biografía

¿Dónde estabas el 11S?

Todo el mundo parece recordar dónde estuvo, qué hacía, el 11 de septiembre de 2001, cuando el atentado terrorista a las Torres Gemelas.
Yo creía saberlo, pero conforme pasan onceseses cada vez tengo más dudas.

¿Quién en su recuerdo no hubo pensado que estaba viendo una película? ¿A que sí? Seguramente sea una memoria prestada.
A día presente, solo tengo cuatro certezas: Iba a cumplir 10 años en dos semanas. Estaba en la casa antigua de mi abuela. Estaba con mi hermana y con mi abuela. Y estábamos viendo la tele, después de comer, cuando conectaron con NY.

Pero la grieta de las dudas se abre y se abre y muestra un abismo.
¿Por qué si mi abuelo aún estaba vivo no aparece en el recuerdo?
¿Por qué la rememoro como una tarde poscolegio si probablemente no hubiera empezado el curso?
¿Seguro que nos lo estaba contando Matías Prats en Antena 3?
¿Y mi madre, estaría trabajando en el Hospital?
¿Sentí miedo, emoción, indiferencia…?

A principios de julio de 2011, casi diez años después, estuve en la Zona Cero, junto a mi madre y mi hermana. Solo estaban los cimientos sobre los que se iba a construir el nuevo One World Trade Center. Hoy, en mi memoria y en la de muchos, solo resisten esos cimientos de lo que (vi)vimos hace 17 años, y sobre ellos hemos levantado un edificio memorístico de recuerdos prestados.

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Antifranquistas de Twitter

En qué momento se había jodido el Perú, Zabalita.

[Escena 1]

Vaciábamos ya la cuarta (o quinta, o sexta, no lo sé) de Fra Angélico, “bebida de puticlub” según Reverte, cuando formulé la pregunta. Los amigos, ellos, tan correctos de Instagram para afuera, tan sucios de Whatsapp para adentro. Gente del tiempo. Decía que solté sobre la barra la pesada cuestión, como un atún:

-Entre un animal, digamos un perro, y un humano, ¿a cuál salvaríais la vida?

-Al humano, supongo. – dijo el más íntimo falangista, equidistante en la calle. (Suponía).

Apreté más. – ¿Diez perros o un humano?

Silencio. (Nadie dijo un humano).

Y más aún: – ¿Y si el perro es vuestro?

– ¡Al perro! – bocinaron dos amigos al unísono.

(“animalitos”, pensé). Y no quise entrar a debatir de caracoles, de los que dan buena cuenta en primavera. Tan animales (las cabrillas) como un perro, tan humanistas (las cabrillas) como estos friends.

[Escena 2]

Es mediodía del jueves, hace calor, y me abanico con el diario El Mundo. En casa. Le doy, por fin, su uso y lo desdoblo por la contratapa. Allí, una foto coloreada de un tal Manu Sánchez, y pienso, “vaya maricón”. Bajo la mirada al titular, leo y de la arcada que me provoca corro al váter. Sabía a Fra Angélico.

“Soy de izquierda, andalucista, republicano y feminista”, eso decía el tipo. Comprenderán que no siguiera leyendo: no quise acabar con el bote de Primperán.

A la tarde leo un tuit muy analgésico del escritor portuense Enrique García Máiquez comentando El Titular: “No sé quién es, pero ha hecho pleno al quince. Enhorabuena”. (Los comentarios al trino reforzaban la analgesia: “y vegano y runner”).

Reflexiono en la distancia, no lo dudo: A este tipo lo entrevistan hace cincuenta años y el titular sería más conciso, más sobrio: “Soy franquista”.

[3, colofón]

Hay gente que se adapta muy bien a los tiempos. Nadar a favor, como un atún. Vivir fácil. Todo son ventajas.

Cornadas

En julio y agosto uno disimula su paro moviéndose entre los veraneantes.

***

A dos minutos de comenzar el encierro de hoy, con un punto sádico y otro poético, el comentarista de San Fermín para RTVE dijo: “Ahora ya no hay marcha atrás. Esto es una cárcel sin techo”.

“Las teles nos enseñan el calentamiento, pero nos ocultan el partido.”, decía el periodista Rubén Amón a raíz de las polémicas declaraciones del alcalde de Pamplona, Asirón, en las que sugería unos Sanfermines sin corridas de toros. Cuanto más animalismo, menos humanismo.

