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¿Quién coño son Amaia y Alfred?

(Perdonen el exabrupto del título, pero no hago más que parafrasear a ese gran mafioso yodado, Jordi Pujol, que dijo aquello de “qué coño es esto de la UDEF”).

Con sinceridad, no tengo la más remota idea de quiénes son la tal Amaia y el tal Alfred, ni me interesa. Mas supongo que toca hablar de ellos si uno quiere estar en la conversación: ya que copan las tendencias nacionales en redes y coronan los rankings de noticias más leídas en diarios digitales; robándole protagonismo a la no-investidura del daliniano Puigdemont y al 50 cumpleaños del Borbón y su Toisón.

Esta fiebre por Amaia y Alfred, que empiezo a sospechar -gracias a mi gran olfato periodístico- que son concursantes de Operación Triunfo, me recuerda a un capítulo de Los Simpsons en el cual Homer aterriza en una remota isla pacífica como misionero. Los indígenas no dejan de hablarle a nuestro gordito amarillo sobre las bondades de Craig y Amy: yo me siento Homer repitiendo en tono burlón: “Alfred y Amaia, Amaia y Alfred, ¿por qué no os casáis con ellos?”.

Por mis exhaustivas pesquisas he concluido también que la doble A va a representar a España en Eurovisión. Y por ahí si que no paso: ¿¡teniendo a Puigdemont de gira por todo el continente vamos a enviar a esta pareja!? Manda puigdemones…

En fin, todo sea por que nos desintoxiquemos un poquito del Procés. Que, por cierto, tampoco sé de qué va el tema.

 

 

 

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La lengua mordidita

La lupa mediática nacional ya no hay quien la aparte del Teatro Falla hasta que acabe el Concurso. Toca convivir (cantar) con esa presión añadida. Mas dudo que los autores de carnaval se amilanen ante esta situación de perenne vigilancia mediático-social; es más, en las sucesivas fases arreciarán, seguro, las letras críticas contra esta inquisición extramuros y a favor de la libertad de expresión.

Cuesta creer que la amenaza con los juzgados pueda atemorizar a los autores, parapetados tras el ‘animus iocandi’ (intención de broma) y confiados en una justicia local conocedora de la fiesta. Aunque cabe resaltar que el ‘animus iocandi’ hay que tomarlo como lo que es, un amortiguador y contextualizador de la posible ofensa; no un justificante de un delito de odio: no todo vale, y sí es delito encubrir el odio dentro del humor.

Pero como sucedía con la Ley Fraga, la censura más eficaz, que puede acallar a los autores, es la propia: la temida autocensura. Escribir con cortapisas, llenar el papel de borrones o teclear con el dedo corazón diestro acariciando sobre la flecha de retroceso, son los síntomas más evidentes de esta práctica abortista. Por desgracia, ya es una realidad que la pluma de los autores carnavaleros sucumbe ante la inquisición digital de lo políticamente correctísimo: o sea, los tuiteros insomnes que fiscalizan hasta la letra más inocua de la última comparsa. No vaya a ser que llamen parienta a la mujer, suegra a la suegra, o negro al negro.

 

 

El perro andalú

Vayan estos tres relatos a la atención del Instituto Andaluz de la Mujer, a la de la Junta:

Con apenas dieciocho año recuerdo salir de juerga por El Puerto a finales de verano. Callejeando, un amigo y yo, nos desviamos del resto en busca de una esquina tranquila donde cambiarle el agua al canario. Un par de puretonas (tendrían 15 años más que nosotros) iban riendo detrás nuestra, y una de ellas agarró las nalgas de mi amigo. La reacción de este fue inmejorable, “¿puedo yo también?”, preguntó amablemente. Y ¡pum!, palmadita de vuelta en el pompis de la pureta. La cosa quedó empatada.

