fútbol

¿Rendición?

Atentos a la escena: Ayer por la tarde. Antesala de la consulta de la loquera (sanadora de melancolías, para lo cursis). Sentados a mi vera, con una silla de separación, una pareja de unos cuarentaitantos. Frente a nosotros una monja que acompaña a una señora mayor y de apariencia adinerada. Sor Fulana rompe el silencio, lanza un comentario que ninguno captamos, aunque todos sonreímos educadamente: lo mismo se podría estar ciscando en nuestras castas que preguntándonos la hora. Repite: “Digo, que el niño ha salido al abuelo”. Nos miramos mientras procesamos la frase. La novia o esposa responde confusa, “sí, el niño…”, y luego “no, no”. Salgo yo al quite: “Señora (hermana suena raro), no somos familia”. La monja, para arreglarlo: “Es que como él es tan alto y ustedes tan bajitos, pues pensaba yo que salía al abuelo”. Al rato, sin quererlo, me entero de que ellos estaban allí porque habían perdido a un hijo.

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Pero, yendo a lo serio: Van tres días seguidos que me cruzo por la orilla a David Barral, haciendo lo que nunca hace sobre el césped: correr. Quizás deba plantearse pasarse al fútbol-playa. Como futbolista se le recordará no por sus goles, sino por un tuit: el de la sandía.

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Anoche terminé la novela ‘Rendición’, de Ray Loriga. Notable. Se me ha quedado grabada la frase del protagonista sin nombre cuando llegan a la Ciudad Transparente: “donde no hay pudor, no hay rubor”, recuerda que le dijo su madre. Pienso en esta potente sentencia mientras imagino la mierda inodora bajando, mostrándose, por esas tuberías de cristal, o el sexo, también sin olor, a la vista de todos. Saco dos reflexiones del libro de Loriga.

Una es que el autor ignora en su distopía que muy pronto lo audiovisual será audiolfativovisual. Imagina un futuro inodoro, cuando ya hay prototipos de pantallas con olor: Piénsense viendo Gladiator oliendo la sangre, el sudor, el hierro quemado. O leyendo con una pinza en la nariz los tuits de Rufián.

La otra es que el protagonista, en realidad, no se rinde. Él resiste hasta que es posible. Como Cristiano Ronaldo en el Real Madrid, o como el Real Madrid con Cristiano Ronaldo: ¿La resistencia tiene que ser hasta la muerte? Y aquí dos máximas tópicas, pero ciertas: Más vale una retirada a tiempo y Adaptarse o morir.

Por cierto, que no me sorprende del libro que el autor no les haya puesto nombre al protagonista de la novela ni a su mujer; sino que yo no se los haya puesto. Ni siquiera rostro.

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Volviendo a Cristiano. Bellísima la portada de Marca hoy. Pero se dejan el gol más importante que ha marcado CR7 a su paso por el Madrid: el que metió con la camiseta del Granada. Testarazo que nos dio la victoria en Los Cármenes por uno a cero. Gracias, Cris.

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El martes en lo de Alsina. Entrevista al diputado de la CUP, Vidal Aragonés. El presentador de ‘Más de uno’ le pregunta que si Torra se bajó los pantalones en su reunión con Sánchez. El cupero responde que ellos no responden a cuestiones LGTBIfóbicas… Estos rufianes, además de al champú, tienen fobia a la inteligencia en cualquiera de sus manifestaciones.

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Me despierto cada mañana, desde el 7 de julio, a eso de las 7,40 sin necesidad de despertador; basta con dejar dos dedos de la persiana abierta. Digo que me levanto temprano, sin necesidad, y con la ilusión de un niño en Reyes, para ver los encierros de San Fermín. El culpable: Chapu Apaolaza, que me ha ‘emponzoñado’, aún más si cabe, con la relectura de su libro ‘7 de julio’: que, si no lo han leído ya, no sé qué c*** hacen con su vida.

