biografía

CICLISMO MÁGICO

Manuel López Sampalo

Una mañana de verano, mi madre regresó de su ruta en bicicleta por los pueblos de la Vega de Granada con una bolsa del mercadillo de Fuente Vaqueros colgada del manillar de su vieja bici de carretera: la que se hubo comprado con el primer sueldo de médico residente. Mientras mis primas, mi hermana y yo desayunábamos picatostes en la mesa del patio pequeño de El Corti, mi madre fue sacando de aquella bolsa, como un mago, cuatro mallas color pistacho con un dibujito de Piolín. A cada una le había escrito un nombre compuesto con permanente: “Cristina-Pantani”, “Belén-Jalabert”, “Almu-Ullrich” y “Yiyo-Olano” ‒aunque a los dos días me lo tacharía y escribiría el apellido “Escartín”, dado el fraude del ciclista vasco, Abraham Olano; llamado a ser el sucesor de Induráin‒.  Aquél nimio episodio provocó el apasionamiento de mi hermana por Jan Ullrich, tanto o más como el que sufría por Mijatovic, y mi tendencia a bancar a los ciclistas españoles: ya se apellidasen Beloki o Sevilla.

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En aquél cortijo de la Vega granadina, las siestas eran sagradas, y más en los cuarenta grados del verano. Mis padres, mi hermana y yo nos encerrábamos después de comer en la salita a seguir el Tour de Francia con devoción: bueno, mi padre roncaba tumbado en el sofá del fondo y de vez en cuando se sobresaltaba diciendo “¡Qué ha pasao, qué ha pasao!”, hacía un comentario aleatorio de la carrera y volvía a sus sueños. Las voces de Carlos de Andrés y Perico Delgado, con el ruido de fondo de las aspas del helicóptero están grabadas por siempre en mi memoria sentimental. Afortunadamente, esa combinación de sonidos la puedo seguir disfrutando a día de hoy, en este mundo tan cambiante e instantáneo. El Tour también se consagró en aquél caserón de campo.

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No vi correr a Induráin. Pero si mi madre no lo hubiese visto, probablemente, a mí no me gustaría el ciclismo. Ella me contaba cuando toda España se paralizaba a media tarde para seguir con devoción al ciclista navarro con corazón de buey, superhéroe magnánimo. Una vez, por ejemplo, ellos subían en el coche de Paco Pérez ‒personaje torrentino‒ a Madrid y pararon en una venta manchega para seguir por la tele la carrera de Miguelón. Los relojes de España entera, de Conil a Rosas, de Mojácar a Ferrol se paraban a la hora de la siesta. Toreaba Miguel.

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A mi madre, su antiguo novio, que fue quien la introdujo en el mundo de las dos ruedas y los pedales, le regalo una réplica en miniatura de la bici con la que Induráin batió el record de la hora, la ‘Espada’. No sé si ella luego se la re-regaló a mi padre o la tenían como objeto común en su casa matrimonial. El caso, es que cuando se separaron, mi madre se quedó con los niños ‒o sea, mi hermana y yo‒ y mi padre con la réplica de la bici de Miguelón. A día presente, aquella mini-bicicleta sigue luciendo, con su pata de cabra de alambre, en las repisas del despacho paterno, y mi madre, de vez en cuando se acuerda de ella y nos pide que cuando vayamos a verlo se la traigamos de vuelta. Y ya de paso, dice bromeando, que nos quedemos alguno de los dos allí.

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Ya digo, que la devoción ciclista de mi madre era y es mayor que la de mi padre; lo que no quiere decir que sea anterior. Mi padre cuenta con Luis Ocaña como ídolo de infancia. Luis Ocaña, ‘el héroe trágico’ contra Eddy ‘El Caníbal’ Merckx: aquéllos duelos debían de ser colosales.

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Mientras mi hermana disfrutaba de Jan Ullrich, infalible en cada Tour, siempre luchando si no por la victoria, por el podio; yo padecía a los ciclistas españoles, uno tras otro, que fracasaban en el intento de emular al inigualable gigante navarro. Lo mío fue un desamor tras otro: Abraham Olano, Fernando Escartín, Óscar Sevilla, Joseba Beloki, Paco Mancebo, Roberto Heras, Ibán Mayo, Carlos Sastre… Ninguno cuajó. Si acaso, más tarde, el cuñado de El Chaba. Todos grandes ciclistas, pero lejos de ser grandes ídolos eran idolillos de temporada, de quita y pon: segundones. Ahora sí, qué alegría cuando alguno de los vasquitos se escapaba en hazaña brutal por los puertos pirenaicos a más de 100 kilómetros del final y empapado de ikurriñas hacía la machada: remember Roberto Laiseka.

