Ojeda con dos cojones (en defensa de la incorrección política)

Hace casi dos años que escribí un artículo, “Hay más tontos que botellines”(mi blog cerró, aquí lo recuperé) bastante crítico con Álvaro Ojeda, del cual a día de hoy no me arrepiento (hay etapas) pese a que haya cambiado mi percepción del sujeto. En las siguientes líneas pretendo desmontar mi propia opinión pasada y defender, en la medida de lo posible, a Álvaro Ojeda.

La palabra que más repetí, por activa y por pasiva, en mi citado y enlazado texto fue “tonto”. Sí, (des)califiqué a este tipo de tonto hacia arriba. Me equivoqué: ¿Cómo pude yo llamar a Ojeda tonto? Ojeda no tiene de tonto un pelo, que yo sepa nadie le ha dado nada hecho: todo lo que tiene (la influencia, la fama, el empleo-el dinero) se lo ha ganado él solito desde la nada. ¿Se puede (des)calificar de tonto a alguien que comenzó con una cámara barata, una silla y su palabra, se hizo viral, formó una legión de seguidores, y hoy colabora en un diario nacional cobrando lo que Inda no le pasa a sus niños y le publican y vende libros? Simplificando la cuestión, ¿es tonto alguien que de la nada ha logrado empleo, remuneración, fama e influencia (y no precisamente en cantidades exiguas)? Ahí dejo eso…

Mi artículo en cuestión fue muy aplaudido y recibí en el blog un número de visitas desorbitantes (para mis números habituales): en torno a 150mil usuarios pasaron por el post, cuando lo habitual es que no superase los 300 usuarios por entrada. Me pregunto cuál fue el secreto del éxito de dicha opinión vertida…, como una fórmula de la Cocacola lo busco y lo busco en pos de la receta del éxito (si hubiese tenido ese número de visitas por artículo otro gallo cantaría en mi carrera profesional como periodista). ¿Fueron las musas?, ¿la temática?, ¿el sitio y el momento?… Hay algo de lo que si tengo certeza que contribuyó a la buena acogida de la paliza verbal a Ojeda, y es la corrección política que utilicé en el texto, totalmente impropia de mí (huyo de ella, tengo pesadillas con ella). ¡Cuán fácil es criticar a Ojeda (políticamente incorrectísimo y controvertidísimo,… ah y de derechas) y que te aplaudan! Prueben a hacerlo con Jiménez Losantos o con Sostres, el resultado será similar. Eso sí, no se les ocurra meterle mano a Wyoming, al Follonero o a Preescolar.

Sigo, párrafo aparte, desmenuzando mi artículo y su política corrección. En este vine a decir que Ojeda era un intolerante que no respetaba las ideologías diferentes, que era un machista retrógrado, un fascista y un etcétera de calificativos sacados del manual de bolsillo de insultos de la nueva izquierda (y lo de cuñado porque aún no se llevaba…). Y es cierto que este señor sea algo machista, ¿y qué?, que tire la piedra el que no tenga su ramalacito machistoide; además no creo que Ojeda se enorgullezca de ello, ni hace apología de su machismo (al menos de forma [mal]intencionada). Que no tolera o respeta otras ideologías… él no pone la mordaza ni censura a nadie, simplemente da su opinión libre, natural, desnuda, puede que hasta sin pensarla. Critica a Podemos o al independentismo de manera, muchas veces, agresiva y desacertada: ¿Y? ¿Acaso Podemos no es un partido liderado por una cúpula endogámica, agresiva y desacertada (más en sus propuestas que en su análisis)? ¿No es el independentismo una agresión a España y un desacierto absoluto? Y aunque no lo fueran, este hombre (y tú) puede decir lo que le salga de los cojones: siempre ateniéndose a las consecuencias. Si no te gusta, no lo escuches. Y ¿qué tiene Ojeda de “falangista”? El color de la camisa, porque de los ideales primigenios de José Antonio Primo de Rivera (junto a Ruíz de Alda y cía.) a los que preconiza Ojeda hay siete galaxias.

