Tacita de Lata

Cádiz ha sido La Habana, ha sido Pamplona y ahora es Marsella. Parece que la ciudad, al igual que los gaditanos, le ha cogido el gusto a disfrazarse.

El pasado viernes caminaba con unos amigos por el Malecón gaditano, o sea, el Campo del Sur; íbamos a cenar y a tomar unas copas en la taberna habitual. Nos quedamos muy confusos al ver que de las farolas del paseo marítimo pendían carteles de unas supuestas elecciones municipales marsellesas. Necesitábamos una respuesta a aquella súbita incógnita, y empezamos a elucubrar las teorías más peregrinas y descacharrantes:

Una decía que si era una performance de ‘El Kichi’. Otro, que se habían equivocado los encargados de correos con el envío de carteles electorales, y los montadores ya que estaban los colocaron ahí… “Eso es cosa del Pedro Sanche’, que na’ más llegar al gobierno ya está haciendo cosas raras”, soltó otro. Yo: que si había sido una gamberrada nocturna de un grupo de borrachines gabachos. En fin…

Y, de la sorpresa pasamos al análisis estético-político (eso sí: con mucha guasa): “Esos son los Podemos franceses, no ves que salen cinco o seis en un cartel y van todos en camiseta cutre”. “Ese tiene cara de buena gente, yo le votaría, … ah, no, que es socialista, mira la flor roja”. “Hostia, este es el típico que apoyaría tu padre, tiene pinta de ser del partido de Le Pen”. Y: “Esta es la mía, guapa, y además creo que es de Macron”.

No despejamos la incógnita hasta la mañana siguiente, cuando supimos por la prensa local que se iban a rodar unas escenas de una película, ‘The Rhythm Section’, en la que Cádiz haría de Marsella. (Pese a que aquí la marsellesa se cante con otra letra.)

Parece que Cádiz es el escenario perfecto para, a bajo coste, hacerla pasar por la ciudad que sea, menos por Cádiz, claro. Aunque sin faltar a la verdad, Cádiz alguna vez ha hecho de sí misma: Recuerden al Capitán Alatriste, Vigo Mortensen, desembarcando con Los Tercios en La Caleta, o, la mítica y folklórica ‘Viudita Naviera’ de Pemán.

Cádiz, como buena doble cinematográfica, se disfrazó de La Habana, y poco tuvo que customizarse, para ver salir de las aguas de su playa a una deslumbrante Halle Berry, mientras Pierce Brosnan, la contemplaba tomándose un Martini en el chiringuito.

En una ocasión la ciudad hizo de Pamplona para acoger el rodaje de la película ‘Noche y día’, en la que Cameron Díaz y Tom Cruise son la pareja protagonista; y, entre escena y escena, un toro se escapó del corral sembrando el pánico por las calles de Cádiz. Afortunadamente se quedó en una anécdota más de las que atesora la ciudad.

Y, digo yo: ¿No es más lógico que Marsella haga de Marsella; La Habana, de La Habana; Pamplona, de Pamplona…, y, sobre todo, Cádiz, de Cádiz? Será que lo que brilla en nuestras aguas no es la plata, sino, corrigiendo al poeta, la lata.

 

Coda: ¿Marsella es Cai con más moritos? / ¿Cai es Marsella con más Podemos? 

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Sumisión

No se debe pasar por alto el gesto simbólico de Pedro Sánchez, cuando en su toma de posesión como presidente del Gobierno, juró el cargo únicamente ante la Constitución Española, ausentes, en la mesa de ceremonias, la cruz y la Biblia, por primera vez en democracia. El mensaje que lanza el nuevo presidente es de coherencia y de resignación. Coherencia por el respeto a la aconfesionalidad del Estado, y resignación por el reconocimiento implícito de la muerte del catolicismo.  

En su última novela, ‘Sumisión’, el intelectual francés Michael Houllebecq, dibuja una distopía en la cual la socialdemocracia francesa pacta con un partido musulmán para hacerse con la presidencia de la República, derrotando en la segunda vuelta al Frente Nacional de Marine Le Pen. Con la formación islámica gestionando lo público se van estrechando las libertades en Francia hasta que el protagonista de la novela se encuentra en la dicotomía de someterse o huir. 

