biografía

Noventa años de sol y edad

El día de su concepción el sol se asomaba cotilla por las ventanas de un Madrid recién republicano. La matrona escarbó en las entrañas de su madre y sacó, como del fondo de una mina, una niña tan negra como el cacao. Teresita no lloraba, sino que reía.

Las lenguas malhablaban por los zocos y verdulerías de la ciudad: con esa piel negra como una noche de grillos, tan oscura que azuleaba, la niña no podía ser hija de su padre: un extravagante rubio de ojos verdes que se movía por la capital con un monociclo y un tití al hombro. Se quiso creer entonces que su madre, Concha –una señora grande como un castillo–, fue preñada, en uno de sus viajes a las mil islas del cuerno de África, por un mandingo.


Su abuelo gustaba de llevar a la negrita por los bares de ese Madrid sin rey a comer hocico de jabalí y chupar cuerno de ciervo. A Teresita le encantaba coincidir en aquellos templos de la casquería con Manuel Azaña, a la sazón presidente del consejo de Ministros, y que le contara los cuentos de Calleja.


Por motivos de trabajo, siendo aún muy cría, sus padres se la llevaron a una de las mil islas de ébano y marfil. La travesía a lomos –o a caparazón– de un galápago gigante fue pesadísima. Al poco de estar en la ínsula de Fernando Poo, un veneno serpentino y multicolor infectó a la niña con el virus del sueño. Del que no despertaría hasta dos años, cinco horas y veintitrés minutos después, gracias al buen hacer de un chamán de tribu local. Al amanecer, Teresita se encontró con una nueva hermana, Choni, esta sí, fruto indudable del matrimonio entre el hombre extravagante de la cola de tití y la mujer-castillo.


Tras la larga siesta, la familia se instaló en Jerez de la Frontera. Allí vería la luz la grande hermana pequeña, Julita, hija del hambre, que nació con un bocadillo de chicharrones bajo el brazo. Dicen que durante el embarazo, a Concha le crujían las tripas como truenos en una tormenta tropical, pero no eran las suyas, sino las de la niña que abrigaba en su vientre. El quijotesco padre moriría al poco de regresar de la negritud entre fiebres horrorosas que le ponían el cuerpo a 60 grados. Combustionó.


El día que expiró el padre, una monita salió de debajo de la cama en la que el buen hombre pasó los últimos calores. El primate se hizo un hueco en la casa como una cuarta hermana. Nuestra Teresita peleaba a menudo con la mona en unas palizas enredadas en las que bien no se sabía dónde acababa aquel simio y dónde empezaba la ya joven negrita.


Mas el hambre llamaba a la puerta del hogar tras la crudelísima Guerra de Los Hermanos. Dicen, que como en el cuento de El Coronel, Concha, la matriarca, ponía piedras a hervir para que los vecinos no pensaran que en su casa se pasaba hambre. Aunque Julita, que cobijaba en su cuerpo una solitaria como una anaconda, se las comía como si de patatas duras se trataran.


(…)


Teresita, para apoyar la economía del hogar, se puso a trabajar de costurera en el taller de banderas de Don Mario. La negrita, astuta cual zorrillo de las nieves, tejía y destejía –en un remedo entre Penélope y Mariana Pineda–, los retales amarillos para aclarar el morao de las banderas. Daba la impresión de ser la más trabajadora, aunque en sus diez años en lo de Don Mario, sólo convirtió tres pendones republicanos en nacionales.


(…)


Entre tela y tela, conocería a Paco, un hombre con corazón de buey, y pronto se casarían. Tendrían hasta seis hijos. Tan deseada era la primogénita, que le dieron por nombre todo un continente: África. La siguiente, Almudena, ya monologaba en la barriga de su mamá. Pero antes de alumbrar a la tercera, María Teresita, un calco de Teresita –o Doña Teresa ya por entonces–, La Desgracia, eterna vecina, se le presentó a la familia. Llamó al timbre de la casa y tomando de la mano a la niña África, la sacó al patio, la levantó en peso y la ofreció al cielo. Como Amaranta la Bella en la magna obra de García Márquez, la niña, abducida por una luz cenital, subiría a la patria celeste cual globo de helio.