***

Mi amigo Casimiro (muy de Miquel Silvestre) volvió más hombre, y con las manos quemadas, de su hazaña en moto: Perpiñán-Cádiz en una jornada. Ahora bebe a morro los litros de Cruzcampo y hace ‘manspreading’ sin pedir permiso ni perdón. La pasada juerga, un amigo común, le preguntó a eso de las tres y pico que cómo se iba a levantar “mañana” a las siete para ir a currar. Y él, tan pancho, soltó que “con Herrera”.

***

El siete de julio no hace falta que suene el despertador porque Chapu ya está despierto: es más, no ha llegado a estar dormido en toda la noche. Se ha contenido en la cama como Bolt en los tacos. Le pesan en la cabeza los pacharanes de anoche. Va en sigilo hacia el baño y no se afeita porque ahora luce barba. Canta copla en la ducha para exorcizar las ideas obsesivas y mandar al carajo la ansiedad. Sabe, como los que lo sabemos, que el miedo no es a la muerte, sino al miedo, al Pánico. Tampoco se sienta a la mesa de la cocina: se toma, la taza temblando, un café sobre la encimera. Da dos sorbos y lo deja. (…) Ya está frente al santo moreno en la cuesta de sus pesadillas. Sus Termópilas. Los dos minutos que van del segundo al tercer canto/rezo le matan, le están reventado el sistema nervioso. Es ESA decisión, ante la última puerta de salida, la que lo deja a orillas del pánico. (…) Se le pasó el tren y ya no hay opción. Gora San Fermín!, cohete, y toro. (…) Luego, LA VIDA.

***

Juan José Padilla, no solo ha bailado con la muerte, como cualquier torero. Padilla se la ha follado, en dos ocasiones, y ha vuelto, con estigmas, para contarlo.

Cuando el toro introdujo el pitón por el cuello de Padilla y lo sacó por su ojo izquierdo, el periodista Paco Ballesta se encontraba en la casa familiar del torero, a las afueras de Jerez. Le dijo a su cámara que dejase de grabar, que paraban el reportaje. Los padres del diestro, que vieron la cogida por la tele, no lo quisieron así, y les dieron la venia para continuar: eso era el toreo y el sufrimiento de una familia. Gracias a su generosidad, pudieron captar la esencia, no del toreo, sino de la misma vida.

Dos días atrás, Ballesta había estado reportando en el domicilio de Padilla, en Sanlúcar de Barrameda; allí se ve al torero, poco antes de ir a citarse con la muerte –su amante- en una alcoba de Zaragoza, llevando a su niña en coche al colegio, entrenando por las playas del Coto, charlando con los vecinos. Aún era un grumete.

***

A comienzos de mayo de 2008, Alberto Contador disfrutaba junto a su pareja de unos días de relax en las playas de Chiclana de la Frontera. A 48 horas de comenzar el Giro de Italia, le llamó su director de equipo: necesitaban cubrir de urgencia una baja importante. El pistolero se quitó el bañador, se sacudió la arena y tomó un avión para Palermo. Tres semanas después cruzaba vestido de rosa la meta de Milán. Era el segundo español después de Induráin.

Tengo un maillot amarillo, y no es un maillot cualquiera. Es de líder del Tour y lo compré hace unos cuantos veranos en Londres. Mi madre, médico, fue a un congreso a Pamplona del que participaría Miguel Induráin, le metí el maillot en su maleta, y le dije que me lo trajera firmado, por favor. A la vuelta, con permanente negro, rezaba a la espalda del maillot esta inspiradora dedicatoria: “A Manolo. Que logres tantos éxitos como batallas luches. Miguel Induráin.” Lo tuve un buen tiempo pendido del corcho de mi habitación. Hace poco, mi madre, carcajeándose, me dijo que era falso, que si acaso no me había dado cuenta que era su letra, que Induráin nunca apareció por el congreso.

Gafas de poeta

Hoy es de esos días en los que haces por ser columnista. Que el artículo no te llueve, pero estás dispuesto a morder la jornada hasta arrancarle las palabras que aquí escribes. Porque sabes que cada día tiene su crónica.

Te vas, entonces, a la playa, a caminar deprisa; que sabes que el movimiento excita tus meninges y agita tus neuronas (pides perdón a los neurocientíficos), y las pone a doscientos. Nada: hoy no es el día. No hay tema. No estás… Pero te empeñas.

(…) [Pedro Simón te enseñó estas elipsis]

Te acuerdas de aquel ejercicio que os mandó el profesor de escritura creativa, Cronopio Argüez: “Poneos las gafas de poeta y a la vuelta del fin de semana me traéis poesía sacada de la cotidianeidad”. Tú, siempre a última hora, viste la lista de la compra que dejó tu madre sobre la mesa de la cocina, y que decía,

“Leche

Huevos

Pan”.

