humor

LA ENCUESTA INFALIBLE (LAS CROQUETAS DE MI ABUELA)

No sorprendo a nadie si digo que me fío mucho más, en lo que a encuestas electorales se refiere, de mi madre o de mi abuela que de ‘Joao’ Félix Tezanos ‒o de cualquier mentirólogo de estos‒. Solo daría la máxima confianza a JFT en ‘las cosas del comer’, ya que he oído que es un magnífico cocinero, y eso que mi abuela ‒como todas las vuestras‒ hace las mejores croquetas del mundo. Pedro Sánchez no tiene abuela, pero tiene a Tezanos.

Como todo español soy un experto forzoso en el asunto de las urnas. Los meses pares voy a cortarme el pelo y los impares acudo a votar. Decía un estudio que siete de cada diez parejas en España se conocían en colegios electorales, y no me extraña: las monjas de clausura están saliendo más que Pipi Estrada; pronto habrá que llamarlas ‘de apertura’: de Amnesia y de Pachá. Los abuelos asilados también sufren las consecuencias del exceso democrático, no se ha visto tanta silla de rueda ni en un catálogo de Echeniques: hasta los nietos de Franco han sacado al yayo a pasear.

Pero yo venía a hablar de mi abuela. Barómetro infalible. Ella siempre había votado al PP hasta que se presentó Cs a las elecciones de 2015, y entonces le convencimos ‒mi madre y yo‒ para que dejara de echarle Puleva ‘Peques 3’ a las croquetas (sabían demasiado dulces). También le persuadimos de que votara a Rivera. Y así lo ha hecho hasta las inminentes elecciones, cuando sacó el dedo índice a pasear y dijo: “Y una leche pal’ Naranjito”. Se acogió a lo del voto útil y además ha vuelto a echarle la leche sobrante de mi primito a sus croquetas.

Pero este mediodía, pasado El Debate ‒menos mal que no lo vio‒, mi abuela me pidió que le subiera las cartas del buzón, que llevaba dos semanas sin vaciar. Le iba pasando uno a uno los sobres diciéndole de qué eran. Me hizo tirar a la basura las papeletas del PSOE, VOX y Podemos, además de dos multas del Ayuntamiento. Se quedó en la mano la carta electoral del PP, la de Cs y la propaganda del Lidl… “Toma, anda”, me decía justo después dándome el sobre del Partido Popular y haciéndome sentir un poco como un tal M. Rajoy.

Se ha pasado la tarde en el sillón leyendo una y otra vez la carta de Cs y el folleto del Lidl. Si todo va sobre ruedas, el domingo volverá a dar su voto de confianza al partido de Arrimadas. Aunque con las buenas ofertas que presenta el supermercado alemán ‒“mejor precio y calidad”‒ lo mismo mete el folleto amarillo en la urna.

Paca Salas: el coño de España

Lo de Paca Salas está escrito con el coño de Los Javis, esos Costus de Netflix y Madrid Central. Es, por tanto, la de Paca una obra cipotuda pero hecha desde la vagina, cipotudismo vaginal. Mejor que cañí, sería más exacto hablar de coñí, de la Españita coñí, al referirnos al mostrador de casquería de la cosa que es la serie de PS. Un BOE con prosa de puticlub, una columna de Umbral: quien allí no está, no existe. Nos sumerge en un submundo de ginebra nacional en vaso tubo, copla, pillería, casticismo de molleja, Seat Panda y Guardia Civil. Paca Salas es una metaserie de Larios y torreznos. Un pelotazo de ese talento de unicoño con cuerno de toro y arcoíris que son Los Javis. Que se mueven entre Almodóvar y Mario Vaquerizo. Entre Lorca y Torito.

El personaje, Francisca Salas, Paca, es un combinado de José Luis Torrente y un maricón de Cádiz (como La Salvaora o La Petróleo: que nos hizo, ay, de Chapuli un hombre). Tiene también algo de Nieto Jurado con peluquín de Teófila Martínez y mostachones de Archidona.

Aunque esté plagada de frases rotundas, como una novelita de Jabois, tiene Paca una sentencia que bien resume el espíritu de este bestiario patrio: “De aquí no se mueve nadie. Mi madre está muerta y el coño de Belinda Washington en Sálvame.”