Al poco de la ascensión, Doña Teresa la negrita, agigantó de nuevo su vientre para parir, cómo no, otra hembra. Le pusieron por nombre África II, aunque todos la llamaban Tati, nunca nadie supo por qué. Y, por fin, a la quinta, –con Paco, el hombre del corazón de bóvido, desesperado–, vino al mundo un varón en aquella suerte de gineceo o sororidad. Paquito le bautizaron.


Y cuando ya la familia se hubo consolidado. Teresita noto que Juan José se cocinaba en su entraña. Cuando nació, no sin dificultades, ya que aquella criatura pesó más que un atún, Juan José resultó ser Rocío, que con los años y con la misma edad que su madre entonces, daría al mundo un ratoncillo llamado Alejandro. El famoso parto de los montes.


(…)


Pasaron los años, y a Paco padre, por culpa de su cardiopatía, le crecía más y más el corazón –que ya era como el de un elefante– (“paquidermo” le decían bromeando sus amigos): conforme más grande se le hacía el órgano más buena persona era. Sabía que un día, no muy tarde, le estallaría el corazón de extrema bondad.


Con sus hijos ya crecidos y dándole nietos y venga más nietos, Doña Teresa dedicaba merecidamente los días a tomar el sol con su hermana Julita, la famosa tía Julia del escribidor. Eran como lagartos aletargados que pasaban días y días bajo el aliento del Lorenzo. Una tarde, nuestra negrita, impulsivamente, decidió vencer su fobia al agua y se echó a la mar. Cuando salió, lo hizo con la piel escamada y una cola como de lagartija.


A la vejez, en una suerte contraria a la de Benjamin Button, su cuerpo envejecería a pasos agigantados, quedando la pobre Teresa como una uva pasa. Por cambio, su mente rejuvenecía recuperando facultades olvidadas y optimizando los cinco sentidos. De natural nervioso, su rabo de lagartija se movía cuando rumiaba alguna preocupación. O sea, siempre. Harta de ese delator apéndice de saurio, cada viernes lo hacía cortar en su peluquería, pero como el hígado de Prometeo, a la noche se regeneraba. Estaba condenada a vivir con su bata de cola y nervio.


El día de su noventa cumpleaños, en un infinito comedor rodeada de sus hermanas, hijos, nietos y bisnietos; con dos sillas vacías que ella llenaba con el recuerdo de Paco y de África, pronunció estas palabras: “En casi un siglo, siento que he vivido seis vidas; pero afortunadamente puedo decir que nunca he conocido la soledad”.


“Claro, abuela”, replicó una de sus nietas: “El sol siempre se rodea de estrellas”.

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Tenemos que hablar

Creo que fue en el verano de lo de Iniesta. Mi amigo R. conoció a su novia P. en una barbacoa playera, de buena madrugada y con algo de sangre en el alcohol. La casualidad de que se encontrasen en tal estado y a esas horas propició que se cocinaran una imagen falsa del otro. Así, iniciaron a salir juntos y todas las noches. Durante ese agosto se emplearon en una suerte de escalada alcohólica, de carrera espacial por ver quién de los dos llegaba antes al coma etílico o al reino de la tarima. Todo por querer complacerse sin conocerse. Hasta que una tarde P. se plantó y, pese a creer que perdería a R., le dijo que ella “en verdad” no era “así”. Mi amigo, que tampoco era “así”, ya digo que lo celebró más que lo que nos vino de Sudáfrica. Me cuentan que desde entonces son felices dándose a la bicicleta de paseo y al cine. 