Vale, Ojeda es bastante inculto, es cateto y es un patriotero: es verdad, pero ¿acaso no es así el españolito medio? ¿Qué tiene de malo? Es el quinto pecado capital, la Envidia (perdón por la mayúscula) la que lleva al redil a despellejarlo. ¿Cuántos periodistas (y no periodistas) como yo, desempleados, envidiamos un puesto como el de este hombre? A mí, me jode mucho poner Telecinco y ver el circo de colaboradores no-periodistas que están cobrando un pastizal en torno al periodismo rosa (por cierto, una rama periodística tan respetable como cualquier otra); también me jode ver que Ojeda, que no tiene título de Periodismo (como Carlos Herrera, como Wyoming, como Lama…) esté en la pomada precisamente del periodismo nacional. Me jode, pero me aguanto, porque es que es lo que hay, es el panorama que nosotros mismos hemos creado y alimentamos. Volviendo al artículo, en el que le ataqué por su ausencia de titulación periodística y el desprestigio de la profesión que estaba favoreciendo. Pero, ¿es que acaso está profesión no está por los suelos? ¿Cuán mínima será la cuota de culpabilidad de Ojeda?

“Ladran, luego cabalgamos”: Esta expresión o cita popular que se le atribuye erróneamente al Quijote de Cervantes, podría ser perfectamente el leitmotiv de Ojeda. Y es que si los fariseos custodios de la corrección política y de la moral hacen ruido es que Ojeda está cabalgando. Si hay decenas de páginas en redes sociales donde se agrupan odiadores profesionales de Ojeda, si el Jueves lo animaliza cada miércoles sin falta, si le conceden premios al “tonto”, al “cuñado”, al “gilipollas” del año… es que está haciendo daño; es que tiene influencia y está jodiendo. Ojeda le está haciendo mucha pupita a la autodeminada progresía; sin más armas que su palabra.

Posdata: No entiendan mi abrupto cambio de opinión como un ataque de bipolaridad o ausencia de criterio, tómenselo como lo que es, una maduración de la opinión de alguien que está en proceso de formación, abriendo los ojos. Yo ni lo sigo (a Ojeda), ni lo seguiré, porque ni me hace gracia ni me entretiene, pero lo respeto y desde aquí aplaudo su osadía, su naturalidad y su estoicismo. Pero sobre todo, aplaudo su Libertad (perdón de nuevo por la mayúscula).

 

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Prejuicios

Eres tú, y luego el mundo. Perdón: es tu sonrisa, tú, y luego el mundo; prioricemos.

De nuevas, abarcas poco espacio, no más que el de un dedal de vino corriente de hipermercado; te cuelas por una ínfima rendija de uno sin saber cómo ni por qué, y calas: ¡joder que si calas!

Un iceberg, eso es lo que eres. Uno (nosotros, los cadáveres) es una proa que avista una cara bonita -de raza, y carne de impostura- entre la mundana multitud, y no le echa más cuenta que el capitán del titánico barco al bloque helado. Colisiona, e irremediablemente se hunde en tus profundidades. Y descubre, descubre que no era un simple cubito de hielo lo que ahí flotaba: ahí sumergido hay un mundo con su propio ecosistema. “¿Y a mí qué la pija esta?”, se repite uno altanero -que ya tiene (uno) muchas letras y pelos-.  Pero te gusta, y te gusta más, y ya estás dentro, y ya no hay escapatoria: el mosquito está en la red. Ahora te arrumbará al estante cual soldadito de plomo de colección. Era tu porvenir natural.

Arrollas como un huracán tropical que no deja raíz ni techo alguno, como una guerra sin supervivientes: paseas alegremente y lanzas besos a tus cadávares con frivolidad, los que con tu sonrisa has dejado aniquilados uno por uno. La cuneta rebosa sangre derramada: tú, la vas esquivando mientras bailas, bailas y bailas con tus tacones blancos. Tienes el poder, y lo sabes, y lo paseas a tu antojo y capricho, como a tu cánido.

Inocencia de doble filo: “no me entero, o no me quiero enterar”. Sabes todo de todo, pero se supone que no sabes nada de nada. Disfraz de despiste. Daga siempre en la liga.

Frescura inmarcesible. Tienes la fuerza de mil primaveras que hacen al capullo devenir jazmín dichoso.Luego viene enero, que siempre marchita hasta el último rosal. Fuente que mana locura y vitalidad, que encandila hasta el más escéptico de tus futuros cadávares. Eres un racheado fuerte viento de levante, que te deja exhausto y trastornado; también eres evocador olor de azahar de noche, y brisa marítima del día. Eres el despertar del verso del poeta barato.