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Yo iba a ser ciclista, ahí no cabía debate. Después de cada etapa del Tour y de La Vuelta, me daba un baño en la piscina, merendaba torta de chocolate o pan con aceite y azúcar, me ponía mi ropa deportiva y a correr bicicleta. Cuando más niño, subía por la antigua vía del tren ‒un camino de tierra pedregoso‒ hasta la puerta de la vaquería y bajaba de nuevo hasta el cortijo. Luego daba vueltas por el patio y por las eras simulando finales de etapa. Me atacaba a mí mismo, retransmitiendo mentalmente, y  esprintaba cada vez que enfilaba el portón y levantaba los brazos al pasar por este. Siempre ganaba. Mi imaginación estaba repleta de imágenes de etapas y de narraciones de Carlos y Perico, que estallaban en mi cabeza al estímulo de los pedales. Era feliz.

Llegué incluso a organizar una contrarreloj con mis primas y mi hermana, compañeras de juego y de infancia. No sé cómo las convencía, pero el caso es que aquél paripé se llevaba a cabo y como estaba previsto, arrasaba yo.

Algo más crecido empecé a explorar rutas de tierra en torno al Cortijo, y me llegaba hasta la abandonada iglesia de Frajana, una torre de campanario de aspecto mejicano a punto de derrumbarse con un inmenso muro en el que se leían pintadas de “Cárcel, no”, o “Fuera ETA”, en relación al penal para terroristas que planteaban construir en aquella zona de la Vega granadina. Como tenía miedo de ir más allá de los dominios familiares, que eran bastos, a veces, daba vueltas pedaleando por el patio a la espera de que mi tío Jaime ‒aka Tito Jeans‒ ese día se decidiera a coger la bici. Entonces, cuando salía por el portón, yo esprintaba hasta llegar a su rueda y me iba detrás de él, pese a su disconformidad, a descubrir mundo con la bicicleta. Las más veces me llevaba hasta el cortijo de Casas Blancas, camino de Íllora, sito en una elevación entre olivos, al que se accedía tras subir un camino largo, estrecho y empinado. Era mi Tourmalet a escala. Tan motivado iba que le arrancaba a mi tío en la cuesta, y él se enfadaba recordándome que íbamos de paseo. Me enseñó que los puertos se suben a ritmo y con la cadena flojita. La bajada era un gozo.

Mi padre, harto de comprarme cámaras de repuesto, ya que todas las semanas, sin falta, pinchaba una o las dos ruedas, me enseñó a reparar un pinchazo. Separar la rueda del cuadro, con unos destornilladores planos sacar la cubierta por encima de las llantas, extraer la cámara, inflarla y meterla en un cubo de agua buscando la pérdida de aire, o sea, el pinchazo. Señalarlo con una lima y deshinchar del todo la cámara. Secar bien la zona y aplicarle pegamento en torno al agujerito, superponer el parche con su plástico correspondiente y apretar con los dedos gordo e índice durante cinco minutos, retirar el plástico y voilá, cámara reparada. Revertir el proceso anterior para colocar la rueda en el lugar que le corresponde en la bicicleta ‒si es la trasera, cuidado con ajustar bien la cadena y los frenos‒ e inflarla bien. Y a correr de nuevo. He llegado a tener cámaras con hasta veinte parches o cicatrices de batalla.

Cuando con la primera adolescencia comencé a hacer rutas de verdad yo solo, saliendo a carretera con mi nueva bici de montaña y pasando por los pueblos ‒Ezcórnar, Valderrubio, Fuente-Vaqueros, Cijuela, Romilla, Chauchina, Láchar…‒ empecé a preocuparme en serio en ser ciclista. El primer obstáculo que pasó por mi mente derivaba del pánico a los ascensores, fruto de mi claustrofobia, a los que por entonces no me subía. “¿Cómo voy a ser profesional del ciclismo sin montarme en ascensores?”, esa era la duda irracional que empezaba a corroer mi sueño de ser ciclista. Me imaginaba en el hall de un hotel con unos señores de la UCI diciéndoles que yo subiría a la décimo-segunda planta por la escalera. Bueno, todo se andaría.

Algo más tarde, y más crecido física y mentalmente, la preocupación de dar al traste con mi sueño se tornó más real. Ya por entonces, tendría unos 14 ó 15 años, medía cerca de 1 metro con 90. Con esa altura no podía ser ciclista; desde luego, no escalador. Es probable que me fijara mucho en los escarabajitos colombianos o en esos ciclistas vascos con estatura de jockey y cara de duende. Entonces, en el pelotón mandaban los sherpas. Más tarde, llegaría el tour de Wiggings (1.90) o los de Froome (1.86) para echar abajo mi teoría del ciclista de talla baja; demasiado tarde. Ahora pienso que me podría haber fijado en Miguel Induráin, un tipo grandullón y que mandaba en todas las disciplinas.

Pero sin duda, lo que cambió el “yo voy a ser ciclista” por el “yo iba a serlo” fue la cruda realidad. Si yo pasaba los veranos en aquél cortijo familiar dándole todas las tardes a los pedales, el curso lo pasaba en mi ciudad, Cádiz; probablemente el peor municipio español para querer ser ciclista. De ahí, que el número de ciclistas profesionales salidos de la ciudad de Cádiz o del entorno de la Bahía sea igual a cero. Cádiz, solo tiene una salida para las bicicletas y es la autovía a San Fernando, peligrosa por lo estrecho de sus arcenes y muy transitada. Para encontrar alguna cuesta hay que ir hasta Medina-Sidonia o Vejer, a casi cincuenta kilómetros de la capital. Si esto no te quita las ganas de ser ciclista, añádanle un viento espantoso que ya, definitivamente, le quita las ganas a cualquiera. Incluso a mí. O sea, que durante el curso me olvidaba de los puertos y las pájaras y retomaba el pragmatismo de querer ser veterinario o policía.