He rescatado esta historia de final sobrio, como un bombero de recuerdos, porque recientemente me vi en medio de otra similar. Ocurre que tengo un par de amigos, Casimiro Griego y Pepe Cabalga, que entre ellos solo se conocían por lo que yo le había contado al uno del otro y al otro del uno. No sé bien cómo los dibujé, que ambos pensaban que el otro era un borracho. Así, la cena en que se conocieron estaba yo sentado entre los dos, que, tímidos, apenas se dirigían la palabra. A esa hora que llaman la de las copas se dieron a una maratón alcohólica: que si la quinta del Buitre, la de Paco Gento, la de Mijatovic… Cuando ya buscaban la décima con más ansia que Tomás Guasch tuve que frenarlos: 

-¿Pero tú no tenías que coger el coche?- le pregunté a Casimiro. 

-Y tú, Pepe, ¿no aborrecías la ginebra? 

Así era. De ser por ellos, heladito y para casa. Todo fue por agradar al otro.  

Almudenas

Almudena no ha vuelto a leer a Almudena desde aquella tarde. 

Tomaba el tren a Málaga para conocer a su admirada escritora, Almudena Grandes. Con la ilusión virgen y el libro ‘Los besos en el pan’ bajo el brazo, se apeó en María Zambrano. Ya en La Térmica cayó en que se había dejado la novela en la mesilla del hotel. No importaba. Compraría otro ejemplar allí mismo. 

Almudena se enganchó a la prosa de su tocaya en el prólogo de la década de los noventa, con novelas como ‘Las edades de Lulú’ y ‘Malena es nombre de tango’. Luego vinieron ‘Atlas de geografía humana’, ‘Los aires difíciles’ y ‘El corazón helado’. Se podría decir que, hasta esa tarde, era lo más parecido a un ídolo que tenía. 

Vestida de emoción, como es ella, se acercó tras la conferencia a que la Grandes le besara el ejemplar recién horneado. Y, de paso, entregarle un manuscrito autobiográfico que llevaba años confeccionando. Le firmó maquinalmente y tomó la carpetilla, en la que Almudena le confiaba su vida, como quien coge un folleto publicitario en la calle.  

A su lado estaba Eduardo Mendicutti, que la vio triste, y que incluso le invitó a pasar a la sala de escritores. Una vez allí, entre vino y canapés, Almudena tuvo el honor de conocer y entablar amistad con otra escritora sin libros, María del Mar. A ella le dedica Antonio Soler su última y magna novela, ‘Sur’: “María del Mar, /sur, norte, este, oeste. / Rosa de los vientos/” 

Por más que una se apellide Grandes, la Almudena grande es la Sampalo, mi madre.

No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Me recuerdo a mi abuelo

“Me recuerdo a mi abuelo”, me sorprendí pensando. Estaba sentado en el sofá leyendo el diario El Mundo y seguía de fondo los toros en la tele. Exactamente a lo que se dedicaba mi abuelo Paco en sus últimos años de vida.

No sé por qué camino llegamos a converger. No fui consciente del proceso en que sus aficiones se convirtieron en las mías.

Le recuerdo aquellas tardes en la casa de mis abuelos, ahora de mi abuela, siendo yo un chaval de nueve o diez años, y él perenne en su sillón de flores verdes donde repasaba el periódico de ayer, o en el sofá blanco frente a la vieja Samsung los días de toros en Canal Sur. Me evoca tardes aburridas de clarines sonando y de olor a tinta recalentada por el sol de la ventana. Supongo que yo entonces jugaría o haría como que hacía la tarea.

Hoy le pediría “pásame el periódico cuando acabes, abuelo”, y quizás comentaríamos las verónicas de Morante, y él me diría que para torero de arte El Paula, y entonces me contaría cuando eran vecinos y le daba clases particulares al diestro jerezano, que por entonces era medio analfabeto, y que luego les invitaba, agradecido, a las mejores corridas y tal.

