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LOS MUERTOS DE EL MUNDO

De Francisco Sampalo, mi padre dice dos cosas: 1. Que fue una buena persona, y 2. Que “Fransisco” y él fueron los lectores pioneros de El Mundo.  Lo primero yo no se lo he escuchado, sino que dicen que se lo dijo a mi propio abuelo materno en su lecho de muerte. “Paco, vete con la tranquilidad de que has sido una buena persona”, algo así debió expresarle. A mi hermana y a mí ‒12 y 11 años por entonces‒ no nos dejaron despedir a nuestro abuelo, a pesar de la resistencia de Almu; entiendo que para que no nos quedáramos con esa última imagen decrépita de él. Se puede decir que como niños que éramos nos protegieron de la muerte, nos la escondieron. Como debe ser.

Cuando falleció mi otro abuelo, Manolo ‒lector de Ideal y de ABC‒, yo tenía 18 años: o sea, que a efectos legales y se supone que morales era un adulto. Llegamos los primeros al hospital y claro que vi como mi padre quitaba la sábana, descubría el rostro muerto de mi abuelo y le besaba la frente. Todo conmigo a dos pasos: porque a un adulto no se le esconde la muerte.

No me gusta, por respeto a mis familiares, contar estas escenas tan íntimas; pero es que a veces, cuando los argumentos no sirven, hay que recurrir a los sentimientos. Es lo que se hace con los niños: y yo me dirijo a esos niños de veinte, de treinta, de cuarenta y de cincuenta años que se echan las manos a la cabeza porque el diario de mi abuelo Paco, porque el diario de mi padre, porque mi diario, El Mundo, publique la imagen de un muerto o de unos ataúdes en la portada. ¡Un muerto! Sí, el hecho es que llevamos casi 19 mil muertos en nuestro país, y un muerto no es un dato en una curva que sube y baja como el IBEX; un muerto es un muerto: con su tragedia, su agonía, su rigor mortis, su palidez, su olor a muerto, sus moscas y sus gusanos… Y eso multiplicado 19mil veces. 500 muertos no son una buena noticia, 400 muertos no son “ya queda menos para poder ir a la playita”, 300 muertos no son “voy a ir apurando La Casa de Papel porque ya mismo estamos saliendo”, 200 muertos no son “pues ojalá abran las discotecas en agosto”… mientras haya un solo muerto que lo sea por el virus será una tragedia.

Y El Mundo, el diario que mi abuelo Paco leía de pe a pa y de un día para otro, El Mundo, digo, solo está mostrando un cubito de hielo de este colosal iceberg contra el que se ha estampado nuestro barco. El Mundo, el periódico que yo cuando púber prefería que mi padre no comprase porque era más guay un padre que comprara El País, El Mundo, digo, se está limitando a contar los hechos: la mera base del periodismo. “Lectores, esto es lo que hay”, “y como muestra un botón”.  

No vengan con su ideología Instagram a dar lecciones de ética periodística. Newtral no es Kapuscinski, ni siquiera es neutral. No ensucien con sus velas de mocos la cabecera que despejó la ecuación de la X de los GAL, la que se enfrentó a la ETA, la que sufrió dos bajas en guerras, la que su director mítico pagó con un despido y destierro mediático el hacer Periodismo (“Luis, sé fuerte”). No manchen la casa de Umbral, la de Raúl del Pozo, la de Carmen Rigalt, la de David Gistau, la de mi abuelo Paco, la de mi padre y, al fin y al cabo, la mía.

Si quieren ficción: ahí tienen Netflix, que hasta ha prohibido escenas fumando. O mejor, Disney+: allí no verán muertos ni en dibujos animados.

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Erase una vez… en España

España no tiene su Tarantino; si acaso, a Manolo del Dúo Dinámico que se le viene pareciendo. Sí tiene/tuvo, por cambio, nuestra Españita, sus spaghetti westerns o chorizo westerns y los tarantos: ambos brotados de la tierra sedienta y estriada de Almería.

Precisa y curiosamente, los dos últimos reductos de Libertad en Hollywood frente al #metoo, Tarantino y Eastwood , beben de este subgénero con capital en el desierto de Tabernas. Uno, el guapo y republicano Clint, se hizo actor de la mano de Sergio Leone en la patria chica de Manolo Escobar y Chencho Arias; el otro, el sangriento y genial Quentin, bebió hasta emborracharse en su niñez de esta cosa quijotesca del vaquerismo de indalo y fetuchini.