Así que, mis planes de futuro se quedaron en el trastero luminoso de la niñez como un juguete especial. Quizás, después decidiría cursar la carrera de periodismo por hacerme periodista deportivo y poder estar lo más cerca posible de ese sueño, aunque del otro lado de la valla, siguiendo la máxima de que el periodista deportivo es un deportista frustrado. Cuando acabé la carrera, ni siquiera me decanté por el periodismo deportivo, ni por el periodismo, vaya.

En mis fogonazos de escritor, cada cierto tiempo repito que Nieto Jurado, con 35 piñones, aún tiene una Vuelta en las piernas. Yo tengo 28, ¿quién sabe si acaso tengo una Vuelta en los dedos?

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Con la entrada del siglo, el bloque familiar ‒si es que alguna vez fue tal‒, en torno a la hoguera del Tour, se derritió definitivamente. Mi madre ya no pasaba los veranos en El Corti, mi hermana prefería ver ‘Pasión de Gavilanes’ con mis primas y mi padre cada vez dormía, y roncaba, más profundamente en el sofá del fondo. Me quedé sólo al pie del puerto. Cada mañana miraba en el diario IDEAL el perfil de la etapa de ese día y leía la crónica del día anterior: si era llana, una sensación de desilusión me atrapaba, si era montaña, alta montaña, era día de fiesta, día grande para mí.

Con el comienzo de La Vuelta a España acababan nuestros veranos colosales de casi tres meses en El Corti. La ronda a española la seguía a caballo entre Granada y Cádiz, pues. No tengo para olvidar aquélla etapa montañosa en que un joven y casi desconocido llamado Alejandro Valverde, ciclista del Kelme-Costa Blanca ‒ese Betis del ciclismo‒ se impuso a los mejores ‒Roberto Heras, Óscar Sevilla, Félix Cárdenas‒ con una potencia descomunal. Ese día me enamoré y aposté todo, sin razonar, a ese caballo ganador. Me salió bueno. Aún vibro como un chiquillo con sus hazañas más de quince años después. Y lo que le queda, lo que nos queda…

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La canción de La Vuelta, que se anunciaba a mitad de Tour en sus anuncios, era todo un hito del verano. Sin duda, no se admite discusión, la mejor ha sido la de Melendi. Brutal. Las ha habido muy buenas, como la de Pastora Soler, la de Patricia Monterola ‒“Que el ritmo no pare”‒ o hasta la de Nena Daconte. Pero la de Melendi alcanza la categoría de mítica. Aunque los de generaciones anteriores nos hablen con devoción del “Me estoy volviendo loco” de Azul y Negro.

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A mí, las clásicas ‒y discúlpenme los clasicómanos‒ me importan un carajo. Y me importan un carajo porque no las he mamado, no forman parte de mi educación sentimental: mi ciclismo se reduce a Tour y Vuelta y, si acaso, algún Mundial. Las clásicas para los come-gofres.

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El dopaje o, mejor dicho, los controles antidopaje o, especificando más aún, la proliferación y endurecimiento de estos controles casi acaban con el ciclismo. Los siete Tours que vivimos sometidos a Amstrong y su guardia pretoriana fueron una mentira. Es duro que te borren siete veranos de un plumazo. Nada ha vuelto a ser igual en este mundo de las dos ruedas y los pedales: la afición ha mermado como atacada por una gripe de alta mortandad y los que quedamos somos mucho más escépticos: a cada truco de magia le buscamos la trampa y el cartón, a los ataques arácnidos de Froome, el motor; porque sencillamente hemos dejado de creer en la magia. A veces, se nos olvida y volvemos a conectar con esa sensación especial que transmite este deporte: que puede que sea el más aburrido del mundo, pero sigue siendo, con toda seguridad, el más bello del orbe.

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Un día de finales de Secundaria, un compañero de clase me soltó que a él le gustaba tanto la Fórmula-1 como a mí el ciclismo. No le dije nada. Pero aún sigo pensando qué habrá mamado ese chiquillo de la fiebre pasajera por esa competición de motor y lujo, que duró lo que duró Alonso en la élite. No se puede comparar una moda con un modo… de vivir. Yo el ciclismo, como todo buen aficionado, lo llevo en la sangre y aunque se envenene, ahí seguirá haciéndome retorcer. Ciclismo y Fórmula-1, ¡já! Es como comparar a tu madre con una noviecita de la adolescencia.

