo tenía 18 años: o sea, que a efectos legales y se supone que morales era un adulto. Llegamos los primeros al hospital y claro que vi como mi padre quitaba la sábana, descubría el rostro muerto de mi abuelo y le besaba la frente. Todo conmigo a dos pasos: porque a un adulto no se le esconde la muerte.

No me gusta, por respeto a mis familiares, contar estas escenas tan íntimas; pero es que a veces, cuando los argumentos no sirven, hay que recurrir a los sentimientos. Es lo que se hace con los niños: y yo me dirijo a esos niños de veinte, de treinta, de cuarenta y de cincuenta años que se echan las manos a la cabeza porque el diario de mi abuelo Paco, porque el diario de mi padre, porque mi diario, El Mundo, publique la imagen de un muerto o de unos ataúdes en la portada. ¡Un muerto! Sí, el hecho es que llevamos casi 19 mil muertos en nuestro país, y un muerto no es un dato en una curva que sube y baja como el IBEX; un muerto es un muerto: con su tragedia, su agonía, su rigor mortis, su palidez, su olor a muerto, sus moscas y sus gusanos… Y eso multiplicado 19mil veces. 500 muertos no son una buena noticia, 400 muertos no son “ya queda menos para poder ir a la playita”, 300 muertos no son “voy a ir apurando La Casa de Papel porque ya mismo estamos saliendo”, 200 muertos no son “pues ojalá abran las discotecas en agosto”… mientras haya un solo muerto que lo sea por el virus será una tragedia.

Y El Mundo, el diario que mi abuelo Paco leía de pe a pa y de un día para otro, El Mundo, digo, solo está mostrando un cubito de hielo de este colosal iceberg contra el que se ha estampado nuestro barco. El Mundo, el periódico que yo cuando púber prefería que mi padre no comprase porque era más guay un padre que comprara El País, El Mundo, digo, se está limitando a contar los hechos: la mera base del periodismo. “Lectores, esto es lo que hay”, “y como muestra un botón”.  

No vengan con su ideología Instagram a dar lecciones de ética periodística. Newtral no es Kapuscinski, ni siquiera es neutral. No ensucien con sus velas de mocos la cabecera que despejó la ecuación de la X de los GAL, la que se enfrentó a la ETA, la que sufrió dos bajas en guerras, la que su director mítico pagó con un despido y destierro mediático el hacer Periodismo (“Luis, sé fuerte”). No manchen la casa de Umbral, la de Raúl del Pozo, la de Carmen Rigalt, la de David Gistau, la de mi abuelo Paco, la de mi padre y, al fin y al cabo, la mía.

Si quieren ficción: ahí tienen Netflix, que hasta ha prohibido escenas fumando. O mejor, Disney+: allí no verán muertos ni en dibujos animados.

Noventa años de sol y edad

El día de su concepción el sol se asomaba cotilla por las ventanas de un Madrid recién republicano. La matrona escarbó en las entrañas de su madre y sacó, como del fondo de una mina, una niña tan negra como el cacao. Teresita no lloraba, sino que reía.

Las lenguas malhablaban por los zocos y verdulerías de la ciudad: con esa piel negra como una noche de grillos, tan oscura que azuleaba, la niña no podía ser hija de su padre: un extravagante rubio de ojos verdes que se movía por la capital con un monociclo y un tití al hombro. Se quiso creer entonces que su madre, Concha –una señora grande como un castillo–, fue preñada, en uno de sus viajes a las mil islas del cuerno de África, por un mandingo.


Su abuelo gustaba de llevar a la negrita por los bares de ese Madrid sin rey a comer hocico de jabalí y chupar cuerno de ciervo. A Teresita le encantaba coincidir en aquellos templos de la casquería con Manuel Azaña, a la sazón presidente del consejo de Ministros, y que le contara los cuentos de Calleja.


Por motivos de trabajo, siendo aún muy cría, sus padres se la llevaron a una de las mil islas de ébano y marfil. La travesía a lomos –o a caparazón– de un galápago gigante fue pesadísima. Al poco de estar en la ínsula de Fernando Poo, un veneno serpentino y multicolor infectó a la niña con el virus del sueño. Del que no despertaría hasta dos años, cinco horas y veintitrés minutos después, gracias al buen hacer de un chamán de tribu local. Al amanecer, Teresita se encontró con una nueva hermana, Choni, esta sí, fruto indudable del matrimonio entre el hombre extravagante de la cola de tití y la mujer-castillo.


