Author: Manuel López Sampalo

Periodista políticamente incorrecto.

Borgianismo romano

En su tercera y desconocida epístola a los corintios San Pablo refirió de manera profética el hito trascendental (perdonen la redundancia) que acaecería al poco de llegar el tercer milenio contando desde el descenso de Dios hecho carne en Jesús de Nazaret. El texto, en un hebreo primario no daba más pistas que el marco espacio-tiempo: el cuándo ya lo saben, el dónde, en el suroeste de la tierra que será relacionada con la piel del bóvido.

Este texto oculto por los saberes occidentales llegó por azar a manos de Henrique Salazar Solomao, caudillo de las huestes mercenarias del cantón del Alentejo portugués. El bárbaro mas erudito Salazar en su llegada al nuevo mundo en 1564 hizo reproducir la escena que Pablo de Tarso relataba en su carta: Las rodillas sobre el lodazal del húmedo trópico brasileiro, el torso desnudo sobre la piedra verdeada por el musgo y la humedad, los brazos en cruz y el peso muerto cadera arriba apoyado en la roca; la deposición a sus pies: Huacatlayan Azqlyetat, Rey y Dios de la extinta y exigua tribu de los Kayatezlalascanes (hoy apenas se conservan dos referencias a esta en pergaminos ilegibles en el museo indígena de la otrora rica cauchera ciudad de Manaus) recibía el peso inmisericorde del acero barnizado en plata sobre su yugular. Antes de morir, su cabeza, independiente de su cuerpo, pronunció/bufó unos sonidos a los que precariamente se le podría llamar palabras de un idioma que no entiende de letras ni símbolos.

Al este de la selva negra germana, en una cabañita hecha de uralita, cañas y otros vegetales, vivía su retiro allá por 1868 Edward Studdentlon, filósofo y teólogo inglés afincado en Alemania desde su adolescencia. Sir Edward, afamado investigador de los Escritos “no escritos” del Sagrado Libro, topó con el relato de la reproducción fidedigna del cruento Salazar en una suerte de crónica ficcionada de un viejo y descatalogado libro de aventuras amazónicas con el que se hizo en un mercadillo de un barrio popular de Liverpool en uno de sus retornos a su patria de cuna e infante.

Este hecho o relato tuvo en vela forzosa al filósofo durante seis lunas, llegando al séptimo sol a la conclusión de que el relato era cierto y con la revelación (que le llenaba de euforia y terror) de que en un monasterio calvinista de una pequeña ciudad austrohúngara se encontraba conservado bajo la piedra el manuscrito original del texto epistolar de San Pablo. Guiado por el instinto, cual bodeguero, se hizo en cuatro jornadas con el original tras no pocas intimidaciones, peticiones y amenazas: su sorpresa al leer el texto fue que no estaba escrito en hebreo, si no en un latín heterodoxo y avanzado que parecía una suerte de texto genesíaco del castellano. La epístola, reveladora de un futuro lejano que había de cumplirse, tras la precaria narración del hecho que estamos bordeando y que Salazar emuló fiel y cruentamente, dejaba un nombre, un título y una fecha –que paso a reproducir traducidos- que hubo que mirar con lupa, ya que la caligrafía era minúscula: “Señor de la Torre de Juan Abad, Vida de San Pablo, 1644”.

No era otro sino el bronce de Francisco de Quevedo el que, como en un espejo, en su capítulo noveno de su obra, había dibujado con precisión el encuentro futuro de San Pablo con Studdentlon y Salazar en 2013 bajo el calor de abril de la ciudad del río que no es río y la devoción que no es abstracta sino concreta y de madera y oro. El filósofo inglés sufrió un deceso instantáneo por la debilidad de su corazón que no soportó tal hallazgo.

Ese día que precisamente había esculpido con su limpio bronce Francisco de Quevedo llegó, y ese encuentro no se produjo, al menos a ojos de nosotros, los mortales. Pero curiosamente, en un bar de la Calle Góngora de Madrid, leyendo la prensa diaria nacional, en la página treintaisiete topé con una relación periodistico-literaria (más bien literaria, porque se trataba de un hecho absolutamente intrascendente, que solo podía justificarse por el estilo y la ficción) de unos hechos que tuvieron ocasión (así lo afirma el autor) dos lunas antes en la ciudad de Hispalis, a la orilla izquierda de la dársena del río Betis.

