La lectora de Arcadi

Hace dos veranos coincidí en un taller de escritura creativa con una chica que tendría dos años menos que yo entonces y, que ahora, salvo sorpresa, debe seguir teniéndolos. Coñas aparte, era una chica bajita, de pelo naranja ensortijado u ondulado (no recuerdo bien), de rostro dulce adornado con pecas en los mofletes y las paletitas bien separadas; pero que bajo la carcasa de fragilidad enseñaba su insumisión con su coqueto borderío. Por su vestimenta alternativa y su bici en la puerta la prejuzgué como el prototipo podemichi. En un ejercicio por parejas intercambié autores con ella: me dio a Onetti, yo le di a Houllebecq. Acabando la clase de su boca salió el nombre: Arcadi, susurró. ¿¡Cómo!?, me sorprendí yo. Arcadi Espada, repitió. Ella: me encantan sus artículos. Yo: ¿Has leído Raval?, mañana te lo traigo. A la mañana siguiente antes de caminar hasta el aula, le di un beso al angelito de la portada y guardé Raval, del amor a los niños en mi mochila. No coincidí con ella, esta vez, en el ejercicio. Así que, por vergüenza, ya que igual que la cojo, la pierdo muy rápido: la confianza, digo, volví con Arcadi a cuestas.
En el tiempo de descuento del último día de clases ella se me arrimó como diciendo qué hay de lo mío. Quédatelo, yo ya lo he leído, le dije dudando. Lo tomó en sus manos, lo guardó en su bolso-mochila y se alejó sobre la bicicleta por la calle Columela arriba. Esta tarde, ordenando mi estantería eché en falta Raval. Y a ella. No me importaría volver a leerlos.

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