bibliografía

El proceso

“El mundo se divide en dos: Los que viven como Dios manda, y los que mandan viven como Dios”. J.C. Aragón

 

En la Universidad, así como en la vida en general, rige la ley de la balanza. Los contrapesos hacen que, si alguien sube, otro baje. Es decir, donde hay beneficio, hay perjuicio. Estos días han colmado la palestra mediática los casos de los beneficiados, de los favorecidos universitarios: el anverso de la moneda. Yo les contaré un caso kafkiano, el mío propio, que junto al de algunos compañeros, está grabado en el reverso de la misma moneda: donde nos hallamos los perjudicados, a quienes se nos puso unos pesitos para que bajara nuestro platillo y subiera el de los otros.

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Alejandro

Ayer tarde leía en EPSemanal un reportaje sobre el mejor deportista español, sin complementos, Alejandro Valverde. Y el más infravalorado, casi un desconocido para quienes me estáis leyendo. El ‘Magno’, como le gusta llamarle a Jesús Abril Vela, de ser belga, podría disputarle la Corona a los Sajonia-Coburgo-Gotha (dinastía que reina en el país).

A mitad de la lectura la mente se me fue a Granada, al cortijo de la familia paterna, donde fui feliz los veranos de mi infancia. Allí pedaleaba el niño gordito, con la bici remendada, por el caminito de tierra que ascendía entre olivos, soñando que era Valverde, vestido de lunares rojos, esprintando y levantando las manos en la meta invisible que se dibujaba de tronco a tronco. Yo sería ciclista, porque si ganaba siempre a mis rivales imaginarios, siendo la imaginación lo más poderoso de la infancia, ¿cómo no hacerlo con los de hueso y piel?

Eran julios de Tour, piscina, primos y bicicleta. La plenitud. ¿Acaso no era aquello la dicha plena?

(…)

Con los primeros granos llegó el cuestionamiento, las dudas terrenales a despejar. El gordito crecía y se espigaba… centímetros y centímetros por encima de sus ídolos. Tampoco entrenaba el resto del año: sin bici de carreras, sin equipo, sin competición… Por primera vez la realidad empinaba el sueño.

Los avatares adolescentes acabaron por traicionar al niño. Desengañado quiso acercarse a su deporte primero por medio del INEF y, luego, de rebote, por el periodismo deportivo, allí donde dicen que vamos los deportistas frustrados.

(…)

Dos veranos escribiendo Deporte en el Diario bastaron para que el joven, herido por la realidad, desviara de nuevo su meta, convirtiéndose en el Judas del niño feliz que fue.

Qué lejos quedaba la bici. Arrumbada en el trastero. Aplastada por libros y otras cosas inútiles de mayores.

(…)

Pero al abrir la revista, y como el dinosaurio de Monterroso, allí seguía él. Más enjuto, sin pelo y con arrugas, con los huesos de la pierna puenteados por metales y el lumbar hendido por la sospecha envidiosa. Viejo. Pero con la ilusión en la mirada y la sonrisa limpia del que no se ha traicionado, y que, a pesar de todo, no me ha traicionado.