El titular decía así, “Una deposición ‘sonámbula’ tras una noche de juerga en la feria de Sevilla”. Y seguía: “El joven E.R.V. de 23 años tras cometer un exceso gastronómico en la feria de Abril sufrió un episodio de sonambulismo con cagalera. Su amigo M.L.S, presente en la habitación del protagonista relata que a las 8 de la mañana se encontró a los pies de su cama supletoria una ‘moñiga que no pone ni una vaca asturiana’… luego hace referencia a la posición en que se encontró a su amigo, “‘estaba de rodillas, las rodillas en el suelo, el torso apoyado, peso muerto sobre la cama, los brazos en cruz y la camisa fuera, los pantalones del pijama hasta arriba de mierda. Un reguero de caca llegaba hasta la cocina’…”.

La lectura completa del relato, que omitiré por pudor y por guardar cierto misterio, revela tres coincidencias rotundas con lo escrito por Pablo a los corintios y por lo emulado por Salazar con Huacatlayan Azqlyetat: el cuerpo que yace a medias sobre una superficie elevada, la deposición, los brazos en cruz y las rodillas hincadas (a lo que se le suma el estado de seudoinconsciencia, guareciéndose en un umbral entre la ficción y la vida, tanto del Rey indio como del joven E.R.V. como de Jesús de Nazaret antes de expirar).

A ojos de la realidad, el inexorable destino (perdonen otra vez la redundancia) que trazó Francisco de Quevedo en el capítulo IX de la Vida de San Pablo, no se cumplió, no se produjo ese encuentro que hubiera trascendido las leyes de este mundo, el concepto preconcebido de espacio tiempo, esa confluencia que hubiera dibujado otra dimensión -como en la Baja Edad Media se dibujo/creó la perspectiva-. No se produjo ese encuentro en la realidad, tampoco en la ficción se quiere contar esta historia de espejos que no es más que carne de la seudorealidad, de la ficción entendida como realidad, de la realidad entendida como ficción, de ese umbral inexistente, de ese arcoíris monocolor que dibujó Julio Cortázar. Yo, quiero creer que E.R.V. es Studdentlon, y este a su vez fue Quevedo, y que Quevedo no es más que el desdoblamiento de Azqlyetat (coetáneo suyo), y este no es otra cosa que el reflejo de su verdugo suicidado Salazar, a su vez siendo este la repetición, la reencarnación, la metempsicosis taoísta del Apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso.

Una fábrica de primos

Mi amigo Casimiro siempre ha sido un tanto especial en sus relaciones familiares. Una noche estabamos en Granada de marcha, y entre cerveza y cerveza nos dijo que había quedado en un rato con su primohermano, que vivía por allí, para conocerlo: Casimiro tenía por entonces 22 años; su primo, 20.

El encuentro, el saludo, fueron extraños; la situación, violenta: era como quedar con un primo por Tínder. Un completo desconocido que es sangre de tu sangre y que además tiene tu misma jeta. Mi amigo Casimiro asumió aquello con naturalidad, como si la hermana de su madre recién hubiese parido a ese primo suyo, tras 20 años y 9 meses de gestación. A día de hoy son inseparables, juegan al escalextric, dan patadas a un balón y planean gamberradas juntos: niñerías. Tratan de recobrar su inexistente infancia compartida. A veces resulta algo ridiculo verles con pantalones cortos y barbas cerradas cazando saltamontes con una botella de plástico.

El verano pasado, mi amigo Casimiro, me viene con que tiene una boda de la hermana de Marta. -Marta es una prima suya, que fue hallada como se hallan los sarcófagos fenicios, de repente aparecio bajo casa de mi amigo con una maleta, y solo dijo “soy hija de, vengo a estudiar a Cádiz”. Y allí, con el pretexto de ser prima carnal se pasó los dos primeros años de la carrera, en la casa familiar de Casimiro-. Mi amigo acudió al banquete del enlace, y cuando ya sonaba la música más pachanguera y solo resistían los más bullangueros, con catorce copas encima Casimiro se dirigió a la novia y la felicitó por su enlace, a lo que ella respondió que quién era él, pues tu primo Casi, coño, encantado de conocerte, prima.