Decía el genial G.K. Chesterton, que “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa.” Y España, como gritó Sánchez el pasado sábado, ya no es creyente.  

Pero la demografía apunta a que España, inexorablemente: al igual que el resto de estados europeos, volverá a ser creyente: eso sí, cambien el dios cristiano por el dios musulmán. Y, a los datos me remito: En Francia un 9% de la población ya es musulmana, en Bélgica un 7% (¡un 26% en Bruselas!), en Alemania e Inglaterra alcanza el 6%, por un 5% en Italia y un 3%, todavía, en España. Según el Pew Research Center, Europa puede ser el primer continente musulmán en torno a 2050 con más de 75 millones de devotos de Alá.  

Con el gesto de Sánchez, se estrena oficialmente ese tiempo de transición entre dos religiones, en el que “se cree en cualquier cosa”. Y, me parece magnífico que se crea en lo que se quiera, como si es en nada. El problema reside en lo efímero de este “estado de libertad de las cosas”. Si mañana, Pérez-Reverte o Arcadi Espada, por ejemplo, publicasen una novela distópica, en la que un tal Pablo Mezquitas jura, por Alá, el cargo de presidente de la República Española ante el Corán, y junto a él su primera dama Irina Montera luciendo un negro burka, no errarían demasiado los escritores. 

Robinsones

Sigo teniendo la sensación, cuando paseo por la calle, de que muchas de las personas que me rodean componen una escenografía: o sea, que son como figurantes de las películas (en este caso, mi película), o personajes de atrezo de un videojuego. Estos, con su mera presencia, darían verosimilitud a nuestra vida. Vendrían a componer el entorno o contexto de ese andar solitario entre la gente del que habla Antonio Muñoz Molina.

Yo, como buen Robinson Urbano (y sigo citando a Muñoz Molina), en mi caminar callejero (en mi correr playero, mejor dicho) he creído hallar ciertos personajes que, más que rescatados de la insignificancia de un videojuego o una película, parecen escapados de un cuento de Roberto Bolaño. Solitarios, excéntricos, compulsivos. Como aquel personaje de la novela ‘El Tercer Reich’ del escritor chileno, ‘El Quemado’, que al caer el sol se dedicaba a apilar patines en una playa de la Costa Brava formando una suerte de estrella para pasar las noches refugiado en esta.

El caso, es que mis personajes, de los que llevo mucho tiempo queriendo hablaros sin saber cómo, son tres…; bueno, en realidad son cuatro:

La primera vez que me fijé en María (pongamos que se llama así), supongo que ya me la habría cruzado unas cuantas veces sin despertar mi atención; estaba yo ejercitándome junto a un amigo en unos palos de madera en la playa y ella caminada deprisa por el paseo marítimo: llevaba un chándal, el pelo recogido en una tensa coleta, iba ligeramente encorvada y andaba con aires masculinos y atléticos pese a su enjutez. -Ciertamente, perdonad la maldad, me recuerda un chimpancé-. Pero, no centré mi atención en ella porque fuera bella o llamativa, que no lo es. Sino porque pasó ante nuestros ojos (mi amigo también cayó) dos veces, con ropa diferente y en el mismo sentido en cuestión de un minuto.

A partir de entonces, cada día que fui a la playa a hacer deporte, me la cruzaba, quizás con demasiada frecuencia, y de nuevo, cambiante de ropa. El misterio se despejó cuando un día mi amigo me dijo que ya lo tenía: ¡María eran dos! A La segunda María la llamé Ana. Aunque a día de hoy no sé quién es Ana ni quién es María. En resumen: Tenemos a dos hermanas gemelas, de mediana edad, de constitución enjuta y varonil, con hechuras simiescas, que caminan deprisa por el Paseo Marítimo de manera compulsiva, que no se paran a hablar con nadie, y lo que más me intriga: que jamás van juntas.

A Paco, siempre me lo encuentro entre el Paseo y la Avenida caminado con su perro, Oveja. Él debe frisar los sesenta años, y Oveja debe tener la misma edad traducida a años caninos. Caminan arriba y abajo, constantemente, hasta que se agota el día, aislados como en una burbuja. Pareciera que se bastan el uno al otro. Paco mira con ojos melancólicos y desconfiados al resto de caminantes, tiene el pelo muy rizado, al igual que su perro, que recuerda a la lana (de ahí el nombre del can). La cara consumida y la barba ceniza que enmascara el bajo rostro. No puedo evitar, cada vez que me los cruzo, pensar en quién de los dos morirá antes, y lo solo que se quedará el otro.

