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COBRARSE LA COBRA

COBRARSE LA COBRA

Por Manuel López Sampalo

I Congreso de columnistas gallegos en el exilio. Palacio de Congresos de Cádiz: 20, 21 y 22 de mayo de 2021.

Llegaba apurado como siempre y ¡quia!, menuda sorpresa me llevé al encontrarme allí a Primo Laguardia, era la última persona que pensaba cruzarme por aquel congreso. Con el acto ya empezado, me acerqué para abrazarle a su asiento esquinado de la última fila: que era donde le gustaba ponerse, como los mafiosos, “Para estar al liquindoi, que hay mucho bujarrón”, solía decir. Se soltó de mis brazos y con su mala leche habitual, mientras le espetaba mi sorpresa, me largó que si es que acaso no me había leído el dossier informativo o qué cojones. Sacó el tríptico y me señaló con el dedo el título de la última mesa de las tres jornadas del congreso. ‘La cuota castellana en el columnismo gallego: José Primo Laguardia, Perfecto Girasol y Galindo Garabato’, pude leer.

  • ¡Pero si tú odias esto a muerte!— le comenté con sorpresa.
  • A muerte es poco, amic. Me dan unas arcadas de la hostia.
  • ¿Y entonces?
  • Los jurdeles— dijo haciendo el gesto del dinero. — Además vengo a reventar esta mierda. Pero sobre todo…— Y señaló con una contorsión inimitable de barbilla y ojos hacia la primera fila.

En efecto, en la otra punta del auditorio del Palacio de Congresos gaditano ‒otrora fábrica de tabacos‒ estaba ella: Mademoiselle Grapó (“Mame” en los ambientes).

Mas permítanme ponerles en antecedentes: Mademoiselle Grapó era lo que se podría decir una grupi de los columnistas, especialmente de los de acento gallego, y cuanto más sacarinosos más le arrebataban. El columnismiño solía ser particularmente empalagoso, y no era exagerada la recomendación de leerlo con una ampolla de insulina a mano. La expansión incontrolada, como una metástasis, de este articulismo galaico por todo el territorio nacional, con la correspondiente hipercursilización patria, había llevado a sectores ultra castizos del sacro oficio de la columna a levantarse en armas contra lo que ellos llamaban “El amariconamiento del columnismo español”.

El germen fueron las plataformas cívicas, como la famosa ‘Stop columnismo gallego’. Pero visto que estos seres de progreso no se envainaban sus plumas ante las protestas y manifiestos, el núcleo más duro de sus detractores se echó al monte. De ahí surgió el ‘Comando Umbral’, liderado por el veteranísimo maestro Rubén del Hoyo, que prescribía el boicot al vino Albariño y al percebe. Este grupo de resistencia armada, sito en el barrio de Argüelles, limpió en apenas una semana la capital de España de galleguitos intensos. La mayoría escaparon al sur, como los moriscos en tiempos de La Reconquista.  “¿Y por qué no volvieron a su terra?”, pensarán. Pues porque allí no eran precisamente profetas, sino más bien apestados; ya que, los valleinclanistas –seguidores del maestro del esperpento– se habían hecho fuertes en las cuatro provincias del Noroeste frente a los epígonos de Camba, que eran los intensitos. Gracias a Dios y al magnífico trabajo de barrido de Rodri Latorreta, valleinclanesco líder.

Apenas en Andalucía, Murcia y Badajoz podían seguir atentando con su escritura estos prosistas hiperglucémicos sin temor a un secuestro o directamente a un tiro en la nuca por parte de los GAHU (Grupos Armados hasta los Huevos. Un remedo de los GAL, una confederación de los comandos armados antigallegos). El motivo no es que por estos lares meridionales se acogiera de buen grado el terrorismo escrito de estos tipos infames, sino que por su bendito analfabetismo el grueso poblacional desconocía por completo ya no la obra de estos cantautores del columnismo, sino su mera existencia. Aunque ya, ni estos territorios les iban quedando a estos pagafantas, debido a que recientemente, unos pocos cultivados y sesudos patricios sureños se habían agrupado en torno a la ‘Brigada Séneca’, emulando los comandos septentrionales de la península. Entre ellos figuraba, como cabeza visible, el más fino analista de ABC Horacio Cagancho y Gómez de Langreo, marchenero de cuna.