El día de Navidad, Casimiro siempre almuerza con un restaurante con la familia, que no es exigua. Por si acaso, siempre se reservan dos cubiertos de más: nunca se sabe si aparecerá un primo nuevo por allí.

En más de una ocasión le he preguntado a mi amigo que de dónde salen estos primos, él simplemente se ríe y se limita a decir que son nuevos primos. Yo ya he empezado a pensar que primo de Casimiro no se nace, se hace.

Los catetos y el Madriz

Nos llaman catetos. Quiénes, esos de Capitales. Nos llaman catetos por ser del Real Madrid (o del Barsa) siendo de provincias/provincias. Ese palangana, ese verderón, ese ché, ese indio, ese culé, ese merengue, o ese león, que te suelta: “¿y tú no eres ‘caditano’? pues tú del Cádiz; el Madriz para los de Madriz, etc.”.

Amigo, pongamos que como yo, tú has nacido en los 90s (o en los 80s), y el equipo de tu ciudad, llamémosle Betis, ha estado durante toda tu corta vida en Primera (salvo excepciones muy excepcionales), en Europa y en final de Copa. Amigo, tú no has tenido la necesidad de hacerte de un Equipo, de adoptarlo, porque tu Equipo estaba allí, siempre, compitiendo con, enfrentándose a. 

Yo no, amigo, yo soy -por ejemplo- del Granada (aunque perfectamente podría ser del Recre, que para el caso vale igual). Te contaré que yo me hice del Granada en el 97 (creo), con 6 años, cuando retransmitieron por Canal Sur 2 Andalucía un partido del Granada en 2ºB, y mi padre, maniqueísta, me dijo que los buenos eran los que iban de rojiblanco: así, como en las pelis de indios y vaqueros. A los meses fui con él a Los Cármenes (al nuevo) y me compró una bufanda con una bella cenefa nazarí (que a día de hoy cuelga de la pared de mi cuarto, y la deschincheto cada vez que hay partido) y ahí empezó mi pasión turca por esos colores rojiblancos en horizontal, que tanto me ponen a día de hoy. Quizás es lo poco, lo único, o lo más acentuado que conservo de mi origen granadino. Bendito legado boabdileño.

Pero faltaría a la verdad si dijese que me sentía completo siguiendo a mi Granada por segundabé (y por tercera); como futbolero (y futuro futbolista que no sería), yo me interesaba por la Liga y me apasionaba por Europa; y ni en la una ni en la otra estaba mi pequeño e íntimo equipo. Yo no soy equidistante, no soy árbitro, no soy objetivo; soy sujeto, y por tanto subjetivo (como todos, aunque la hipocresía o cobardía de algunos pretenda taparlo). Necesitaba, por consecuencia, tomar partido (¡no me sale ser neutral ni en un Mataró-Granollers!), formar parte de, tener un Equipo en: y elegí el Real Madrid: ¿por qué? Por herencia, seguramente (mi abuelo, al igual que mi padre, era blanco y rojiblanco: él tuvo la fortuna de presenciar en el campo nuestro mayor hito, la final de Copa del Generalísimo entre Granada y Barcelona en el Bernabéu en el 59).

Cada semana yo veía a los vaqueros blancos en Canal Plus (¡oh, esa música y esa dupla Martínez-Robinson!), en La 1, o en Canal Sur. Tuve la fortuna, siendo niño, de ir tres veces al Bernabéu. Me entró el Madriz, ganamos la Séptima, me afilié al sindicato blanco, me hice devoto raulista (con estampitas y todo: como si se tratase del Gran Poder), me regalaron la equipación Teka, dibujaba el escudo y pintaba las alineaciones en clase: Casillas, Roberto Carlos, Hierro… Pero por supuesto, mi equipo seguía ahí y no me olvidaba que yo ante todo era y soy granadinista. Pero mientras esperaba, y el mío vagaba por campos de tierra en tercera y césped sintético en segundabé, pues tenía un Equipo. 

Llegas a considerar las divisiones como divisiones reales, es decir, que un equipo está de verdad separado del otro, que juegan a otra cosa, contra otros rivales, que jamás puede haber una conexión, un encuentro entre ellos; una autovía que jamás se cruzará con la comarcal: como si uno jugase al futbito y el otro al fútbol. Estaba el Granada, su liga y liguilla / y estaba el Madriz, su Liga y sus Copas. No existe competencia; sí existe una complementariedad o una suplencia: “Madrí, caliéntame el banco de Primera mientras llega mi Granada, que tardará un rato”.