Tenemos que hablar

Creo que fue en el verano de lo de Iniesta. Mi amigo R. conoció a su novia P. en una barbacoa playera, de buena madrugada y con algo de sangre en el alcohol. La casualidad de que se encontrasen en tal estado y a esas horas propició que se cocinaran una imagen falsa del otro. Así, iniciaron a salir juntos y todas las noches. Durante ese agosto se emplearon en una suerte de escalada alcohólica, de carrera espacial por ver quién de los dos llegaba antes al coma etílico o al reino de la tarima. Todo por querer complacerse sin conocerse. Hasta que una tarde P. se plantó y, pese a creer que perdería a R., le dijo que ella “en verdad” no era “así”. Mi amigo, que tampoco era “así”, ya digo que lo celebró más que lo que nos vino de Sudáfrica. Me cuentan que desde entonces son felices dándose a la bicicleta de paseo y al cine. 

He rescatado esta historia de final sobrio, como un bombero de recuerdos, porque recientemente me vi en medio de otra similar. Ocurre que tengo un par de amigos, Casimiro Griego y Pepe Cabalga, que entre ellos solo se conocían por lo que yo le había contado al uno del otro y al otro del uno. No sé bien cómo los dibujé, que ambos pensaban que el otro era un borracho. Así, la cena en que se conocieron estaba yo sentado entre los dos, que, tímidos, apenas se dirigían la palabra. A esa hora que llaman la de las copas se dieron a una maratón alcohólica: que si la quinta del Buitre, la de Paco Gento, la de Mijatovic… Cuando ya buscaban la décima con más ansia que Tomás Guasch tuve que frenarlos: 

-¿Pero tú no tenías que coger el coche?- le pregunté a Casimiro. 

-Y tú, Pepe, ¿no aborrecías la ginebra? 

Así era. De ser por ellos, heladito y para casa. Todo fue por agradar al otro.  

Tanganilla en lo de Picalagartos

Se va uno un par de días y vaya lo que se encuentra… Nieto Jurado tirándose de los pelos con el inglés. Figuradamente, claro, porque los dos son pelados y cada uno a su manera. Nieto, como es, se resigna a su alopecia e incluso se adelanta a ella con un rapado a lo Iván de la Peña. Rhodes, pudoroso de su calva, la esconde con lianas de pelillo de huevo que le dan un aire de eterno recién despertado de la siesta.

El caso es que JNJ, un follonero de tasca, le tiró el recadito al dizque pianista; que, desconocedor de las astracanadas del personaje entró al trapo de nuestro torerillo de barra. A Nieto nos lo hicieron, ay, TT los mismos z@ngolotinos que, cual concurso de haikus, le dieron “jarabe democrático”. Estas bellas almas rodhesianas, empoderadas de Bien, dejaron sus mejores deseos en el murete castizo de nuestro hombre en Argüelles, desconocedoras de que le estaban fabricando la tarde a un Nieto Jurado que salió a todas y de todas como un todocampista de época, haciendo inventario de sus seis vidas pasadas como el pirata cojo, por revoleras (hasta tiró alguna caña el muy cuco, chulapón de Tinder).

Y, es que, estaban destinados a encontrarse estos dos duelistas goyescos; que en la piel de toro todo queda en un patinillo de vecinos. La pelotera era inevitable y, Nieto, ya digo, la adelantó como su calvicie, como una criatura de cesárea.

Entenderán que entre un cínico y un moralista uno siempre se ponga del lado del primero. Ya digo que Rhodes (Jaimito en adelante) es un prescriptor de moral, un tío de la tiza que va marcando en el suelo la separación entre el Bien y el Mal, entre su Bien y su Mal mejor dicho. De la rayita hacia acá, todo amor, frases de Míster Wonderful, carmenas y casas de los javis; tras la línea, odio de brigadista internacional, de miliciano en Paracuellos, de menopausia de Almudena Grandes. Por cambio, JNJ directamente y como buen escéptico repudia esta disyuntiva; él, como un invitado de El Hormiguero, ha venido aquí a disfrutar, y si algo sabe de buenos y malos es que los que se dicen buenos jamás lo son.

