cine

Erase una vez… en España

España no tiene su Tarantino; si acaso, a Manolo del Dúo Dinámico que se le viene pareciendo. Sí tiene/tuvo, por cambio, nuestra Españita, sus spaghetti westerns o chorizo westerns y los tarantos: ambos brotados de la tierra sedienta y estriada de Almería.

Precisa y curiosamente, los dos últimos reductos de Libertad en Hollywood frente al #metoo, Tarantino y Eastwood , beben de este subgénero con capital en el desierto de Tabernas. Uno, el guapo y republicano Clint, se hizo actor de la mano de Sergio Leone en la patria chica de Manolo Escobar y Chencho Arias; el otro, el sangriento y genial Quentin, bebió hasta emborracharse en su niñez de esta cosa quijotesca del vaquerismo de indalo y fetuchini.

Y si hablo del spaghetti/chorizo western es porque vengo de ver la (pen)última del director de Kill Bill, Érase una vez… En Hollywood.En ella, Tarantino, como ya habrán escuchado, rinde homenaje al cine de su infancia, donde no podía faltar su guiño (importante, como de Junqueras) a la mamma patria y a la tierra de conejos. No les haré spoiler pero les pongo sobre aviso de una colosal escena de Brad Pitt y Leonardo Di Caprio en un antro almeriense, degustando unos gurullos regados con unos americanos.

Si van a ver la película, quizás se pregunten como yo, cuánto tiempo tardará el macarthysmo de las metiómanas (Arcadi dixit) en echar sus garras sobre el director de Malditos Bastardos con la menor excusa. ¿Cómo se puede permitir (¡cuidao spoiler!) una escena en la que un actor blanco, guapo, hetero y rico carboniza con un lanzallamas a una hippie “racializada”? “¡Fomentando la violencia de género!” chillaría algún iluminado, iluminada o iluminade.

Valga como ejemplo de que el histerismo moralista ha roto el pacto de ficción estas iluminadoras palabras de Alberto Olmos a raíz de la censura al trapero C. Tangana: “El Arte nos explora, nos pone del revés; nos dice quiénes somos diciéndonos quiénes podríamos ser. Y el artista lo es porque no tiene miedo de que le digan qué lleva dentro.”

En fin, también les adelanto que Quentin, como librepensador y leal colega, salva de la quema hollywoodiense a Roman Polanski. Y yo que lo celebro. Por cierto, les dejó una pregunta: ¿se imaginan a Richard Gere en una de Tarantino?

Tacita de Lata

Cádiz ha sido La Habana, ha sido Pamplona y ahora es Marsella. Parece que la ciudad, al igual que los gaditanos, le ha cogido el gusto a disfrazarse.

El pasado viernes caminaba con unos amigos por el Malecón gaditano, o sea, el Campo del Sur; íbamos a cenar y a tomar unas copas en la taberna habitual. Nos quedamos muy confusos al ver que de las farolas del paseo marítimo pendían carteles de unas supuestas elecciones municipales marsellesas. Necesitábamos una respuesta a aquella súbita incógnita, y empezamos a elucubrar las teorías más peregrinas y descacharrantes:

Una decía que si era una performance de ‘El Kichi’. Otro, que se habían equivocado los encargados de correos con el envío de carteles electorales, y los montadores ya que estaban los colocaron ahí… “Eso es cosa del Pedro Sanche’, que na’ más llegar al gobierno ya está haciendo cosas raras”, soltó otro. Yo: que si había sido una gamberrada nocturna de un grupo de borrachines gabachos. En fin…

Y, de la sorpresa pasamos al análisis estético-político (eso sí: con mucha guasa): “Esos son los Podemos franceses, no ves que salen cinco o seis en un cartel y van todos en camiseta cutre”. “Ese tiene cara de buena gente, yo le votaría, … ah, no, que es socialista, mira la flor roja”. “Hostia, este es el típico que apoyaría tu padre, tiene pinta de ser del partido de Le Pen”. Y: “Esta es la mía, guapa, y además creo que es de Macron”.

No despejamos la incógnita hasta la mañana siguiente, cuando supimos por la prensa local que se iban a rodar unas escenas de una película, ‘The Rhythm Section’, en la que Cádiz haría de Marsella. (Pese a que aquí la marsellesa se cante con otra letra.)

Parece que Cádiz es el escenario perfecto para, a bajo coste, hacerla pasar por la ciudad que sea, menos por Cádiz, claro. Aunque sin faltar a la verdad, Cádiz alguna vez ha hecho de sí misma: Recuerden al Capitán Alatriste, Vigo Mortensen, desembarcando con Los Tercios en La Caleta, o, la mítica y folklórica ‘Viudita Naviera’ de Pemán.

Cádiz, como buena doble cinematográfica, se disfrazó de La Habana, y poco tuvo que customizarse, para ver salir de las aguas de su playa a una deslumbrante Halle Berry, mientras Pierce Brosnan, la contemplaba tomándose un Martini en el chiringuito.

En una ocasión la ciudad hizo de Pamplona para acoger el rodaje de la película ‘Noche y día’, en la que Cameron Díaz y Tom Cruise son la pareja protagonista; y, entre escena y escena, un toro se escapó del corral sembrando el pánico por las calles de Cádiz. Afortunadamente se quedó en una anécdota más de las que atesora la ciudad.

Y, digo yo: ¿No es más lógico que Marsella haga de Marsella; La Habana, de La Habana; Pamplona, de Pamplona…, y, sobre todo, Cádiz, de Cádiz? Será que lo que brilla en nuestras aguas no es la plata, sino, corrigiendo al poeta, la lata.

 

Coda: ¿Marsella es Cai con más moritos? / ¿Cai es Marsella con más Podemos? 

Los cambiapieles

Hay unos personajes de Juego de Tronos denominados los cambiapieles, que representan, literalmente, el ideal de la empatía: ponerse en la piel del otro: en su caso de un animal.

Es conocida la afición de Pablo Iglesias por esta serie fantástica (en sus dos sentidos). Puede que en estos seres de fantasía se haya inspirado el líder de Unidos Podemos para la última propuesta parlamentaria que su partido ha presentado. Se trata de la inclusión como materia obligatoria en en las aulas de una asignatura de empatía animal: o sea, que los chavales se pongan en la piel de los animales con el fin de lograr una mejor empatía, no animal, sino humana.

La película ‘Verano 1993’, que representará al cine español en los Óscar, te somete durante hora y media a un ejercicio de empatía intenso, de emociones fuertes y a flor de piel. Siente uno el desamparo, la rabia, la nostalgia, la pena y la alegría de Frida, la protagonista, una niña huérfana de apenas siete años. No es difícil justificar sus malas acciones porque lo hace el propio contexto. Igual que justifica uno las suyas propias.

El final de la película te deja un nudo en la garganta y el llanto contenido. Es un corte abrupto en el momento de mayor intensidad emocional; como esas etapas de La Vuelta que tras un terreno quebradizo acaban con la subida a un muro de un kilómetro al 22% de pendiente.

Creo que esta, el hacernos empatizar con el protagonista de una película o novela, es la pretensión máxima de un autor. La directora Carla Simón consigue con creces que por un rato nos convirtamos en Frida. Que nos mudemos a su piel.