Llegó.

Solo hay una ocasión que quiero que pierda el Real Madrid, y es cuando juega contra el Granada (por cierto, el único momento que comparto con un culé).

Pero está Europa. Y el Granada no ha viajado por Europa (no ha hecho su Erasmus: es virgen continentalmente).  Y al no estar el Granada en Europa –ni un viaje iniciático al Algarve si quiera- pues Europa para mí, es terreno Blanco. Es decir, yo en Europa soy del Madriz, porque el Madriz es España y viceversa, con sus luces y sus sombras.  

Con todo lo anterior, no vengo a justificar nada, solo quiero decir que en dos semanas estando el Granada ya en Segunda (salvo milagro de Fray Leopoldo, porque Tony Adams está más por dar clases de zumba…), y el Madriz jugándosela (la Liga) en nuestra casa, quiero que ganen los míos pese a que ya no se jueguen ni el orgullo. Porque ya lo he dicho, en Europa es el Madriz, pero el Granada ya está aquí.

Pemán y Vera Luque

A raíz de la actuación de la chirigota de Vera Luque, “Los del Planeta rojo, pero rojo, rojo”, en la que el autor (he de suponer que los otros once comulgan con su ideario) se señala políticamente sin ambages, me viene a la mente lo siguiente:

El pasado concurso, tras el pase de cuartos de la comparsa de Bienvenido, “La Comunidad”, en la que sacaron una bandera republicana a escena, tuve una discusión con otro carnavalero sobre la política en el carnaval. Yo me negué a escuchar más aquella comparsa, a la que taché de sectaria y radical: resucitadora de viejos odios. La otra parte de la discusión, más de la cuerda de Bienvenido, me argumentó coherentemente que si no separaba en el carnaval lo político de lo artístico poco me iba a gustar del concurso.

Él, decía que aunque se encontraba en las antípodas ideológicas de Pardo y Rivero, intentaba disfrutar de las agrupaciones de ambos autores mediante la asepsia política. Pero claro, “así cualquiera”, pensé yo; de ochenta agrupaciones aguantar dos autores con los que no comulgas ideológicamente es fácil, lo difícil es lo contrario. Acabas explotando. Pero el veneno del carnaval no se va, por lo que tienes que cabalgar esa contradicción: ser carnavalero y de derechas (que por cierto, no es ningún pecado).

Desafortunadamente, no tengo esa capacidad de la que me hablaba mi interlocutor: estirpar la ideología de la obra y quedarte con lo meramente artístico. Yo concibo la obra, en este caso concreto el repertorio, como un todo. Fuera del ámbito carnavalero me pasó también con Neruda, a quién dejé de leer tras toparme con su poema “A Miguel Hernández”, en el que llora la muerte del poeta alicantino y canta esperanzado a un futuro liderado por Stalin y Mao: estadísticamente, los mayores asesinos del siglo XX.

Pero, ¿y si le damos la vuelta a la tortilla? Pongamos por caso a José María Pemán, autor proscrito pese a ser el mejor escritor gaditano del siglo XX y uno de los grandes y más prolijos a nivel nacional: ¿Cuántos han rechazado acercarse a su obra por el perfil político de este? ¿Cuánto le ha negado Cádiz y el carnaval a Pemán? Otro proscrito es Muñoz Seca, magnífico dramaturgo portuense fusilado en Paracuellos y padre de Don Mendo. ¿Pensaría Bienvenido cuando saco “Los Mendas Lerendas” que la raíz del personaje viene de ahí y no de El Peña?

El caso es, que yo pretendía hacer una suerte de crónica de la sesión cuarta, pero me salió esta reflexión tan ego-ista. En definitiva, lo que vengo a expresar es que no soy capaz de valorar la obra de Vera Luque, plato fuerte de la noche, y que posiblemente sea de una notable calidad artística. Si hoy buscan crónicas, les invito a leer a mis compañeros.

Ojeda con dos cojones (en defensa de la incorrección política)

Hace casi dos años que escribí un artículo, “Hay más tontos que botellines”(mi blog cerró, aquí lo recuperé) bastante crítico con Álvaro Ojeda, del cual a día de hoy no me arrepiento (hay etapas) pese a que haya cambiado mi percepción del sujeto. En las siguientes líneas pretendo desmontar mi propia opinión pasada y defender, en la medida de lo posible, a Álvaro Ojeda.