Sin duda, es Teodoro, el más excéntrico de mis personajes. En la cuesta donde caliento antes de echar a correr por la arena, allí deja su bici atada con un candado a la barandilla: esta es un modelo de montaña antiguo, tuneada artesanalmente por él: Bandera española en el guardabarros frontal, muñecos atados al manillar, sillín asillonado, y lazos y conchas colgando del cuadro. A Teodoro, que viste tan estrafalario como su bici, me lo puedo encontrar a la hora que sea, corriendo o andando por la arena seca. Lleva siempre, haga frío o calor, la misma sudadera verde fosforito del Barsa, una gorra con el escudo constitucional, una capucha y sobre esta unos aparatosos auriculares de música. Luce una barba como de náufrago coqueto, la piel cetrina y arrugada que denota su proximidad al sol y a la última edad. Siempre me pregunto dónde pasará la noche.

Mi espíritu periodístico, que se fundamenta en la curiosidad, me empuja a acercarme a mis personajes y preguntarles por sus vidas, a hilvanar una semblanza cosiendo los retazos que tengo de cada historia. Pero la timidez se impone; o, quizás sea mi otro espíritu, el novelístico, que prefiere no conocer para ficcionar.

El caso, es que a veces me pregunto, si no seré yo para ellos un personaje, como ellos lo son para mí, también.

Apuntes en sucio sobre la patria

Dijo von Rilke que la patria es la infancia, y yo, desde aquí, le digo que eso es una soberana cursilería. Estas son las dos definiciones que ofrece la RAE sobre el término ‘patria’: 

  1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que sesiente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.
  2. f. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido.

Bien, en ningún momento se dice que la patria sea la infancia, o la sonrisa de tu madre o el jodido olor de los churros los domingos en la plaza. Eso son bobadas, cursilerías propias del terrorismo por escrito que practicaron entre otros Eduardo Galeano, y que tantas cabezas ha carcomido. 

(…) 

Han arreciado recientemente las críticas a Ciudadanos, y a Rivera, por la exhibición patriotera del otro día. Sí, digo patriotera, porque como dice de nuevo la Rae, fue un alarde excesivo e inoportuno de sentimiento patrio. Sentimentaloide. Entiendo el fondo de lo que el partido naranja pretendía y pretende con la nueva plataforma ‘España Ciudadana’: Que no es otra cosa que normalizar a España, lo español y su simbología. Pero para ello, en este país corrompido por la alianza eterna de los pútridos nacionalismos con la progresía biempensante, hace falta una labor de fondo, pedagogía frente a demagogia, que puede llevar varias décadas. Rivera acierta en la intención, pero se precipita en su ejecución. 

Se dice del populismo que propone soluciones fáciles para problemas difíciles: pues eso es, precisamente lo que presentó Ciudadanos el último domingo. Y como guinda, el pijerío ñoño de Marta Sánchez. Solo faltaron Taburete y José Manuel Soto de teloneros. Hala, todo sea para cebar más el prejuicio de que C’s es un partido de pijos: ¿Si lo votan 5 o 6 millones de españoles en las próximas generales, se puede decir que hay tantos pijos en España? 

El caso es que, he podido comprobar que la progresía (anti)española solo critica a los nacionalismos periféricos como daño colateral, en comparación, de la ofensiva directa contra eso que ellos llaman “nacionalismo español” o “españolismo”. A ver, no existe tal nacionalismo español; os lo explicaré fácil, mis queridos progres: 

Cuando nación coincide con estado y, por tanto, con nacionalidad: ¡no puede haber anhelo alguno de nación, de patria!: No se lucha por un objetivo (constituirse como estado), porque ya lo es. Solo se defiende la patria, la nuestra, de los ataques de quienes quieren dinamitarla, descuartizarla. 