Tú y tus castillos en el aire. Tú y tu orden caótico, tú y tus predicciones impredecibles. Tu perfección imperfecta. Tu futuro milimétricamente calculado: castillos de arena a los que te gusta darle forma exacta a sus almenas, pero que sabes de sobra que se derrumbarán, los derrumbarás. Esa niña traviesa que da botes en la cama, eres tú.

Uno aún no ha podido calcular la longitud de tu sonrisa, es muy largo el peregrinaje de una comisura a otra.

Y esto no son más que los prejuicios de ese torpe que no ha sido capaz de formarse un juicio de ti.

Morir y resucitar en la playa

Esta mediodía salí a dar un paseo por la playa. Estuve al borde de la muerte. Siempre pensé que tendría un final cómico, pero no hasta tal punto, ni tan temprano. Por fortuna, sobreviví al percance (u odisea, según se mire) y puedo narrarlo.

Abandoné el hogar en torno a las 13 horas para pasear por la orilla de la playa, y despejarme, y de paso pensar en algún buen tema para escribir en mi abandonado blog. Ya de regreso de la caminata me reencontré una zona de la playa acotada por vallas -a la ida la esquivé por el Paseo Marítimo-, en la que no se permitía el acceso a nadie ajeno a la obra de rehabilitación (se trataba de mitigar un escalón arenoso originado por elementos climatológicos, con la añadidura de arena en la zona baja y retirada de la sobrante en la más alta) que se estaba realizando en la playa de La Victoria en Cádiz. Cuando llegué a este sector delimitado por barreras metálicas, pensé como es lógico en ponerme las chanclas y la camiseta, y continuar el camino por la acera. No lo hice así, ya que delante mía un señor de edad avanzada se precipitó a la zona vallada y siguió caminando por ella tan tranquilo. Yo seguí su ejemplo y me aventuré por la zona restringida sorteando la barrera con un sencillo quiebro de cadera emulando a Isco; total, como mucho me llamaría la atención un operario. Ignorante de mí.

Al poco de caminar por esta acotación del terreno orillado empecé a notar que cada vez era más dificultoso avanzar porque los pies se hundían en un terreno farragoso; fango provocado por la marea en ascenso que bañaba la ingente cantidad de arena añadida por la pala mecánica. Eran menos de 500 metros lo que me restaban para el final de la playa, y decidí seguir aunque me costase el avance. Pero llegó un momento en el que se hizo imposible progresar más; estaba con la arena por las rodillas. Lo curioso es que el liviano señor que me precedía había pasado por aquel terreno sin apenas dejar su huella en la arena, levitando. Ese tipo de persona que nunca les pasa nada. Con el fango ya en los muslos traté de seguir mi avance, no me quedaba otra, pero conforme pataleaba, más me hundía. Llegué a estar con la arena al cuello, literal: solo la cabeza fuera. Fueron diez segundos (para mí una vida) de agónica lucha por la pervivencia. Nadie alrededor a quién pedir ayuda. Iba a morir ahogado en la arena, sería portada del Diario de Cádiz…, ¡y saldría en los telediarios nacionales! (o no, alomejor me quedaba ahí abajo tres mil años, como los fenicios). El caso es que fecharía un precedente: ¡el primer ahogado en la orilla de la playa! Angustiado al máximo, hasta el punto de no poder articular palabra, se me ocurrió nadar bajo la arena -la cabeza seguía fuera- hacia la parte seca. Sacando fuerzas de flaqueza, logre liberar los brazos del manto arenoso y me agarré a la arena seca, me agarré a la vida. Poco a poco, con las manos en terreno firme, fui emergiendo de la arena, como un topo.

Ya con la vida asegurada, luché por salvaguardar mi orgullo: miré en derredor por ver si alguien había presenciado la escena; como cuando tropiezas por la calle y oteas en torno a ti deseando que nadie te haya visto. Comprobé que venía una pareja de mediana edad paseando en dirección opuesta a la mía; yo, altanero, como el que ha tenido un pequeño resbalón, sacudiéndome los codos con aire despreocupado (estaba de barro hasta las cejas), me crucé con ellos y les advertí de la existencia de <<un pequeño lodazal>>. Abandoné la playa como el héroe bélico que acaba de sobrevivir a una emboscada, me coloqué las embadurnadas chanclas y la camiseta, crucé la calle y entré en casa con el objetivo cumplido: ya sabía sobre qué iba a escribir en la nueva entrada del mi blog.