Entenderán entonces las circunstancias que llevaron a que el simposio de tema gallego se celebrase en Cádiz. Para estos cantajuegos –al igual que para el entrenador balompédico David Vidal– la patria gaditana, decían, era lo más parecido “a minha terra” que les quedaba: El Atlántico, el marisco, la harina, las mareas. Y además, la Tacita de Plata tenía un alcalde, Juan Manuel Fernández ‘Chichi’, admirador de los escritos de Eduardo Galeano y por ende de estos intensitos. Para qué más.

Pero no se me confundan, la opinión mayoritaria ‒salvo en el Sur, que ni existía tal‒ estaba del lado de estos galleguitos. Su prosa hiperazucarada se había colado por las venas de una sociedad sumamente emocional, que pedía más y más mierda procesada. Los GAHU y sus apologetas eran minoritarios, resistentes, excepcionales. Lo ‘normal’ eran los clubes de fans. Podemos hablar de que eran como estrellitas pop de las que grupúsculos de sabios justicieros habían tasado sus cabezas. Aunque una metáfora más gráfica y acertada sería la de las patrullas de caza creadas años ha para mermar las poblaciones de esa criatura invasora y dañina con nuestro ecosistema conocida como cotorrita argentina. Cambien cotorrita argentina por columnista gallego.

Y perdonen la digresión; ya estamos de vuelta con Mademoiselle Grapó o Mame, según gusten. Como antes hemos dicho, grupi incondicional de estos “seres de luz” (poeta Arturo Lúcar dixit). Decía que supe de la asistencia de Grapó al congreso probablemente a la vez que mi compadre Primo Laguardia, cuando ella posteó en sus redes sociales el cartel del simposio –o lo que fuera aquello– acompañado de la siguiente frase: “Las excusas de Cádiz”.

Grapó y Primo mantenían una indescriptible relación de amor-odio por vía digital. Él le pegaba tiritos por Twitter y ella se ofendía o se hacía la tal. Ella le calentaba el cayetano por Instagram y él se ponía borde y cachondo. Este tira y afloja virtual tenía su origen en aquélla vez que se conocieron en persona. Fue en Valladolid, tierra natal de M. Grapó, en otras jornadas de estas que se montan los columnistas a solaz de su ego; y según cuenta Primo, ella le puso la mejilla cuando él fue a entrarle como matador en suerte de espadas. Se ve que a mi compadre le dolió la corná.

  • He venido a cobrarme la cobra, Sampaio. — Me comentó Primo muy serio con la mirada ausente y lagrimosa.

José Primo Laguardia –disculpen la descortesía de que aún no se lo haya presentado– era un joven aunque veteranísimo columnista que se definía como radicalmente castizo y bohemio. Deudor de Alejandro Sawa y de Pedro Luis de Gálvez, firmaba con el seudónimo de ‘Don Latino’ en referencia al personaje de ‘Luces de Bohemía’. De cuna desconocida, a veces jugaba a ser castellano y otras a andaluz. Defensor acérrimo de la castellanidad de Madrid y hasta de Granada. Un maletilla de las letras, que se diría. No formaba parte, al menos que se supiera, de ninguna de las brigadas antigallegas (unidas en los GAHU); pero simpatizaba abiertamente con estos miríficos movimientos y lo decía negro sobre blanco en sus mordaces escritos.

Entre la primera y segunda ponencia congresista ‒‘La influencia de Xacobe Casas en las fotocolumnas de Miguel Jalois en Instagram’ y ‘O progreso galego camiña coma un cangrexo coxo’‒, salí con Primo a convidarle a unas cervecillas en un gastro-bache a la espalda de la antigua fábrica de tabacos gaditana. Allí, por más que le insistía, no me quiso contar su plan para reventar aquel chiringuito y, sobre todo, nada me dijo de su táctica para abordar a Madamoiselle Grapó. Sí me comentó que se alojaba en una pensión de mierda en el barrio de Santa María, y que había rechazado una suite en el Parador Atlántico por no coincidir más que lo preciso con esos cursis, y especialmente por cuidar su imagen de perro pulgoso.