Me produce, además, mucha rabia la hipocresía de estos progres, que por besar nuestra bandera o pronunciar “España” con la cabeza alta y sin complejos, nos llamas nacionalistas, fachas, etcétera. Ellos, por un lado, ubican su patria, como ya dije antes, en algo abstracto y cursi: las arrugas de las manos de su abuela, el capullo del azahar abriéndose, la peca de la espalda de su novia… Pero, por el otro, se abrazan fervorosamente a otra bandera que representa una comunidad autónoma o vetustas y efímeras repúblicas. Les da urticaria lo rojigualda, pero no dudan en sus mítines en lucir la verdiblanca en un deseo de patria imposible propio del peor nazionalismo. O llevan su chapita de la republicana en la mochila. Y, recordad: ¡Cuánto más pequeño es el territorio, más estrechas son las ideas y peor el nacionalismo! 

 

Fisking a la epístola de ‘Kichi’ a Monedero (muy deficiente, profe)

Querido Juan Carlos,

[después de coma no va mayúscula] Hay cosas que es mejor decirlas porque de no decirlas [callarlas: por no repetir verbo y ahorrar en palabras] se enquistan y se vuelven cancerosas [aquí, al menos una coma o punto y coma] y no en un año, ni en dos, ni en diez, más tarde, cuando ya la memoria se ha librado de la carga y el corazón ya no recuerda la herida [¡cuántas mentes ha destrozado la cursilería de Galeano], te hacen un agujero negro que crece en cualquier parte del cuerpo,[dos puntos] en el estómago, en el pulmón, en la garganta o en la lengua. Y todo por no decirlo, por no hablar.

(más…)

Abuelas

Mis dos abuelas estuvieron a un tris de la muerte siendo muy niñas. La materna, Tere, que pasó sus primeros años en una islita africana, fue la primera europea superviviente a la picadura de la mosca tsé-tsé. Marisa, la paterna, fue bombardeada, afortunadamente sin éxito, por la aviación alemana cuando su madre la llevaba en brazos por las calles de Guadix. Que yo esté escribiendo estas líneas es purito milagro.

Eran tiempos en los que se hacían las novelas del futuro, los primeros compases del siglo XX. Me contó mi abuela Tere que su padre se paseaba por las callejas del viejo Madrid en una bicicleta con un mono al hombro. Marisa, mi otra abuela, recuerda como algo de otra vida cuando a su padre, dueño de la fábrica de harina de Guadix, lo secuestraron durante la Guerra los anarquistas y socialistas venidos del Levante, y cómo sus propios trabajadores le salvaron la vida.

Si algo en común tenían mis bisabuelos Juan José (materno) y Luis (paterno), según me ha llegado, es que eran dos hombres buenos y con propiedades. Juan José fue un aventurero y soñador que heredó unas tierras en la isla de Fernando Poo (hoy día Bioko, Guinea Ecuatorial), que por entonces pertenecía al ya moribundo Imperio Español. A su cargo, en supuesto régimen de semiesclavitud, tenía un grupo de negros, los bubis, holgazanes y jaraneros, que le trabajaban la tierra. Aunque, dada la mano blanda del bisabuelo, se pasaban más tiempo de cachondeo que trabajando. Se casó con mi bisabuela, Concha, por poderes (hoy sería como hacerlo por Skype): Él en la isla, y ella en Madrid.

Como decía, al poco de nacer mi abuela, la trajeron en barco, lo que era una odisea de tres semanas, hasta Fernando Poo. Allí le picó la dichosa mosca tsé-tsé produciéndole un coma por la conocida como enfermedad del sueño…, del que muy pocos despertaban. Ella, milagrosamente, lo hizo a las dos semanas. Lo dicho, la primera europea que lo superó.

De la isla colonial se volvieron pronto a Jerez, donde se asentó la familia. Pero, como souvenir, el genial excéntrico de mi bisabuelo se trajo una mona. La mona vivió un tiempo con ellos en su casa de la calle de Las Naranjas. Situada en el balcón, hacía las delicias de los jerezanos, que se paraban a hacerle monerías. Una vez en Feria la vistieron de sevillana.