Mientras Jaimito es un organillero de parroquia pequeña, un Merimée con Netflix que no concibe ni transige con una España más allá de sus cuatro tópicos de cuadernillo de Irving, un cándido infectado por la candidiasis progre propagada por el neorromanticismo hispanófobo de los Minder, Carlin y demás follaburras; un monaguillo mediático, un juguete del mester de progresía, un eterno alumno de Educación Física, un ciclotímico que viene a vendernos sus lágrimas embotelladas en frasquito de Chopin número cinco;

Nieto Jurado es un jugón con faca de Albacete, un charneguillo de sí mismo, un poetilla de vinazo derramado, una entelequia de España y hueso, un ratón de área, un pillo de ultramarinos, un chicuco de umbrales; es uno, trino y veintisiete, un comunero del Pimpi Florida, saltimbanqui de plazuela, un Pedro Luis de Gálvez con suscripción a deber en HBO.

Entenderán que, de tal colisión, de esta riña de gatos, solo pudiera salir un Chernobyl castizo. Fue bonito.

No irse a Madrid

A Jabois le dieron tanta carga que, después de publicar la columnata ‘Irse a Madrid’, acabó yéndose a la capital. Más que nada para que le dejaran tranquilo. Una vez en Madrid, se dedicó, libre de agentes de viaje, a hacer lo que le gusta: periodismo local pontevedrés; sin que nadie lo mandase de vuelta a las Rías Baixas. 

Siempre creí que lo que decía Jabois, “a veces pienso que en Madrid no deben tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, era una hipérbole. Ahora entiendo que se quedó corto. Me explico. 

Hará unos siete u ocho meses que envié un artículo mío a un grupo familiar. Y, una de mis tías respondió que cómo escribes, que deberías irte a Madrid. Y mi padre, oportunista, que claro, que es lo que yo siempre le he dicho. Hasta algún primo menor de edad me dio pasaporte para la capital. Entiendo que la columna era mala, pero tanto como para querer perderme de vista… Obviamente, me fui del grupo; con el pretexto de que marchaba a Madrid. 

A Jabois, en su columna, un camarero lo larga a la capital: “O que tes que facer é marchar para Madrid”. A mí me señaló la estación del Alvia un vecino, tras glosarle mi abuela mis virtudes como columnista, mientras me zarandeaba del brazo: 

—Este escribe. 

—Po quillo, lo que tiene que hasé e irte a Madrí — replicó el del 3ºB, como si fuera un primo gadita del camarero gallego. 

(…) 

Estuve un tiempo sin escribir nada, porque yo no quiero dejar Cádiz. Incluso hice un cursillo de mariscador, ya que entiendo que en Madrid no necesitan de eso. Hasta que hace poco rompí mi silencio y volví a darme a la escritura. Pero me salieron textos tan malos que cierto columnista de la capital se vino arriba y me pidió el número de móvil. Desde entonces, casi a diario, me manda mensajes de Whatsapp con enlaces a buhardillas y pensiones de mala muerte en donde ustedes se imaginan. “Hay que venirse a Madrid, amigo” me repite. 

No sé qué pasa en la ciudad del chotis: quizás las columnas se escriben solas o los teclados tienen más letras o las musas están más baratas. Parece que allende la Villa y Corte no llegara el WiFi, y las columnas las tuviésemos que enviar en un sobre por burro-taxi. Imagino hoy mismo a cientos de burritos, subiendo La Castellana, con grandes columnas de provincias pidiendo la dimisión de Rajoy. 

Esta mañana estaba bloqueado y no sabía sobre qué escribir, y le pregunté a este amigo columnista sobre qué escribir, y él me contestó con una palabra: “Madrid”. Entiendo que si me fuera para allá me pediría que escribiera sobre el Kichi y los cangrejos moros. 

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.

8M: Pasacalles taurino

La quedada del machihembrado, que diría Umbral, era en hora taurina (18h), y el ‘meeting point‘ donde la antigua plaza de toros de Cádiz, cuyos paredones de sangre roja fueron demolidos en el ’76 por los estigmas que dejaron los fusiles franquistas. Desde entonces no ha visto Cádiz más torero que el de la chirigota, hasta que esta tarde hizo el paseíllo morado José Luis Ábalos, hijo del novillero ‘Carbonerito‘ antes que ministro en funciones. 

Marchaba Ábalos, con hechuras de banderillero gordo, casi a la cola de toro de esta suerte de pasacalles de chirigota larga con ribetes morados como de penitencia cuaresmal y santa y puta inquisición. Se dejaba ver Carbonerito jr, el pecho palomo, la chaqueta de tenor y el llavero del Cortijo asomando por el bolsillo del pantalón. Flanqueado por su cuadrilla en la que figuraba el alcaldable panzasanchista Fran González y el susánida Juan Cornejo. La estampa invitaba a que sonara Suspiros de España y a rematar la faena en Casa Manteca apurando un Tío Pepe y un papelón de chicharrones de Chiclana. 