Y si hablo del spaghetti/chorizo western es porque vengo de ver la (pen)última del director de Kill Bill, Érase una vez… En Hollywood.En ella, Tarantino, como ya habrán escuchado, rinde homenaje al cine de su infancia, donde no podía faltar su guiño (importante, como de Junqueras) a la mamma patria y a la tierra de conejos. No les haré spoiler pero les pongo sobre aviso de una colosal escena de Brad Pitt y Leonardo Di Caprio en un antro almeriense, degustando unos gurullos regados con unos americanos.

Si van a ver la película, quizás se pregunten como yo, cuánto tiempo tardará el macarthysmo de las metiómanas (Arcadi dixit) en echar sus garras sobre el director de Malditos Bastardos con la menor excusa. ¿Cómo se puede permitir (¡cuidao spoiler!) una escena en la que un actor blanco, guapo, hetero y rico carboniza con un lanzallamas a una hippie “racializada”? “¡Fomentando la violencia de género!” chillaría algún iluminado, iluminada o iluminade.

Valga como ejemplo de que el histerismo moralista ha roto el pacto de ficción estas iluminadoras palabras de Alberto Olmos a raíz de la censura al trapero C. Tangana: “El Arte nos explora, nos pone del revés; nos dice quiénes somos diciéndonos quiénes podríamos ser. Y el artista lo es porque no tiene miedo de que le digan qué lleva dentro.”

En fin, también les adelanto que Quentin, como librepensador y leal colega, salva de la quema hollywoodiense a Roman Polanski. Y yo que lo celebro. Por cierto, les dejó una pregunta: ¿se imaginan a Richard Gere en una de Tarantino?

El Capitán Kichittino o el Padrecito Patera

Además de sentirse un elegido, José María González, ‘Kichi’, es de los que pretenden anteponer su moral a nuestras leyes. De ahí, que su compromiso como alcalde no se limite a la multita de caca de perro, a la pintura de carriles bicis y al aporte de carbón y chirigota en la barbacoa. Kichi tiene un compromiso con la Historia, con el Mundo y con la Vía Láctea.

Pero no se dejen engañar por la palabrería y la mayúscula de este Padrecito Patera: el primer compromiso del Alcalde de Cádiz es consigo mismo. Se podría entender que Kichi es, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Pero, siento contarles que lo suyo es pura retórica y, que este regidor es, en el mal sentido de la palabra, listo. Y digo listo, porque cuando juega a la geopolítica en Twitter desde una silla de playa en Los Caños de Meca, bien sabe que lo que pide al “Estimado Presidente” es imposible (seamos oportunistas, “pidamos lo imposible”.) Y, precisamente, por eso lo exige en su cartita de Reyes Magos con prosa infame de Galeano: cero riesgos, todo ventajas.

Esta actitud del Alcalde Sol me recuerda al “sujétame que lo mato”, o sea, a esa valentía de boquilla del peleador cobarde que sabe que no va a enfrentarse al problema porque está separado y agarrado. En este caso, lo que permite a Kichi mostrar su Bondad, su Generosidad y su Todo son las leyes que, por fortuna para él y para todos, sujetan a este insensato capitán Ahab en busca de su ballena Dignidad, cebada como su ego.

Me imagino a González Kichi (“Cádiz nunca será el destino final de quien viene a buscarse la vida”) como un capitán Schettino al timón de su Costa Concordia (léase Open Arms) encallando el barco en las piedras de La Caleta y huyendo en su barquita de mojarra con su deber moral cumplido y dejando el marrón y los negros a los adultos.

Kichittino ya tiene su TT y su murito pintado de corazones, y en Cádiz no atracará el Open Arms. Jugada maestra, ¡enhorabuena!