Tras la larga siesta, la familia se instaló en Jerez de la Frontera. Allí vería la luz la grande hermana pequeña, Julita, hija del hambre, que nació con un bocadillo de chicharrones bajo el brazo. Dicen que durante el embarazo, a Concha le crujían las tripas como truenos en una tormenta tropical, pero no eran las suyas, sino las de la niña que abrigaba en su vientre. El quijotesco padre moriría al poco de regresar de la negritud entre fiebres horrorosas que le ponían el cuerpo a 60 grados. Combustionó.


El día que expiró el padre, una monita salió de debajo de la cama en la que el buen hombre pasó los últimos calores. El primate se hizo un hueco en la casa como una cuarta hermana. Nuestra Teresita peleaba a menudo con la mona en unas palizas enredadas en las que bien no se sabía dónde acababa aquel simio y dónde empezaba la ya joven negrita.


Mas el hambre llamaba a la puerta del hogar tras la crudelísima Guerra de Los Hermanos. Dicen, que como en el cuento de El Coronel, Concha, la matriarca, ponía piedras a hervir para que los vecinos no pensaran que en su casa se pasaba hambre. Aunque Julita, que cobijaba en su cuerpo una solitaria como una anaconda, se las comía como si de patatas duras se trataran.


(…)


Teresita, para apoyar la economía del hogar, se puso a trabajar de costurera en el taller de banderas de Don Mario. La negrita, astuta cual zorrillo de las nieves, tejía y destejía –en un remedo entre Penélope y Mariana Pineda–, los retales amarillos para aclarar el morao de las banderas. Daba la impresión de ser la más trabajadora, aunque en sus diez años en lo de Don Mario, sólo convirtió tres pendones republicanos en nacionales.


(…)


Entre tela y tela, conocería a Paco, un hombre con corazón de buey, y pronto se casarían. Tendrían hasta seis hijos. Tan deseada era la primogénita, que le dieron por nombre todo un continente: África. La siguiente, Almudena, ya monologaba en la barriga de su mamá. Pero antes de alumbrar a la tercera, María Teresita, un calco de Teresita –o Doña Teresa ya por entonces–, La Desgracia, eterna vecina, se le presentó a la familia. Llamó al timbre de la casa y tomando de la mano a la niña África, la sacó al patio, la levantó en peso y la ofreció al cielo. Como Amaranta la Bella en la magna obra de García Márquez, la niña, abducida por una luz cenital, subiría a la patria celeste cual globo de helio.


Al poco de la ascensión, Doña Teresa la negrita, agigantó de nuevo su vientre para parir, cómo no, otra hembra. Le pusieron por nombre África II, aunque todos la llamaban Tati, nunca nadie supo por qué. Y, por fin, a la quinta, –con Paco, el hombre del corazón de bóvido, desesperado–, vino al mundo un varón en aquella suerte de gineceo o sororidad. Paquito le bautizaron.


Y cuando ya la familia se hubo consolidado. Teresita noto que Juan José se cocinaba en su entraña. Cuando nació, no sin dificultades, ya que aquella criatura pesó más que un atún, Juan José resultó ser Rocío, que con los años y con la misma edad que su madre entonces, daría al mundo un ratoncillo llamado Alejandro. El famoso parto de los montes.


(…)


Pasaron los años, y a Paco padre, por culpa de su cardiopatía, le crecía más y más el corazón –que ya era como el de un elefante– (“paquidermo” le decían bromeando sus amigos): conforme más grande se le hacía el órgano más buena persona era. Sabía que un día, no muy tarde, le estallaría el corazón de extrema bondad.


Con sus hijos ya crecidos y dándole nietos y venga más nietos, Doña Teresa dedicaba merecidamente los días a tomar el sol con su hermana Julita, la famosa tía Julia del escribidor. Eran como lagartos aletargados que pasaban días y días bajo el aliento del Lorenzo. Una tarde, nuestra negrita, impulsivamente, decidió vencer su fobia al agua y se echó a la mar. Cuando salió, lo hizo con la piel escamada y una cola como de lagartija.