Pero la realidad era bien distinta y disonante: al paseíllo sociata lo acompañaban las voces agudas del gineceo hormonal con el popurrí acostumbrado: que si “mi coño”, que si “el patriarcado”, que si “el capital criminal”, etc. Si Heliodoro Ábalos, paz descanse, levantara la cabeza. 

En fin, que había manifa más allá del fomentador, y ésta al girar el coso taurino y enfilar la Avenida comenzó a estirarse y formarse en abanicos, como un pelotón ciclista en persecución: por el ritmo de batucada con apretón o de procesión con cielo negro pareciera que encabezaran el grupo los Sky de Thomas y Froome. No me sorprendió ver por allí, entre banderas guerrepublicanas, juventudes comunistas (sumo oxímoron), pezoneras y ombligos morados al sobrio concejal de Ciudadanos, JMPD, como una más haciendo el lila: pintaditos los cachetes con el símbolo de la mujer. Y digo que no me chocó porque en tiempo de elecciones… 

Pero como uno es cronista de los márgenes, como un Jesús Quintero sin teatro, fui a pescar en el caladero último, a ese fin de fiesta que los Locales tienen que ir azuzando con varas como pastores a mulillas. Y, ¡oh!, bendito regalo de la simbología: tras una cutrepancarta de ‘Podemos Cádiz’, quince, literalmente quince, viejos rockeros comunistas, una concejala kichista con megafonía y un Histórico profesor de la UCA que unta la manteca en pan en clave marxista. Olor a vinazo reseco al sol y a naftaleno. “Por el barrio de La Viña quiso el destino que se encontraran/ la peñita de Fidel Chano y la peñita del Chele Vara./ Y salió sin querer esta revolución”. 

 

Empapelados

Y amanecerá la ciudad empapelada, con rostros a tamaño real que ni (re)conocemos. Como si se hubieran precipitado los Reyes Magos, disfrazados de diligentes scouts de Partido, dejando durante la noche el papel de los regalos extendido y pegado en las marquesinas, farolas, fachadas e incluso en los laterales de los autobuses. No busquen dentro el regalo, sino en el propio papel: una sonrisa blanqueada con Photoshop y la eterna promesa del cambio: “Ahora sí”, exclamarán unos; “Ahora sí que sí”, responderán otros; “Es la hora”, prometerán aquellos; “Por Andalucía”…
 
En Sevilla, devotas de La Macarena y de La Esperanza, madrugarán para rezarle, junto a los taitantosmil funcionarios, a los carteles tamaño fachada-corteinglés de la auténtica reina de Sevilla, La Susana. Los viñeros, ya que no podrán votar a su Ilustre Vecina Teresa, envolverán el pescado de la mañana con su jeta. Los chavales malagueños jugarán al basquet en el río entre carteles de Imbroda, al que en sus tiempos muertos grafitearán el pelo que les tomará.
 
Es un deber cívico controlar a nuestros representantes, por lo que no sería una mala idea tomar un rotulador bien gordo para responder inquieriendo a sus promesas en vez, o además, de pintarle un bigotito hitleriano a Juanma Moreno (Bonilla), unos cuernos a SS, o sea, Susana Díaz, o hacerle una mella a Juan Marín. ¿”Ahora sí”, qué?, ¿”Es la hora” de qué, del café?, ¿”Por Andalucía” qué pasa, aparte del Guadalquivir?, y así con todo.

Gitanos

Detrás del chiste, del tópico, hay un sustrato de verdad. Partimos de aquí.  

Claro que, como en una caricatura, se exageran los rasgos característicos para alcanzar el efecto deseado, en este caso el humor, mediante la hipérbole. Pero el chiste, o el chiste tópico, se basa en una realidad: los enanos no llegan al interfono y a los andaluces nos gusta la siesta. Cierto. Cuando un chiste escuece, para bien o mal, es porque ha tocado verdad. Tanto se aproximó a la realidad el humorista Rober Bodegas en su polemizado monólogo (“Ya no se pueden hacer chistes de gitanos. Cada vez que alguien hace un chiste de gitanos llegaba una carta pidiendo que no se hiciese eso más.”) que recibió más de 400 amenazas de gitanos. Fast check. 