Paca Salas: el coño de España

Lo de Paca Salas está escrito con el coño de Los Javis, esos Costus de Netflix y Madrid Central. Es, por tanto, la de Paca una obra cipotuda pero hecha desde la vagina, cipotudismo vaginal. Mejor que cañí, sería más exacto hablar de coñí, de la Españita coñí, al referirnos al mostrador de casquería de la cosa que es la serie de PS. Un BOE con prosa de puticlub, una columna de Umbral: quien allí no está, no existe. Nos sumerge en un submundo de ginebra nacional en vaso tubo, copla, pillería, casticismo de molleja, Seat Panda y Guardia Civil. Paca Salas es una metaserie de Larios y torreznos. Un pelotazo de ese talento de unicoño con cuerno de toro y arcoíris que son Los Javis. Que se mueven entre Almodóvar y Mario Vaquerizo. Entre Lorca y Torito.

El personaje, Francisca Salas, Paca, es un combinado de José Luis Torrente y un maricón de Cádiz (como La Salvaora o La Petróleo: que nos hizo, ay, de Chapuli un hombre). Tiene también algo de Nieto Jurado con peluquín de Teófila Martínez y mostachones de Archidona.

Aunque esté plagada de frases rotundas, como una novelita de Jabois, tiene Paca una sentencia que bien resume el espíritu de este bestiario patrio: “De aquí no se mueve nadie. Mi madre está muerta y el coño de Belinda Washington en Sálvame.”

La chusma selecta

Como una profecía artúrica, estaba escrito que solo Antonio podría mojar su pluma de gaviota en el tintero de cicuta de Juan Carlos. Resultó que esa difusa chusma selecta, que fue reuniendo el capitán en torno a su hoguera de apóstol y su guitarra de hampón, tenía la cara y los apellidos de Martínez Ares.

Qué calambre y qué orgullo nombrarlos de seguido y de la mano: Juan Carlos Aragón y Antonio Martínez Ares.

Antonio y Juan Carlos. Impares y primos. En las antípodas de los siameses. Cónsules de Cádiz. Dos catedrales góticas en la ciudad del tanguillo y la convidá. Virreyes de este enclave caribeño en la piel de toro. Patrones laicos de oración de popurrí: San Antonio y San Juan Carlos. Cuatro manos zurdas. Genios de un mismo tiempo, cosecha del 67. Góngora y Quevedo. Un par de locos que se fueron haciendo grandes en su carrera armamentística, en su Guerra Cálida, y ensancharon las costuras y el orgullo de nuestra ciudad-galeón.

Juan Carlos y Antonio. Capitán y corsario. Canalla y bohemio. Filósofo y melómano. Uno con prisas, otro sin tiempo. Un centinela de la muralla de arena de Cortadura y un gato errante que roza sus nudillos con el ostión de los bloques. El guevarista y el sofisticado. El poeta y el músico. Uno que Silvio Rodríguez y otro que Walt Whitman. De calle y de buhardilla. El cupletero y el pianista. María Jiménez y Pedro Romero. Sabina y Serrat. Un ateo de sus propias religiones y un creyente de cristo de barrio. Un beduino castizo y un gadita del cosmos.

Ares y Aragón. La vida y la muerte. Dos caras del mismo doblón. ¡Viva esta hermandad!

Tanganilla en lo de Picalagartos

Se va uno un par de días y vaya lo que se encuentra… Nieto Jurado tirándose de los pelos con el inglés. Figuradamente, claro, porque los dos son pelados y cada uno a su manera. Nieto, como es, se resigna a su alopecia e incluso se adelanta a ella con un rapado a lo Iván de la Peña. Rhodes, pudoroso de su calva, la esconde con lianas de pelillo de huevo que le dan un aire de eterno recién despertado de la siesta.

El caso es que JNJ, un follonero de tasca, le tiró el recadito al dizque pianista; que, desconocedor de las astracanadas del personaje entró al trapo de nuestro torerillo de barra. A Nieto nos lo hicieron, ay, TT los mismos z@ngolotinos que, cual concurso de haikus, le dieron “jarabe democrático”. Estas bellas almas rodhesianas, empoderadas de Bien, dejaron sus mejores deseos en el murete castizo de nuestro hombre en Argüelles, desconocedoras de que le estaban fabricando la tarde a un Nieto Jurado que salió a todas y de todas como un todocampista de época, haciendo inventario de sus seis vidas pasadas como el pirata cojo, por revoleras (hasta tiró alguna caña el muy cuco, chulapón de Tinder).

