cajón de sastre

Cornadas

En julio y agosto uno disimula su paro moviéndose entre los veraneantes.

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A dos minutos de comenzar el encierro de hoy, con un punto sádico y otro poético, el comentarista de San Fermín para RTVE dijo: “Ahora ya no hay marcha atrás. Esto es una cárcel sin techo”.

“Las teles nos enseñan el calentamiento, pero nos ocultan el partido.”, decía el periodista Rubén Amón a raíz de las polémicas declaraciones del alcalde de Pamplona, Asirón, en las que sugería unos Sanfermines sin corridas de toros. Cuanto más animalismo, menos humanismo.

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Mi amigo Casimiro (muy de Miquel Silvestre) volvió más hombre, y con las manos quemadas, de su hazaña en moto: Perpiñán-Cádiz en una jornada. Ahora bebe a morro los litros de Cruzcampo y hace ‘manspreading’ sin pedir permiso ni perdón. La pasada juerga, un amigo común, le preguntó a eso de las tres y pico que cómo se iba a levantar “mañana” a las siete para ir a currar. Y él, tan pancho, soltó que “con Herrera”.

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El siete de julio no hace falta que suene el despertador porque Chapu ya está despierto: es más, no ha llegado a estar dormido en toda la noche. Se ha contenido en la cama como Bolt en los tacos. Le pesan en la cabeza los pacharanes de anoche. Va en sigilo hacia el baño y no se afeita porque ahora luce barba. Canta copla en la ducha para exorcizar las ideas obsesivas y mandar al carajo la ansiedad. Sabe, como los que lo sabemos, que el miedo no es a la muerte, sino al miedo, al Pánico. Tampoco se sienta a la mesa de la cocina: se toma, la taza temblando, un café sobre la encimera. Da dos sorbos y lo deja. (…) Ya está frente al santo moreno en la cuesta de sus pesadillas. Sus Termópilas. Los dos minutos que van del segundo al tercer canto/rezo le matan, le están reventado el sistema nervioso. Es ESA decisión, ante la última puerta de salida, la que lo deja a orillas del pánico. (…) Se le pasó el tren y ya no hay opción. Gora San Fermín!, cohete, y toro. (…) Luego, LA VIDA.

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Juan José Padilla, no solo ha bailado con la muerte, como cualquier torero. Padilla se la ha follado, en dos ocasiones, y ha vuelto, con estigmas, para contarlo.

Cuando el toro introdujo el pitón por el cuello de Padilla y lo sacó por su ojo izquierdo, el periodista Paco Ballesta se encontraba en la casa familiar del torero, a las afueras de Jerez. Le dijo a su cámara que dejase de grabar, que paraban el reportaje. Los padres del diestro, que vieron la cogida por la tele, no lo quisieron así, y les dieron la venia para continuar: eso era el toreo y el sufrimiento de una familia. Gracias a su generosidad, pudieron captar la esencia, no del toreo, sino de la misma vida.

Dos días atrás, Ballesta había estado reportando en el domicilio de Padilla, en Sanlúcar de Barrameda; allí se ve al torero, poco antes de ir a citarse con la muerte –su amante- en una alcoba de Zaragoza, llevando a su niña en coche al colegio, entrenando por las playas del Coto, charlando con los vecinos. Aún era un grumete.

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A comienzos de mayo de 2008, Alberto Contador disfrutaba junto a su pareja de unos días de relax en las playas de Chiclana de la Frontera. A 48 horas de comenzar el Giro de Italia, le llamó su director de equipo: necesitaban cubrir de urgencia una baja importante. El pistolero se quitó el bañador, se sacudió la arena y tomó un avión para Palermo. Tres semanas después cruzaba vestido de rosa la meta de Milán. Era el segundo español después de Induráin.

Tengo un maillot amarillo, y no es un maillot cualquiera. Es de líder del Tour y lo compré hace unos cuantos veranos en Londres. Mi madre, médico, fue a un congreso a Pamplona del que participaría Miguel Induráin, le metí el maillot en su maleta, y le dije que me lo trajera firmado, por favor. A la vuelta, con permanente negro, rezaba a la espalda del maillot esta inspiradora dedicatoria: “A Manolo. Que logres tantos éxitos como batallas luches. Miguel Induráin.” Lo tuve un buen tiempo pendido del corcho de mi habitación. Hace poco, mi madre, carcajeándose, me dijo que era falso, que si acaso no me había dado cuenta que era su letra, que Induráin nunca apareció por el congreso.