Transcurrió la primera jornada congresista sin ninguna incidencia reseñable y así lo reflejé en mi crónica para el Subsidiario de Cádiz: “Tostón a feira” la titulé.

De los pastelosos y tediosos coloquios del segundo día poco recuerdo, apenas que Mademoiselle Grapó hacía manitas sentada, cómo no, en primera fila con un tal Javi Cabeteila: uno que se las daba de gracioso en las páginas de El Retroceso de Lugo. La noche anterior, ya la vimos Primo y yo retozando a la salida del congreso, entre las columnas de la otrora fábrica de tabacos, con otro ‘percebeiro’ cortado por el mismo patrón (intensito, pelito despeinado y con barbita: ese era el molde): un tal Migue de Consenso, que debía escribir para Míster Wonderful por lo menos.

Durante esa segunda fecha, Primo Laguardia solo acertaba a murmurar, hundido en su asiento de última fila: “Puta, reputa, más que puta. Se va a enterar esta…”, en referencia, claro está, a M. Grapó. Lo que no me había contado y supe después por terceros, es que el muy zorro se estaba trajinando a la señora que le hospedaba en aquella pensión del barrio de Santa María, que más que otra cosa era una suerte de putiferio. En fin, esos ambientes de casinillo y cloaca por los que él tan bien se movía.

El caso es que me saqué de allí a Primo antes de que le dieran al pico los de la última mesa de la jornada, ‘Se vas escribir autoparodia non collas fardos coa zódiac’. Lo dejé en lo suyo y quedamos en vernos a la noche en Casa Manteca, donde Pepe, para recibir como se merecía al gran Perfecto Girasol. Yo me iría a la redacción del Subsidiario a rematar la segunda crónica del congreso con más imaginación que otra cosa: le di el título de “Nunca máis!”

Perfecto Girasol era, por decirlo así, el Sancho Panza de Primo. Al mediodía siguiente, en la jornada de clausura de aquel suplicio galaico escudaría, una vez más, a nuestro bohemio columnista en su colofón. Leonés del Barrio Húmedo, con voz cavernosa de presentador de matinal radiofónico, sobrio, sin más adorno que su exacerbado aguadismo (entiéndase por su devoción por el torero sevillano Pablo Aguado). Era Perfecto un crítico feroz de lo que él denominaba “la turra a la gallega”. Que él y Primo hubiesen sido invitados a clausurar aquel congreso, solo se entendía por el tema de las cuotas y por aquella petulancia de “tender puentes”, algo en lo que ya únicamente esos cándidos terroristas de la palabra creían.

En fin, que esa noche, como hemos anunciado, eché unas manzanillas y unos chicharrones en Casa Manteca acompañado de Primo y Perfecto. Me detallaron, ahora sí, su plan para saltar aquello por los aires en su intervención del día siguiente. Apenas pude articular palabra de lo sorprendido que quedé, tan solo abría la boca para dar entrada en mi organismo al caldo sanluqueño. Si aquello salía, ¡pum!, sería la bomba. Perfecto, ahumado por el vino de la tierra, se pegó unas medias verónicas con su chupa de cuero; Primo se arrancó por Juan Carlos Aragón, y yo me quedaba para mí que cuando fui a mear me topé en los baños, con la puerta entreabierta, a M. Grapó dándose el lote con Xosé Tablón: probablemente el más talentoso de aquella sensiblera pléyade. No quise echar más leña al fuego, que ya suficiente ardían los bosques galaicos, y no le contaría nada a Primo.

Y llegó, como suele decirse, el gran día. 22 de mayo: última jornada del ‘I Congreso de columnistas gallegos en el exilio’. Sabía que si llevaban a cabo una cuarta parte de lo que habían tramado mis dos compadres, iban a hacer pedazos a los galleguitos y, por encima de todo, Primo haría que Mademoiselle Grapó (“Mame” en los ambientes) mojara las bragas como nunca… Pero antes del gran momento de “la cuota castellana”, hubimos de tragarnos otra insoportable mesa que llevaba por nombre ‘A Cadena Ser ou El País, o resto é fascismo en Madrid’, a cargo de Monxo, Ignacio Autopisto y Miguel Loueioureiro.