Por la otra rama familiar, el bisabuelo Luis era el propietario y director de la fábrica de harina de Guadix; que por entonces era la empresa que más beneficio generaba de la zona. La cruenta Guerra les pilló a él y a su familia con las manos en la masa. Pronto, el pueblo granadino fue tomado por el bando republicano; y, primero expropiaron la fábrica a mi bisabuelo, que quedó en manos de los obreros. Unos trabajadores, que, por la bonhomía de su jefe, juraron defenderlo de las amenazas forasteras. “Don Luis, usté tranquilo, que con nosotros no le tocan un pelo”. Pero fue inevitable, que tras un tiempo ejerciendo de chófer de los revolucionarios, los grupos anarquistas y socialistas levantiscos lo secuestraran, llevándoselo por los montes de Jabalacón, refugio penúltimo de bandoleros y maquis. Finalmente, la intercesión de uno de sus secuestradores (que estuvo a sus órdenes en la fábrica), le permitió escapar con vida hasta Granada, territorio nacional.

Mientras tanto, mi bisabuela Ascensión, su mujer, trató de huir con sus dos hijos a Murcia, donde residía su familia. Pero no sin antes pasar por el fatídico y milagroso episodio del bombardeo: Por el motivo que fuere, andaba ella en la calle con mi abuela, un bebé, en brazos, cuando quedó oculto el sol al aproximarse el bombardero de la Legión Cóndor, que atacaba indiscriminadamente a la población accitana. Mi bisabuela corría sin mirar al cielo, rezando, mientras estallaban las bombas a izquierda, derecha, adelante y atrás. Por fin, encontró una covacha donde guarecerse del vuelo asesino del pajarraco ferrugiento. Ya en su vejez, cuando tuvimos la suerte de conocerla sus bisnietos, se arremangaba un poquito la falda para enseñarnos los estigmas de la metralla en sus pantorrillas.

(…)

A qué periodista no le han preguntado por su entrevista soñada… Yo, lo tengo claro: a mi abuela Tere y a mi abuela Marisa. Testigos últimas de un tiempo en que no mediaba una pantalla con la vida. Ni con la muerte.

Tinder

Mi amigo I. se ha pasado Tinder: Se va a casar con su actual pareja, J., a la que conoció por la app de la llamita blanca. También, su anterior novia, le pescó por allí. Entre una y otra medió una semana. Si eso no es pasarse Tinder, que venga Sobera y lo vea. Obvia decir que I. tan confiado en las apps pide trabajo mediante DM en Instagram. Y, es que, por algo le decimos ‘El Animal’.

Un ejemplo más de fortuna tinderina, es el de A., otro buen amigo. A. contactó con la polaca más buenorra del orbe, que, por casualidad, pasaba el verano de ‘au pair’ en San Fernando. Una noche, se enamoraron, y ¡hala!, viajes de novios a París, a Polonia, a Portugal, a Marruecos… Pero A. se quedó en el nivel 38, ya que, aquello lo acabó por romper la distancia. No en vano, se le conoce como ‘El Monstruo’.

Tengo otros colegas, que se piensan que el Tinder es el Candy Crush, y los cabrones, antes de haber llegado a la nueva ciudad ya han gastado todos sus likes, ¡y te piden vidas!:

-Déjame probar desde el tuyo.

-Lo que faltaba, que suplantes mi identidad.

Mi experiencia en Tinder, como en el Super Mario, es penosa: no creo haber pasado del nivel dos. Me quedo en el puto cutre “Buenass!!, qué tal! =)” y ya no sé cómo seguir, cuando, en contadas ocasiones, me responden: “Bieen, y tú?”. No es lo mío, sinceramente: En una ocasión me crucé a mi prima, y de lo nervioso que me puse de pensar que me descubriera allí, deslicé el índice hacia la izquierda lo más rápido posible con la mala suerte de que pulsé ‘super like’.

Es curioso que nos dé pudor reconocer que usamos app de ligues, como Tinder. No escondo que cuando alguien ve en la pantalla de mi móvil el círculo con la llamita blanca, me pongo del color que la rodea. Y joder, ¡qué tío no ha usado nunca Tinder! Las chicas, en cambio, salvo para jugar, no creo que lo necesiten. Ya dije en otra ocasión que ellas lo tienen mucho más fácil para ligar: les basta ser y estar. El cortejo, por naturaleza y no por patriarcado (entonces la del pavo real y el ciervo, por ejemplo, serían sociedades machistas), casi siempre ha correspondido al macho.

Y, bueno, la mayoría de chicas que están en Tinder tienen alguna tara [me da a mí que esto no pasa la censura de la 3ª ola]. Valga el caso de otro colega, Q., que conquistó chateando a una gachí guapa, culta y cariñosa, y cuando quedaron en persona resulta que tenía una pupila hacia Sanlúcar y la otra hacia Cartagena. No pudo mirarla cara a cara en toda la cita, ¡y eso que era la primera!