Me contó mi padre que, también con dieciocho años, salía de casa tras las uvas para dirigirse a su primer cotillón. Caminaba por las calles del centro de Granada cuando un par de jóvenes exaltadas de su edad empezaron a gritarle desde una ventana próxima “¡tío bueno!” y de ahí para arriba. Él, nervioso y distraído, chocó contra una farola y se hizo una brecha en la frente.

En mi colegio cada año se celebraba (y se celebra, supongo) un torneo de fútbol del que participaban todas las clases de secundaria y bachillerato. La final de este era el gran evento de la fiesta de la escuela. Al partido asistían principalmente niñas con los nombres del guapito o chulito de turno pintados en ciertas partes de su cuerpo. Apoyaban a este o a otro jugador con gritos y cánticos tales como “¡Pepe, guapo!”, “Juanito, buenorrooo” y aún más “Paco, capullo, queremos un hijo tuyo”.

Y me pregunto: ¿Son estas mujeres unas cerdas por gritar barbaridades?, ¿son gallitas por “opinar libremente sobre nuestro aspecto físico”?, ¿son pulpas por palpar traseros? ¿son buitras, son búhas, son gorrionas?

Yo creo que no.

Si consideramos que todo hombre es un potencial acosador o violador, y toda mujer una posible víctima, el pacto por la igualdad está roto: lo rompen ustedes mismos al dividirnos en agresores y víctimas, en animales y mujeres. Lo único que van a conseguir por ese camino es desnaturalizar las relaciones entre mujeres y hombres y agrandar la brecha entre los dos géneros.

#NoSeasAnimal

¡Selu, fascista!

Me siento triste e indignado: a todos los carnavaleros de verdad se nos ha caído un mito.

Sepan ustedes que el Selu y su chirigota han actuado en el acto de cierre de campaña, a las elecciones catalanas, del partido político fascista Ciudadanos. Algo que no tiene defensa ninguna, por más que el autor justifique que lo hacen por motivos económicos (y no de afinidad ideológica) y recurra por Twitter a rastreros argumentos emocionales como que el componente de su agrupación Jose Mari le hace falta el dinerito para los reyes de su niña. O que también cantaron en su momento para Nuestro Partido, el único que defiende la democracia, Podemos. No hay justificación posible, Selu, no te lo perdonaremos jamás.

El carnaval de Cádiz siempre ha sido patrimonio de la izquierda, y es una alta traición que un carnavalero reconocido se venda a la extrema derecha. ¿Qué buen demócrata en su sano juicio no preferiría dejar a sus niños sin regalos de reyes antes que ponerle el culo a la oligarquía tirana del Ibex35 y del artículo 155? La coherencia debe estar por encima de todo, incluso hasta del pan de tus hijos. Si hay que pasar hambre, se pasa.

Y, es que, es una verdadera incoherencia que un supuesto defensor de la libertad de expresión como José Luis García Cossío (José Luis García Vendío, desde ahora) colabore en la recogida de votos con un partido tan reaccionario que defiende la muerte digna, el aborto regulado, la supresión de los privilegios carlistas, el matrimonio homosexual, la regulación de la prostitución o la legalización de la marihuana entre otros planteamientos propios del siglo XIX. Un partido heredero del franquismo (movimiento que silenció la voz del carnaval durante 40 años), cuyo líder Albert Rivera, un reconocido consumidor de cocaína, casi comparte apellido con el fundador del movimiento falangista José Antonio Primo de Rivera. Y cuya lideresa catalana, esa “mala puta” (Albà dixit) de Inés Arrimadas ¡es jerezana! ¿Desde cuándo uno de “Cadi Cadi” apoyando a alguien de Jerez?

Desde aquí, compañeras y compañeros, ciudadanas y ciudadanos de Cádiz, propongo un boicot a la chirigota del Selu. No comprad entradas para el día que actúe en el Concurso o fuera de él, abucheadles y escracheadles cada vez que los veáis por la calle. Decir NO al Selu es decir NO al fascismo, y, por tanto, decir SÍ a la democracia y a la libertad de expresión.