Saboreando la inminente llegada de su momento, Primo Laguardia dejó que Perfecto Girasol y Galindo Garabato se gustasen en una suerte de prólogo a su performance, en la que lo más amable que soltaron del articulismo gallego fue que sus columnas en papel eran buenas para limpiar las pústulas perianales.

  • ¡Señoras, señores, me alegro!— arrancó Primo su speech emulando a su admirado y querido Carlos de Herrera. —Dejemos de comernos las pollas y pasemos directamente a la dialéctica de los puños y las pistolas— pronunció masticando las palabras, mientras se ponía en pie, provocando un grito sordo en la audiencia.  

Se había sacado un antiquísimo y elegante revolver de debajo de la mesa de exposiciones y, con su cañón largo y plateado, como un falo de exposición, apuntó a la primera fila donde se ubicaba el cogollo de la intensidad galaica. Bajó los tres peldaños que separaban la tarima del patio de butacas, sin dejar de señalar a aquellos fantoches, y le puso la Smith & Wesson a Miguel Jalois, líder espiritual de los gallegos, en el mismo entrecejo. Los del público ‒y prensa‒ no huíamos del auditorio, sino que nos habíamos quedado congelados en nuestros asientos. Esto no era, desde luego, lo que me habían contado de noche.

  • ¡Lo que hay que hacer por salvar la columna, carajo!— gritó Primo como un loco.

Sin dejar de encañonar a Jalois, anduvo lateralmente unos cinco pasos hasta situarse cara a cara con Mademoiselle Grapó, que estaba de pie ante su asiento. Primo fue a comerle la calavera como nunca antes la habían besado. Palparía su coño para comprobar que estaba húmedo. Chorreaba.  

Amartilló la pipa y a la voz de “¡Viva-Es paññña!” se llevó el cañón a su propia sien e hizo fuego.

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Tanganilla en lo de Picalagartos

Se va uno un par de días y vaya lo que se encuentra… Nieto Jurado tirándose de los pelos con el inglés. Figuradamente, claro, porque los dos son pelados y cada uno a su manera. Nieto, como es, se resigna a su alopecia e incluso se adelanta a ella con un rapado a lo Iván de la Peña. Rhodes, pudoroso de su calva, la esconde con lianas de pelillo de huevo que le dan un aire de eterno recién despertado de la siesta.

El caso es que JNJ, un follonero de tasca, le tiró el recadito al dizque pianista; que, desconocedor de las astracanadas del personaje entró al trapo de nuestro torerillo de barra. A Nieto nos lo hicieron, ay, TT los mismos z@ngolotinos que, cual concurso de haikus, le dieron “jarabe democrático”. Estas bellas almas rodhesianas, empoderadas de Bien, dejaron sus mejores deseos en el murete castizo de nuestro hombre en Argüelles, desconocedoras de que le estaban fabricando la tarde a un Nieto Jurado que salió a todas y de todas como un todocampista de época, haciendo inventario de sus seis vidas pasadas como el pirata cojo, por revoleras (hasta tiró alguna caña el muy cuco, chulapón de Tinder).

Y, es que, estaban destinados a encontrarse estos dos duelistas goyescos; que en la piel de toro todo queda en un patinillo de vecinos. La pelotera era inevitable y, Nieto, ya digo, la adelantó como su calvicie, como una criatura de cesárea.

Entenderán que entre un cínico y un moralista uno siempre se ponga del lado del primero. Ya digo que Rhodes (Jaimito en adelante) es un prescriptor de moral, un tío de la tiza que va marcando en el suelo la separación entre el Bien y el Mal, entre su Bien y su Mal mejor dicho. De la rayita hacia acá, todo amor, frases de Míster Wonderful, carmenas y casas de los javis; tras la línea, odio de brigadista internacional, de miliciano en Paracuellos, de menopausia de Almudena Grandes. Por cambio, JNJ directamente y como buen escéptico repudia esta disyuntiva; él, como un invitado de El Hormiguero, ha venido aquí a disfrutar, y si algo sabe de buenos y malos es que los que se dicen buenos jamás lo son.