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Jugaba a un juego con mi hermana, y aún seguimos jugando, cuando hay un tercero delante, para demostrar ante el mundo sus conocimientos de ciclismo, los cuales llegan hasta la retirada de Ullrich. Muy sencillo: yo decía el nombre del ciclista y ella remataba con el apellido. Así:

Yo: ‒Erik…

Almu: ‒Zabel.

‒Fabian…

Cancellara.

‒Andreas…

Klöden.

‒Laurent…

Jalabert.

‒Joseba…

‒Beloki.

‒Floyd…

Landis.

Y su favorito: ‒Jan…

‒¡Ullrich!

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Sostengo que Valverde es más grande que Induráin.

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Mi último recuerdo ligado al ciclismo que mamé es el de mi padre madrugándome en una mañana de agosto para bajar a nuestra salita de El Corti a ver el final de la prueba de ciclismo en línea de las Olimpiadas de Pekín 2008, las mejores que he vivido. Si no recuerdo mal, teníamos dos caballos ganadores en esa prueba: Óscar Freire y mi Alejandro Valverde. Ninguno de los dos entró en el corte definitivo; si lo hizo Samu Sánchez, un escalador menudo del Euskaltel-Euskadi ‒ese Athletic del pelotón‒. No teníamos confianza en que siquiera fuera a sacar una medalla; sabíamos que era bueno subiendo y también bajando, pero al sprint no hubiese apostado por el ciclista asturiano ni su madre. No sé cómo, no sé de dónde sacó las fuerzas, qué imagen le pasó por la cabeza…que va el tío y vence al sprint. ¡Samu campeón olímpico! Qué manera de despertar aquella mañana del 9 de agosto de 2008. ¡Qué subidón!

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Yo pensaba que se quedaba. En aquella pared de Insbruck, que dejaba en un falso llano las rampas del Angliru, yo pensaba que se quedaba. No quería mirar. Veía a Bardet, escalador nato, tan joven y canijo, subiendo como un sherpa al Himalaya, con esa facilidad… y veía que hasta Alaphilippe cedía; me parecía inverosímil que Alejandro, con casi 40 años y La Vuelta aún caliente en las piernas, aguantara un segundo más la rueda del francés. Entre ellos, un tal Wood, leñador canadiense, convidado a la mesa de los mayores. En cambio, una vez coronado aquel muro de las lamentaciones, aquel infierno vertical, suspiré aliviada y fuertemente pensando “esto ya está hecho”. Pensamiento que desapareció en cuanto vi que Dumoulin, esa mala bestia, conectaba con el trío de los metales. El arcoíris, como el amarillo para los artistas, estaba maldito para Valverde. “Dumoulin les va a arrancar a kilómetro y medio de meta y los va a dejar tiesos a los tres.”, rumiaba. No fue así: 1 kilómetro, 700 metros, 500 metros, 400, 300 y ¡pum!, arranca Alejandro. «¿¿¡¡Dónde vas!!??», dijimos todos. La cámara de meta enfocaba a los cuatro, y aquél sprint parecía a cámara súper lenta, hasta tres veces pensé que Bardet había superado a Alejandro. Obvia decir, que llevaba 20 minutos viendo la carrera de pie, como los finales de partido de mi equipo. Cuando Alejandro levantó los brazos hubo en mí una explosión de sentimientos inefable. Corría, saltaba y me revolcaba emocionado y excitado por los pasillos de casa. ¡Qué alegría, Dios mío! ¡Qué justa es a veces la vida! «¡Cucha el Balica, coño, con 38 años!», como dijo él mismo.

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La firma falsa de Induráin:

Para cerrar el círculo de mi historia sentimental ciclista he de contar que mi madre, en torno a 2012, fue a un congreso a Pamplona. No recuerdo bien de qué: algo relacionado con la medicina, pero también con el liderazgo. Para su gozo, su ídolo de juventud, Miguel Induráin, estaba anunciado como ponente en el acto. Unos años atrás, yo había comprado un maillot amarillo de líder del Tour en la tienda Nike de Londres. Lo saqué del armario y le dije que se lo guardara en su maleta y, por favor, me lo trajese firmado por Induráin. Así fue. A los cinco días regresó con la firma en la maleta. «A Manolo, que consiga tantos éxitos como dispute… M. Induráin», esa era la dedicatoria que el gigante navarro había plasmado con un rotulador permanente negro y de punta gorda a las espaldas de mi maillot. Tanta ilusión me hizo, que lo colgué de la pared de mi cuarto. Jamás sospeché de su veracidad, aunque al pasar unos años, no sé por qué, quizás el remordimiento o un despiste, mi madre me confesó que aquélla firma no era de Miguel, sino de ella. ¡Qué chasco y qué cabreo! Induráin, por lo visto, no acudió finalmente a aquél congreso, y mi madre, por no desilusionarme, por cumplir con su papel de reina maga, había suplantado la firma del ciclista. De las mallas de piolín al maillot, y siempre la letra materna dotando de magia a aquéllas prendas inertes: mitificando un deporte, un modo de vida.