Pero él estaba en el ocaso de su vida y se había ganado esas tardes de placer; yo estoy en la aurora de la mía y me siento culpable por ellas: “soy un niño jubilao” como escribió Martínez Ares.

Mi alternativa

Escribo a porta gayola mientras escucho Al-cantar-a-Manuel, de Mayte Martín: “A la sombra de una barca/ me quiero tumbar un día/ y echarme todo a la espalda / y soñar con la alegría.” Me inspira como ver torear a El Juli. Leí hace unos días las declaraciones de un torerillo jiennense y pelirrojo, debutante en San Isidro, que decía que él quería ser torero, no quería recoger más aceituna. Yo me siento así cuando escribo: no quiero estudiar más oposiciones a ordenanza o a secretariucho, quiero ser escribidor, quiero ser columnista. Y por eso me arrimo al toro, a sabiendas de la cornada, como Roca Rey, que se los pasa por la taleguilla.


LL se acoge a sagrado en lo español, como la KSB, y el aligátor caraqueño vuelve a morder. Me vienen a la cabeza los versos de Neruda, que los parafraseo: “Nicolás Maduro se llamó el murciélago. / Era redondo de alma y de barriga / pestilente, ladrón y circunflejo, / era un gordo lagarto de pantano, / un mono roedor, un loro obeso, / era un prostibulario maleante, / cruzamiento de rana y de cangrejo.” Se le pique bien a la bestia.


El quite se lo dejo al de La Puebla, Morante de Vox, que pasea el río por la marisma con los ecos de su capote.


Vaya el primer par de banderillas contra los inclementes que se han aprovechado de un lapsus de la periodista María (Roca) Rey para lapidarla. Los segundos palitroques, con la bandera nacional, se claven en el lomo de los ofendiditos que se han horrorizado por un titular ingenioso de la “referencia dominante”. Y cómo no, los últimos avivadores, precisamente para eso, para el buey Marius, aka Ferdinando, cuando Silvia Barquero le esté dando de comer ramitas. (“La madre o el perro”, que diría el Chapu).


[Y antes de entrar con la muleta, quiero brindar este toro a Jesús Nieto Jurado, un Pedro Luis de Gálvez millenial: ahí va la montera, Maestro; cámbiela por la gorra].


Solos ya la bestia y el menda. La Ansiedad y la Muerte. En el horizonte, la Vida. Le doy dos pases al natural: que pacte Sánchez a su izquierda.
Recuerdo a Borges, “me legaron valor, no fui valiente”. Mi sempiterna compañera de viaje, la bicha, me seca la boca, me paraliza y me disocia, pone a Manuel en tercera persona. No le da tiempo a rumiar, la sangre morena que atasca la autopista corazón-cabeza, porque el toro le ha cabeceado.


Acostado en la arena solo quiere ser arena.


Pero se acuerda de Alcántara (“tendré ya que figurarme, don Manuel, que también somos paisanos en la muerte infatigable”), de Aragón y del Balica. Y de su madre despertándole para ir al cole. Y con legañas de sangre negra se incorpora. La espada en el paño de la muleta, que va de derechas. Vuelvo al yo. Me descalzo y pido música al maestro Tejera. Suspiros de España, FJL. Serie magistral de derechazos.


Y la plaza unánime pide indulto, como snchz con los golpistas. Porque a mi bestia, a mi bicha, a mi miedo no se le mata, se le torea, se convive con él, se le acoge. Decirle te quiero, ¡te quiero, ansiedad!, y no te temo. ¿Qué sería yo sin ti? Quizás un periodista en Madrid, pero desde luego no sería el que soy, Manuel López Sampalo.


Se abre la puerta del Príncipe. Me llega el olor del azahar apretado del crepúsculo. La brisita atlántica me da en la cara. Y renace el mundo, de colores, de flores, de amigos, “de libros de madrugada, el verano y tus pestañas”. Me canta El Pali desde una silla sobre el espejo cenital del Guadalquivir. Quién pone la manzanilla, que nos vamos pa la Feria. “Que la vida hay que tomarla, ole, ole ole y ole, de cachondeo”.

