Autor: Manuel López Sampalo

Periodista, políticamente incorrecto.

Erase una vez… en España

España no tiene su Tarantino; si acaso, a Manolo del Dúo Dinámico que se le viene pareciendo. Sí tiene/tuvo, por cambio, nuestra Españita, sus spaghetti westerns o chorizo westerns y los tarantos: ambos brotados de la tierra sedienta y estriada de Almería.

Precisa y curiosamente, los dos últimos reductos de Libertad en Hollywood frente al #metoo, Tarantino y Eastwood , beben de este subgénero con capital en el desierto de Tabernas. Uno, el guapo y republicano Clint, se hizo actor de la mano de Sergio Leone en la patria chica de Manolo Escobar y Chencho Arias; el otro, el sangriento y genial Quentin, bebió hasta emborracharse en su niñez de esta cosa quijotesca del vaquerismo de indalo y fetuchini.

Y si hablo del spaghetti/chorizo western es porque vengo de ver la (pen)última del director de Kill Bill, Érase una vez… En Hollywood.En ella, Tarantino, como ya habrán escuchado, rinde homenaje al cine de su infancia, donde no podía faltar su guiño (importante, como de Junqueras) a la mamma patria y a la tierra de conejos. No les haré spoiler pero les pongo sobre aviso de una colosal escena de Brad Pitt y Leonardo Di Caprio en un antro almeriense, degustando unos gurullos regados con unos americanos.

Si van a ver la película, quizás se pregunten como yo, cuánto tiempo tardará el macarthysmo de las metiómanas (Arcadi dixit) en echar sus garras sobre el director de Malditos Bastardos con la menor excusa. ¿Cómo se puede permitir (¡cuidao spoiler!) una escena en la que un actor blanco, guapo, hetero y rico carboniza con un lanzallamas a una hippie “racializada”? “¡Fomentando la violencia de género!” chillaría algún iluminado, iluminada o iluminade.

Valga como ejemplo de que el histerismo moralista ha roto el pacto de ficción estas iluminadoras palabras de Alberto Olmos a raíz de la censura al trapero C. Tangana: “El Arte nos explora, nos pone del revés; nos dice quiénes somos diciéndonos quiénes podríamos ser. Y el artista lo es porque no tiene miedo de que le digan qué lleva dentro.”

En fin, también les adelanto que Quentin, como librepensador y leal colega, salva de la quema hollywoodiense a Roman Polanski. Y yo que lo celebro. Por cierto, les dejó una pregunta: ¿se imaginan a Richard Gere en una de Tarantino?

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El Capitán Kichittino o el Padrecito Patera

Además de sentirse un elegido, José María González, ‘Kichi’, es de los que pretenden anteponer su moral a nuestras leyes. De ahí, que su compromiso como alcalde no se limite a la multita de caca de perro, a la pintura de carriles bicis y al aporte de carbón y chirigota en la barbacoa. Kichi tiene un compromiso con la Historia, con el Mundo y con la Vía Láctea.

Pero no se dejen engañar por la palabrería y la mayúscula de este Padrecito Patera: el primer compromiso del Alcalde de Cádiz es consigo mismo. Se podría entender que Kichi es, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Pero, siento contarles que lo suyo es pura retórica y, que este regidor es, en el mal sentido de la palabra, listo. Y digo listo, porque cuando juega a la geopolítica en Twitter desde una silla de playa en Los Caños de Meca, bien sabe que lo que pide al “Estimado Presidente” es imposible (seamos oportunistas, “pidamos lo imposible”.) Y, precisamente, por eso lo exige en su cartita de Reyes Magos con prosa infame de Galeano: cero riesgos, todo ventajas.

Esta actitud del Alcalde Sol me recuerda al “sujétame que lo mato”, o sea, a esa valentía de boquilla del peleador cobarde que sabe que no va a enfrentarse al problema porque está separado y agarrado. En este caso, lo que permite a Kichi mostrar su Bondad, su Generosidad y su Todo son las leyes que, por fortuna para él y para todos, sujetan a este insensato capitán Ahab en busca de su ballena Dignidad, cebada como su ego.