Chapu, es hoy la punta de lanza del periodismo taurino. Portavoz de la Fundación Toro de Lidia y comentarista de San Isidro para Movistar. Para el desconcierto de los que estén prejuzgando a Apaolaza les diré, si no lo saben, que no es ningún monstruo. Por poneros un ejemplo, que rompa sus esquemas, ganó en 2017 el galardón de periodismo de Unicaja por un artículo precioso sobre las dos egregias travestis gaditanas, La Petróleo y La Salvaora. Aquí va un extracto: “Me sirvieron un DYC. Quería preguntarles por la lucha gay, la censura y toda la vaina y entonces la Petróleo abrió fuego: ‘Nosotras somos las artistas porque cantamos con nuestra voz, no como las demás’. Comprendí que se merecían una entrevista de estrellas y hablamos de la copla y del arte y de Concha Piquer. ¿Qué importaba el sexo o el travestismo de cada uno? Allí, con los rellenos de silicona encima de la mesa comprendí lo que era ser reportero. De alguna manera, esa noche nací como periodista. La Petróleo me hizo un hombre.”

(Perdonen que hable tanto de mí, pero es lo que tengo más a mano).

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Vivir como Mágico, escribir como Gistau

Si no se puede escribir como David Gistau, al menos uno intenta parecérsele. Para ello, es fundamental dejarse crecer la barba y la talega. Además, uno agrava su voz y afina su acento, y de manera automática al hablar colisiona una palabra con la otra, como un dominó, porque la mente le opera a una velocidad endemoniada. Y, si es necesario, se pone unos guantes de boxeo. 

De tanto leer a los buenos columnistas compulsivamente, no he aprendido a escribir como ellos, pero sí a vivir como ellos. Por consecuencia, he conocido que, para ser un prestigioso columnista, no hace falta escribir, sino vivir como tal. 

Hoy, sé que para ser columnista de éxito hay que cumplir con tres requisitos básicos: beber ordenadamente, vivir desordenadamente y escribir casi bien. Por ese orden, siendo el último prescindible. Por ejemplo: Un columnista serio no puede planificar más allá de la columna de mañana. El auténtico columnista ingenia sus mejores piezas en la resaca de un martes (las buenas columnas no las levanta el sacrificio, sino el vicio). El columnista fetén solo debe preocuparse por el dinero si no le llega para convidar a la siguiente cerveza o al próximo whisky: es entonces cuando este siente la necesidad de escribir (he aquí el motor de la columna).  

De ahí que, los maestros de la columna, como tiende a pensarse, no fueron ni González-Ruano, ni Umbral, ni siquiera Larra. El paradigma de gran columnista fue Mágico González: que no escribió ni una sola línea pero, con su ejemplo, sentó las bases de la ortodoxia vital de la canalla columnística. Así Jabois, por ejemplo, cuando quiere empaparse de estilo no bucea en las antologías de Camba, sino que se pone a ver en Youtube compilaciones de jugadas del ‘mago’, no con el Cádiz, sino en la noche de Cádiz.   

Yo, lo dicho: quiero ser Gistau. Para ello no pienso dejarme las retinas leyendo ni irme a cubrir una guerra, pudiendo quedarme en el sofá repanchingado viendo un partido del Mundial, atusándome la creciente barba, fumándome un Ducados tras otro, alternando con buches de cerveza. Mañana presumiré de talega en la playa y de columna en mi blog. 

El oro de Moscú

La esperanza de vida media de los españoles está cifrada en 83 años. Lo cual se traduce en vivir 20 mundiales: que según se mire, pueden ser demasiados o poquísimos. Mis abuelos cumplieron, año arriba o abajo, con la media: y jamás vieron a la Selección Española ganar la Copa del Mundo. Tengo primos que con cinco años ya habían ‘ganado’ un Mundial y dos Eurocopas.

Yo, con el de Rusia, llevo seis mundiales. El de Estados Unidos, obviamente, no lo cuento porque con el biberón en la mano y el chupete en la boca no estaba para protestar por el codazo de Tassoti a Luis Enrique (que luego con los años comprendí que bien merecido se lo tenía).

Mis primeros recuerdos de un campeonato del Mundo, el de Francia ’98, son muy difusos. Con seis años que tenía entonces, solo me viene a la memoria una cantada de Zubizarreta ante Nigeria, creo. Clemente siempre cabreado. Subir corriendo de jugar en la placita para ver a España vestida de blanco contra Australia. Recuerdo mejor, quizás por mi primer Fifa o por los cromos, la gran selección francesa: Barthez, Deschamps, Blanc, Desailly, Vieira, Zidane, Karembeu, Trezeguet, Henry, Dugarry…

De Corea y Japón, 2002, de quien mejor me acuerdo es de la madre del árbitro Al-Ghandour. Madrugar un sábado para con la ilusión del niño que yo era ver a España meterse en semifinales. Joaquín en la prórroga que centra desde la banda derecha y el Moro que remata de cabeza. Y después lo que vino… Y el flequillo y los goles de Ronaldo cuando aún no era gordo ni cristiano.