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“Últimamente se muere tol’ mundo”

Reconforta saber que la gente sigue muriendo. Supone un alivio abrir el periódico por la página de las necrológicas y comprobar que la vida continúa su curso natural, pese a que el resto de noticias parezcan anunciar un cataclismo, una inminente implosión del mundo.  

En una esquela, como en una croqueta de abuela, cabe de todo. Desde un poema hasta un artículo de opinión, pasando por un anuncio publicitario: como aquella que pedía una oración por el alma del finado y a continuación aprovechaba para vender “Seat Ibiza rojo, seminuevo”. Que están muy caras las esquelas y hay que aprovecharlas. 

Mi amigo y maestro José Manuel envió siete veces al diario local una carta crítica contra el alcalde y no se la publicaban, ya que el regidor movía los hilos del rotativo. Harto, se presentó en el despacho del director y zanjó el asunto siguiendo un código mafioso propio de la mismísima ‘Ndrangheta: Puso 150 mil pesetas sobre la mesa para que le publicasen una esquela a toda página en el periódico. El mensaje era claro, una cruz y debajo el nombre del alcalde, además de desearle descanso con todos sus muertos. Dos semanas después dejaba la alcaldía. 

Lo de mi tía abuela María parece puro morbo macabro, pero no es más que fruto de su carácter beaturrón y cumplidor. Ella, desde hace 30 años, lo primero que hace al levantarse es abrir el periódico por las necrológicas. A la manera que hoy Facebook nos recuerda los cumpleaños, a ella el papel le avisa de si tiene que darle a algún conocido sus condolencias. En una ocasión leyó el nombre de su mejor amiga, Josefa García García, e inmediatamente llamó a su casa: la propia y supuesta finada le cogió el teléfono, y mi tía le dijo que la echaría de menos y que le pasara con su marido para acompañarle en el sentimiento. 

Desde que he redescubierto la prensa en papel, estoy deslumbrado con este género periodístico: tanto que ya no quiero ser columnista, sino esquelista. La muerte es un tema muy interesante y que nunca se agota, porque como dijo mi amigo Tony cuando falleció Rita Barberá: “últimamente se muere tol’ mundo”. 

Tacita de Lata

Cádiz ha sido La Habana, ha sido Pamplona y ahora es Marsella. Parece que la ciudad, al igual que los gaditanos, le ha cogido el gusto a disfrazarse.

El pasado viernes caminaba con unos amigos por el Malecón gaditano, o sea, el Campo del Sur; íbamos a cenar y a tomar unas copas en la taberna habitual. Nos quedamos muy confusos al ver que de las farolas del paseo marítimo pendían carteles de unas supuestas elecciones municipales marsellesas. Necesitábamos una respuesta a aquella súbita incógnita, y empezamos a elucubrar las teorías más peregrinas y descacharrantes:

Una decía que si era una performance de ‘El Kichi’. Otro, que se habían equivocado los encargados de correos con el envío de carteles electorales, y los montadores ya que estaban los colocaron ahí… “Eso es cosa del Pedro Sanche’, que na’ más llegar al gobierno ya está haciendo cosas raras”, soltó otro. Yo: que si había sido una gamberrada nocturna de un grupo de borrachines gabachos. En fin…

Y, de la sorpresa pasamos al análisis estético-político (eso sí: con mucha guasa): “Esos son los Podemos franceses, no ves que salen cinco o seis en un cartel y van todos en camiseta cutre”. “Ese tiene cara de buena gente, yo le votaría, … ah, no, que es socialista, mira la flor roja”. “Hostia, este es el típico que apoyaría tu padre, tiene pinta de ser del partido de Le Pen”. Y: “Esta es la mía, guapa, y además creo que es de Macron”.

No despejamos la incógnita hasta la mañana siguiente, cuando supimos por la prensa local que se iban a rodar unas escenas de una película, ‘The Rhythm Section’, en la que Cádiz haría de Marsella. (Pese a que aquí la marsellesa se cante con otra letra.)

Parece que Cádiz es el escenario perfecto para, a bajo coste, hacerla pasar por la ciudad que sea, menos por Cádiz, claro. Aunque sin faltar a la verdad, Cádiz alguna vez ha hecho de sí misma: Recuerden al Capitán Alatriste, Vigo Mortensen, desembarcando con Los Tercios en La Caleta, o, la mítica y folklórica ‘Viudita Naviera’ de Pemán.