Y, es que, estaban destinados a encontrarse estos dos duelistas goyescos; que en la piel de toro todo queda en un patinillo de vecinos. La pelotera era inevitable y, Nieto, ya digo, la adelantó como su calvicie, como una criatura de cesárea.

Entenderán que entre un cínico y un moralista uno siempre se ponga del lado del primero. Ya digo que Rhodes (Jaimito en adelante) es un prescriptor de moral, un tío de la tiza que va marcando en el suelo la separación entre el Bien y el Mal, entre su Bien y su Mal mejor dicho. De la rayita hacia acá, todo amor, frases de Míster Wonderful, carmenas y casas de los javis; tras la línea, odio de brigadista internacional, de miliciano en Paracuellos, de menopausia de Almudena Grandes. Por cambio, JNJ directamente y como buen escéptico repudia esta disyuntiva; él, como un invitado de El Hormiguero, ha venido aquí a disfrutar, y si algo sabe de buenos y malos es que los que se dicen buenos jamás lo son.

Mientras Jaimito es un organillero de parroquia pequeña, un Merimée con Netflix que no concibe ni transige con una España más allá de sus cuatro tópicos de cuadernillo de Irving, un cándido infectado por la candidiasis progre propagada por el neorromanticismo hispanófobo de los Minder, Carlin y demás follaburras; un monaguillo mediático, un juguete del mester de progresía, un eterno alumno de Educación Física, un ciclotímico que viene a vendernos sus lágrimas embotelladas en frasquito de Chopin número cinco;

Nieto Jurado es un jugón con faca de Albacete, un charneguillo de sí mismo, un poetilla de vinazo derramado, una entelequia de España y hueso, un ratón de área, un pillo de ultramarinos, un chicuco de umbrales; es uno, trino y veintisiete, un comunero del Pimpi Florida, saltimbanqui de plazuela, un Pedro Luis de Gálvez con suscripción a deber en HBO.

Entenderán que, de tal colisión, de esta riña de gatos, solo pudiera salir un Chernobyl castizo. Fue bonito.

El oro del Perú

Al niño de José Mari Manzanares le pasa lo que al de Santiago Amón, que son figuras en lo suyo sin alcanzar a padre. O eso hablan los que han vivido. Lo de Suárez Illana –ayer en La Maestranza – es más como lo del chico de Paquirri.

El alicantino Manzanares resucitó el domingo con guapura bailando un toro con apéndices blanquiazules como una libélula oronda.

Roquita, que es virrey de la República del Perú, tiende los puentes de sangre que volaron San Martín y O’Higgins. Se deja los alamares en el filo de las astas como ofreciendo el último oro del Perú, y se pasa la vida y el toro por la taleguilla. Morir para vivir: ¡resurrección! Y domingo. Sevilla y don Mario Vargas Llosa –paisano tuyo, Roquita, ¡y mío! – en el tendido. Y el Juli, ahí es poco, que le brinda el primero al Nobel. No habrá faena, Roquita, pero ya la tarde tiene su literatura; y la mañana ya la tuvo: que dicen que pregonó García Reyes de Puerta del Príncipe. Y que allí estaba en el coso Alberto, el escribidor de Sevilla, y a su verita Carlos Herrera, que comía pipas como le come audiencia a la Ser.

No sé qué tiene la Plaza, Roca, pero allí no van mujeres, allí va la flor de la eugenesia a verte: francesas, portuguesas y sevillanas como Esperanzas, Trianas y Macarenas. Vale, sí, también estaba Esperanza Aguirre

Yo tampoco sé en qué momento se jodió el Perú, Roquita, pero ten por seguro que contigo y Mario, tu bandera sangre y blanca (como tu vestido) que pendía ayer en la plaza marinera, también es la mía.

“Firme y feliz por la reunión”.

Liberales en un 207

Tanto parecía aquello un bautizo pijo, que cuando llegué al lugar realmente pensaba que lo era: felicité a los padres, le pellizqué un cachete al niño y pregunté dónde era lo de Rivera

No era precisamente un crío al que se consagraba en la pileta bautismal del Atlántico, sino más bien una señora que cumplía 207 años, ¡Felicidades Pepa! Un número, 207, que evoca cierto modelo de Peugeot, coche en el cual hoy día, y como dice el ingenio, seguirían cabiendo los genuinos liberales españoles. Uno de ellos es José Ramón Bauzá, expresidente balear, quien ya sin portar la alianza del PP venía soltero acompañando a Rivera en su ya tradicional ofrenda floral, como rito iniciático de la primavera, a la Constitución gaditana. 