Abuelas

Mis abuelas estuvieron a un tris de la muerte siendo muy niñas. La materna, Tere, que pasó sus primeros años en una islita africana, fue la pionera europea superviviente a la picadura de la mosca tsé-tsé. Marisa, la paterna, fue bombardeada, afortunadamente sin éxito, por la aviación alemana cuando su madre la llevaba en brazos por las calles de Guadix. Que yo esté escribiendo estas líneas es purito milagro.

Eran tiempos en los que se hacían las novelas del futuro, los primeros compases del siglo XX. Me contó mi abuela Tere que su padre se paseaba por las callejas del viejo Madrid en una bicicleta con un mono al hombro. La abuela Marisa recuerda como algo de otra vida cuando a su padre, dueño de la fábrica de harina de Guadix, lo secuestraron durante la Guerra los anarquistas y socialistas venidos del Levante, y cómo sus propios trabajadores le salvaron la vida.

Si algo en común tenían mis bisabuelos Juan José (materno) y Luis (paterno), según me ha llegado, es que eran dos hombres buenos y con propiedades. Juan José fue un aventurero y soñador que heredó unas tierras en la isla de Fernando Poo (hoy día Bioko, Guinea Ecuatorial), que por entonces pertenecía al ya moribundo Imperio Español. A su cargo, en supuesto régimen de semiesclavitud, tenía un grupo de negros, los bubis: holgazanes y jaraneros, que le trabajaban la tierra. Aunque, dada la mano blanda del bisabuelo, se pasaban más tiempo de cachondeo que trabajando. Se casó con mi bisabuela, Concha, por poderes (hoy sería como hacerlo por Skype): Él en la isla, y ella, en Madrid.

Como decía, al poco de nacer mi abuela, la llevaron en barco, lo que era una odisea de tres semanas, hasta Fernando Poo. Allí le picó la dichosa mosca tsé-tsé que la dejó en coma por la conocida como enfermedad del sueño…, de la que muy pocos despertaban. Ella, milagrosamente, lo hizo a las dos semanas. Lo dicho, la primera europea que lo superó. O eso cuenta ella.

De la isla colonial se volvieron pronto a Jerez de la Frontera, donde se asentó la familia. Pero, como souvenir, el genial excéntrico de mi bisabuelo se trajo una mona. La mona vivió un tiempo con ellos en su casa de la calle de Las Naranjas. Situada en el balcón, hacía las delicias de los jerezanos, que se paraban a hacerle monerías. Una vez en Feria la vistieron de sevillana.

Por la otra rama familiar, el bisabuelo Luis era el propietario y director de la fábrica de harina de Guadix; que por entonces era la empresa que más beneficio generaba de la zona. La cruenta Guerra les pilló a él y a su familia con las manos en la masa. Pronto el pueblo granadino fue tomado por el bando republicano; y expropiaron la fábrica a mi bisabuelo, que quedó en manos de los obreros. Unos trabajadores, que, por la bonhomía de su jefe, juraron defenderlo de las amenazas forasteras. “Don Luis, usté tranquilo, que con nosotros no le tocan un pelo”. Pero fue inevitable que, tras un tiempo ejerciendo de chófer de los revolucionarios, los grupos anarquistas y socialistas levantiscos lo secuestraran, llevándoselo por los montes de Jabalacón, refugio penúltimo de bandoleros y maquis. Finalmente, la intercesión de uno de sus secuestradores (que estuvo a sus órdenes en la fábrica), le permitió escapar con vida hasta Granada, territorio nacional.

Mientras tanto, mi bisabuela Ascensión, su mujer, trató de huir con sus dos hijos a Murcia, donde residía su familia. Pero no sin antes pasar por el fatídico y milagroso episodio del bombardeo: Por el motivo que fuere, andaba ella en la calle con mi abuela en brazos, un bebé, cuando quedó oculto el sol por el vuelo del bombardero de la Legión Cóndor, que atacaba indiscriminadamente a la población accitana. Mi bisabuela corría sin mirar al cielo, rezando, mientras estallaban las bombas a izquierda, derecha, adelante y atrás. Por fin, encontró una covacha donde guarecerse del planeo asesino del pajarraco ferrugiento. Ya en su vejez, cuando tuvimos la suerte de conocerla sus bisnietos, se arremangaba un poquito la falda para enseñarnos los estigmas de la metralla en sus pantorrillas.

(…)

A qué periodista no le han preguntado por su entrevista soñada. Yo, lo tengo claro: a mi abuela Tere y a mi abuela Marisa. Testigos últimos de un tiempo en que no mediaba una pantalla con la vida. Ni con la muerte.

Noventa años de sol y edad

El día de su concepción el sol se asomaba cotilla por las ventanas de un Madrid recién republicano. La matrona escarbó en las entrañas de su madre y sacó, como del fondo de una mina, una niña tan negra como el cacao. Teresita no lloraba, sino que reía.

Las lenguas malhablaban por los zocos y verdulerías de la ciudad: con esa piel negra como una noche de grillos, tan oscura que azuleaba, la niña no podía ser hija de su padre: un extravagante rubio de ojos verdes que se movía por la capital con un monociclo y un tití al hombro. Se quiso creer entonces que su madre, Concha –una señora grande como un castillo–, fue preñada, en uno de sus viajes a las mil islas del cuerno de África, por un mandingo.