Firmado: un votante de Ciudadanos, hijo de una jerezana.

 

Ojeda con dos cojones (en defensa de la incorrección política)

Hace casi dos años que escribí un artículo, “Hay más tontos que botellines”(mi blog cerró, aquí lo recuperé) bastante crítico con Álvaro Ojeda, del cual a día de hoy no me arrepiento (hay etapas) pese a que haya cambiado mi percepción del sujeto. En las siguientes líneas pretendo desmontar mi propia opinión pasada y defender, en la medida de lo posible, a Álvaro Ojeda.

La palabra que más repetí, por activa y por pasiva, en mi citado y enlazado texto fue “tonto”. Sí, (des)califiqué a este tipo de tonto hacia arriba. Me equivoqué: ¿Cómo pude yo llamar a Ojeda tonto? Ojeda no tiene de tonto un pelo, que yo sepa nadie le ha dado nada hecho: todo lo que tiene (la influencia, la fama, el empleo-el dinero) se lo ha ganado él solito desde la nada. ¿Se puede (des)calificar de tonto a alguien que comenzó con una cámara barata, una silla y su palabra, se hizo viral, formó una legión de seguidores, y hoy colabora en un diario nacional cobrando lo que Inda no le pasa a sus niños y le publican y vende libros? Simplificando la cuestión, ¿es tonto alguien que de la nada ha logrado empleo, remuneración, fama e influencia (y no precisamente en cantidades exiguas)? Ahí dejo eso…

Mi artículo en cuestión fue muy aplaudido y recibí en el blog un número de visitas desorbitantes (para mis números habituales): en torno a 150mil usuarios pasaron por el post, cuando lo habitual es que no superase los 300 usuarios por entrada. Me pregunto cuál fue el secreto del éxito de dicha opinión vertida…, como una fórmula de la Cocacola lo busco y lo busco en pos de la receta del éxito (si hubiese tenido ese número de visitas por artículo otro gallo cantaría en mi carrera profesional como periodista). ¿Fueron las musas?, ¿la temática?, ¿el sitio y el momento?… Hay algo de lo que si tengo certeza que contribuyó a la buena acogida de la paliza verbal a Ojeda, y es la corrección política que utilicé en el texto, totalmente impropia de mí (huyo de ella, tengo pesadillas con ella). ¡Cuán fácil es criticar a Ojeda (políticamente incorrectísimo y controvertidísimo,… ah y de derechas) y que te aplaudan! Prueben a hacerlo con Jiménez Losantos o con Sostres, el resultado será similar. Eso sí, no se les ocurra meterle mano a Wyoming, al Follonero o a Preescolar.

Sigo, párrafo aparte, desmenuzando mi artículo y su política corrección. En este vine a decir que Ojeda era un intolerante que no respetaba las ideologías diferentes, que era un machista retrógrado, un fascista y un etcétera de calificativos sacados del manual de bolsillo de insultos de la nueva izquierda (y lo de cuñado porque aún no se llevaba…). Y es cierto que este señor sea algo machista, ¿y qué?, que tire la piedra el que no tenga su ramalacito machistoide; además no creo que Ojeda se enorgullezca de ello, ni hace apología de su machismo (al menos de forma [mal]intencionada). Que no tolera o respeta otras ideologías… él no pone la mordaza ni censura a nadie, simplemente da su opinión libre, natural, desnuda, puede que hasta sin pensarla. Critica a Podemos o al independentismo de manera, muchas veces, agresiva y desacertada: ¿Y? ¿Acaso Podemos no es un partido liderado por una cúpula endogámica, agresiva y desacertada (más en sus propuestas que en su análisis)? ¿No es el independentismo una agresión a España y un desacierto absoluto? Y aunque no lo fueran, este hombre (y tú) puede decir lo que le salga de los cojones: siempre ateniéndose a las consecuencias. Si no te gusta, no lo escuches. Y ¿qué tiene Ojeda de “falangista”? El color de la camisa, porque de los ideales primigenios de José Antonio Primo de Rivera (junto a Ruíz de Alda y cía.) a los que preconiza Ojeda hay siete galaxias.