A la vejez, en una suerte contraria a la de Benjamin Button, su cuerpo envejecería a pasos agigantados, quedando la pobre Teresa como una uva pasa. Por cambio, su mente rejuvenecía recuperando facultades olvidadas y optimizando los cinco sentidos. De natural nervioso, su rabo de lagartija se movía cuando rumiaba alguna preocupación. O sea, siempre. Harta de ese delator apéndice de saurio, cada viernes lo hacía cortar en su peluquería, pero como el hígado de Prometeo, a la noche se regeneraba. Estaba condenada a vivir con su bata de cola y nervio.


El día de su noventa cumpleaños, en un infinito comedor rodeada de sus hermanas, hijos, nietos y bisnietos; con dos sillas vacías que ella llenaba con el recuerdo de Paco y de África, pronunció estas palabras: “En casi un siglo, siento que he vivido seis vidas; pero afortunadamente puedo decir que nunca he conocido la soledad”.


“Claro, abuela”, replicó una de sus nietas: “El sol siempre se rodea de estrellas”.

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Erase una vez… en España

España no tiene su Tarantino; si acaso, a Manolo del Dúo Dinámico que se le viene pareciendo. Sí tiene/tuvo, por cambio, nuestra Españita, sus spaghetti westerns o chorizo westerns y los tarantos: ambos brotados de la tierra sedienta y estriada de Almería.

Precisa y curiosamente, los dos últimos reductos de Libertad en Hollywood frente al #metoo, Tarantino y Eastwood , beben de este subgénero con capital en el desierto de Tabernas. Uno, el guapo y republicano Clint, se hizo actor de la mano de Sergio Leone en la patria chica de Manolo Escobar y Chencho Arias; el otro, el sangriento y genial Quentin, bebió hasta emborracharse en su niñez de esta cosa quijotesca del vaquerismo de indalo y fetuchini.

Y si hablo del spaghetti/chorizo western es porque vengo de ver la (pen)última del director de Kill Bill, Érase una vez… En Hollywood.En ella, Tarantino, como ya habrán escuchado, rinde homenaje al cine de su infancia, donde no podía faltar su guiño (importante, como de Junqueras) a la mamma patria y a la tierra de conejos. No les haré spoiler pero les pongo sobre aviso de una colosal escena de Brad Pitt y Leonardo Di Caprio en un antro almeriense, degustando unos gurullos regados con unos americanos.

Si van a ver la película, quizás se pregunten como yo, cuánto tiempo tardará el macarthysmo de las metiómanas (Arcadi dixit) en echar sus garras sobre el director de Malditos Bastardos con la menor excusa. ¿Cómo se puede permitir (¡cuidao spoiler!) una escena en la que un actor blanco, guapo, hetero y rico carboniza con un lanzallamas a una hippie “racializada”? “¡Fomentando la violencia de género!” chillaría algún iluminado, iluminada o iluminade.

Valga como ejemplo de que el histerismo moralista ha roto el pacto de ficción estas iluminadoras palabras de Alberto Olmos a raíz de la censura al trapero C. Tangana: “El Arte nos explora, nos pone del revés; nos dice quiénes somos diciéndonos quiénes podríamos ser. Y el artista lo es porque no tiene miedo de que le digan qué lleva dentro.”

En fin, también les adelanto que Quentin, como librepensador y leal colega, salva de la quema hollywoodiense a Roman Polanski. Y yo que lo celebro. Por cierto, les dejó una pregunta: ¿se imaginan a Richard Gere en una de Tarantino?

El Capitán Kichittino o el Padrecito Patera

Además de sentirse un elegido, José María González, ‘Kichi’, es de los que pretenden anteponer su moral a nuestras leyes. De ahí, que su compromiso como alcalde no se limite a la multita de caca de perro, a la pintura de carriles bicis y al aporte de carbón y chirigota en la barbacoa. Kichi tiene un compromiso con la Historia, con el Mundo y con la Vía Láctea.

Pero no se dejen engañar por la palabrería y la mayúscula de este Padrecito Patera: el primer compromiso del Alcalde de Cádiz es consigo mismo. Se podría entender que Kichi es, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Pero, siento contarles que lo suyo es pura retórica y, que este regidor es, en el mal sentido de la palabra, listo. Y digo listo, porque cuando juega a la geopolítica en Twitter desde una silla de playa en Los Caños de Meca, bien sabe que lo que pide al “Estimado Presidente” es imposible (seamos oportunistas, “pidamos lo imposible”.) Y, precisamente, por eso lo exige en su cartita de Reyes Magos con prosa infame de Galeano: cero riesgos, todo ventajas.