Cádiz, como buena doble cinematográfica, se disfrazó de La Habana, y poco tuvo que customizarse, para ver salir de las aguas de su playa a una deslumbrante Halle Berry, mientras Pierce Brosnan, la contemplaba tomándose un Martini en el chiringuito.

En una ocasión la ciudad hizo de Pamplona para acoger el rodaje de la película ‘Noche y día’, en la que Cameron Díaz y Tom Cruise son la pareja protagonista; y, entre escena y escena, un toro se escapó del corral sembrando el pánico por las calles de Cádiz. Afortunadamente se quedó en una anécdota más de las que atesora la ciudad.

Y, digo yo: ¿No es más lógico que Marsella haga de Marsella; La Habana, de La Habana; Pamplona, de Pamplona…, y, sobre todo, Cádiz, de Cádiz? Será que lo que brilla en nuestras aguas no es la plata, sino, corrigiendo al poeta, la lata.

 

Coda: ¿Marsella es Cai con más moritos? / ¿Cai es Marsella con más Podemos? 

Tinder

Mi amigo I. se ha pasado Tinder: Se va a casar con su actual pareja, J., a la que conoció por la app de la llamita blanca. También, su anterior novia, le pescó por allí. Entre una y otra medió una semana. Si eso no es pasarse Tinder, que venga Sobera y lo vea. Obvia decir que I. tan confiado en las apps pide trabajo mediante DM en Instagram. Y, es que, por algo le decimos ‘El Animal’.

Un ejemplo más de fortuna tinderina, es el de A., otro buen amigo. A. contactó con la polaca más buenorra del orbe, que, por casualidad, pasaba el verano de ‘au pair’ en San Fernando. Una noche, se enamoraron, y ¡hala!, viajes de novios a París, a Polonia, a Portugal, a Marruecos… Pero A. se quedó en el nivel 38, ya que, aquello lo acabó por romper la distancia. No en vano, se le conoce como ‘El Monstruo’.

Tengo otros colegas, que se piensan que el Tinder es el Candy Crush, y los cabrones, antes de haber llegado a la nueva ciudad ya han gastado todos sus likes, ¡y te piden vidas!:

-Déjame probar desde el tuyo.

-Lo que faltaba, que suplantes mi identidad.

Mi experiencia en Tinder, como en el Super Mario, es penosa: no creo haber pasado del nivel dos. Me quedo en el puto cutre “Buenass!!, qué tal! =)” y ya no sé cómo seguir, cuando, en contadas ocasiones, me responden: “Bieen, y tú?”. No es lo mío, sinceramente: En una ocasión me crucé a mi prima, y de lo nervioso que me puse de pensar que me descubriera allí, deslicé el índice hacia la izquierda lo más rápido posible con la mala suerte de que pulsé ‘super like’.

Es curioso que nos dé pudor reconocer que usamos app de ligues, como Tinder. No escondo que cuando alguien ve en la pantalla de mi móvil el círculo con la llamita blanca, me pongo del color que la rodea. Y joder, ¡qué tío no ha usado nunca Tinder! Las chicas, en cambio, salvo para jugar, no creo que lo necesiten. Ya dije en otra ocasión que ellas lo tienen mucho más fácil para ligar: les basta ser y estar. El cortejo, por naturaleza y no por patriarcado (entonces la del pavo real y el ciervo, por ejemplo, serían sociedades machistas), casi siempre ha correspondido al macho.

Y, bueno, la mayoría de chicas que están en Tinder tienen alguna tara [me da a mí que esto no pasa la censura de la 3ª ola]. Valga el caso de otro colega, Q., que conquistó chateando a una gachí guapa, culta y cariñosa, y cuando quedaron en persona resulta que tenía una pupila hacia Sanlúcar y la otra hacia Cartagena. No pudo mirarla cara a cara en toda la cita, ¡y eso que era la primera!

El proceso

“El mundo se divide en dos: Los que viven como Dios manda, y los que mandan viven como Dios”. J.C. Aragón

 

En la Universidad, así como en la vida en general, rige la ley de la balanza. Los contrapesos hacen que, si alguien sube, otro baje. Es decir, donde hay beneficio, hay perjuicio. Estos días han colmado la palestra mediática los casos de los beneficiados, de los favorecidos universitarios: el anverso de la moneda. Yo les contaré un caso kafkiano, el mío propio, que junto al de algunos compañeros, está grabado en el reverso de la misma moneda: donde nos hallamos los perjudicados, a quienes se nos puso unos pesitos para que bajara nuestro platillo y subiera el de los otros.

