columnismo

Tanganilla en lo de Picalagartos

Se va uno un par de días y vaya lo que se encuentra… Nieto Jurado tirándose de los pelos con el inglés. Figuradamente, claro, porque los dos son pelados y cada uno a su manera. Nieto, como es, se resigna a su alopecia e incluso se adelanta a ella con un rapado a lo Iván de la Peña. Rhodes, pudoroso de su calva, la esconde con lianas de pelillo de huevo que le dan un aire de eterno recién despertado de la siesta.

El caso es que JNJ, un follonero de tasca, le tiró el recadito al dizque pianista; que, desconocedor de las astracanadas del personaje entró al trapo de nuestro torerillo de barra. A Nieto nos lo hicieron, ay, TT los mismos z@ngolotinos que, cual concurso de haikus, le dieron “jarabe democrático”. Estas bellas almas rodhesianas, empoderadas de Bien, dejaron sus mejores deseos en el murete castizo de nuestro hombre en Argüelles, desconocedoras de que le estaban fabricando la tarde a un Nieto Jurado que salió a todas y de todas como un todocampista de época, haciendo inventario de sus seis vidas pasadas como el pirata cojo, por revoleras (hasta tiró alguna caña el muy cuco, chulapón de Tinder).

Y, es que, estaban destinados a encontrarse estos dos duelistas goyescos; que en la piel de toro todo queda en un patinillo de vecinos. La pelotera era inevitable y, Nieto, ya digo, la adelantó como su calvicie, como una criatura de cesárea.

Entenderán que entre un cínico y un moralista uno siempre se ponga del lado del primero. Ya digo que Rhodes (Jaimito en adelante) es un prescriptor de moral, un tío de la tiza que va marcando en el suelo la separación entre el Bien y el Mal, entre su Bien y su Mal mejor dicho. De la rayita hacia acá, todo amor, frases de Míster Wonderful, carmenas y casas de los javis; tras la línea, odio de brigadista internacional, de miliciano en Paracuellos, de menopausia de Almudena Grandes. Por cambio, JNJ directamente y como buen escéptico repudia esta disyuntiva; él, como un invitado de El Hormiguero, ha venido aquí a disfrutar, y si algo sabe de buenos y malos es que los que se dicen buenos jamás lo son.

Mientras Jaimito es un organillero de parroquia pequeña, un Merimée con Netflix que no concibe ni transige con una España más allá de sus cuatro tópicos de cuadernillo de Irving, un cándido infectado por la candidiasis progre propagada por el neorromanticismo hispanófobo de los Minder, Carlin y demás follaburras; un monaguillo mediático, un juguete del mester de progresía, un eterno alumno de Educación Física, un ciclotímico que viene a vendernos sus lágrimas embotelladas en frasquito de Chopin número cinco;

Nieto Jurado es un jugón con faca de Albacete, un charneguillo de sí mismo, un poetilla de vinazo derramado, una entelequia de España y hueso, un ratón de área, un pillo de ultramarinos, un chicuco de umbrales; es uno, trino y veintisiete, un comunero del Pimpi Florida, saltimbanqui de plazuela, un Pedro Luis de Gálvez con suscripción a deber en HBO.

Entenderán que, de tal colisión, de esta riña de gatos, solo pudiera salir un Chernobyl castizo. Fue bonito.

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Café, media y el diario

Desayuno, bar y periódico de la casa. Es viejo oficio de tinta de aceite y municipalidades varias. No soy practicante, solo turista y romántico de raíz. Me enamoro a lo grande con lo chico, a corto y de lo que nos va quedando.

En Sevilla, soy hermano del Mollete de Utrera con jamonazo de anoche. Me reclino sobre el ABSé, en una barra de espejo, chapa y matemáticas de tiza; estoy en una rancia abacería de sus céntricas serpientes: subrayado en virgen extra el artículo de Antonio Burgos. Viejo jodío gaditano. Esquelas regias. Summum. Leo y alterno con letraheridos, tataranietos de Gustavo Adolfo que dibujan un pleno con sonetos encolumnados, como Hércules como Curro con la muleta. Maestrantes, cortesanos, marineros y nomadejados. García Reyes, Barbeito, Paco Robles. El calor en adobo. Putas, príncipes y torerillos en La Alameda.

En Granada, me hicieron devoto de la hermandad del Santo Ideal. Los veranillos de setiembre, desayuno de reina en mesa coja, tilos y trinos de domingo, proyecta linajes en la piedra el sol que se filtra en Bibarrambla, en Trinidad, en La Mariana. Café Fútbol. Diario de beaturronas, de carocas y malafollá. Dxtes, camisetas grises y blancas horizontales. Lamelas. Un puñaíllo de Tico Medina. Andrés Cárdenas y déjense de poyas.