Crítica: Nos vemos en esta vida o en la otra. Manuel Jabois

Nos encontramos ante una historia que pedía a gritos ser contada; era necesario su conocimiento. La suerte es, que estos hechos, fundamentales para comprender como se fraguó el mayor atentado terrorista en España, hayan ido a parar a manos de Manuel Jabois: magnífico narrador que hace fácil lo complejo. El relato de estos acontecimientos sirven para desmentir algunas teorías conspiranoides que a día de hoy algunos periodistas (y no periodistas) sostienen; en las que se le atribuye el atentado de Atocha a la banda terrorista ETA, y se relacionan con los comicios generales que se celebrarían tres días después.

Como suele decirse, muchas veces la realidad supera la ficción: he aquí una prueba más de ello: el guión es inimaginable. ¿Quién iba a ser capaz de relacionar el atentado del 11 M con unos chavales asturianos de mala vida? Lo relatado estremece, te atrapa y no te suelta hasta llegar al fin. Sí es verdad que hay un fragmento en el que se hace complicado seguir los sucesos por la aparición simultánea de muchos actores; especialmente uno puede entrar en un embrollo con los nombres árabes. Al final del libro se presenta el dramatis personae donde se describe a cada uno de los actores de la crónica (Jabois: ya la podías haber puesto al principio, o al menos avisar de su existencia al inicio).

La pluma de Jabois se nota; esa manera tan fresca, cercana y ágil de narrar los hechos, ayuda (y mucho) al seguimiento de los acontecimientos. No me sorprende tanto la supuesta asepsia del autor del libro, que no valora directamente lo acontecido; como la complicidad o empatía que uno llega a desarrollar con el pilar de esta obra: Gabriel Montoya (también conocido con El Gitanillo o Baby). Quizás la antes mencionada asepsia del autor no es tal, ya que aunque sea un mero transmisor, el enfoque y el punto de inicio y final de la narración despiertan sentimientos empáticos hacia el joven interlocutor – que no protagonista-. No hay que olvidar que la opinión es un componente intrínseco de la crónica.

Afirma el autor en una entrevista que Gabriel Baby no es el protagonista de lo narrado: y así es. Para localizar al protagonista de toda historia, basta con preguntarse: ¿quién es el que quiere conseguir algo? (ese algo es el objetivo principal del relato). En este caso son los islamistas radicalizados los que tienen como objetivo atentar contra los ‘pecadores occidentales’ por un supuesto y equívoco designio divino de Alá. Otra cosa es que El Gitanillo sea el personaje que más aparece en la crónica junto a Emilio Trashorras (un cocainómano desequilibrado); algo lógico, ya que es él (Baby) quién se confiesa al periodista en la entrevista que fructifica en este libro.

Parece increíble que un relato que da comienzo con uno grupo de chavalitos porreros en su barrio del norte de España perdiendo el tiempo…, desemboque en la matanza del 11M. Al presentar este cuadro inicial, invita a pensar cómo se tendrán que retorcer los hechos para que estos jovencitos barriobajeros acaben relacionados con los yihadistas responsables del atentado.

Salvando las distancias, la manera en que el autor narra lo inenarrable, y la sangre fría de los protagonistas recuerda a la obra más conocida de Truman Capote. Como sucedió con ‘A sangre fría’ este relato tiene muchas papeletas para ser trasladado a la gran o pequeña pantalla. 

Cabe destacar dos momentos sobrecogedores de la crónica: la profanación del cadáver del agente de policía asesinado en la inmolación de los terroristas en Leganés; hecho poco conocido, y que resulta brutalmente trágico y tétrico. El propio autor explica en el libro el posible porqué de la no relevancia en los medios y su no traslado a la opinión pública. Otro momento conmovedor, que supone un giro brutal en el relato, es el capítulo que comienza con la historia del hijo de uno de los terroristas cuando acude el propio 11 de marzo de 2004 a su colegio y pasa por delante del lugar de autos, se cruza con ese océano proepiléptico de sirenas en la gran ciudad paralizada y atónita; llega a clase, y como un superviviente más de la masacre es aplaudido por sus compañeros. Paradojas, casualidades. Él es inocente.

Antes de finalizar, quiero dejar una doble cuestión: ¿Sucedió todo tal y como se narra en el libro? ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de mentira en lo que Baby le cuenta a su interlocutor?