Me imagino a González Kichi (“Cádiz nunca será el destino final de quien viene a buscarse la vida”) como un capitán Schettino al timón de su Costa Concordia (léase Open Arms) encallando el barco en las piedras de La Caleta y huyendo en su barquita de mojarra con su deber moral cumplido y dejando el marrón y los negros a los adultos.

Kichittino ya tiene su TT y su murito pintado de corazones, y en Cádiz no atracará el Open Arms. Jugada maestra, ¡enhorabuena!

Paca Salas: el coño de España

Lo de Paca Salas está escrito con el coño de Los Javis, esos Costus de Netflix y Madrid Central. Es, por tanto, la de Paca una obra cipotuda pero hecha desde la vagina, cipotudismo vaginal. Mejor que cañí, sería más exacto hablar de coñí, de la Españita coñí, al referirnos al mostrador de casquería de la cosa que es la serie de PS. Un BOE con prosa de puticlub, una columna de Umbral: quien allí no está, no existe. Nos sumerge en un submundo de ginebra nacional en vaso tubo, copla, pillería, casticismo de molleja, Seat Panda y Guardia Civil. Paca Salas es una metaserie de Larios y torreznos. Un pelotazo de ese talento de unicoño con cuerno de toro y arcoíris que son Los Javis. Que se mueven entre Almodóvar y Mario Vaquerizo. Entre Lorca y Torito.

El personaje, Francisca Salas, Paca, es un combinado de José Luis Torrente y un maricón de Cádiz (como La Salvaora o La Petróleo: que nos hizo, ay, de Chapuli un hombre). Tiene también algo de Nieto Jurado con peluquín de Teófila Martínez y mostachones de Archidona.

Aunque esté plagada de frases rotundas, como una novelita de Jabois, tiene Paca una sentencia que bien resume el espíritu de este bestiario patrio: “De aquí no se mueve nadie. Mi madre está muerta y el coño de Belinda Washington en Sálvame.”

Tenemos que hablar

Creo que fue en el verano de lo de Iniesta. Mi amigo R. conoció a su novia P. en una barbacoa playera, de buena madrugada y con algo de sangre en el alcohol. La casualidad de que se encontrasen en tal estado y a esas horas propició que se cocinaran una imagen falsa del otro. Así, iniciaron a salir juntos y todas las noches. Durante ese agosto se emplearon en una suerte de escalada alcohólica, de carrera espacial por ver quién de los dos llegaba antes al coma etílico o al reino de la tarima. Todo por querer complacerse sin conocerse. Hasta que una tarde P. se plantó y, pese a creer que perdería a R., le dijo que ella “en verdad” no era “así”. Mi amigo, que tampoco era “así”, ya digo que lo celebró más que lo que nos vino de Sudáfrica. Me cuentan que desde entonces son felices dándose a la bicicleta de paseo y al cine. 

He rescatado esta historia de final sobrio, como un bombero de recuerdos, porque recientemente me vi en medio de otra similar. Ocurre que tengo un par de amigos, Casimiro Griego y Pepe Cabalga, que entre ellos solo se conocían por lo que yo le había contado al uno del otro y al otro del uno. No sé bien cómo los dibujé, que ambos pensaban que el otro era un borracho. Así, la cena en que se conocieron estaba yo sentado entre los dos, que, tímidos, apenas se dirigían la palabra. A esa hora que llaman la de las copas se dieron a una maratón alcohólica: que si la quinta del Buitre, la de Paco Gento, la de Mijatovic… Cuando ya buscaban la décima con más ansia que Tomás Guasch tuve que frenarlos: 

-¿Pero tú no tenías que coger el coche?- le pregunté a Casimiro. 

-Y tú, Pepe, ¿no aborrecías la ginebra? 

Así era. De ser por ellos, heladito y para casa. Todo fue por agradar al otro.  

La chusma selecta

Como una profecía artúrica, estaba escrito que solo Antonio podría mojar su pluma de gaviota en el tintero de cicuta de Juan Carlos. Resultó que esa difusa chusma selecta, que fue reuniendo el capitán en torno a su hoguera de apóstol y su guitarra de hampón, tenía la cara y los apellidos de Martínez Ares.