Decía que Albert se acompañó del boticario balear para que vendiera las recetas de su farmacopea anti(pan)catalanista. Parecía Bauzá, entre conde y matador, con su patrico y sus ricitos en la nuca, el mar de fondo, navegar en un catamarán en las aguas de Menorca. 

El escenario del coloquio, el Parador Atlántico, era el mismo en el que hace justo 7 años, en la celebración del Bicentenario de la Constitución, se tomaron las fotos de José Mari Aznar, otro dizque liberal, saliendo a hacer running de buena mañana, Federico en los cascos y sus machacas detrás.

Distraído de la trivial tertulia, captó poderosamente mi atención un grupo de jóvenes, como de nuevas generaciones naranjitas, formados en pelotón tras el coloquial escenario, que parecían los liberales de Torrijos, muchos años después, esperando a ser fusilados. Aunque los únicos disparos fueran los flashes de las cámaras, y ellos más que dispuestos a morir por la Libertad parecieran convencidos a hacerlo por un quinto puesto en una lista de provincias.  

Acabo Albert su speech con un “¡Viva Cai, viva La Pepa y Viva España!” Le faltó darle un viva a Malú.  

8M: Pasacalles taurino

La quedada del machihembrado, que diría Umbral, era en hora taurina (18h), y el ‘meeting point‘ donde la antigua plaza de toros de Cádiz, cuyos paredones de sangre roja fueron demolidos en el ’76 por los estigmas que dejaron los fusiles franquistas. Desde entonces no ha visto Cádiz más torero que el de la chirigota, hasta que esta tarde hizo el paseíllo morado José Luis Ábalos, hijo del novillero ‘Carbonerito‘ antes que ministro en funciones. 

Marchaba Ábalos, con hechuras de banderillero gordo, casi a la cola de toro de esta suerte de pasacalles de chirigota larga con ribetes morados como de penitencia cuaresmal y santa y puta inquisición. Se dejaba ver Carbonerito jr, el pecho palomo, la chaqueta de tenor y el llavero del Cortijo asomando por el bolsillo del pantalón. Flanqueado por su cuadrilla en la que figuraba el alcaldable panzasanchista Fran González y el susánida Juan Cornejo. La estampa invitaba a que sonara Suspiros de España y a rematar la faena en Casa Manteca apurando un Tío Pepe y un papelón de chicharrones de Chiclana. 

Pero la realidad era bien distinta y disonante: al paseíllo sociata lo acompañaban las voces agudas del gineceo hormonal con el popurrí acostumbrado: que si “mi coño”, que si “el patriarcado”, que si “el capital criminal”, etc. Si Heliodoro Ábalos, paz descanse, levantara la cabeza. 

En fin, que había manifa más allá del fomentador, y ésta al girar el coso taurino y enfilar la Avenida comenzó a estirarse y formarse en abanicos, como un pelotón ciclista en persecución: por el ritmo de batucada con apretón o de procesión con cielo negro pareciera que encabezaran el grupo los Sky de Thomas y Froome. No me sorprendió ver por allí, entre banderas guerrepublicanas, juventudes comunistas (sumo oxímoron), pezoneras y ombligos morados al sobrio concejal de Ciudadanos, JMPD, como una más haciendo el lila: pintaditos los cachetes con el símbolo de la mujer. Y digo que no me chocó porque en tiempo de elecciones… 

Pero como uno es cronista de los márgenes, como un Jesús Quintero sin teatro, fui a pescar en el caladero último, a ese fin de fiesta que los Locales tienen que ir azuzando con varas como pastores a mulillas. Y, ¡oh!, bendito regalo de la simbología: tras una cutrepancarta de ‘Podemos Cádiz’, quince, literalmente quince, viejos rockeros comunistas, una concejala kichista con megafonía y un Histórico profesor de la UCA que unta la manteca en pan en clave marxista. Olor a vinazo reseco al sol y a naftaleno. “Por el barrio de La Viña quiso el destino que se encontraran/ la peñita de Fidel Chano y la peñita del Chele Vara./ Y salió sin querer esta revolución”.