La palabra que más repetí, por activa y por pasiva, en mi citado y enlazado texto fue “tonto”. Sí, (des)califiqué a este tipo de tonto hacia arriba. Me equivoqué: ¿Cómo pude yo llamar a Ojeda tonto? Ojeda no tiene de tonto un pelo, que yo sepa nadie le ha dado nada hecho: todo lo que tiene (la influencia, la fama, el empleo-el dinero) se lo ha ganado él solito desde la nada. ¿Se puede (des)calificar de tonto a alguien que comenzó con una cámara barata, una silla y su palabra, se hizo viral, formó una legión de seguidores, y hoy colabora en un diario nacional cobrando lo que Inda no le pasa a sus niños y le publican y vende libros? Simplificando la cuestión, ¿es tonto alguien que de la nada ha logrado empleo, remuneración, fama e influencia (y no precisamente en cantidades exiguas)? Ahí dejo eso…

Mi artículo en cuestión fue muy aplaudido y recibí en el blog un número de visitas desorbitantes (para mis números habituales): en torno a 150mil usuarios pasaron por el post, cuando lo habitual es que no superase los 300 usuarios por entrada. Me pregunto cuál fue el secreto del éxito de dicha opinión vertida…, como una fórmula de la Cocacola lo busco y lo busco en pos de la receta del éxito (si hubiese tenido ese número de visitas por artículo otro gallo cantaría en mi carrera profesional como periodista). ¿Fueron las musas?, ¿la temática?, ¿el sitio y el momento?… Hay algo de lo que si tengo certeza que contribuyó a la buena acogida de la paliza verbal a Ojeda, y es la corrección política que utilicé en el texto, totalmente impropia de mí (huyo de ella, tengo pesadillas con ella). ¡Cuán fácil es criticar a Ojeda (políticamente incorrectísimo y controvertidísimo,… ah y de derechas) y que te aplaudan! Prueben a hacerlo con Jiménez Losantos o con Sostres, el resultado será similar. Eso sí, no se les ocurra meterle mano a Wyoming, al Follonero o a Preescolar.

Sigo, párrafo aparte, desmenuzando mi artículo y su política corrección. En este vine a decir que Ojeda era un intolerante que no respetaba las ideologías diferentes, que era un machista retrógrado, un fascista y un etcétera de calificativos sacados del manual de bolsillo de insultos de la nueva izquierda (y lo de cuñado porque aún no se llevaba…). Y es cierto que este señor sea algo machista, ¿y qué?, que tire la piedra el que no tenga su ramalacito machistoide; además no creo que Ojeda se enorgullezca de ello, ni hace apología de su machismo (al menos de forma [mal]intencionada). Que no tolera o respeta otras ideologías… él no pone la mordaza ni censura a nadie, simplemente da su opinión libre, natural, desnuda, puede que hasta sin pensarla. Critica a Podemos o al independentismo de manera, muchas veces, agresiva y desacertada: ¿Y? ¿Acaso Podemos no es un partido liderado por una cúpula endogámica, agresiva y desacertada (más en sus propuestas que en su análisis)? ¿No es el independentismo una agresión a España y un desacierto absoluto? Y aunque no lo fueran, este hombre (y tú) puede decir lo que le salga de los cojones: siempre ateniéndose a las consecuencias. Si no te gusta, no lo escuches. Y ¿qué tiene Ojeda de “falangista”? El color de la camisa, porque de los ideales primigenios de José Antonio Primo de Rivera (junto a Ruíz de Alda y cía.) a los que preconiza Ojeda hay siete galaxias.