Y, pillo que eres, como Iago Aspas en el área chica, añadiste “Besos”. Entonces así quedaba el ejercicio poético de andar por casa:

“Leche

Huevos

Pan

Besos”.

Y rememoras al profesor porque te quitas las gafas de sol al atravesar la muralla de Cortadura, límite entre lo urbano y lo salvaje. Ya sin gafas y en territorio virgen, pisas un charco salado, y te viene a la mente, no sabes por qué, Jesús Nieto Jurado, -hijo de Umbral y la Cibeles-: que te pidió un papelito en tu próxima columna. Y cavilas cómo escribirá él sus artículos. Él, no sabes; pero tú, sí. Y aquí se enciende la chispa, ya tienes electricidad. Gracias, Jesús.

Tú: escribes los artículos mentalmente (piensas que todos lo hacen así). A veces te encuentran, a veces los buscas. Juegas con la metáfora: Es como cuando enciendes una vela en una tarta de cumpleaños, hay ocasiones en las que gastas tres mecheros y un paquete de cerillas para que prenda, y otras que a la primera ¡chas! Bien, una vez que llamea la primera vela, la tomas en tus manos, la volteas, y vas prendiendo una por una el resto. Las velas son las ideas, y el fuego es esa electricidad de la que hablaba.

Como los artículos sueles fraguarlos en movimiento, es común que te pillen lejos de casa, por lo que tienes que acelerar el paso para volver y lanzarte lo antes posible sobre el papel para reposar ahí las ideas supervivientes. Tú lo explicas como cuando tu primo pequeño juega en la orilla y te pide que le traigas arena seca, vas hasta ella y la tomas con las manos en forma de cuenco, es inevitable que mientras marchas aprisa hacia la orilla se te vaya escurriendo parte entre los dedos.

Sueltas, junto a tu primito, esa arena que te ha quedado, con premura y alivio. Es decir, te abalanzas sobre el folio, ni has cerrado la puerta de casa, y de manera cuasi automática, -como el pianista que toca de memoria-, tu mano baila con papel y boli al compás que le dicta tu mente, sin filtro. Otra vez la electricidad. Una vez te has vaciado de ideas te quedas aliviado y extenuado, respiras, como cuando eyaculas (perdón, pero no encontré metáfora más exacta). Te das una ducha. Y ya relajado abres el portátil y en un Word pones en orden el producto caótico de esa explosión de culebras de tinta azul. Un poquito de colonia, y voilá!

Le has robado un artículo al día.

La lectora de Arcadi

Hace dos veranos coincidí en un taller de escritura creativa con una chica que tendría dos años menos que yo entonces y, que ahora, salvo sorpresa, debe seguir teniéndolos. Coñas aparte, era una chica bajita, de pelo naranja ensortijado u ondulado (no recuerdo bien), de rostro dulce adornado con pecas en los mofletes y las paletitas bien separadas; pero que bajo la carcasa de fragilidad enseñaba su insumisión con su coqueto borderío. Por su vestimenta alternativa y su bici en la puerta la prejuzgué como el prototipo podemichi. En un ejercicio por parejas intercambié autores con ella: me dio a Onetti, yo le di a Houllebecq. Acabando la clase de su boca salió el nombre: Arcadi, susurró. ¿¡Cómo!?, me sorprendí yo. Arcadi Espada, repitió. Ella: me encantan sus artículos. Yo: ¿Has leído Raval?, mañana te lo traigo. A la mañana siguiente antes de caminar hasta el aula, le di un beso al angelito de la portada y guardé Raval, del amor a los niños en mi mochila. No coincidí con ella, esta vez, en el ejercicio. Así que, por vergüenza, ya que igual que la cojo, la pierdo muy rápido: la confianza, digo, volví con Arcadi a cuestas.
En el tiempo de descuento del último día de clases ella se me arrimó como diciendo qué hay de lo mío. Quédatelo, yo ya lo he leído, le dije dudando. Lo tomó en sus manos, lo guardó en su bolso-mochila y se alejó sobre la bicicleta por la calle Columela arriba. Esta tarde, ordenando mi estantería eché en falta Raval. Y a ella. No me importaría volver a leerlos.