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CORRER

Cuando salgo a correr, escribo. Estos artículos o reflexiones que periódicamente publico los escribo mentalmente mientras corro por la playa, luego solo me queda dejar que mis dedos bailen sobre el teclado del portátil de manera automática, como el pianista que toca por enésima vez la pieza.

Desconozco científicamente por qué mecanismo mi mente se pone a funcionar con claridad y alto rendimiento cuando corro: las ideas explotan como fuegos artificiales. Supongo que el movimiento agita las neuronas y las conecta con resultado de hiperactividad creativa.

Además, correr es para mí el ansiolítico más efectivo cuando la ansiedad se dispara. Con el sufrimiento físico, la exigencia mental y el posterior agotamiento, además de tapar la ansiedad (como cuando te duele la cabeza y te pegas un pellizco para desenfocar el dolor), libero buena parte de ese veneno negro que me carcome.

Junto con la lectura, el hábito de correr se ha convertido en uno de los pilares de mi frágil estabilidad. En estas dos disciplinas (lectura y running) el sufrimiento es preciso para llegar al placer: la imposición y la constancia son los escalones para traspasar la muralla del hábito. Luego todo es más fácil.

Pero como toda rutina, la motivación es fundamental para sostenerla. Aunque correr y leer llevan el placer implícito de la adicción (la liberación de endorfinas y el goce intelectual), hay días que esta no basta y el estímulo hay que buscarlo fuera. Para correr, me ayuda mucho la música (Martínez Ares y Juan Carlos Aragón siempre están en mis auriculares). También hay que aprovechar los impulsos motivacionales (chutes estimulantes que se generan tras ver una etapa del Tour o un partido del Granada, por ejemplo) para, sea la hora que sea, ponerse los tenis y salir. Las camisetas que me pongo, por tonto que parezca, las elijo a conciencia para sentirme más motivado: la de la Legión, la rojiblanca horizontal del ascenso.

Disponer de tu vida

Se felicita al padre, a la madre en su día, pero ¿por qué? ¿No les deberíamos dar las gracias por regalarnos lo más preciado que tenemos, o, por el contrario, castigarlos por traernos, sin preguntar, al infierno? Depende de la situación en la que llega cada uno, pero desde luego las felicitaciones son un elemento más de las incongruencias de las costumbres. Tan comerciales.

El hecho de traer un hijo al mundo puede ser el más generoso o el más cruel de los actos que realiza una persona a lo largo de su vida. Si la Libertad máxima es poder elegir la muerte, la dependencia suma es que elijan tu nacimiento. “El hecho miserable de nacer sin que antes nadie me lo consultara”, decía el poeta local.

Echar a andar al mundo a un niño relativamente sano dentro de una sociedad aceptable es una acción necesaria y, repito, generosísima. Dar a luz a un niño enfermo, privado de la libertad máxima; o a un hijo sano en un contexto siniestro, pueden considerarse acciones crudelísimas. Pero si la vida se te tuerce por tus decisiones es un acto misérrimo culpar a tus padres.

La maternidad y la paternidad solo pueden ser responsables y generosas. Supone pérdida de buena parte de tu libertad en favor de la felicidad de tu hijo. Es tu obligación. La irreflexión o la irresponsabilidad son mil veces más graves que la interrupción de cualquier gestación.

Vuelvo al acto pleno de Libertad, en contraposición al nacimiento, que es la muerte: poder decidir dónde, cuándo y cómo morir. La persona que dispone de esta voluntad última, que es consciente de ella, pese a cualquier atadura o sometimiento vital, es Libre. Así de crudo es: poder elegir tu muerte es la Libertad. Un incapacitado mental, un niño, un enajenado, un tetrapléjico, un vegetal; son prisioneros de la vida.

No me malinterpreten: esto no es un alegato en contra de la vida, no es un “¡Viva la muerte!” a lo Millán Astray, sino a favor de la Libertad. Personalmente, la muerte me causa pavor (sí, tengo miedo a la Libertad, necesito mis ataduras, mis apegos vitales: familia, amigos/as, mujeres, libros, deporte, música), y este es el síntoma más evidente de que sigo enamorado de la vida. Pero si llegara un día en que este amor se rompiera, y no por obra de la naturaleza, quisiera poder decidir: cómo, dónde, cuándo.