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.

¿Dónde estabas el 11S?

Todo el mundo parece recordar dónde estuvo, qué hacía, el 11 de septiembre de 2001, cuando el atentado terrorista a las Torres Gemelas.
Yo creía saberlo, pero conforme pasan onceseses cada vez tengo más dudas.

¿Quién en su recuerdo no hubo pensado que estaba viendo una película? ¿A que sí? Seguramente sea una memoria prestada.
A día presente, solo tengo cuatro certezas: Iba a cumplir 10 años en dos semanas. Estaba en la casa antigua de mi abuela. Estaba con mi hermana y con mi abuela. Y estábamos viendo la tele, después de comer, cuando conectaron con NY.

Pero la grieta de las dudas se abre y se abre y muestra un abismo.
¿Por qué si mi abuelo aún estaba vivo no aparece en el recuerdo?
¿Por qué la rememoro como una tarde poscolegio si probablemente no hubiera empezado el curso?
¿Seguro que nos lo estaba contando Matías Prats en Antena 3?
¿Y mi madre, estaría trabajando en el Hospital?
¿Sentí miedo, emoción, indiferencia…?

A principios de julio de 2011, casi diez años después, estuve en la Zona Cero, junto a mi madre y mi hermana. Solo estaban los cimientos sobre los que se iba a construir el nuevo One World Trade Center. Hoy, en mi memoria y en la de muchos, solo resisten esos cimientos de lo que (vi)vimos hace 17 años, y sobre ellos hemos levantado un edificio memorístico de recuerdos prestados.

Antifranquistas de Twitter

En qué momento se había jodido el Perú, Zabalita.

[Escena 1]

Vaciábamos ya la cuarta (o quinta, o sexta, no lo sé) de Fra Angélico, “bebida de puticlub” según Reverte, cuando formulé la pregunta. Los amigos, ellos, tan correctos de Instagram para afuera, tan sucios de Whatsapp para adentro. Gente del tiempo. Decía que solté sobre la barra la pesada cuestión, como un atún:

-Entre un animal, digamos un perro, y un humano, ¿a cuál salvaríais la vida?

-Al humano, supongo. – dijo el más íntimo falangista, equidistante en la calle. (Suponía).

Apreté más. – ¿Diez perros o un humano?

Silencio. (Nadie dijo un humano).

Y más aún: – ¿Y si el perro es vuestro?

– ¡Al perro! – bocinaron dos amigos al unísono.

(“animalitos”, pensé). Y no quise entrar a debatir de caracoles, de los que dan buena cuenta en primavera. Tan animales (las cabrillas) como un perro, tan humanistas (las cabrillas) como estos friends.

[Escena 2]

Es mediodía del jueves, hace calor, y me abanico con el diario El Mundo. En casa. Le doy, por fin, su uso y lo desdoblo por la contratapa. Allí, una foto coloreada de un tal Manu Sánchez, y pienso, “vaya carajote”. Bajo la mirada al titular, leo y de la arcada que me provoca corro al váter. Sabía a Fra Angélico.

“Soy de izquierda, andalucista, republicano y feminista”, eso decía el tipo. Comprenderán que no siguiera leyendo: no quise acabar con el bote de Primperán.

A la tarde leo un tuit muy analgésico del escritor portuense Enrique García Máiquez comentando El Titular: “No sé quién es, pero ha hecho pleno al quince. Enhorabuena”. (Los comentarios al trino reforzaban la analgesia: “y vegano y runner”).

Reflexiono en la distancia, no lo dudo: A este tipo lo entrevistan hace cincuenta años y el titular sería más conciso, más sobrio: “Soy franquista”.

[3, colofón]

Hay gente que se adapta muy bien a los tiempos. Nadar a favor, como un atún. Vivir fácil. Todo son ventajas.