Qué calambre y qué orgullo nombrarlos de seguido y de la mano: Juan Carlos Aragón y Antonio Martínez Ares.

Antonio y Juan Carlos. Impares y primos. En las antípodas de los siameses. Cónsules de Cádiz. Dos catedrales góticas en la ciudad del tanguillo y la convidá. Virreyes de este enclave caribeño en la piel de toro. Patrones laicos de oración de popurrí: San Antonio y San Juan Carlos. Cuatro manos zurdas. Genios de un mismo tiempo, cosecha del 67. Góngora y Quevedo. Un par de locos que se fueron haciendo grandes en su carrera armamentística, en su Guerra Cálida, y ensancharon las costuras y el orgullo de nuestra ciudad-galeón.

Juan Carlos y Antonio. Capitán y corsario. Canalla y bohemio. Filósofo y melómano. Uno con prisas, otro sin tiempo. Un centinela de la muralla de arena de Cortadura y un gato errante que roza sus nudillos con el ostión de los bloques. El guevarista y el sofisticado. El poeta y el músico. Uno que Silvio Rodríguez y otro que Walt Whitman. De calle y de buhardilla. El cupletero y el pianista. María Jiménez y Pedro Romero. Sabina y Serrat. Un ateo de sus propias religiones y un creyente de cristo de barrio. Un beduino castizo y un gadita del cosmos.

Ares y Aragón. La vida y la muerte. Dos caras del mismo doblón. ¡Viva esta hermandad!

Tanganilla en lo de Picalagartos

Se va uno un par de días y vaya lo que se encuentra… Nieto Jurado tirándose de los pelos con el inglés. Figuradamente, claro, porque los dos son pelados y cada uno a su manera. Nieto, como es, se resigna a su alopecia e incluso se adelanta a ella con un rapado a lo Iván de la Peña. Rhodes, pudoroso de su calva, la esconde con lianas de pelillo de huevo que le dan un aire de eterno recién despertado de la siesta.

El caso es que JNJ, un follonero de tasca, le tiró el recadito al dizque pianista; que, desconocedor de las astracanadas del personaje entró al trapo de nuestro torerillo de barra. A Nieto nos lo hicieron, ay, TT los mismos z@ngolotinos que, cual concurso de haikus, le dieron “jarabe democrático”. Estas bellas almas rodhesianas, empoderadas de Bien, dejaron sus mejores deseos en el murete castizo de nuestro hombre en Argüelles, desconocedoras de que le estaban fabricando la tarde a un Nieto Jurado que salió a todas y de todas como un todocampista de época, haciendo inventario de sus seis vidas pasadas como el pirata cojo, por revoleras (hasta tiró alguna caña el muy cuco, chulapón de Tinder).

Y, es que, estaban destinados a encontrarse estos dos duelistas goyescos; que en la piel de toro todo queda en un patinillo de vecinos. La pelotera era inevitable y, Nieto, ya digo, la adelantó como su calvicie, como una criatura de cesárea.

Entenderán que entre un cínico y un moralista uno siempre se ponga del lado del primero. Ya digo que Rhodes (Jaimito en adelante) es un prescriptor de moral, un tío de la tiza que va marcando en el suelo la separación entre el Bien y el Mal, entre su Bien y su Mal mejor dicho. De la rayita hacia acá, todo amor, frases de Míster Wonderful, carmenas y casas de los javis; tras la línea, odio de brigadista internacional, de miliciano en Paracuellos, de menopausia de Almudena Grandes. Por cambio, JNJ directamente y como buen escéptico repudia esta disyuntiva; él, como un invitado de El Hormiguero, ha venido aquí a disfrutar, y si algo sabe de buenos y malos es que los que se dicen buenos jamás lo son.