Su abuelo gustaba de llevar a la negrita por los bares de ese Madrid sin rey a comer hocico de jabalí y chupar cuerno de ciervo. A Teresita le encantaba coincidir en aquellos templos de la casquería con Manuel Azaña, a la sazón presidente del consejo de Ministros, y que le contara los cuentos de Calleja.


Por motivos de trabajo, siendo aún muy cría, sus padres se la llevaron a una de las mil islas de ébano y marfil. La travesía a lomos –o a caparazón– de un galápago gigante fue pesadísima. Al poco de estar en la ínsula de Fernando Poo, un veneno serpentino y multicolor infectó a la niña con el virus del sueño. Del que no despertaría hasta dos años, cinco horas y veintitrés minutos después, gracias al buen hacer de un chamán de tribu local. Al amanecer, Teresita se encontró con una nueva hermana, Choni, esta sí, fruto indudable del matrimonio entre el hombre extravagante de la cola de tití y la mujer-castillo.


Tras la larga siesta, la familia se instaló en Jerez de la Frontera. Allí vería la luz la grande hermana pequeña, Julita, hija del hambre, que nació con un bocadillo de chicharrones bajo el brazo. Dicen que durante el embarazo, a Concha le crujían las tripas como truenos en una tormenta tropical, pero no eran las suyas, sino las de la niña que abrigaba en su vientre. El quijotesco padre moriría al poco de regresar de la negritud entre fiebres horrorosas que le ponían el cuerpo a 60 grados. Combustionó.


El día que expiró el padre, una monita salió de debajo de la cama en la que el buen hombre pasó los últimos calores. El primate se hizo un hueco en la casa como una cuarta hermana. Nuestra Teresita peleaba a menudo con la mona en unas palizas enredadas en las que bien no se sabía dónde acababa aquel simio y dónde empezaba la ya joven negrita.


Mas el hambre llamaba a la puerta del hogar tras la crudelísima Guerra de Los Hermanos. Dicen, que como en el cuento de El Coronel, Concha, la matriarca, ponía piedras a hervir para que los vecinos no pensaran que en su casa se pasaba hambre. Aunque Julita, que cobijaba en su cuerpo una solitaria como una anaconda, se las comía como si de patatas duras se trataran.


(…)


Teresita, para apoyar la economía del hogar, se puso a trabajar de costurera en el taller de banderas de Don Mario. La negrita, astuta cual zorrillo de las nieves, tejía y destejía –en un remedo entre Penélope y Mariana Pineda–, los retales amarillos para aclarar el morao de las banderas. Daba la impresión de ser la más trabajadora, aunque en sus diez años en lo de Don Mario, sólo convirtió tres pendones republicanos en nacionales.


(…)


Entre tela y tela, conocería a Paco, un hombre con corazón de buey, y pronto se casarían. Tendrían hasta seis hijos. Tan deseada era la primogénita, que le dieron por nombre todo un continente: África. La siguiente, Almudena, ya monologaba en la barriga de su mamá. Pero antes de alumbrar a la tercera, María Teresita, un calco de Teresita –o Doña Teresa ya por entonces–, La Desgracia, eterna vecina, se le presentó a la familia. Llamó al timbre de la casa y tomando de la mano a la niña África, la sacó al patio, la levantó en peso y la ofreció al cielo. Como Amaranta la Bella en la magna obra de García Márquez, la niña, abducida por una luz cenital, subiría a la patria celeste cual globo de helio.


Al poco de la ascensión, Doña Teresa la negrita, agigantó de nuevo su vientre para parir, cómo no, otra hembra. Le pusieron por nombre África II, aunque todos la llamaban Tati, nunca nadie supo por qué. Y, por fin, a la quinta, –con Paco, el hombre del corazón de bóvido, desesperado–, vino al mundo un varón en aquella suerte de gineceo o sororidad. Paquito le bautizaron.


Y cuando ya la familia se hubo consolidado. Teresita noto que Juan José se cocinaba en su entraña. Cuando nació, no sin dificultades, ya que aquella criatura pesó más que un atún, Juan José resultó ser Rocío, que con los años y con la misma edad que su madre entonces, daría al mundo un ratoncillo llamado Alejandro. El famoso parto de los montes.


(…)


Pasaron los años, y a Paco padre, por culpa de su cardiopatía, le crecía más y más el corazón –que ya era como el de un elefante– (“paquidermo” le decían bromeando sus amigos): conforme más grande se le hacía el órgano más buena persona era. Sabía que un día, no muy tarde, le estallaría el corazón de extrema bondad.


Con sus hijos ya crecidos y dándole nietos y venga más nietos, Doña Teresa dedicaba merecidamente los días a tomar el sol con su hermana Julita, la famosa tía Julia del escribidor. Eran como lagartos aletargados que pasaban días y días bajo el aliento del Lorenzo. Una tarde, nuestra negrita, impulsivamente, decidió vencer su fobia al agua y se echó a la mar. Cuando salió, lo hizo con la piel escamada y una cola como de lagartija.