Madridismos

En una clase de Sociología, en segundo de carrera, nos contó don Ubaldo, un hombre que se viste por los pies, que llevaba tiempo estudiando sociológicamente el madridismo en Granada y su periferia: desde que se despertó su interés al ver un partido del Madrid en un bar de Armilla rodeado de culés. Llegó a la conclusión de que Granada capital era blanca “de la hostia”, pero conforme se alejaban los círculos concéntricos (siendo el eje central la Catedral), se volvía azulgrana. Hoy, todo está más difuso con esto de la conurbación, el metro y el independentismo: El cinturón rojo, con Maracena (“la Rusia chica”) y los zubiéticos a la cabeza, ha ido perdiendo sus colores; así como el núcleo de la capital, en cuyo subsuelo descansan el yugo de Isabel y las flechas de Fernando, ya no es tan del color del culo de Franco.

Sin salir de la ciudad nazarí, no puedo hablar del Madrid y pasar por alto a quien reconoce que su madridismo se le ha ido de las manos, Jesús Abril Vela; que estaba predestinado a ser jefe de prensa del Real y, por la vida que es muy puta y el periodismo que es su hijo, ha acabado preparando, como media España, unas oposiciones. Jesús es un auténtico ratonero de entradas de Champions: El día antes del partido lo dedica a pulsar F5 en la web del Madrid hasta que un socio libera su asiento y él lo caza. La jornada de Champions, se monta en su autobús de buena mañana y se tira seis horas hasta llegar a Madrid –no niega cierta emoción al pasar por Casa Pepe-. Tras el partido vuelve, a medianoche, a Granada. En el camino del Bernabéu al bus, le echa siempre una monedilla al dios Neptuno como si de un mendigo se tratase, y se enjuaga la cara con el agua bendita de la diosa Cibeles.

Y, es que, siempre he sostenido que el madridismo más puro es el que baja desde Ciudad Real a Motril: Allí viven agazapados entre sus olivares los más fervientes merengones. Recuerdo, de la primera vez que fui al Bernabéu en Champions (derrota vs Lyon), lamernos las heridas en el Txistu, entre cava con sorbete y tejas, con otro grupo de excursionistas que venían de los montes bastetanos. Mi padre, emocionado, soltó: “¡Si es que allí es donde está el buen madridismo, coño!”

La última vez que fui a ver al Madrid en Champions fue muy distinta: acabé rescatando de madrugada a mi amigo J. de un puti en una bocacalle de la Gran Vía. J., como muchos, es un madridista advenedizo: culé de toda la vida, hizo un Carlos Herrera, ya que su nacionalcatolicismo subyacente no le permitía seguir apoyando a un club rompepatrias. Fuimos, vs Bayern, a un palco del Bernabéu, cortesía de El Español, y como catetos de pueblo deslumbrados estuvimos más pendientes de los canapés y de las azafatas que del fútbol. Había barra libre y la cosa acabó como tenía que acabar.

Tormenta sobre el naranjal

De Albert Rivera dirán que mató a Kennedy. Que no es Albert, sino Chiquetete. Que, como Luis Enrique, es hijo de Amunike. Que es un lagarto de V (cosa que ya se ha dicho). Que está liado con Chabelita. Y, que tuvo la culpa de la ruptura de la mejor pareja de cómicos patrios, Bertín y Paco Arévalo.  

El diario Púbico abrirá en portada con la exclusiva de que Ciudadanos se financia sus campañas electorales con la venta de ‘rebujito’ en las Tres Mil Viviendas. El diario.es, de Preescolarito,  publicará que “Un estudio psicológico revela que La Manada votaría a Ciudadanos”. La Sinrazón sacará a la luz unos documentos en los que se certifica que el líder de C’s pagó al dentista en negro por la última muela que le empastaron. Y, OkInda sacará a la luz un vídeo en el que Inés Arrimadas aparece robando un chicle en un quiosco de Jerez cuando tenía 9 años. Escándalos que obligaran a Ferreras, por orden de Soraya, a retomar los estimulantes para aguantar al volante las 24 horas de Le Mans. 