Robinsones

Sigo teniendo la sensación, cuando paseo por la calle, de que muchas de las personas que me rodean componen una escenografía: o sea, que son como figurantes de las películas (en este caso, mi película), o personajes de atrezo de un videojuego. Estos, con su mera presencia, darían verosimilitud a nuestra vida. Vendrían a componer el entorno o contexto de ese andar solitario entre la gente del que habla Antonio Muñoz Molina.

Yo, como buen Robinson Urbano (y sigo citando a Muñoz Molina), en mi caminar callejero (en mi correr playero, mejor dicho) he creído hallar ciertos personajes que, más que rescatados de la insignificancia de un videojuego o una película, parecen escapados de un cuento de Roberto Bolaño. Solitarios, excéntricos, compulsivos. Como aquel personaje de la novela ‘El Tercer Reich’ del escritor chileno, ‘El Quemado’, que al caer el sol se dedicaba a apilar patines en una playa de la Costa Brava formando una suerte de estrella para pasar las noches refugiado en esta.

El caso, es que mis personajes, de los que llevo mucho tiempo queriendo hablaros sin saber cómo, son tres…; bueno, en realidad son cuatro:

La primera vez que me fijé en María (pongamos que se llama así), supongo que ya me la habría cruzado unas cuantas veces sin despertar mi atención; estaba yo ejercitándome junto a un amigo en unos palos de madera en la playa y ella caminada deprisa por el paseo marítimo: llevaba un chándal, el pelo recogido en una tensa coleta, iba ligeramente encorvada y andaba con aires masculinos y atléticos pese a su enjutez. -Ciertamente, perdonad la maldad, me recuerda un chimpancé-. Pero, no centré mi atención en ella porque fuera bella o llamativa, que no lo es. Sino porque pasó ante nuestros ojos (mi amigo también cayó) dos veces, con ropa diferente y en el mismo sentido en cuestión de un minuto.

A partir de entonces, cada día que fui a la playa a hacer deporte, me la cruzaba, quizás con demasiada frecuencia, y de nuevo, cambiante de ropa. El misterio se despejó cuando un día mi amigo me dijo que ya lo tenía: ¡María eran dos! A La segunda María la llamé Ana. Aunque a día de hoy no sé quién es Ana ni quién es María. En resumen: Tenemos a dos hermanas gemelas, de mediana edad, de constitución enjuta y varonil, con hechuras simiescas, que caminan deprisa por el Paseo Marítimo de manera compulsiva, que no se paran a hablar con nadie, y lo que más me intriga: que jamás van juntas.

A Paco, siempre me lo encuentro entre el Paseo y la Avenida caminado con su perro, Oveja. Él debe frisar los sesenta años, y Oveja debe tener la misma edad traducida a años caninos. Caminan arriba y abajo, constantemente, hasta que se agota el día, aislados como en una burbuja. Pareciera que se bastan el uno al otro. Paco mira con ojos melancólicos y desconfiados al resto de caminantes, tiene el pelo muy rizado, al igual que su perro, que recuerda a la lana (de ahí el nombre del can). La cara consumida y la barba ceniza que enmascara el bajo rostro. No puedo evitar, cada vez que me los cruzo, pensar en quién de los dos morirá antes, y lo solo que se quedará el otro.

Sin duda, es Teodoro, el más excéntrico de mis personajes. En la cuesta donde caliento antes de echar a correr por la arena, allí deja su bici atada con un candado a la barandilla: esta es un modelo de montaña antiguo, tuneada artesanalmente por él: Bandera española en el guardabarros frontal, muñecos atados al manillar, sillín asillonado, y lazos y conchas colgando del cuadro. A Teodoro, que viste tan estrafalario como su bici, me lo puedo encontrar a la hora que sea, corriendo o andando por la arena seca. Lleva siempre, haga frío o calor, la misma sudadera verde fosforito del Barsa, una gorra con el escudo constitucional, una capucha y sobre esta unos aparatosos auriculares de música. Luce una barba como de náufrago coqueto, la piel cetrina y arrugada que denota su proximidad al sol y a la última edad. Siempre me pregunto dónde pasará la noche.

Mi espíritu periodístico, que se fundamenta en la curiosidad, me empuja a acercarme a mis personajes y preguntarles por sus vidas, a hilvanar una semblanza cosiendo los retazos que tengo de cada historia. Pero la timidez se impone; o, quizás sea mi otro espíritu, el novelístico, que prefiere no conocer para ficcionar.

El caso, es que a veces me pregunto, si no seré yo para ellos un personaje, como ellos lo son para mí, también.