SUR. Mi más reciente placer. Hallazgo ya de viejo. Vocabulario propio. Siempre al desayuno: Nubes y pitufos. Vaya. Manolo, siempre y ahora, púgil a la contra. Caldo Mediterráneo. Los Mármoles, El Perchel a la sombra de agosto. Quintacolumnismo castellano con CP de Pedrega. Apellidos alemanes.Trujillismo. Atleta. Cartojal y lunares a la tarde.

Escribo en una servilleta. No lo muramos.

No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Me recuerdo a mi abuelo

“Me recuerdo a mi abuelo”, me sorprendí pensando. Estaba sentado en el sofá leyendo el diario El Mundo y seguía de fondo los toros en la tele. Exactamente a lo que se dedicaba mi abuelo Paco en sus últimos años de vida.

No sé por qué camino llegamos a converger. No fui consciente del proceso en que sus aficiones se convirtieron en las mías.

Le recuerdo aquellas tardes en la casa de mis abuelos, ahora de mi abuela, siendo yo un chaval de nueve o diez años, y él perenne en su sillón de flores verdes donde repasaba el periódico de ayer, o en el sofá blanco frente a la vieja Samsung los días de toros en Canal Sur. Me evoca tardes aburridas de clarines sonando y de olor a tinta recalentada por el sol de la ventana. Supongo que yo entonces jugaría o haría como que hacía la tarea.

Hoy le pediría “pásame el periódico cuando acabes, abuelo”, y quizás comentaríamos las verónicas de Morante, y él me diría que para torero de arte El Paula, y entonces me contaría cuando eran vecinos y le daba clases particulares al diestro jerezano, que por entonces era medio analfabeto, y que luego les invitaba, agradecido, a las mejores corridas y tal.

Pero él estaba en el ocaso de su vida y se había ganado esas tardes de placer; yo estoy en la aurora de la mía y me siento culpable por ellas: “soy un niño jubilao” como escribió Martínez Ares.

El pacto del lechazo

Se dice que en Granada abunda el malafollá y en Valladolid, el facha. También cuentan que la ciudad de la Alhambra es la más castellana, por su sobriedad, de las andaluzas, y que en Valladoli(t) se habla el mejor castellano. Dichos son.

Los hechos son convergentes. Ambas capitales son gobernadas por camisasblancas sanchistas: un matón feminista en El Norte y un profe de gimnasia con gafas en la ciudad Ideal. Pero, sobre todas las cosas, el Pucela y el Graná, si hay Dios, se reencontrarán mediado agosto en la Santander, como un veraneo de David Gistau con vermú. Cierto es que el último que descendió al Valladolid fue el Granada, pero también que Guardiola, goleador en Payaso Fofó, mamó Puleva. Todo se puede arreglar con un buen lechazo de por medio y unos piononos al postre, hasta lo del tractor San Emeterio, en propiedad pucelana, que el sábado nos hizo soñar, ay.

Aprovechando que Aguado toreaba por Valladolid, como bien nos narró José F. Peláez, y que se le quedó la carita como de tal al ver que la puerta no era del Príncipe ni el Pisuerga el Guadalquivir, no me resisto a felicitar a Jesús Nieto Jurado que se marcó el domingo un artículo torero en sus cartas que echa al Norte. Como la canción de mili, JNJ (que suena a reunión papal con jóvenes) tiene en cada puerto una mujer o un equipo: el Málaga en el Mediterráneo, el Valladolid en el Pisuerga, el Atleti en el Manzanares y el Madrí a la orilla de la Cibeles.

Cerca de la Diosa, en San Jerónimo, la Gran Familia Socialista velaba el cuerpo de Rubalcaba, tibio como un tercer león de piedra; mientras en Mis Cármenes los sobrinos de la ETA llamaban asesino a don Alfredo, paz descanse, en un minuto de silencio que se hizo más largo que un artículo dominical de Pedro J. Y la Leti tan feliz emprestando Su Copita a las katxorras. Siempre recordaremos a APR por las manos de José Mota y por Juan el del Selu.

Y nuestros progres a lo suyo, a polemizar ignorantemente por un pañuelito que se sacó Morante; cuando el pañuelo que deberían agitar en sus tuits es el teñido de sangre de las vírgenes gitanas: eso sí que es una animalada.

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.

La Vida Moderna

Al grito de “¡Moderno, que eres un moderno!” recibieron ayer los taxistas a Albert Rivera en la puerta de Atocha. Me evocó las entradas de David Broncano al plató de ‘La Resistencia’: “¡animal, mastodonte, intrépido!” El periodista John Müller, finísimo, dijo en lo de Alsina que ese “moderno” era el “¡Vivan las caenas!” de hoy.  