Digo esto porque se vienen elecciones, y el acoso y derribo al partido favorito en las encuestas, C’s, se va no a redoblar, sino a centuplicar. Las primeras, salvo que Mariano salga de la catalepsia y siempre que Su Peronísima (Carlos Mármol dixit) agite el abanico, serán las Andaluzas, en marzo de 2019. Las Catalanas ni las cuento, porque ya hay que llamarlas por su apellido: trimestrales. Luego, en mayo, vendrá la triada: Europeas, Municipales y Autonómicas. Y, cuando esa especie de berberecho que aparece en los mítines (Losantos dixit), el plasmarote (ídem) de Marianico el corto quiera, habrá Elecciones Generales.  

Resistan, no traguen: las invectivas y las inventivas vendrán por tierra mar y aire. Van a por Ciudadanos. Se avecina tormenta sobre el naranjal… Esperemos que cuando pase, el cultivo no haya quedado anegado, y el sol salga nuevo y naranja. 

La preeminencia femenina

Mi Lolita:

Hablemos de la preeminencia, definida por tus vetustos académicos como “privilegio, exención, ventaja o preferencia que goza alguien respecto de otra persona por razón o mérito especial”; en el caso que nos requiere, de género.

Sí, la mujer ocupa un lugar preeminente, respecto al hombre, en ese terreno ponzoñoso que podemos definir como pre-sexual; es decir, en el ligue, el flirteo, el coqueteo. Es en este proceso primario (en su amplia acepción, entiéndeme) en el que vuestra superioridad natural respecto al varón es palmaria. Algunas sois viperinas, os valéis de y apoyáis en esta ventaja para jugar, exprimir y aprovecharos de vuestras víctimas de orden fálico. Otras, jugáis desarmadas, en pos de esa quimérica “Igualdad real”.

Bajemos, pues, al barro de lo concreto, para que me entiendas (y no me acuses de ‘mansplaining’, que sabes que me entra la risa):

Un hombre común, para ligar, -salvo los de estómago generoso-, debe trabajárselo mucho, y, aun así, no se asegura el pan al final de la jornada noctámbula. Un varón poco agraciado tiene que dejarse la piel, la vergüenza y hasta la cartera, si quiere, al menos, participar de la rifa (no te irrites, es una metáfora). Y ya, ese hombre tímido, carente de labia, tiene que esperar, como mínimo, una alineación astral.

A vosotras, con vuestro vestidito estampado de flores y vuestros labios teñidos carmesí, incluso sin labia, incluso sin atractivo, os basta poneros en medio de la pista o apoyar un codo sobre la barra para tener a siete ejemplares del sexo opuesto revoloteando cual moscardones en derredor vuestra. Y, entiendo, que esto os puede resultar agobiante. Y a ellos, humillante.

Pero la realidad del coqueteo, en definitiva, es de preeminencia femenina. ¡Atenta al verbo!: Una mujer liga cuando quiere, un hombre, cuando puede. Hay tanto en ese camino verbal: por ejemplo, la explicación a muchos actos indebidos del varón frente a la fémina (apoyados en la preeminencia física de este). Acciones sucias, violentas, injustificables, condenables, execrables, …pero comprensibles (repito que no justificables) desde este lado de la inferioridad masculina.

¿Acaso el derecho a importunar del hombre no se justifica por esta preeminencia femenina?

Permíteme retomar e introducir el bisturí en una idea anterior: Acordamos que vosotras, por lo común, sois buenas conocedoras de vuestras potentes armas. Algunas sois señoras, compañeras, que de verdad pretendéis una igualdad, y que generosamente renunciáis a vuestra naturaleza para entregaros al juego desarmadas. Pero, también estáis las que no dudáis en valeros de esa preeminencia para instrumentalizar al hombre. Para jugar con él como un perrito: el palito y la zanahoria, sin daros cuenta que lo estáis destrozando, joder. Conozco alguna que incluso no paga una copa.

¿Acaso, como varón, os pido que renunciéis a este privilegio natural? No, ¡en absoluto! Para prohibir, para remontar la naturaleza, ya está vuestra querida izquierda: populista, radical y digital. Solo defiendo el derecho a importunar del pobre hombre, por cierto, también natural.

Ahora, Lo, lánzame la primera piedra.

M.