Mientras Jaimito es un organillero de parroquia pequeña, un Merimée con Netflix que no concibe ni transige con una España más allá de sus cuatro tópicos de cuadernillo de Irving, un cándido infectado por la candidiasis progre propagada por el neorromanticismo hispanófobo de los Minder, Carlin y demás follaburras; un monaguillo mediático, un juguete del mester de progresía, un eterno alumno de Educación Física, un ciclotímico que viene a vendernos sus lágrimas embotelladas en frasquito de Chopin número cinco;

Nieto Jurado es un jugón con faca de Albacete, un charneguillo de sí mismo, un poetilla de vinazo derramado, una entelequia de España y hueso, un ratón de área, un pillo de ultramarinos, un chicuco de umbrales; es uno, trino y veintisiete, un comunero del Pimpi Florida, saltimbanqui de plazuela, un Pedro Luis de Gálvez con suscripción a deber en HBO.

Entenderán que, de tal colisión, de esta riña de gatos, solo pudiera salir un Chernobyl castizo. Fue bonito.

Café, media y el diario

Desayuno, bar y periódico de la casa. Es viejo oficio de tinta de aceite y municipalidades varias. No soy practicante, solo turista y romántico de raíz. Me enamoro a lo grande con lo chico, a corto y de lo que nos va quedando.

En Sevilla, soy hermano del Mollete de Utrera con jamonazo de anoche. Me reclino sobre el ABSé, en una barra de espejo, chapa y matemáticas de tiza; estoy en una rancia abacería de sus céntricas serpientes: subrayado en virgen extra el artículo de Antonio Burgos. Viejo jodío gaditano. Esquelas regias. Summum. Leo y alterno con letraheridos, tataranietos de Gustavo Adolfo que dibujan un pleno con sonetos encolumnados, como Hércules como Curro con la muleta. Maestrantes, cortesanos, marineros y nomadejados. García Reyes, Barbeito, Paco Robles. El calor en adobo. Putas, príncipes y torerillos en La Alameda.

En Granada, me hicieron devoto de la hermandad del Santo Ideal. Los veranillos de setiembre, desayuno de reina en mesa coja, tilos y trinos de domingo, proyecta linajes en la piedra el sol que se filtra en Bibarrambla, en Trinidad, en La Mariana. Café Fútbol. Diario de beaturronas, de carocas y malafollá. Dxtes, camisetas grises y blancas horizontales. Lamelas. Un puñaíllo de Tico Medina. Andrés Cárdenas y déjense de poyas.

SUR. Mi más reciente placer. Hallazgo ya de viejo. Vocabulario propio. Siempre al desayuno: Nubes y pitufos. Vaya. Manolo, siempre y ahora, púgil a la contra. Caldo Mediterráneo. Los Mármoles, El Perchel a la sombra de agosto. Quintacolumnismo castellano con CP de Pedrega. Apellidos alemanes.Trujillismo. Atleta. Cartojal y lunares a la tarde.

Escribo en una servilleta. No lo muramos.

No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Me recuerdo a mi abuelo

“Me recuerdo a mi abuelo”, me sorprendí pensando. Estaba sentado en el sofá leyendo el diario El Mundo y seguía de fondo los toros en la tele. Exactamente a lo que se dedicaba mi abuelo Paco en sus últimos años de vida.

No sé por qué camino llegamos a converger. No fui consciente del proceso en que sus aficiones se convirtieron en las mías.

Le recuerdo aquellas tardes en la casa de mis abuelos, ahora de mi abuela, siendo yo un chaval de nueve o diez años, y él perenne en su sillón de flores verdes donde repasaba el periódico de ayer, o en el sofá blanco frente a la vieja Samsung los días de toros en Canal Sur. Me evoca tardes aburridas de clarines sonando y de olor a tinta recalentada por el sol de la ventana. Supongo que yo entonces jugaría o haría como que hacía la tarea.