Vale, Ojeda es bastante inculto, es cateto y es un patriotero: es verdad, pero ¿acaso no es así el españolito medio? ¿Qué tiene de malo? Es el quinto pecado capital, la Envidia (perdón por la mayúscula) la que lleva al redil a despellejarlo. ¿Cuántos periodistas (y no periodistas) como yo, desempleados, envidiamos un puesto como el de este hombre? A mí, me jode mucho poner Telecinco y ver el circo de colaboradores no-periodistas que están cobrando un pastizal en torno al periodismo rosa (por cierto, una rama periodística tan respetable como cualquier otra); también me jode ver que Ojeda, que no tiene título de Periodismo (como Carlos Herrera, como Wyoming, como Lama…) esté en la pomada precisamente del periodismo nacional. Me jode, pero me aguanto, porque es que es lo que hay, es el panorama que nosotros mismos hemos creado y alimentamos. Volviendo al artículo, en el que le ataqué por su ausencia de titulación periodística y el desprestigio de la profesión que estaba favoreciendo. Pero, ¿es que acaso está profesión no está por los suelos? ¿Cuán mínima será la cuota de culpabilidad de Ojeda?

“Ladran, luego cabalgamos”: Esta expresión o cita popular que se le atribuye erróneamente al Quijote de Cervantes, podría ser perfectamente el leitmotiv de Ojeda. Y es que si los fariseos custodios de la corrección política y de la moral hacen ruido es que Ojeda está cabalgando. Si hay decenas de páginas en redes sociales donde se agrupan odiadores profesionales de Ojeda, si el Jueves lo animaliza cada miércoles sin falta, si le conceden premios al “tonto”, al “cuñado”, al “gilipollas” del año… es que está haciendo daño; es que tiene influencia y está jodiendo. Ojeda le está haciendo mucha pupita a la autodeminada progresía; sin más armas que su palabra.

Posdata: No entiendan mi abrupto cambio de opinión como un ataque de bipolaridad o ausencia de criterio, tómenselo como lo que es, una maduración de la opinión de alguien que está en proceso de formación, abriendo los ojos. Yo ni lo sigo (a Ojeda), ni lo seguiré, porque ni me hace gracia ni me entretiene, pero lo respeto y desde aquí aplaudo su osadía, su naturalidad y su estoicismo. Pero sobre todo, aplaudo su Libertad (perdón de nuevo por la mayúscula).

 

Prejuicios

Eres tú, y luego el mundo. Perdón: es tu sonrisa, tú, y luego el mundo; prioricemos.

De nuevas, abarcas poco espacio, no más que el de un dedal de vino corriente de hipermercado; te cuelas por una ínfima rendija de uno sin saber cómo ni por qué, y calas: ¡joder que si calas!

Un iceberg, eso es lo que eres. Uno (nosotros, los cadáveres) es una proa que avista una cara bonita -de raza, y carne de impostura- entre la mundana multitud, y no le echa más cuenta que el capitán del titánico barco al bloque helado. Colisiona, e irremediablemente se hunde en tus profundidades. Y descubre, descubre que no era un simple cubito de hielo lo que ahí flotaba: ahí sumergido hay un mundo con su propio ecosistema. “¿Y a mí qué la pija esta?”, se repite uno altanero -que ya tiene (uno) muchas letras y pelos-.  Pero te gusta, y te gusta más, y ya estás dentro, y ya no hay escapatoria: el mosquito está en la red. Ahora te arrumbará al estante cual soldadito de plomo de colección. Era tu porvenir natural.

Arrollas como un huracán tropical que no deja raíz ni techo alguno, como una guerra sin supervivientes: paseas alegremente y lanzas besos a tus cadávares con frivolidad, los que con tu sonrisa has dejado aniquilados uno por uno. La cuneta rebosa sangre derramada: tú, la vas esquivando mientras bailas, bailas y bailas con tus tacones blancos. Tienes el poder, y lo sabes, y lo paseas a tu antojo y capricho, como a tu cánido.

Inocencia de doble filo: “no me entero, o no me quiero enterar”. Sabes todo de todo, pero se supone que no sabes nada de nada. Disfraz de despiste. Daga siempre en la liga.

Frescura inmarcesible. Tienes la fuerza de mil primaveras que hacen al capullo devenir jazmín dichoso.Luego viene enero, que siempre marchita hasta el último rosal. Fuente que mana locura y vitalidad, que encandila hasta el más escéptico de tus futuros cadávares. Eres un racheado fuerte viento de levante, que te deja exhausto y trastornado; también eres evocador olor de azahar de noche, y brisa marítima del día. Eres el despertar del verso del poeta barato.