Esta actitud del Alcalde Sol me recuerda al “sujétame que lo mato”, o sea, a esa valentía de boquilla del peleador cobarde que sabe que no va a enfrentarse al problema porque está separado y agarrado. En este caso, lo que permite a Kichi mostrar su Bondad, su Generosidad y su Todo son las leyes que, por fortuna para él y para todos, sujetan a este insensato capitán Ahab en busca de su ballena Dignidad, cebada como su ego.

Me imagino a González Kichi (“Cádiz nunca será el destino final de quien viene a buscarse la vida”) como un capitán Schettino al timón de su Costa Concordia (léase Open Arms) encallando el barco en las piedras de La Caleta y huyendo en su barquita de mojarra con su deber moral cumplido y dejando el marrón y los negros a los adultos.

Kichittino ya tiene su TT y su murito pintado de corazones, y en Cádiz no atracará el Open Arms. Jugada maestra, ¡enhorabuena!

Paca Salas: el coño de España

Lo de Paca Salas está escrito con el coño de Los Javis, esos Costus de Netflix y Madrid Central. Es, por tanto, la de Paca una obra cipotuda pero hecha desde la vagina, cipotudismo vaginal. Mejor que cañí, sería más exacto hablar de coñí, de la Españita coñí, al referirnos al mostrador de casquería de la cosa que es la serie de PS. Un BOE con prosa de puticlub, una columna de Umbral: quien allí no está, no existe. Nos sumerge en un submundo de ginebra nacional en vaso tubo, copla, pillería, casticismo de molleja, Seat Panda y Guardia Civil. Paca Salas es una metaserie de Larios y torreznos. Un pelotazo de ese talento de unicoño con cuerno de toro y arcoíris que son Los Javis. Que se mueven entre Almodóvar y Mario Vaquerizo. Entre Lorca y Torito.

El personaje, Francisca Salas, Paca, es un combinado de José Luis Torrente y un maricón de Cádiz (como La Salvaora o La Petróleo: que nos hizo, ay, de Chapuli un hombre). Tiene también algo de Nieto Jurado con peluquín de Teófila Martínez y mostachones de Archidona.

Aunque esté plagada de frases rotundas, como una novelita de Jabois, tiene Paca una sentencia que bien resume el espíritu de este bestiario patrio: “De aquí no se mueve nadie. Mi madre está muerta y el coño de Belinda Washington en Sálvame.”

Tenemos que hablar

Creo que fue en el verano de lo de Iniesta. Mi amigo R. conoció a su novia P. en una barbacoa playera, de buena madrugada y con algo de sangre en el alcohol. La casualidad de que se encontrasen en tal estado y a esas horas propició que se cocinaran una imagen falsa del otro. Así, iniciaron a salir juntos y todas las noches. Durante ese agosto se emplearon en una suerte de escalada alcohólica, de carrera espacial por ver quién de los dos llegaba antes al coma etílico o al reino de la tarima. Todo por querer complacerse sin conocerse. Hasta que una tarde P. se plantó y, pese a creer que perdería a R., le dijo que ella “en verdad” no era “así”. Mi amigo, que tampoco era “así”, ya digo que lo celebró más que lo que nos vino de Sudáfrica. Me cuentan que desde entonces son felices dándose a la bicicleta de paseo y al cine. 

He rescatado esta historia de final sobrio, como un bombero de recuerdos, porque recientemente me vi en medio de otra similar. Ocurre que tengo un par de amigos, Casimiro Griego y Pepe Cabalga, que entre ellos solo se conocían por lo que yo le había contado al uno del otro y al otro del uno. No sé bien cómo los dibujé, que ambos pensaban que el otro era un borracho. Así, la cena en que se conocieron estaba yo sentado entre los dos, que, tímidos, apenas se dirigían la palabra. A esa hora que llaman la de las copas se dieron a una maratón alcohólica: que si la quinta del Buitre, la de Paco Gento, la de Mijatovic… Cuando ya buscaban la décima con más ansia que Tomás Guasch tuve que frenarlos: 

-¿Pero tú no tenías que coger el coche?- le pregunté a Casimiro. 

-Y tú, Pepe, ¿no aborrecías la ginebra? 

Así era. De ser por ellos, heladito y para casa. Todo fue por agradar al otro.