Hoy le pediría “pásame el periódico cuando acabes, abuelo”, y quizás comentaríamos las verónicas de Morante, y él me diría que para torero de arte El Paula, y entonces me contaría cuando eran vecinos y le daba clases particulares al diestro jerezano, que por entonces era medio analfabeto, y que luego les invitaba, agradecido, a las mejores corridas y tal.

Pero él estaba en el ocaso de su vida y se había ganado esas tardes de placer; yo estoy en la aurora de la mía y me siento culpable por ellas: “soy un niño jubilao” como escribió Martínez Ares.

El pacto del lechazo

Se dice que en Granada abunda el malafollá y en Valladolid, el facha. También cuentan que la ciudad de la Alhambra es la más castellana, por su sobriedad, de las andaluzas, y que en Valladoli(t) se habla el mejor castellano. Dichos son.

Los hechos son convergentes. Ambas capitales son gobernadas por camisasblancas sanchistas: un matón feminista en El Norte y un profe de gimnasia con gafas en la ciudad Ideal. Pero, sobre todas las cosas, el Pucela y el Graná, si hay Dios, se reencontrarán mediado agosto en la Santander, como un veraneo de David Gistau con vermú. Cierto es que el último que descendió al Valladolid fue el Granada, pero también que Guardiola, goleador en Payaso Fofó, mamó Puleva. Todo se puede arreglar con un buen lechazo de por medio y unos piononos al postre, hasta lo del tractor San Emeterio, en propiedad pucelana, que el sábado nos hizo soñar, ay.

Aprovechando que Aguado toreaba por Valladolid, como bien nos narró José F. Peláez, y que se le quedó la carita como de tal al ver que la puerta no era del Príncipe ni el Pisuerga el Guadalquivir, no me resisto a felicitar a Jesús Nieto Jurado que se marcó el domingo un artículo torero en sus cartas que echa al Norte. Como la canción de mili, JNJ (que suena a reunión papal con jóvenes) tiene en cada puerto una mujer o un equipo: el Málaga en el Mediterráneo, el Valladolid en el Pisuerga, el Atleti en el Manzanares y el Madrí a la orilla de la Cibeles.

Cerca de la Diosa, en San Jerónimo, la Gran Familia Socialista velaba el cuerpo de Rubalcaba, tibio como un tercer león de piedra; mientras en Mis Cármenes los sobrinos de la ETA llamaban asesino a don Alfredo, paz descanse, en un minuto de silencio que se hizo más largo que un artículo dominical de Pedro J. Y la Leti tan feliz emprestando Su Copita a las katxorras. Siempre recordaremos a APR por las manos de José Mota y por Juan el del Selu.

Y nuestros progres a lo suyo, a polemizar ignorantemente por un pañuelito que se sacó Morante; cuando el pañuelo que deberían agitar en sus tuits es el teñido de sangre de las vírgenes gitanas: eso sí que es una animalada.

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.

La Vida Moderna

Al grito de “¡Moderno, que eres un moderno!” recibieron ayer los taxistas a Albert Rivera en la puerta de Atocha. Me evocó las entradas de David Broncano al plató de ‘La Resistencia’: “¡animal, mastodonte, intrépido!” El periodista John Müller, finísimo, dijo en lo de Alsina que ese “moderno” era el “¡Vivan las caenas!” de hoy.  

Lo del taxi tiene difícil solución, porque el enemigo no es Cabify, ni Uber, ni siquiera Ciudadanos, “es el mercado, amigo”, que diría R.R. Lo apuntó con acierto Iñaki Gabilondo en la SER: “Con las luces largas, es evidente que se enfrentan [los taxistas] a un rival al que no se puede vencer, un cambio de página de la historia, al que hay que adaptarse. Inexorablemente”. 

Mientras, el propio Rivera defendía en lo de Herrera el “derecho a elegir de los ciudadanos en el siglo XXI”. Comparto su tesis, y añado que no se puede anteponer el bien de un sector laboral al de la sociedad; o, mejor dicho, frenar el avance social con fueros, monopolios y llantas apiladas en llamas. Como si los periodistas en su momento hubiesen saboteado la conexión a internet para obligar al lector a pasar por el quiosco. 