Tú y tus castillos en el aire. Tú y tu orden caótico, tú y tus predicciones impredecibles. Tu perfección imperfecta. Tu futuro milimétricamente calculado: castillos de arena a los que te gusta darle forma exacta a sus almenas, pero que sabes de sobra que se derrumbarán, los derrumbarás. Esa niña traviesa que da botes en la cama, eres tú.

Uno aún no ha podido calcular la longitud de tu sonrisa, es muy largo el peregrinaje de una comisura a otra.

Y esto no son más que los prejuicios de ese torpe que no ha sido capaz de formarse un juicio de ti.

Morir y resucitar en la playa

Esta mediodía salí a dar un paseo por la playa. Estuve al borde de la muerte. Siempre pensé que tendría un final cómico, pero no hasta tal punto, ni tan temprano. Por fortuna, sobreviví al percance (u odisea, según se mire) y puedo narrarlo.

Abandoné el hogar en torno a las 13 horas para pasear por la orilla de la playa, y despejarme, y de paso pensar en algún buen tema para escribir en mi abandonado blog. Ya de regreso de la caminata me reencontré una zona de la playa acotada por vallas -a la ida la esquivé por el Paseo Marítimo-, en la que no se permitía el acceso a nadie ajeno a la obra de rehabilitación (se trataba de mitigar un escalón arenoso originado por elementos climatológicos, con la añadidura de arena en la zona baja y retirada de la sobrante en la más alta) que se estaba realizando en la playa de La Victoria en Cádiz. Cuando llegué a este sector delimitado por barreras metálicas, pensé como es lógico en ponerme las chanclas y la camiseta, y continuar el camino por la acera. No lo hice así, ya que delante mía un señor de edad avanzada se precipitó a la zona vallada y siguió caminando por ella tan tranquilo. Yo seguí su ejemplo y me aventuré por la zona restringida sorteando la barrera con un sencillo quiebro de cadera emulando a Isco; total, como mucho me llamaría la atención un operario. Ignorante de mí.

Al poco de caminar por esta acotación del terreno orillado empecé a notar que cada vez era más dificultoso avanzar porque los pies se hundían en un terreno farragoso; fango provocado por la marea en ascenso que bañaba la ingente cantidad de arena añadida por la pala mecánica. Eran menos de 500 metros lo que me restaban para el final de la playa, y decidí seguir aunque me costase el avance. Pero llegó un momento en el que se hizo imposible progresar más; estaba con la arena por las rodillas. Lo curioso es que el liviano señor que me precedía había pasado por aquel terreno sin apenas dejar su huella en la arena, levitando. Ese tipo de persona que nunca les pasa nada. Con el fango ya en los muslos traté de seguir mi avance, no me quedaba otra, pero conforme pataleaba, más me hundía. Llegué a estar con la arena al cuello, literal: solo la cabeza fuera. Fueron diez segundos (para mí una vida) de agónica lucha por la pervivencia. Nadie alrededor a quién pedir ayuda. Iba a morir ahogado en la arena, sería portada del Diario de Cádiz…, ¡y saldría en los telediarios nacionales! (o no, alomejor me quedaba ahí abajo tres mil años, como los fenicios). El caso es que fecharía un precedente: ¡el primer ahogado en la orilla de la playa! Angustiado al máximo, hasta el punto de no poder articular palabra, se me ocurrió nadar bajo la arena -la cabeza seguía fuera- hacia la parte seca. Sacando fuerzas de flaqueza, logre liberar los brazos del manto arenoso y me agarré a la arena seca, me agarré a la vida. Poco a poco, con las manos en terreno firme, fui emergiendo de la arena, como un topo.

Ya con la vida asegurada, luché por salvaguardar mi orgullo: miré en derredor por ver si alguien había presenciado la escena; como cuando tropiezas por la calle y oteas en torno a ti deseando que nadie te haya visto. Comprobé que venía una pareja de mediana edad paseando en dirección opuesta a la mía; yo, altanero, como el que ha tenido un pequeño resbalón, sacudiéndome los codos con aire despreocupado (estaba de barro hasta las cejas), me crucé con ellos y les advertí de la existencia de <<un pequeño lodazal>>. Abandoné la playa como el héroe bélico que acaba de sobrevivir a una emboscada, me coloqué las embadurnadas chanclas y la camiseta, crucé la calle y entré en casa con el objetivo cumplido: ya sabía sobre qué iba a escribir en la nueva entrada del mi blog.