Mientras Jaimito es un organillero de parroquia pequeña, un Merimée con Netflix que no concibe ni transige con una España más allá de sus cuatro tópicos de cuadernillo de Irving, un cándido infectado por la candidiasis progre propagada por el neorromanticismo hispanófobo de los Minder, Carlin y demás follaburras; un monaguillo mediático, un juguete del mester de progresía, un eterno alumno de Educación Física, un ciclotímico que viene a vendernos sus lágrimas embotelladas en frasquito de Chopin número cinco;

Nieto Jurado es un jugón con faca de Albacete, un charneguillo de sí mismo, un poetilla de vinazo derramado, una entelequia de España y hueso, un ratón de área, un pillo de ultramarinos, un chicuco de umbrales; es uno, trino y veintisiete, un comunero del Pimpi Florida, saltimbanqui de plazuela, un Pedro Luis de Gálvez con suscripción a deber en HBO.

Entenderán que, de tal colisión, de esta riña de gatos, solo pudiera salir un Chernobyl castizo. Fue bonito.

Café, media y el diario

Desayuno, bar y periódico de la casa. Es viejo oficio de tinta de aceite y municipalidades varias. No soy practicante, solo turista y romántico de raíz. Me enamoro a lo grande con lo chico, a corto y de lo que nos va quedando.

En Sevilla, soy hermano del Mollete de Utrera con jamonazo de anoche. Me reclino sobre el ABSé, en una barra de espejo, chapa y matemáticas de tiza; estoy en una rancia abacería de sus céntricas serpientes: subrayado en virgen extra el artículo de Antonio Burgos. Viejo jodío gaditano. Esquelas regias. Summum. Leo y alterno con letraheridos, tataranietos de Gustavo Adolfo que dibujan un pleno con sonetos encolumnados, como Hércules como Curro con la muleta. Maestrantes, cortesanos, marineros y nomadejados. García Reyes, Barbeito, Paco Robles. El calor en adobo. Putas, príncipes y torerillos en La Alameda.

En Granada, me hicieron devoto de la hermandad del Santo Ideal. Los veranillos de setiembre, desayuno de reina en mesa coja, tilos y trinos de domingo, proyecta linajes en la piedra el sol que se filtra en Bibarrambla, en Trinidad, en La Mariana. Café Fútbol. Diario de beaturronas, de carocas y malafollá. Dxtes, camisetas grises y blancas horizontales. Lamelas. Un puñaíllo de Tico Medina. Andrés Cárdenas y déjense de poyas.

SUR. Mi más reciente placer. Hallazgo ya de viejo. Vocabulario propio. Siempre al desayuno: Nubes y pitufos. Vaya. Manolo, siempre y ahora, púgil a la contra. Caldo Mediterráneo. Los Mármoles, El Perchel a la sombra de agosto. Quintacolumnismo castellano con CP de Pedrega. Apellidos alemanes.Trujillismo. Atleta. Cartojal y lunares a la tarde.

Escribo en una servilleta. No lo muramos.

Almudenas

Almudena no ha vuelto a leer a Almudena desde aquella tarde. 

Tomaba el tren a Málaga para conocer a su admirada escritora, Almudena Grandes. Con la ilusión virgen y el libro ‘Los besos en el pan’ bajo el brazo, se apeó en María Zambrano. Ya en La Térmica cayó en que se había dejado la novela en la mesilla del hotel. No importaba. Compraría otro ejemplar allí mismo. 

Almudena se enganchó a la prosa de su tocaya en el prólogo de la década de los noventa, con novelas como ‘Las edades de Lulú’ y ‘Malena es nombre de tango’. Luego vinieron ‘Atlas de geografía humana’, ‘Los aires difíciles’ y ‘El corazón helado’. Se podría decir que, hasta esa tarde, era lo más parecido a un ídolo que tenía. 

Vestida de emoción, como es ella, se acercó tras la conferencia a que la Grandes le besara el ejemplar recién horneado. Y, de paso, entregarle un manuscrito autobiográfico que llevaba años confeccionando. Le firmó maquinalmente y tomó la carpetilla, en la que Almudena le confiaba su vida, como quien coge un folleto publicitario en la calle.  