A la vejez, en una suerte contraria a la de Benjamin Button, su cuerpo envejecería a pasos agigantados, quedando la pobre Teresa como una uva pasa. Por cambio, su mente rejuvenecía recuperando facultades olvidadas y optimizando los cinco sentidos. De natural nervioso, su rabo de lagartija se movía cuando rumiaba alguna preocupación. O sea, siempre. Harta de ese delator apéndice de saurio, cada viernes lo hacía cortar en su peluquería, pero como el hígado de Prometeo, a la noche se regeneraba. Estaba condenada a vivir con su bata de cola y nervio.


El día de su noventa cumpleaños, en un infinito comedor rodeada de sus hermanas, hijos, nietos y bisnietos; con dos sillas vacías que ella llenaba con el recuerdo de Paco y de África, pronunció estas palabras: “En casi un siglo, siento que he vivido seis vidas; pero afortunadamente puedo decir que nunca he conocido la soledad”.


“Claro, abuela”, replicó una de sus nietas: “El sol siempre se rodea de estrellas”.

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Tenemos que hablar

Creo que fue en el verano de lo de Iniesta. Mi amigo R. conoció a su novia P. en una barbacoa playera, de buena madrugada y con algo de sangre en el alcohol. La casualidad de que se encontrasen en tal estado y a esas horas propició que se cocinaran una imagen falsa del otro. Así, iniciaron a salir juntos y todas las noches. Durante ese agosto se emplearon en una suerte de escalada alcohólica, de carrera espacial por ver quién de los dos llegaba antes al coma etílico o al reino de la tarima. Todo por querer complacerse sin conocerse. Hasta que una tarde P. se plantó y, pese a creer que perdería a R., le dijo que ella “en verdad” no era “así”. Mi amigo, que tampoco era “así”, ya digo que lo celebró más que lo que nos vino de Sudáfrica. Me cuentan que desde entonces son felices dándose a la bicicleta de paseo y al cine. 

He rescatado esta historia de final sobrio, como un bombero de recuerdos, porque recientemente me vi en medio de otra similar. Ocurre que tengo un par de amigos, Casimiro Griego y Pepe Cabalga, que entre ellos solo se conocían por lo que yo le había contado al uno del otro y al otro del uno. No sé bien cómo los dibujé, que ambos pensaban que el otro era un borracho. Así, la cena en que se conocieron estaba yo sentado entre los dos, que, tímidos, apenas se dirigían la palabra. A esa hora que llaman la de las copas se dieron a una maratón alcohólica: que si la quinta del Buitre, la de Paco Gento, la de Mijatovic… Cuando ya buscaban la décima con más ansia que Tomás Guasch tuve que frenarlos: 

-¿Pero tú no tenías que coger el coche?- le pregunté a Casimiro. 

-Y tú, Pepe, ¿no aborrecías la ginebra? 

Así era. De ser por ellos, heladito y para casa. Todo fue por agradar al otro.  

Almudenas

Almudena no ha vuelto a leer a Almudena desde aquella tarde. 

Tomaba el tren a Málaga para conocer a su admirada escritora, Almudena Grandes. Con la ilusión virgen y el libro ‘Los besos en el pan’ bajo el brazo, se apeó en María Zambrano. Ya en La Térmica cayó en que se había dejado la novela en la mesilla del hotel. No importaba. Compraría otro ejemplar allí mismo. 

Almudena se enganchó a la prosa de su tocaya en el prólogo de la década de los noventa, con novelas como ‘Las edades de Lulú’ y ‘Malena es nombre de tango’. Luego vinieron ‘Atlas de geografía humana’, ‘Los aires difíciles’ y ‘El corazón helado’. Se podría decir que, hasta esa tarde, era lo más parecido a un ídolo que tenía. 

Vestida de emoción, como es ella, se acercó tras la conferencia a que la Grandes le besara el ejemplar recién horneado. Y, de paso, entregarle un manuscrito autobiográfico que llevaba años confeccionando. Le firmó maquinalmente y tomó la carpetilla, en la que Almudena le confiaba su vida, como quien coge un folleto publicitario en la calle.  

A su lado estaba Eduardo Mendicutti, que la vio triste, y que incluso le invitó a pasar a la sala de escritores. Una vez allí, entre vino y canapés, Almudena tuvo el honor de conocer y entablar amistad con otra escritora sin libros, María del Mar. A ella le dedica Antonio Soler su última y magna novela, ‘Sur’: “María del Mar, /sur, norte, este, oeste. / Rosa de los vientos/” 

Por más que una se apellide Grandes, la Almudena grande es la Sampalo, mi madre.

No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Me recuerdo a mi abuelo

“Me recuerdo a mi abuelo”, me sorprendí pensando. Estaba sentado en el sofá leyendo el diario El Mundo y seguía de fondo los toros en la tele. Exactamente a lo que se dedicaba mi abuelo Paco en sus últimos años de vida.