Es justa y necesaria, sí, una legislación de iguales para los competidores.  Lo que ya no sé, es si hay razón en las peticiones a escala de los taxistas. Si la hubiera, desde luego, la pierden con las formas. Y es que estos taxistas, de tanto escucharlo, se han convertido en Jiménez Losantos, miles de Federicos al grito de “¡Muera la libertad!”. 

Aparecerán, al tiempo, mesiánicos, Iglesias y Abascales para desconectar los caballos de los Prius y tirar personalísimamente de ellos. Abanderar la marcha absolutista de los ‘gilets jaunes’ castizos, “¡Mueran los negros!” 

Gafas de poeta

Hoy es de esos días en los que haces por ser columnista. Que el artículo no te llueve, pero estás dispuesto a morder la jornada hasta arrancarle las palabras que aquí escribes. Porque sabes que cada día tiene su crónica.

Te vas, entonces, a la playa, a caminar deprisa; que sabes que el movimiento excita tus meninges y agita tus neuronas (pides perdón a los neurocientíficos), y las pone a doscientos. Nada: hoy no es el día. No hay tema. No estás… Pero te empeñas.

(…) [Pedro Simón te enseñó estas elipsis]

Te acuerdas de aquel ejercicio que os mandó el profesor de escritura creativa, Cronopio Argüez: “Poneos las gafas de poeta y a la vuelta del fin de semana me traéis poesía sacada de la cotidianeidad”. Tú, siempre a última hora, viste la lista de la compra que dejó tu madre sobre la mesa de la cocina, y que decía,

“Leche

Huevos

Pan”.

Y, pillo que eres, como Iago Aspas en el área chica, añadiste “Besos”. Entonces así quedaba el ejercicio poético de andar por casa:

“Leche

Huevos

Pan

Besos”.

Y rememoras al profesor porque te quitas las gafas de sol al atravesar la muralla de Cortadura, límite entre lo urbano y lo salvaje. Ya sin gafas y en territorio virgen, pisas un charco salado, y te viene a la mente, no sabes por qué, Jesús Nieto Jurado, -hijo de Umbral y la Cibeles-: que te pidió un papelito en tu próxima columna. Y cavilas cómo escribirá él sus artículos. Él, no sabes; pero tú, sí. Y aquí se enciende la chispa, ya tienes electricidad. Gracias, Jesús.

Tú: escribes los artículos mentalmente (piensas que todos lo hacen así). A veces te encuentran, a veces los buscas. Juegas con la metáfora: Es como cuando enciendes una vela en una tarta de cumpleaños, hay ocasiones en las que gastas tres mecheros y un paquete de cerillas para que prenda, y otras que a la primera ¡chas! Bien, una vez que llamea la primera vela, la tomas en tus manos, la volteas, y vas prendiendo una por una el resto. Las velas son las ideas, y el fuego es esa electricidad de la que hablaba.

Como los artículos sueles fraguarlos en movimiento, es común que te pillen lejos de casa, por lo que tienes que acelerar el paso para volver y lanzarte lo antes posible sobre el papel para reposar ahí las ideas supervivientes. Tú lo explicas como cuando tu primo pequeño juega en la orilla y te pide que le traigas arena seca, vas hasta ella y la tomas con las manos en forma de cuenco, es inevitable que mientras marchas aprisa hacia la orilla se te vaya escurriendo parte entre los dedos.

Sueltas, junto a tu primito, esa arena que te ha quedado, con premura y alivio. Es decir, te abalanzas sobre el folio, ni has cerrado la puerta de casa, y de manera cuasi automática, -como el pianista que toca de memoria-, tu mano baila con papel y boli al compás que le dicta tu mente, sin filtro. Otra vez la electricidad. Una vez te has vaciado de ideas te quedas aliviado y extenuado, respiras, como cuando eyaculas (perdón, pero no encontré metáfora más exacta). Te das una ducha. Y ya relajado abres el portátil y en un Word pones en orden el producto caótico de esa explosión de culebras de tinta azul. Un poquito de colonia, y voilá!

Le has robado un artículo al día.