En la fase de grupos del de Alemania, 2006, nuestra Selección sentó las bases sobre las que luego, a los cuatro años, construiría una victoria épica y ética. Fue el Mundial de hacernos con un TDT para seguir por La Sexta la narración del genial Andrés Montes con sus “Tiburón Pujol” y sus “Suit Iniesta”. Fue también el de la prepotencia de Marca y de un país que quiso jubilar a Zidane antes de hora. El bueno de Zizou se jubilaría a sí mismo como debe hacerlo todo gran jugador: en una final y cabeceando el pecho de un contrario, como un muflón, derribándolo.

El de 2010 en Suráfrica fue Nuestro Verano. Empezó con el Waka Waka de Piqué ante Suiza, hasta que Villa, investido del espíritu del 7 de España, acalló las bubucelas a base de golazos. Casillas que para guay. Un cabezazo de Pujol que, de haber existido aún, rompería el muro de Berlín. Y, finalmente, el pie y el beso del santo, y el 114 en el que Iniesta tal y como cuenta en el libro de De la Morena: “…y, ¡mira por donde!, Cesc que me la pone perfecta y ¡pam!, para dentro.” Y la celebración, en la que el de Fuente Albilla se ganó la amarilla más amortizada del mundo, por su amigo Dani Jarque.

Luego, Brasil, y la venganza que se tomó Holanda en forma de goleada: especialmente doloroso el cabezazo acrobático de Van Persie. Nefasto Mundial para nuestros intereses, con la selección de Chile marcándonos un gol ya desde los himnos. Poco más: la goleada que le infligió Alemania a los anfitriones en semifinales. Los partidos entre la selva y la playa.

Y, en este que mañana empieza en Rusia, esperábamos traernos, por fin, de vuelta, el oro de Moscú, no llevarles el Hierro de Vélez-Málaga. En fin.

Madridismos

En una clase de Sociología, en segundo de carrera, nos contó don Ubaldo, un hombre que se viste por los pies, que llevaba tiempo estudiando sociológicamente el madridismo en Granada y su periferia: desde que se despertó su interés al ver un partido del Madrid en un bar de Armilla rodeado de culés. Llegó a la conclusión de que Granada capital era blanca “de la hostia”, pero conforme se alejaban los círculos concéntricos (siendo el eje central la Catedral), se volvía azulgrana. Hoy, todo está más difuso con esto de la conurbación, el metro y el independentismo: El cinturón rojo, con Maracena (“la Rusia chica”) y los zubiéticos a la cabeza, ha ido perdiendo sus colores; así como el núcleo de la capital, en cuyo subsuelo descansan el yugo de Isabel y las flechas de Fernando, ya no es tan del color del culo de Franco.

Sin salir de la ciudad nazarí, no puedo hablar del Madrid y pasar por alto a quien reconoce que su madridismo se le ha ido de las manos, Jesús Abril Vela; que estaba predestinado a ser jefe de prensa del Real y, por la vida que es muy puta y el periodismo que es su hijo, ha acabado preparando, como media España, unas oposiciones. Jesús es un auténtico ratonero de entradas de Champions: El día antes del partido lo dedica a pulsar F5 en la web del Madrid hasta que un socio libera su asiento y él lo caza. La jornada de Champions, se monta en su autobús de buena mañana y se tira seis horas hasta llegar a Madrid –no niega cierta emoción al pasar por Casa Pepe-. Tras el partido vuelve, a medianoche, a Granada. En el camino del Bernabéu al bus, le echa siempre una monedilla al dios Neptuno como si de un mendigo se tratase, y se enjuaga la cara con el agua bendita de la diosa Cibeles.

Y, es que, siempre he sostenido que el madridismo más puro es el que baja desde Ciudad Real a Motril: Allí viven agazapados entre sus olivares los más fervientes merengones. Recuerdo, de la primera vez que fui al Bernabéu en Champions (derrota vs Lyon), lamernos las heridas en el Txistu, entre cava con sorbete y tejas, con otro grupo de excursionistas que venían de los montes bastetanos. Mi padre, emocionado, soltó: “¡Si es que allí es donde está el buen madridismo, coño!”