Plaga de gñus

Tras el Cola Cao y la habitual tostada con virgen extra, lo primero que hice esta mañana fue dirigirme al quiosco a por un ejemplar de El Jueves: mi tacto necesitaba sentir que la portada de la discordia era real, que no era fruto del engaño digital, del Photoshop. Ruborizado y apocado pedí a la amable quiosquera la revista con la esperanza de que me respondiese que no la tenían porque el número había sido secuestrado (pobre iluso de mí, con lo contento que hubiese vuelto a casa con EL MUNDO o el ABC bajo el brazo); ella me debió entender mal, ya que me miró con cierta compasión y me dijo:

-Sí hijo, sí, hoy es jueves.- Yo pensé: <<No, señora, no he pronunciado esa perogrullada, soy simple, pero no tanto>>.

-No, no, que digo que quería la revista El Jueves.-logré expresarme por fin con claridad.

-Ah, sí. Son dos con cincuenta.

Una vez con la revista en mis manos me quedé mirando la portada fijamente, analizando cada detalle (he de decir que me costaba mantener la mirada ante tal dechado de obscenidad). Lo que mas me irritó de la portada fue la inclusión de Rivera y Rajoy en acción de apoyo manifiesto al neonazismo walkingdeico que protagoniza el polémico número. Siendo serios, ¿qué puñetera relación tienen el líder de Ciudadanos y el del PP con la ultraderecha? (Absténganse podemitas al efímero error de la coalición con Libertas. Que como nos pongamos a hablar de fallos pasados…) Esta inclusión de los dos líderes políticos tachándolos de nacionalsocialistas es más que denunciable.

Luego, ¿qué necesidad hay de sacar a colación un tema tan jodidamente serio como es el cáncer: la puta peste del nuevo siglo?  Yo, ni a mi peor enemigo le deseo cualquier tipo de enfermedad, y menos aún que sufra de cáncer. Esto que expresan aquí los responsables del infortunio tiene un nombre: ODIO. Están ‘jugando’ con las mismas armas que los nazis. Aparte, por qué incluir a un infante en esta mierda…

Observando entre la plaga de zombis neonazis calvos, estrábicos y desdentados, hay dos de ellos que se expresan de manera encriptada y onomatopéyica: uno dice <<urgle>>, otro <<gñu>>. Tras una escueta investigación googleliana he concluido que con urgle hace referencia a Nurgle: personaje de fantasía considerado señor de la pestilencia y de las moscas, gran corruptor y amo de la plaga. Con gñu he de suponer que se refieren al mamífero artiodáctilo. Con estas revelaciones saquen conclusiones…

La portada podría haber sido correcta (aunque paradojicamente una revista satírica tal persiga la incorrección), incluso notable, si los señores responsables se hubieran limitado a dibujar la horda de neonazis, simplemente apoyada por el enunciado principal que reza: <<Plaga de nazis. La ultraderecha crece en Europa>>. Me sobra Rivera, me sobra Rajoy, me sobra el niño, me sobra la madre y me sobra el cáncer. Soy de la opinión de que un humorista gráfico cuantas menos palabras tenga que usar para explicar su obra, mejor.

No quiero mojarme en relación a la agresión sufrida por la directora de la publicación Mayte Quílez…, pero como estamos en periodo lluvioso, de perdidos al río. Desde luego que no es justificable ningún acto de violencia: ni física, ni psíquica, ni verbal. El puñetazo es violento; la portada es violenta. Una cosa no justifica la otra, pero la señora máxima responsable se expone a ello en el momento que decide publicar esto. Toca asumir las consecuencias de que uno de tus monstruitos nazis haya trascendido del papel a la vida real. Acción, reacción. Si no hay portada, no hay puñetazo. ¿Y tampoco hay entonces libertad de expresión? Claro que la hay, pero suele tener un precio a pagar, y más cuando se cruzan determinadas líneas.

Siguiendo con mi relato: ya que me había gastado dos con cincuenta en el ejemplar, aproveché y pasé algunas páginas. En el editorial titulado <<Europa apesta a facha>> me llamó la atención el siguiente texto: Todas las modas vuelven. Incluso las más asquerosas… Poco a poco estos desgraciados se han ido colando en los parlamentos europeos. Hablan de frente. Buscan enemigos cercanos. Proponen soluciones fáciles (populismo). Y todo lo que dicen es pura mierda. La cuestión es que la demagogia tiene éxito… Mmm me recuerda a algo cercano… En este fragmento de texto podemos evocar ejemplos patrios (y helénicos) actuales.