Esta Libertad, a día presente, solo puede garantizarla un estado liberal, laico y progresista. La eutanasia y el aborto son las herramientas fundamentales para la capacidad de decisión libre del ciudadano. Por consiguiente, la lucha por la Libertad debe combatir primordialmente cualquier inclinación totalitaria o terrorista; porque no se trata de llegar a la muerte, sino de cómo se llega.

Voy al dentista

¿Cuántas veces de camino a la consulta del psicólogo he mentido?

Me encuentro con un ‘familiar’, ‘amigo’ o conocido por la calle, y:

-¿Quillo, qué, dónde vas?

-Qué pasa. Pues al dentista voy.

Luego me pregunto por qué no dije la verdad, que iba al psicólogo. Y ahondo más y me cuestiono por qué oculto que tengo una enfermedad de la mente: sin eufemismos, ¿Vergüenza?, ¿miedo al rechazo?, ¿a la minusvaloración?

Padezco un trastorno de ansiedad generalizada, que no es más (ni menos) que vivir con la caja de los miedos destapada. Y, hoy, no tengo problema en confensártelo.

¿Por qué lo digo en alta voz?

Intento poner mi granito de arena para hacer visible y desestigmatizar la enfermedad mental, y para romper el tabú existente en nuestra sociedad. Esta anécdota tan gráfica viene al pelo. Mi psicóloga me contaba que muchos de sus pacientes cuando se la cruzaban por la calle (ciudad pequeña) evitaban saludarla y se hacían los locos (nunca mejor dicho). Estigma.

No quiero tu palmadita en el hombro, ni tu “ánimo, valiente”. ¡No! Guárdatelo, por favor. Nada más lejos de dar lástima o victimizarme o excusarme: lo último que quiero es tu condescendencia. La condescendencia (negativa) nace de la incomprensión y de la creencia de superioridad, y es inútil; y más inútil aún usarla con alguien que tiene sus capacidades intelectuales y físicas en óptimas condiciones.No necesito que me defiendas: solo quiero que no me (nos) ataques desde la ignorancia o la incomprensión. Si hay algo que me duele es cuando me juzgas o criticas desde estas dos posturas: la del que no conoce y la del que no comprende.

“Cobarde”, “vago”, “holgazán” “acomodado”, “aburrido”. De todo eso y más me has tachado. Pero lo peor de lo peor es cuando me dices que no me pasa nada, que me deje de rollos. Uff. Pues sí, sí que me pasa: lo reconozco, lo acepto, conozco mis demonios, y lucho contra ellos, y cuando no puedo, no me queda otra que convivir y sobrevivir junto a ellos.

Oye, que igual que tú tienes diabetes, tú psoriasis y tú una cardiopatía; yo tengo esto. Por ello no soy menos que tú, ni estoy loco ni nada por el estilo. Esto no se contagia, Tampoco me voy a morir de esto. ¡No somos leprosos! Y somos muchísimos/as, más de los que piensas, quienes padecemos algún trastorno mental: del tipo que sea. Un gran número de silenciosos y silenciados: ansiosos, depresivos, bipolares, esquizofrénicos, agorafóbicos, tocs…

Estoy cansado de justificarme, de excusarme y de mentir (o más bien de esconder la verdad). Igual que quien padece migrañas, naturalmente, te dice: “mira, no voy a jugar al tenis porque estoy con migrañas”; a mí me gustaría poder decirte sin miedo, y de manera natural: “oye, que no voy a salir esta noche porque me encuentro muy ansioso o estoy depre” o, “no, esta tarde, no, que tengo psicólogo, que estoy con la terapia, y que me está ayudando un montón”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Indulto

El libro infantil ‘El cuento de Ferdinando’ fue prohibido en la España franquista y en la Alemania nazi, ya que era considerado un texto antibelicista/pacifista que iba en contra del espíritu militar de la época; a lo que en nuestro país se sumaba la consideración de alegato contra la fiesta nacional: los toros. También se encontró con la censura en Estados Unidos, acusado de corromper a la juventud.

La recién estrenada película de animación ‘Ferdinand’ está basada en este cuento, de gran éxito (pese a todo), escrito por el norteamericano Munro Leaf y publicado en 1936. Y que fue llevado por primera vez en 1938 a la pantalla por Walt Disney, en forma de cortometraje, premiado con un Óscar.

