Cádiz es Pamplona (comentario de ‘7 de Julio’, de Chapu Apaolaza)

El libro ‘7 de julio’ llegó a mis manos de manera azarosa, diría que mágica. Como buen humano débil, tengo mis vicios y mis compulsiones: el mío es caro pero instructivo, se trata de comprar libros por Amazon, por impulso, sin pensarlo: reconozco sentir placer al clicar y añadir al carrito, y luego cuando llega a casa y rompo el cartón y tomo en mis manos el nuevo libro y huelo sus páginas… El caso es, que el día del chupinazo de 2017 sentí una atracción repentina y fugaz por una fiesta que me era totalmente desconocida y ajena, necesitaba saber algo de ella. Me vino el libro de Chapu a la mente, ya que sabía de su existencia por ser seguidor del buen hacer de la editorial Libros del K.O.; tenía también ‘Fiesta’ rondándome la cabeza. ¿Cuál de los dos comprar y leer? “‘7 de Julio’, está claro”. “No, mejor ‘Fiesta'”. “Bueno, mejor los dos”. Clic, clic.

Así, la noche del lunes 10 estaba sentado en mi butaca de leer con ‘7 de julio’ en las manos, sin saber qué me iba a deparar. (Pensé en leer primero, a modo de telonero a Chapu, para luego pasar a Hemingway… Ahora tengo cierto miedo de comenzar ‘Fiesta’, no vaya a ser que eche por tierra todo lo que Chapu ha despertado en mí).

Puedo afirmar y afirmo que el libro de Chapu me ha inoculado el veneno de San Fermín. Esa noche de lunes me acosté tarde leyendo, el libro me atrapó y perdí la noción del tiempo. Pero no me importó, puse el despertador del móvil a las 7 y 45, media hora antes de lo habitual: necesitaba corroborar por la tele y en directo lo que había leído en el libro. Normalmente pongo tres alarmas en el móvil, con tres minutos de diferencia cada una, para así despertar de manera más suave con la última. La mañana del martes 11 me incorporé en la cama como un resorte, a la primera, impulsado por una energía, por un motivo potente y desconocido. ¿Cuál era?, pensé en esos cuatro o cinco segundos de ubicación que uno necesita al despertar. “Hostia, el encierro”. Corriendo al sofá y La 1 puesta.

Era verdad, no me mintió. En la tele me encontré, corroboré, lo que Chapu me había narrado la noche anterior. El rezo de menos 3, el canto que desde 2009 también se hace en euskera, el pequeño santo moreno, el rezo de menos 1, los pocos valientes en la cuesta de Santo Domingo, las caras de tensión de los corredores más conscientes, los estiramientos, el cohete, los cencerros. El encierro.

Los momentos previos a la salida de los toros sentí cierta ansiedad, angustia, un hormigueo en los dedos de las manos, dificutad para tragar saliva y un estrechamiento del esófago. Lo mismo que había sentido de noche con el relato de Chapu, un superdotado en la capacidad de transmisión de sentimientos, un transcriptor de la vida. El encierro fue rápido, 2 minutos y diez segundos, y apenas pude fijarme en las carreras de los mozos ante las astas, ya que mi atención se centraba en la supervivencia de estos. En la repetición multicámara de TVE, ya sí pude disfrutar.

Antes mencioné la inoculación del veneno sanferminero, y prueba de ello es que esa mismo martes a la hora de comer, muy serio yo, frente a mi abuela en la mesa, le dije con voz de quien decide ir voluntario a la guerra: “Abuela, el año que viene me voy a correr los sanfermines”. Esa tarde-noche, tapeando con un amigo le solté: “Quillo, el verano próximo nos vamos pa’ Pamplona a correr, con dos huevos”. ¿Qué mejor prueba de que la llama había prendido en mí, de que por culpa de Chapu me había envenenado en una sola noche de lectura?