No sé por qué camino llegamos a converger. No fui consciente del proceso en que sus aficiones se convirtieron en las mías.

Le recuerdo aquellas tardes en la casa de mis abuelos, ahora de mi abuela, siendo yo un chaval de nueve o diez años, y él perenne en su sillón de flores verdes donde repasaba el periódico de ayer, o en el sofá blanco frente a la vieja Samsung los días de toros en Canal Sur. Me evoca tardes aburridas de clarines sonando y de olor a tinta recalentada por el sol de la ventana. Supongo que yo entonces jugaría o haría como que hacía la tarea.

Hoy le pediría “pásame el periódico cuando acabes, abuelo”, y quizás comentaríamos las verónicas de Morante, y él me diría que para torero de arte El Paula, y entonces me contaría cuando eran vecinos y le daba clases particulares al diestro jerezano, que por entonces era medio analfabeto, y que luego les invitaba, agradecido, a las mejores corridas y tal.

Pero él estaba en el ocaso de su vida y se había ganado esas tardes de placer; yo estoy en la aurora de la mía y me siento culpable por ellas: “soy un niño jubilao” como escribió Martínez Ares.

Mi alternativa

Escribo a porta gayola mientras escucho Al-cantar-a-Manuel, de Mayte Martín: “A la sombra de una barca/ me quiero tumbar un día/ y echarme todo a la espalda / y soñar con la alegría.” Me inspira como ver torear a El Juli. Leí hace unos días las declaraciones de un torerillo jiennense y pelirrojo, debutante en San Isidro, que decía que él quería ser torero, no quería recoger más aceituna. Yo me siento así cuando escribo: no quiero estudiar más oposiciones a ordenanza o a secretariucho, quiero ser escribidor, quiero ser columnista. Y por eso me arrimo al toro, a sabiendas de la cornada, como Roca Rey, que se los pasa por la taleguilla.


LL se acoge a sagrado en lo español, como la KSB, y el aligátor caraqueño vuelve a morder. Me vienen a la cabeza los versos de Neruda, que los parafraseo: “Nicolás Maduro se llamó el murciélago. / Era redondo de alma y de barriga / pestilente, ladrón y circunflejo, / era un gordo lagarto de pantano, / un mono roedor, un loro obeso, / era un prostibulario maleante, / cruzamiento de rana y de cangrejo.” Se le pique bien a la bestia.


El quite se lo dejo al de La Puebla, Morante de Vox, que pasea el río por la marisma con los ecos de su capote.


Vaya el primer par de banderillas contra los inclementes que se han aprovechado de un lapsus de la periodista María (Roca) Rey para lapidarla. Los segundos palitroques, con la bandera nacional, se claven en el lomo de los ofendiditos que se han horrorizado por un titular ingenioso de la “referencia dominante”. Y cómo no, los últimos avivadores, precisamente para eso, para el buey Marius, aka Ferdinando, cuando Silvia Barquero le esté dando de comer ramitas. (“La madre o el perro”, que diría el Chapu).


[Y antes de entrar con la muleta, quiero brindar este toro a Jesús Nieto Jurado, un Pedro Luis de Gálvez millenial: ahí va la montera, Maestro; cámbiela por la gorra].


Solos ya la bestia y el menda. La Ansiedad y la Muerte. En el horizonte, la Vida. Le doy dos pases al natural: que pacte Sánchez a su izquierda.
Recuerdo a Borges, “me legaron valor, no fui valiente”. Mi sempiterna compañera de viaje, la bicha, me seca la boca, me paraliza y me disocia, pone a Manuel en tercera persona. No le da tiempo a rumiar, la sangre morena que atasca la autopista corazón-cabeza, porque el toro le ha cabeceado.


Acostado en la arena solo quiere ser arena.


Pero se acuerda de Alcántara (“tendré ya que figurarme, don Manuel, que también somos paisanos en la muerte infatigable”), de Aragón y del Balica. Y de su madre despertándole para ir al cole. Y con legañas de sangre negra se incorpora. La espada en el paño de la muleta, que va de derechas. Vuelvo al yo. Me descalzo y pido música al maestro Tejera. Suspiros de España, FJL. Serie magistral de derechazos.


Y la plaza unánime pide indulto, como snchz con los golpistas. Porque a mi bestia, a mi bicha, a mi miedo no se le mata, se le torea, se convive con él, se le acoge. Decirle te quiero, ¡te quiero, ansiedad!, y no te temo. ¿Qué sería yo sin ti? Quizás un periodista en Madrid, pero desde luego no sería el que soy, Manuel López Sampalo.


Se abre la puerta del Príncipe. Me llega el olor del azahar apretado del crepúsculo. La brisita atlántica me da en la cara. Y renace el mundo, de colores, de flores, de amigos, “de libros de madrugada, el verano y tus pestañas”. Me canta El Pali desde una silla sobre el espejo cenital del Guadalquivir. Quién pone la manzanilla, que nos vamos pa la Feria. “Que la vida hay que tomarla, ole, ole ole y ole, de cachondeo”.

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.