A su lado estaba Eduardo Mendicutti, que la vio triste, y que incluso le invitó a pasar a la sala de escritores. Una vez allí, entre vino y canapés, Almudena tuvo el honor de conocer y entablar amistad con otra escritora sin libros, María del Mar. A ella le dedica Antonio Soler su última y magna novela, ‘Sur’: “María del Mar, /sur, norte, este, oeste. / Rosa de los vientos/” 

Por más que una se apellide Grandes, la Almudena grande es la Sampalo, mi madre.

No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Kichín Pamplina, cantautor de Plaza Mina

Arrugué mi camisa y salí de casa. La cita era a las 7, como en Las Ventas. 

Volvía Kichi a torear en su plaza, la de Mina. Aquella en la que pegaba megafonazos como liberado sindical, cuando desertaba de la que le correspondía en Tabernas. Pero no estuvo solo. Hasta seis teloneros, ¡seis!, le calentaron la silla. 

Alberto Garzón (rayo que no cesa) se cayó del cartel, a Pablo Iglesias le amenazaron con cortarle la coleta si la asomaba por aquí. Miguel Urbán, “becerro”, vino como único embajador de la Corte y Villa; aunque se dedicó a dar lecciones de Europa, como si a Cádiz no hubiera llegado el adsl o siguiéramos con la peseta. No comprendía el eurodiputado que, de él, la audiencia solo aceptaría recomendaciones de dónde comer los mejores gofres en Bruselas. 

Los adelantados habían tomado para sus juegos el ruedo central de la plaza de Mina, entre sol y sombra, privando a los niños de sus políticas de cada tarde (aunque alguno se coló por allí correteando para darle un aire de madurez al acto). La cosa, como era de esperar no empezó hasta las 7 y 25, y se alargó casi hasta las 9 por culpa del lenguaje inclusivo.  

A la hora que comenzó a hablar Lola Cazalilla, no se registraba ni media entrada al coso: cuatro amigotes de la comparsa, dos viejos sindicalistas y los privilegiados del kichismo en barrera de sombra; o sea: Paco Cano (aka Sinmu, aka Sinver), Barcia y demás camelos.  

No le sentó bien a Cazalilla que un tal Ernesto Alba, portagrito de IU en Andalucía, despotricara de “los bienvestidos de Ciudadanos” siendo ella la candidata de Cs por Adelante Kichi. Reivindicó la futura concejala la dignidad y a Ana Camelo, que es como reivindicar la cultura y a Álvaro Ojeda. Añadió que Cádiz necesita vitamina K, “de Kichi”, mientras nos ofrecía la K de kursi. Terminaba leyendo un popurrí de Juan Carlos Aragón, y cuando iba por la mitad ponía cara de que mejor hubiera sido un cuplé, aunque rematase con sacada de nabo. 

Cuando tomó la palabra la otra concejalable, Eva Tubío, sobrevolaban el ruedo las cotorritas argentinas aclimatadas al sudapopulismo del acto; sus graznidos se confundían con los de la Tubío, poniéndole un punto de coherencia al discurso. 

No fue el descubrimiento de la tarde la número cuatro de AK, Lorena Garrón, que solo hizo pelearse con el micro; el hallazgo fueron las perlas que dejó la juntaparlamentaria Ángela Aguilera, y que he tenido a bien recogerlas para su goce: “Los fascistas no vienen del cielo”, “Acordaos cuántas ruedas nos han puesto en el camino” o, mi favorita, “Cs lleva 40 años apuntalando el sistema bipartidista”.  

Cerró el acto el alcalde alcaldable, que siguiendo la tónica de sus compañeros se apropió de la figura de Juan Carlos Aragón, paz descanse, hasta titular su perorata “Cádiz resiste”. Este kichilicuatre, que guarda aspecto como de cantautor o de pedirte fuego, se acordó de las bondades de su mandato, tapando las vergüenzas como sus michelines; como quien vende un crecepelo efectivo, pero omitiendo que te deja estéril. Estuvo cumbre cuando afirmó rotundo que ellos no hacían populismo, para acto seguido marcarse un ejercicio impecable de dicha práctica: “El bastón de Salvoechea volverá a donde tiene que estar, en las manos del pueblo”. 

En fin, pamplinas. Y los niños, sin plaza.