El miércoles, el jueves y el viernes repetí ese rito recién creado. Alarma a las 7:45 y la tele enchufada. Me habitué a esa leve ansiedad mañanera que acentuaban los cantos al santo de menos tres y de menos uno y disparaba el bum del cohete; aunque el jueves viendo el encierro y habiendo leído la noche anterior el capítulo de la muerte, cambié de opinión y pensé “no corro, ni de coña”; la ansiedad me dominó solo de pensar que el próximo julio yo estaría allí. El viernes, de nuevo decidí que corría. Sentimientos viejos: la euforia; monstruos antiguos: la ansiedad, la puta ansiedad, pero aplicados a algo nuevo. Al nuevo mundo en el que acababa de desembarcar. San Fermín.

Cuando Chapu habla en su libro de Pamplona, yo pienso en Cádiz; cuando habla de San Fermín, yo pienso en el Carnaval de Cádiz. Dos  fiestas a priori en la antípodas, pero que si se rasca un poco en ellas, el fondo es el mismo: un baile entre la vida y la muerte, una exaltación de la vida. Escribía Martínez Ares para la comparsa La Eternidad, que Cádiz es “la tierra donde tropiezan y donde descansan los vivos y los muertos”. ¿Acaso no es eso la Pamplona de los sanfermines? Juan Carlos Aragón con Los Millonarios comparó el Carnaval con una religión laica (valga el oxímoron):

[…]todas las calles de Cádiz/ también son el templo de una religión/
que da a la vida sentido, /por eso te digo, si vienes de fuera /o si eres de aquí
pero aún no te enteras /qué es el Carnaval:/
No es una fiesta más ni una feria de tantas, /es un modo de estar de la gente de Cádiz,/
que hace de su cantar su semana más santa, /su semana de gloria, de olvido y pasión./
Y como tal religión tiene oración, /culto y profeta, canto, castigo y perdón, /resurrección, música y letra,/
y como tal religión, /mi religión, /tú las respetas.

¿No son acaso los sanfermienes eso mismo? Una religión laica en la que se venera a San Fermín, en muchos casos, desde posiciones ateas; una fiesta en la que no hay más dios que el toro. Acaso es San Fermín una simple fiesta más o una feria de tantas; no es acaso un modo de estar, de vivir. Una semana de gloria, de olvido y pasión. Desde la jota del día siete, hasta el “pobre de mí”, pasando por los rezos al santo, no son más ni menos que oraciones. No son acaso los corredores más destacados, profetas de la trayectoria del toro, del devenir de la fiesta. ¿No es cierto que son componentes del encierro el castigo y el perdón concedidos por el toro? Acaso no es otra cosa el encierro, la fiesta, que una resurrección.

Mil kilómetros separan a Cádiz de Pamplona. Pero la distancia es solo física, ya que estamos “pegados por la saliva” como dijo el sabio, ligados por la muerte y la vida, por la sangre, por el vino. Cádiz, tan idosincrásica no se entiende sin Pamplona; Pamplona, tan foral ella, no se entiende sin Cádiz; por ello la importancia de coser un país por los márgenes, sin necesidad de pasar por la imposición de un Estado Central.

* * *

Permítaseme la coda: La Cádiz de hoy, la del Kichi, no puede estar más alejada del mundo del toro. “Ciudad libre de espectáculos con animales”, así ha sido declarada hace poco. Un alcalde, que ignorante él, tacha a la fiesta con trazo grueso de “maltrato animal”. Pero pese a que Cádiz desde los años setenta no tiene plaza de toros, por causa del estigma franquista (se hizo de las paredes del coso un paredón), no hay que olvidar jamás la importancia que tuvo la esplendorosa Gades en el toreo. La ciudad puede presumir de algunos hitos de la tauromaquia como la invención del toreo a pie, el ser pionera a la hora de construir un ruedo, o acoger el primer mano a mano entre Juan Belmonte y Joselito El Gallo. Casi ná.

¡Gora San Fermín y viva el Carnaval!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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