La última vez que fui a ver al Madrid en Champions fue muy distinta: acabé rescatando de madrugada a mi amigo J. de un puti en una bocacalle de la Gran Vía. J., como muchos, es un madridista advenedizo: culé de toda la vida, hizo un Carlos Herrera, ya que su nacionalcatolicismo subyacente no le permitía seguir apoyando a un club rompepatrias. Fuimos, vs Bayern, a un palco del Bernabéu, cortesía de El Español, y como catetos de pueblo deslumbrados estuvimos más pendientes de los canapés y de las azafatas que del fútbol. Había barra libre y la cosa acabó como tenía que acabar.

CORRER

Cuando salgo a correr, escribo. Estos artículos o reflexiones que periódicamente publico los escribo mentalmente mientras corro por la playa, luego solo me queda dejar que mis dedos bailen sobre el teclado del portátil de manera automática, como el pianista que toca por enésima vez la pieza.

Desconozco científicamente por qué mecanismo mi mente se pone a funcionar con claridad y alto rendimiento cuando corro: las ideas explotan como fuegos artificiales. Supongo que el movimiento agita las neuronas y las conecta con resultado de hiperactividad creativa.

Además, correr es para mí el ansiolítico más efectivo cuando la ansiedad se dispara. Con el sufrimiento físico, la exigencia mental y el posterior agotamiento, además de tapar la ansiedad (como cuando te duele la cabeza y te pegas un pellizco para desenfocar el dolor), libero buena parte de ese veneno negro que me carcome.

Junto con la lectura, el hábito de correr se ha convertido en uno de los pilares de mi frágil estabilidad. En estas dos disciplinas (lectura y running) el sufrimiento es preciso para llegar al placer: la imposición y la constancia son los escalones para traspasar la muralla del hábito. Luego todo es más fácil.

Pero como toda rutina, la motivación es fundamental para sostenerla. Aunque correr y leer llevan el placer implícito de la adicción (la liberación de endorfinas y el goce intelectual), hay días que esta no basta y el estímulo hay que buscarlo fuera. Para correr, me ayuda mucho la música (Martínez Ares y Juan Carlos Aragón siempre están en mis auriculares). También hay que aprovechar los impulsos motivacionales (chutes estimulantes que se generan tras ver una etapa del Tour o un partido del Granada, por ejemplo) para, sea la hora que sea, ponerse los tenis y salir. Las camisetas que me pongo, por tonto que parezca, las elijo a conciencia para sentirme más motivado: la de la Legión, la rojiblanca horizontal del ascenso.

‘HIMNOTIZADOS’

Cuando hay Mundial de fútbol lo que más me gusta es la ceremonia de los himnos. Si el horario no se corresponde con el europeo, me puedo levantar a a las 4 de la mañana para escuchar el himno de Togo y el de Dinamarca. Me fijo en los jugadores formando en línea; emocionados, con la cabeza alta, la mano en el pecho henchido y la garganta hinchada del canto. En el pasado mundial de Brasil, yo le hubiera dado la Garganta de Oro a los jugadores y afición chilena cantando a capela su precioso himno, y a Gigi Buffon desgañitándose por “Italiaaaa, Italiaaa”.

Más allá de lo deportivo, el himno, como la bandera, es un símbolo de la patria. Pero si detrás de la acción simbólica de patriotismo no hay sustancia, contenido o idea, ese ejercicio de canto se queda en mero patrioterismo. Es decir, el amor a la patria puede ser solo factual sin necesidad de símbolos. En cambio, no se es patriota solamente por exaltar la simbología. Digamos que los símbolos son un añadido del que enseña la patria por la ventana, pero no por ello la hace.

Los auténticos himnos son populares. Nadie los impone. El pueblo, de manera natural, los hace suyos y comulga con ellos. El Cádiz Club de Fútbol, por ejemplo, tiene dos himnos oficiales, pero el que la afición canta es el oficioso: que se trata de un pasodoble de una chirigota, ‘Me han dicho que el amarillo’. Y es que, es fundamental para que un himno cale, que se componga sin intención de hacerse himno.