Vale, Ojeda es bastante inculto, es cateto y es un patriotero: es verdad, pero ¿acaso no es así el españolito medio? ¿Qué tiene de malo? Es el quinto pecado capital, la Envidia (perdón por la mayúscula) la que lleva al redil a despellejarlo. ¿Cuántos periodistas (y no periodistas) como yo, desempleados, envidiamos un puesto como el de este hombre? A mí, me jode mucho poner Telecinco y ver el circo de colaboradores no-periodistas que están cobrando un pastizal en torno al periodismo rosa (por cierto, una rama periodística tan respetable como cualquier otra); también me jode ver que Ojeda, que no tiene título de Periodismo (como Carlos Herrera, como Wyoming, como Lama…) esté en la pomada precisamente del periodismo nacional. Me jode, pero me aguanto, porque es que es lo que hay, es el panorama que nosotros mismos hemos creado y alimentamos. Volviendo al artículo, en el que le ataqué por su ausencia de titulación periodística y el desprestigio de la profesión que estaba favoreciendo. Pero, ¿es que acaso está profesión no está por los suelos? ¿Cuán mínima será la cuota de culpabilidad de Ojeda?

“Ladran, luego cabalgamos”: Esta expresión o cita popular que se le atribuye erróneamente al Quijote de Cervantes, podría ser perfectamente el leitmotiv de Ojeda. Y es que si los fariseos custodios de la corrección política y de la moral hacen ruido es que Ojeda está cabalgando. Si hay decenas de páginas en redes sociales donde se agrupan odiadores profesionales de Ojeda, si el Jueves lo animaliza cada miércoles sin falta, si le conceden premios al “tonto”, al “cuñado”, al “gilipollas” del año… es que está haciendo daño; es que tiene influencia y está jodiendo. Ojeda le está haciendo mucha pupita a la autodeminada progresía; sin más armas que su palabra.

Posdata: No entiendan mi abrupto cambio de opinión como un ataque de bipolaridad o ausencia de criterio, tómenselo como lo que es, una maduración de la opinión de alguien que está en proceso de formación, abriendo los ojos. Yo ni lo sigo (a Ojeda), ni lo seguiré, porque ni me hace gracia ni me entretiene, pero lo respeto y desde aquí aplaudo su osadía, su naturalidad y su estoicismo. Pero sobre todo, aplaudo su Libertad (perdón de nuevo por la mayúscula).

 

48 horas con Snapchat

Me sentía como si alguien me hubiese lanzado el guante; quizás yo mismo, o la sociedad, o la juventud. Tenía que recogerlo y aceptar el reto de intentar hacerme con Snapchat en un tiempo determinado: 48 horas. Suele decirse que uno se siente mayor cuando va por la calle y los muchachos le llaman señor y le tratan de usted. Yo me sentí mayor cuando los adolescentes hablaban de Snapchat y yo arrugaba el gesto y les miraba con cara de “¿esto qué es lo qué es?”

Tenía que poner rauda solución a mi obsolescencia. Me puse manos a la obra, me dirigí al Store y descargué la aplicación del fantasmita. Una vez pasé el registro previo y elección de nombre de usuario, foto de perfil (dinámica por cierto) y demás; me encontré con el objetivo de la cámara apuntándome, y mi cara reflejada en la pantalla del dispositivo. Me dije que me había equivocado y que por error había accedido a la cámara del móvil. Pronto descubrí que no: aquello era mucho más complejo que una simple app fotográfica.