Abuelas

Mis dos abuelas estuvieron a un tris de la muerte siendo muy niñas. La materna, Tere, que pasó sus primeros años en una islita africana, fue la primera europea superviviente a la picadura de la mosca tsé-tsé. Marisa, la paterna, fue bombardeada, afortunadamente sin éxito, por la aviación alemana cuando su madre la llevaba en brazos por las calles de Guadix. Que yo esté escribiendo estas líneas es purito milagro.

Eran tiempos en los que se hacían las novelas del futuro, los primeros compases del siglo XX. Me contó mi abuela Tere que su padre se paseaba por las callejas del viejo Madrid en una bicicleta con un mono al hombro. Marisa, mi otra abuela, recuerda como algo de otra vida cuando a su padre, dueño de la fábrica de harina de Guadix, lo secuestraron durante la Guerra los anarquistas y socialistas venidos del Levante, y cómo sus propios trabajadores le salvaron la vida.

Si algo en común tenían mis bisabuelos Juan José (materno) y Luis (paterno), según me ha llegado, es que eran dos hombres buenos y con propiedades. Juan José fue un aventurero y soñador que heredó unas tierras en la isla de Fernando Poo (hoy día Bioko, Guinea Ecuatorial), que por entonces pertenecía al ya moribundo Imperio Español. A su cargo, en supuesto régimen de semiesclavitud, tenía un grupo de negros, los bubis, holgazanes y jaraneros, que le trabajaban la tierra. Aunque, dada la mano blanda del bisabuelo, se pasaban más tiempo de cachondeo que trabajando. Se casó con mi bisabuela, Concha, por poderes (hoy sería como hacerlo por Skype): Él en la isla, y ella en Madrid.

Como decía, al poco de nacer mi abuela, la trajeron en barco, lo que era una odisea de tres semanas, hasta Fernando Poo. Allí le picó la dichosa mosca tsé-tsé produciéndole un coma por la conocida como enfermedad del sueño…, del que muy pocos despertaban. Ella, milagrosamente, lo hizo a las dos semanas. Lo dicho, la primera europea que lo superó.

De la isla colonial se volvieron pronto a Jerez, donde se asentó la familia. Pero, como souvenir, el genial excéntrico de mi bisabuelo se trajo una mona. La mona vivió un tiempo con ellos en su casa de la calle de Las Naranjas. Situada en el balcón, hacía las delicias de los jerezanos, que se paraban a hacerle monerías. Una vez en Feria la vistieron de sevillana.

Por la otra rama familiar, el bisabuelo Luis era el propietario y director de la fábrica de harina de Guadix; que por entonces era la empresa que más beneficio generaba de la zona. La cruenta Guerra les pilló a él y a su familia con las manos en la masa. Pronto, el pueblo granadino fue tomado por el bando republicano; y, primero expropiaron la fábrica a mi bisabuelo, que quedó en manos de los obreros. Unos trabajadores, que, por la bonhomía de su jefe, juraron defenderlo de las amenazas forasteras. “Don Luis, usté tranquilo, que con nosotros no le tocan un pelo”. Pero fue inevitable, que tras un tiempo ejerciendo de chófer de los revolucionarios, los grupos anarquistas y socialistas levantiscos lo secuestraran, llevándoselo por los montes de Jabalacón, refugio penúltimo de bandoleros y maquis. Finalmente, la intercesión de uno de sus secuestradores (que estuvo a sus órdenes en la fábrica), le permitió escapar con vida hasta Granada, territorio nacional.

Mientras tanto, mi bisabuela Ascensión, su mujer, trató de huir con sus dos hijos a Murcia, donde residía su familia. Pero no sin antes pasar por el fatídico y milagroso episodio del bombardeo: Por el motivo que fuere, andaba ella en la calle con mi abuela, un bebé, en brazos, cuando quedó oculto el sol al aproximarse el bombardero de la Legión Cóndor, que atacaba indiscriminadamente a la población accitana. Mi bisabuela corría sin mirar al cielo, rezando, mientras estallaban las bombas a izquierda, derecha, adelante y atrás. Por fin, encontró una covacha donde guarecerse del vuelo asesino del pajarraco ferrugiento. Ya en su vejez, cuando tuvimos la suerte de conocerla sus bisnietos, se arremangaba un poquito la falda para enseñarnos los estigmas de la metralla en sus pantorrillas.

(…)

A qué periodista no le han preguntado por su entrevista soñada… Yo, lo tengo claro: a mi abuela Tere y a mi abuela Marisa. Testigos últimas de un tiempo en que no mediaba una pantalla con la vida. Ni con la muerte.