Gafas de poeta

Hoy es de esos días en los que haces por ser columnista. Que el artículo no te llueve, pero estás dispuesto a morder la jornada hasta arrancarle las palabras que aquí escribes. Porque sabes que cada día tiene su crónica.

Te vas, entonces, a la playa, a caminar deprisa; que sabes que el movimiento excita tus meninges y agita tus neuronas (pides perdón a los neurocientíficos), y las pone a doscientos. Nada: hoy no es el día. No hay tema. No estás… Pero te empeñas.

(…) [Pedro Simón te enseñó estas elipsis]

Te acuerdas de aquel ejercicio que os mandó el profesor de escritura creativa, Cronopio Argüez: “Poneos las gafas de poeta y a la vuelta del fin de semana me traéis poesía sacada de la cotidianeidad”. Tú, siempre a última hora, viste la lista de la compra que dejó tu madre sobre la mesa de la cocina, y que decía,

“Leche

Huevos

Pan”.

Y, pillo que eres, como Iago Aspas en el área chica, añadiste “Besos”. Entonces así quedaba el ejercicio poético de andar por casa:

“Leche

Huevos

Pan

Besos”.

Y rememoras al profesor porque te quitas las gafas de sol al atravesar la muralla de Cortadura, límite entre lo urbano y lo salvaje. Ya sin gafas y en territorio virgen, pisas un charco salado, y te viene a la mente, no sabes por qué, Jesús Nieto Jurado, -hijo de Umbral y la Cibeles-: que te pidió un papelito en tu próxima columna. Y cavilas cómo escribirá él sus artículos. Él, no sabes; pero tú, sí. Y aquí se enciende la chispa, ya tienes electricidad. Gracias, Jesús.

Tú: escribes los artículos mentalmente (piensas que todos lo hacen así). A veces te encuentran, a veces los buscas. Juegas con la metáfora: Es como cuando enciendes una vela en una tarta de cumpleaños, hay ocasiones en las que gastas tres mecheros y un paquete de cerillas para que prenda, y otras que a la primera ¡chas! Bien, una vez que llamea la primera vela, la tomas en tus manos, la volteas, y vas prendiendo una por una el resto. Las velas son las ideas, y el fuego es esa electricidad de la que hablaba.

Como los artículos sueles fraguarlos en movimiento, es común que te pillen lejos de casa, por lo que tienes que acelerar el paso para volver y lanzarte lo antes posible sobre el papel para reposar ahí las ideas supervivientes. Tú lo explicas como cuando tu primo pequeño juega en la orilla y te pide que le traigas arena seca, vas hasta ella y la tomas con las manos en forma de cuenco, es inevitable que mientras marchas aprisa hacia la orilla se te vaya escurriendo parte entre los dedos.

Sueltas, junto a tu primito, esa arena que te ha quedado, con premura y alivio. Es decir, te abalanzas sobre el folio, ni has cerrado la puerta de casa, y de manera cuasi automática, -como el pianista que toca de memoria-, tu mano baila con papel y boli al compás que le dicta tu mente, sin filtro. Otra vez la electricidad. Una vez te has vaciado de ideas te quedas aliviado y extenuado, respiras, como cuando eyaculas (perdón, pero no encontré metáfora más exacta). Te das una ducha. Y ya relajado abres el portátil y en un Word pones en orden el producto caótico de esa explosión de culebras de tinta azul. Un poquito de colonia, y voilá!

Le has robado un artículo al día.

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