La pasada tarde fui al cine con mi primo pequeño a ver el largometraje. Esperaba un mensaje maniqueísta en el que los humanos taurinos fuesen pintados como bestias despiadadas y los animales, como bellísimas personas. Y, sí, por un lado me encontré con una historia que resulta maniquea a ojos de los niños, quienes solo captan bien una de las dos lecturas que suele ofrecer esta clase de película de animación: la superficial.

El niño se quedará con la historia de un toro pacifista que se niega a pelear, y que solo quiere oler flores y disfrutar la vida con sus parlantes y sensibles amigos animales. Pero el destino es inexorable y el toro es llevado contra su voluntad a pelear a la plaza por los crueles humanos -quienes ya habían asesinado a su padre-. Allí se enfrenta a un señor arrogante vestido de dorado, que va acompañado por una cuadrilla de picadores y banderilleros con sus respectivas armas afiladas: o sea, un acoso y derribo, al pobre animal asustado, ante la muchedumbre humana que ha venido a disfrutar con su muerte y de su sangre. Pero el toro, por su buen comportamiento en el albero, es indultado y se salva. Y comieron perdices.

Mi primito, de cinco años, al resumirle la película a su madre, expresó una conclusión: “los toreros son unos asesinos”. Subliminal.

Pero la película tiene una segunda lectura, más profunda, que se compone de matices. Unos matices que amortiguan el maniqueísmo, y que destiñen lo negro a un gris oscuro y tiñen lo blanco de un gris claro. Aquí van los dos más notables:

1. El indulto es pedido por los aficionados taurinos presentes en la plaza, y concedido por el director de la misma. O sea, que los mismos que van supuestamente a disfrutar de la muerte del toro son los que acaban por salvar su vida. 

2. Ferdinand, el toro protagonista, es la excepción: el resto de astados que asoman en la película son bravos y ansían la llegada del día de la pelea contra el hombre (para ganarle): es su objetivo en la vida. He aquí la condición del toro de lidia.

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Nadie ha hecho más por la causa animalista que Walt Disney, que humanizó (antropomorfizó) a los animales: les dotó de sentimientos humanos y les puso a hablar en la gran pantalla. Recientemente, en España, se aprobó una proposición de ley en el Congreso de los Diputados para considerar a los animales como seres vivos, y no como cosas.

Bien, los animales ni son cosas, ni son seres humanos: son animales. 

 

 

 

 

Una fábrica de primos

Mi amigo Casimiro siempre ha sido un tanto especial en sus relaciones familiares. Una noche estabamos en Granada de marcha, y entre cerveza y cerveza nos dijo que había quedado en un rato con su primohermano, que vivía por allí, para conocerlo: Casimiro tenía por entonces 22 años; su primo, 20.

El encuentro, el saludo, fueron extraños; la situación, violenta: era como quedar con un primo por Tínder. Un completo desconocido que es sangre de tu sangre y que además tiene tu misma jeta. Mi amigo Casimiro asumió aquello con naturalidad, como si la hermana de su madre recién hubiese parido a ese primo suyo, tras 20 años y 9 meses de gestación. A día de hoy son inseparables, juegan al escalextric, dan patadas a un balón y planean gamberradas juntos: niñerías. Tratan de recobrar su inexistente infancia compartida. A veces resulta algo ridiculo verles con pantalones cortos y barbas cerradas cazando saltamontes con una botella de plástico.

El verano pasado, mi amigo Casimiro, me viene con que tiene una boda de la hermana de Marta. -Marta es una prima suya, que fue hallada como se hallan los sarcófagos fenicios, de repente aparecio bajo casa de mi amigo con una maleta, y solo dijo “soy hija de, vengo a estudiar a Cádiz”. Y allí, con el pretexto de ser prima carnal se pasó los dos primeros años de la carrera, en la casa familiar de Casimiro-. Mi amigo acudió al banquete del enlace, y cuando ya sonaba la música más pachanguera y solo resistían los más bullangueros, con catorce copas encima Casimiro se dirigió a la novia y la felicitó por su enlace, a lo que ella respondió que quién era él, pues tu primo Casi, coño, encantado de conocerte, prima.

El día de Navidad, Casimiro siempre almuerza con un restaurante con la familia, que no es exigua. Por si acaso, siempre se reservan dos cubiertos de más: nunca se sabe si aparecerá un primo nuevo por allí.

En más de una ocasión le he preguntado a mi amigo que de dónde salen estos primos, él simplemente se ríe y se limita a decir que son nuevos primos. Yo ya he empezado a pensar que primo de Casimiro no se nace, se hace.