Sintióse mi persona como cualquiera de nuestros mayores cuando falto de contrincante le colocabas el mando de la Playstation entre las manos y lo ponías a jugar contigo al Pro Evolution; este pulsaba todos los botones del mando sin ton ni son en busca de cualquier combinación efectiva. Yo igual: presionaba con el índice en la pantalla, deslizaba el dedo hacia arriba, abajo, a la derecha; ora hacia atrás, ora regreso a la pantalla inicial… Involuntariamente logré sacarme cuatro o cinco selfies. Descubrí la opción de añadir texto a la foto y a uno de esos autorretratos no deseados lo bauticé con un “probando esta app tan rara”. Seguidamente, y no me pregunten cómo lo conseguí, compartí el logro en lo que se suponía que era mi perfil.

Caí en la cuenta de que no le había llegado a nadie, no tenía amigos… Me sentía frustrado; nadie iba a poder ser partícipe de mi consecución. Mis sensaciones debían ser parecidas a las del niño que llega el colegio nuevo durante la hora del recreo: ¡necesitaba encontrar amigos (en Snapchat)! Tras seguir un par de tutoriales en la web, conocí las vías para agregar amistades a tu perfil. Recurrí a mi agenda de Whatsapp, donde apenas encontré ocho contactos compatibles; la mayoría de ellos primos adolescentes o hermanos pequeños de amigos. Los míos no estaban: demasiado viejos. En fin, agregué a los que pude y mandé algún mensaje a modo de prueba y con el fin de dejar constancia de mi existencia en aquel universo pueril gobernado por la efebocracia.

Había leído y oído acerca de una de las funciones más populares de Snapchat, los filtros fotográficos. En su prueba y experimento, me puse a trastear con la cámara y pasé un rato divertido prestando el contorno de mi cara al rostro de amigos y familiares de los que guardaba fotos en la galería. También me disfrace de cánido, de zombi, de hawaiana…

Deslizando la pantalla dos veces a la derecha descubrí Discover (valga la redundancia); un apartado que llamó mi atención como periodista. Allí pude localizar distintos medios internacionales como CNN, MTV o National Geographic. Lógicamente accedí a ellos y descubrí un novedoso formato multimedia por el que exponer el contenido diario. Se me pasó por la cabeza que el futuro de los medios nacionales -en pos de conquistar al público más joven- pasaba por allí; me pareció muy atractivo la combinación en la misma pantalla de vídeo, audio, imagen y texto. Además el contenido resultaba ameno, atractivo por lo llamativo y fresco, y exento de distracciones. Creo que pronto veremos a EL PAÍS, a El Huffintong Post o a Neox con su propio canal en Discover.

Casualmente, en el informativo de la tarde, Antena 3 Noticias anunciaba su presencia en Snapchat; no como canal en Discover, sino como cuenta. En pos de ver su actividad en el medio traté de agregar esta cuenta a mis contactos. Tuve que remover cielo y tierra para conseguir el nombre de usuario de la cuenta de A3Noticias, ya que no he logrado descifrar aún el algoritmo del Snapcódigo (agregación de usuarios por medio de una suerte de código QR). Tras antena 3, engrosé mi escuálida lista de contactos con RTVE y Sefútbol. Comprobé que tanto A3 como TVE ofrecían de manera precaria el contenido que hay detrás de ‘bambalinas’, lo que no se ve en la tele. La Selección nacional, no publicó nada. Podemos considerar que estos medios se encuentran en fase beta, están explorando las posibilidades de Snapchat.

Una vez finalizaron las 48 horas decidí desinstalar la aplicación de mi móvil, presionado por el poco espacio que dispongo en el dispositivo. Pienso que actualmente no me es útil ni me resulta interesante la app, pero de aquí a un tiempo retornaré; cuando el periodismo (los medios) tengan mucho más presente a Snapchat. Por ahora se queda en una red para que los adolescentes jugueteen. Es complejo comprender su funcionamiento, hace falta tiempo y cierta pericia para hacerse con esta app, que no sigue un único camino recto, sino que se bifurca conformándose una suerte de espacio social con diferentes compartimentos estancos.