Hay himnos bellísimos, como La Marsellesa, y los hay horrendos, como el de Corea del Norte. Pero la calidad de la composición no es relevante cuando la comunidad se siente representada por esta. Un caso curioso es el de El Arrebato, un artirsta del montón, pero que un momento de lucidez compuso el himno de los himnos del fútbol español. ¿Quién no ha llevado en su mp3 “Dicen las lenguas antiguas”? ¡Hasta los béticos! Esta composición más flamenquita que marcial ha destapado un inédito género himnario.

En España no hay consenso respecto al himno nacional. Unos lo tachan de franquista, como todo lo que no imponen ellos. Otros quieren acoplarle letra por sus patrios cojones: como si de ponerle el cascabel al gato o sacar la puta espada de Excálibur se tratase. Ya son muchos los aspirantes fracasados; la última, Marta Sánchez y su cursilada de salita de té de Serrano.

 

 

 

 

 

Machísmo

El Granada es un equipo machísta (que no machista). O sea, no se confundan, que su machísmo no es una “actitud de prepotencia de los varones frente a las mujeres” (RAE), nada más lejos; sino una dependencia de Darwin Machís.

Sí, el Granada a día de hoy sufre (o goza, según se mire) de machísdependencia, aceptémoslo. Y es que, sin el jugador venezolano en el césped el equipo apenas genera peligro ofensivo. En los tres partidos ligueros que no ha disputado Machís (el último frente al Reus el pasado sábado), se ha demostrado que el Granada de Oltra -sin él- es como un buen cuchillo sin afilar; con un mango firme, elegante y bien tallado, y una hoja fabricada con un metal de calidad, pero que ni corta, ni pincha: solo sirve para untar mantequilla o sobrasada. Acuérdense por ejemplo del partido contra el Sevilla Atlético en casa: tampoco estuvo presente el extremo venezolano.

El jugador suramericano ha participado en las ocho victorias del Granada. En los tres partidos que no ha disputado, por sanción o lesión, el equipo ha empatado en dos ocasiones y perdido en una. Además, siempre que este ha marcado, el Granada ha obtenido los tres puntos: Córdoba (2 goles), Hoya Lorca (3), Huesca (1) y Almería (1).

Cuando Machís está en el campo, el equipo le busca continuamente para que sea él quien desborde por la banda izquierda y genere la ocasión de gol. Cada vez que el ‘once’ tiene el balón se intuye el peligro para el rival. Y hace bien el contrario en alarmarse cuando el extremo conduce la bola en sus pies: Machís es el segundo máximo goleador del equipo (7), y solo le supera Joselu, que lleva ocho tantos en su haber. Además, ha dado hasta la fecha cinco asistencias de gol, el que más del Granada y el cuarto de la Liga 1|2|3 (lo cual invalida las acusaciones de individualista o chupón: y es que como todo crack que se precie, gusta de hacer alguna filigrana innecesaria).

El extremo zurdo hace mejor al equipo. El rendimiento ofensivo del Granada no solo mejora por Machís, sino que lo hace con Machís: es decir, que este con su sola presencia en el campo aumenta la efectividad del rendimiento en ataque de sus compañeros: probablemente más confiados y atrevidos. Especialmente Joselu funciona de maravilla cuando el tucupiteño está en el once.

Pero, al igual que el otro extremo, Pedro Sánchez (seis goles y tres asistencias), Darwin Machís (que ha marcado sus ocho goles en Los Cármenes) muestra un rendimiento muy desigual en casa y fuera. En muchos de los encuentros como visitantes se ha visto mermada notablemente la capacidad de ambos jugadores: esto en buena medida ha sido el motivo por el que el equipo solo ha obtenido dos victorias fuera (Alcorcón y Soria).

Pese a este último apunte, no cabe duda de que Machís es la única pieza irreemplazable en el puzle de Oltra. No nos queda otra, a los granadinistas, que ser machístas.

 

 

 

Con cariño y malafollá

No elegí mi nombre, tampoco mi equipo; otros decidieron por mí: y digo yo que al menos podrían haber tenido la deferencia de consultarme. Mi abuelo se llamaba Manolo, mi padre se llama Manolo y yo me llamo Manolo; mi abuelo era del Granada, mi padre es del Granada… y a mí no me quedó otra. No era quién para romper la cadena familiar. Tampoco mi hijo la romperá, aunque estoy pensando seriamente en ponerle un nombre moderno: Jonatán de Messi o Cristiano Ronaldo de Jesús, o algo por el estilo.