Lo del taxi tiene difícil solución, porque el enemigo no es Cabify, ni Uber, ni siquiera Ciudadanos, “es el mercado, amigo”, que diría R.R. Lo apuntó con acierto Iñaki Gabilondo en la SER: “Con las luces largas, es evidente que se enfrentan [los taxistas] a un rival al que no se puede vencer, un cambio de página de la historia, al que hay que adaptarse. Inexorablemente”. 

Mientras, el propio Rivera defendía en lo de Herrera el “derecho a elegir de los ciudadanos en el siglo XXI”. Comparto su tesis, y añado que no se puede anteponer el bien de un sector laboral al de la sociedad; o, mejor dicho, frenar el avance social con fueros, monopolios y llantas apiladas en llamas. Como si los periodistas en su momento hubiesen saboteado la conexión a internet para obligar al lector a pasar por el quiosco. 

Es justa y necesaria, sí, una legislación de iguales para los competidores.  Lo que ya no sé, es si hay razón en las peticiones a escala de los taxistas. Si la hubiera, desde luego, la pierden con las formas. Y es que estos taxistas, de tanto escucharlo, se han convertido en Jiménez Losantos, miles de Federicos al grito de “¡Muera la libertad!”. 

Aparecerán, al tiempo, mesiánicos, Iglesias y Abascales para desconectar los caballos de los Prius y tirar personalísimamente de ellos. Abanderar la marcha absolutista de los ‘gilets jaunes’ castizos, “¡Mueran los negros!” 

Gafas de poeta

Hoy es de esos días en los que haces por ser columnista. Que el artículo no te llueve, pero estás dispuesto a morder la jornada hasta arrancarle las palabras que aquí escribes. Porque sabes que cada día tiene su crónica.

Te vas, entonces, a la playa, a caminar deprisa; que sabes que el movimiento excita tus meninges y agita tus neuronas (pides perdón a los neurocientíficos), y las pone a doscientos. Nada: hoy no es el día. No hay tema. No estás… Pero te empeñas.

(…) [Pedro Simón te enseñó estas elipsis]

Te acuerdas de aquel ejercicio que os mandó el profesor de escritura creativa, Cronopio Argüez: “Poneos las gafas de poeta y a la vuelta del fin de semana me traéis poesía sacada de la cotidianeidad”. Tú, siempre a última hora, viste la lista de la compra que dejó tu madre sobre la mesa de la cocina, y que decía,

“Leche

Huevos

Pan”.

Y, pillo que eres, como Iago Aspas en el área chica, añadiste “Besos”. Entonces así quedaba el ejercicio poético de andar por casa:

“Leche

Huevos

Pan

Besos”.

Y rememoras al profesor porque te quitas las gafas de sol al atravesar la muralla de Cortadura, límite entre lo urbano y lo salvaje. Ya sin gafas y en territorio virgen, pisas un charco salado, y te viene a la mente, no sabes por qué, Jesús Nieto Jurado, -hijo de Umbral y la Cibeles-: que te pidió un papelito en tu próxima columna. Y cavilas cómo escribirá él sus artículos. Él, no sabes; pero tú, sí. Y aquí se enciende la chispa, ya tienes electricidad. Gracias, Jesús.

Tú: escribes los artículos mentalmente (piensas que todos lo hacen así). A veces te encuentran, a veces los buscas. Juegas con la metáfora: Es como cuando enciendes una vela en una tarta de cumpleaños, hay ocasiones en las que gastas tres mecheros y un paquete de cerillas para que prenda, y otras que a la primera ¡chas! Bien, una vez que llamea la primera vela, la tomas en tus manos, la volteas, y vas prendiendo una por una el resto. Las velas son las ideas, y el fuego es esa electricidad de la que hablaba.

Como los artículos sueles fraguarlos en movimiento, es común que te pillen lejos de casa, por lo que tienes que acelerar el paso para volver y lanzarte lo antes posible sobre el papel para reposar ahí las ideas supervivientes. Tú lo explicas como cuando tu primo pequeño juega en la orilla y te pide que le traigas arena seca, vas hasta ella y la tomas con las manos en forma de cuenco, es inevitable que mientras marchas aprisa hacia la orilla se te vaya escurriendo parte entre los dedos.

Sueltas, junto a tu primito, esa arena que te ha quedado, con premura y alivio. Es decir, te abalanzas sobre el folio, ni has cerrado la puerta de casa, y de manera cuasi automática, -como el pianista que toca de memoria-, tu mano baila con papel y boli al compás que le dicta tu mente, sin filtro. Otra vez la electricidad. Una vez te has vaciado de ideas te quedas aliviado y extenuado, respiras, como cuando eyaculas (perdón, pero no encontré metáfora más exacta). Te das una ducha. Y ya relajado abres el portátil y en un Word pones en orden el producto caótico de esa explosión de culebras de tinta azul. Un poquito de colonia, y voilá!

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