Muchos gitanos —no todos, claro— se refugian en una identidad colectiva, como otros tantos grupos identitarios: homosexuales, negros, judíos, indígenas, etc. Disuelven su individualidad en la identidad grupal. Son antes gitanos, por ejemplo, que ciudadanos. Van por la vida siendo gitanos, o negros o judíos. O catalanes. Algunos viven de ello. Cuando el calé renuncia a ser un individuo, no puedes tratar inter pares con María Romero o Pedro Cortés, ciudadanos; tratas con un gitano y, por ende, con todos. 

Estos gitanos a los que me refiero, que son numerosos, no sé si mayoría, viven en clanes y se rigen por una cultura propia. Siguen unas leyes ancestrales, paralelas a la Ley que todos nos hemos dado, que en ocasiones cruzan tangencialmente los márgenes constitucionales rompiendo la convivencia. Usan ciertos códigos mafiosos que no tienen cabida dentro de una sociedad democrática y avanzada. A mi padre, por ejemplo, que fue médico internista en un hospital público le amenazaron físicamente en repetidas ocasiones si no curaba a uno de los suyos. “Nosotros hemos pedido que vivan acordes a nuestras normas sociales, y ellos supongo que necesitan tiempo”, dice Bodegas en su monólogo, no sin razón.  

Estos grupos identitarios, los calés entre ellos, encuentran al tonto útil en la izquierda tuitiritera. Que les concede una suerte de bula, de derecho de pernada, para pasarse el feminismo esencial, por ejemplo, por L’ Arc de Triomphe; véase el burka en la mujer islámica o la prueba del pañuelo en la gitana en nupcias. (“Esto es un payo que el día de su boda no le mete un pañuelo en el coño a su mujer”, cuenta Bodegas irónicamente). El palo de su limbo moral, puesto por la tuitirizquierda, está mucho más alto. Su machismo radical se queda en el limbo, justamente (“pero que yo no lo vea”). Nuestra izquierda tuitiritera, obviamente, usa el doble rasero moral con su identitarismo. 

Escribo desde Jerez de la Frontera, donde precisamente no hay frontera entre payos y gitanos. Jerezanos. Aquí se ríen con el gordito Bodegas.

Antifranquistas de Twitter

En qué momento se había jodido el Perú, Zabalita.

[Escena 1]

Vaciábamos ya la cuarta (o quinta, o sexta, no lo sé) de Fra Angélico, “bebida de puticlub” según Reverte, cuando formulé la pregunta. Los amigos, ellos, tan correctos de Instagram para afuera, tan sucios de Whatsapp para adentro. Gente del tiempo. Decía que solté sobre la barra la pesada cuestión, como un atún:

-Entre un animal, digamos un perro, y un humano, ¿a cuál salvaríais la vida?

-Al humano, supongo. – dijo el más íntimo falangista, equidistante en la calle. (Suponía).

Apreté más. – ¿Diez perros o un humano?

Silencio. (Nadie dijo un humano).

Y más aún: – ¿Y si el perro es vuestro?

– ¡Al perro! – bocinaron dos amigos al unísono.

(“animalitos”, pensé). Y no quise entrar a debatir de caracoles, de los que dan buena cuenta en primavera. Tan animales (las cabrillas) como un perro, tan humanistas (las cabrillas) como estos friends.

[Escena 2]

Es mediodía del jueves, hace calor, y me abanico con el diario El Mundo. En casa. Le doy, por fin, su uso y lo desdoblo por la contratapa. Allí, una foto coloreada de un tal Manu Sánchez, y pienso, “vaya carajote”. Bajo la mirada al titular, leo y de la arcada que me provoca corro al váter. Sabía a Fra Angélico.

“Soy de izquierda, andalucista, republicano y feminista”, eso decía el tipo. Comprenderán que no siguiera leyendo: no quise acabar con el bote de Primperán.

A la tarde leo un tuit muy analgésico del escritor portuense Enrique García Máiquez comentando El Titular: “No sé quién es, pero ha hecho pleno al quince. Enhorabuena”. (Los comentarios al trino reforzaban la analgesia: “y vegano y runner”).

Reflexiono en la distancia, no lo dudo: A este tipo lo entrevistan hace cincuenta años y el titular sería más conciso, más sobrio: “Soy franquista”.

[3, colofón]

Hay gente que se adapta muy bien a los tiempos. Nadar a favor, como un atún. Vivir fácil. Todo son ventajas.