El mayor hito granadinista familiar lo fechó mi abuelo, concretamente el 21 de junio de 1959, cuando presenció en las gradas del Bernabéu la final de la Copa del Generalísimo, cara al sol y con la camisa nueva, entre el Granada Club de Fútbol y el Fútbol Club Barcelona. Fue un día histórico para el Granada: perdimos cuatro a uno.

El otro gran hito del granadinismo familiar lo viví yo, bueno, mi bufanda (que tiene su historia que luego contaré). El caso es que mi bufanda estuvo presente en el Estadio Martínez Valero de Elche cuando ascendimos a Primera, en 2011, treintaicinco años después. (¡Oh, Ighalo!) No pude conseguir una entrada, así que a las siete de la mañana del día del partido me colé en la fila de autobuses que partían desde Los Cármenes hasta Elche, y allí, sutilmente, tras saludar a mi amigo Jesús, un afortunado con entrada, le abrí un poco la cremallera de la mochila y se la introduje, la bufanda. Al rato, con Jesús en el bus, le mandé un sms letal que decía: “Mi bufanda va en los bajos del autobús dentro de tu mochila: no la toques hasta llegar a Elche. Que entre en el estadio y que ascienda. ¿Entendido?”. No le quedó otra, sabía con quién jugaba: estaba ante el clan familiar de los Manolos.

Hoy, miro mi bufanda, con un bonito grabado que representa una cenefa nazarí, colgada en la pared de mi cuarto y me subo a la cama y acerco mi nariz hasta que aspiro su olor, aún huele a ascenso y a palmera. Y un poco a mierdecilla acumulada, pero es que no quiero lavarla, no vaya a ser que pierda sus atributos totémicos.

Mi padre tuvo la fortuna de coincidirle la infancia consciente, cuando más intensamente se vive el fútbol y todo, con el Gran Granada, el de las ocho temporadas seguidas en Primera, el que quedó dos veces sexto en la clasificación, el que tuvo un pichichi llamado Porta, mañico, el de los oriundos en la defensa de hierro: Aguirre Suárez (que yo siempre pensé que eran dos), Montero Castillo y Fernández. ¡Échense a temblar! Estos oriundos eran suramericanos a los que por su supuesta ascendencia española les estaba permitido jugar la Liga. Llegaban a la madre patria con ganas de partir más de un tobillo y alguna ceja de españolito tibio o de estrellita europea. Que se lo pregunten a Amancio.

Por aquel entonces, en la niñez de mi padre, el Granada jugaba aún en el (antiguo) campo de Los Cármenes, hoy día una gran plaza rodeada de modernos edificios. Este estadio, tenía de mítico su colindancia con la cárcel: cuentan que los presos trepaban las rejas del patio para ver los goles de Porta y las paradas de Ñito. Aunque sospecho que esta historia está aderezada por mi padre. En fin, un estadio de hombres: en pie, con chaqueta gris, con cigarro y con sombrero. El sueño de mi padre con el Granada se rompió en el año ’76 con el “mítico”, el “gran” Miguel Muñoz, ex del Real Madrid y de la Selección, en el banquillo: nos fuimos a Segunda, y ya no volvimos a la élite hasta 2011.

Hasta aquí los vagos recuerdos prestados por Manolo y por Manolo; ahora déjenme que tire de memoria propia, la de Manolo, para narrarles mi relación sentimental con el Granada.

(más…)

Los catetos y el Madriz

Nos llaman catetos. Quiénes, esos de Capitales. Nos llaman catetos por ser del Real Madrid (o del Barsa) siendo de provincias/provincias. Ese palangana, ese verderón, ese ché, ese indio, ese culé, ese merengue, o ese león, que te suelta: “¿y tú no eres ‘caditano’? pues tú del Cádiz; el Madriz para los de Madriz, etc.”.

Amigo, pongamos que como yo, tú has nacido en los 90s (o en los 80s), y el equipo de tu ciudad, llamémosle Betis, ha estado durante toda tu corta vida en Primera (salvo excepciones muy excepcionales), en Europa y en final de Copa. Amigo, tú no has tenido la necesidad de hacerte de un Equipo, de adoptarlo, porque tu Equipo estaba allí, siempre, compitiendo con, enfrentándose a. 

Yo no, amigo, yo soy -por ejemplo- del Granada (aunque perfectamente podría ser del Recre, que para el caso vale igual). Te contaré que yo me hice del Granada en el 97 (creo), con 6 años, cuando retransmitieron por Canal Sur 2 Andalucía un partido del Granada en 2ºB, y mi padre, maniqueísta, me dijo que los buenos eran los que iban de rojiblanco: así, como en las pelis de indios y vaqueros. A los meses fui con él a Los Cármenes (al nuevo) y me compró una bufanda con una bella cenefa nazarí (que a día de hoy cuelga de la pared de mi cuarto, y la deschincheto cada vez que hay partido) y ahí empezó mi pasión turca por esos colores rojiblancos en horizontal, que tanto me ponen a día de hoy. Quizás es lo poco, lo único, o lo más acentuado que conservo de mi origen granadino. Bendito legado boabdileño.

Pero faltaría a la verdad si dijese que me sentía completo siguiendo a mi Granada por segundabé (y por tercera); como futbolero (y futuro futbolista que no sería), yo me interesaba por la Liga y me apasionaba por Europa; y ni en la una ni en la otra estaba mi pequeño e íntimo equipo. Yo no soy equidistante, no soy árbitro, no soy objetivo; soy sujeto, y por tanto subjetivo (como todos, aunque la hipocresía o cobardía de algunos pretenda taparlo). Necesitaba, por consecuencia, tomar partido (¡no me sale ser neutral ni en un Mataró-Granollers!), formar parte de, tener un Equipo en: y elegí el Real Madrid: ¿por qué? Por herencia, seguramente (mi abuelo, al igual que mi padre, era blanco y rojiblanco: él tuvo la fortuna de presenciar en el campo nuestro mayor hito, la final de Copa del Generalísimo entre Granada y Barcelona en el Bernabéu en el 59).

Cada semana yo veía a los vaqueros blancos en Canal Plus (¡oh, esa música y esa dupla Martínez-Robinson!), en La 1, o en Canal Sur. Tuve la fortuna, siendo niño, de ir tres veces al Bernabéu. Me entró el Madriz, ganamos la Séptima, me afilié al sindicato blanco, me hice devoto raulista (con estampitas y todo: como si se tratase del Gran Poder), me regalaron la equipación Teka, dibujaba el escudo y pintaba las alineaciones en clase: Casillas, Roberto Carlos, Hierro… Pero por supuesto, mi equipo seguía ahí y no me olvidaba que yo ante todo era y soy granadinista. Pero mientras esperaba, y el mío vagaba por campos de tierra en tercera y césped sintético en segundabé, pues tenía un Equipo. 

Llegas a considerar las divisiones como divisiones reales, es decir, que un equipo está de verdad separado del otro, que juegan a otra cosa, contra otros rivales, que jamás puede haber una conexión, un encuentro entre ellos; una autovía que jamás se cruzará con la comarcal: como si uno jugase al futbito y el otro al fútbol. Estaba el Granada, su liga y liguilla / y estaba el Madriz, su Liga y sus Copas. No existe competencia; sí existe una complementariedad o una suplencia: “Madrí, caliéntame el banco de Primera mientras llega mi Granada, que tardará un rato”.

Llegó.

Solo hay una ocasión que quiero que pierda el Real Madrid, y es cuando juega contra el Granada (por cierto, el único momento que comparto con un culé).

Pero está Europa. Y el Granada no ha viajado por Europa (no ha hecho su Erasmus: es virgen continentalmente).  Y al no estar el Granada en Europa –ni un viaje iniciático al Algarve si quiera- pues Europa para mí, es terreno Blanco. Es decir, yo en Europa soy del Madriz, porque el Madriz es España y viceversa, con sus luces y sus sombras.  

Con todo lo anterior, no vengo a justificar nada, solo quiero decir que en dos semanas estando el Granada ya en Segunda (salvo milagro de Fray Leopoldo, porque Tony Adams está más por dar clases de zumba…), y el Madriz jugándosela (la Liga) en nuestra casa, quiero que ganen los míos pese a que ya no se jueguen ni el orgullo. Porque ya lo he dicho, en Europa es el Madriz, pero el Granada ya está aquí.