He de decir que también despertó mi atención una columna escrita por una caricatura de Sostres que después leeré, aunque no creo que el texto sea más caricaturesco que lo que haya escrito hoy en ABC.

Cierro el artículo. Pero no como Jabois (cambiándome calzoncillos por bragas para poner el colofón), que no creo que me haya quedado tan bien. Pero al menos me he quedado a gusto y el entretenimiento está asegurado. Por si acaso etiquetaré el nombre de Cristiano Ronaldo, y el de Pedroche…, y ya de paso Podemos, Sálvame y homeopatía… Que parece que si no utilizas estos tags no existes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Secta y La Sinrazón

La Secta y La Sinrazón son grandes y (no presuntos) culpables de los dos males epidémicos que sufre España: Podemos y el Partido Popular; de los que derivan el resto.

La Secta y La Sinrazón han creado dos monstruos que ríen cínicamente, mientras se suicida nuestra enajenada nación: Pablo Iglesias Turrión y Mariano Rajoy Brey.

La Secta y La Sinrazón tienen un denominador común: están financiadas por el Gobierno, personificado en Soraya Sáez de Santamaría, que maneja los hilos de Atresmedia. Beneficiarios directos de unas nuevas elecciones que les reportarán más plata por share y más sobres dentro del cristal.

La Secta y La Sinrazón son la alienación del pensamiento, el pastoreo del redil y el toreo del eral, el circo del pueril populacho nacional; escasamente culturizado y ampliamente manipulado. El Plasma de 36” y la estantería vacía. El que se piensa que el argumento central de El Quijote versa en torno a los molinos, pero que te recita en verso la lista de los depositarios panameños.

La Secta y La Sinrazón suponen el retorno al ‘Españolito’ machadiano. Es el neoguerracivilismo. El maniqueísmo: rojos y azules. La jibarización de la política. La erradicación de la primavera y del otoño. La capullización de la rosa y del azahar.

La Secta es García Ferreras y es Wyoming: el comunismo en yate y traje de chaqueta y las continuas lecciones de moralidad farisaicas. Es la degradación del zapaterismo. La Secta ha sido el trampolín del chavismo patrio personificado en la coleta y la camisa de leñador. La secta es la promotora de la telecracia parlamentaria. La Secta es el azote pactado del y por el Partido Popular. La Secta es “Telecorrupción, ¿digame?” Es la pasarela redentora del hacha y la serpiente.

La Sinrazón es un panfleto que no vende tres ejemplares y se sustenta por el interés político. Regala dvd’s los domingos para justificar su trabajo, para blanquear sus ingresos. La Sinrazón es Marhuenda, la personificación de la tertulia, la adhesión inquebrantable a la gaviota, el escarnio del periodismo que es arrastrado, en pos de billetes y vanagloria, por los platos televisivos y estudios radiofónicos. La ubicuidad mediática falaz. La continua felación gubernamental.

Obviamente, La Secta y la Sinrazón tienen un objetivo común: la defenestración y aniquilación del Partido Socialista, y de paso llevarse por delante a Ciudadanos y al que se oponga a su catódica teatralización política.

48 horas con Snapchat

Me sentía como si alguien me hubiese lanzado el guante; quizás yo mismo, o la sociedad, o la juventud. Tenía que recogerlo y aceptar el reto de intentar hacerme con Snapchat en un tiempo determinado: 48 horas. Suele decirse que uno se siente mayor cuando va por la calle y los muchachos le llaman señor y le tratan de usted. Yo me sentí mayor cuando los adolescentes hablaban de Snapchat y yo arrugaba el gesto y les miraba con cara de “¿esto qué es lo qué es?”

Tenía que poner rauda solución a mi obsolescencia. Me puse manos a la obra, me dirigí al Store y descargué la aplicación del fantasmita. Una vez pasé el registro previo y elección de nombre de usuario, foto de perfil (dinámica por cierto) y demás; me encontré con el objetivo de la cámara apuntándome, y mi cara reflejada en la pantalla del dispositivo. Me dije que me había equivocado y que por error había accedido a la cámara del móvil. Pronto descubrí que no: aquello era mucho más complejo que una simple app fotográfica.

Sintióse mi persona como cualquiera de nuestros mayores cuando falto de contrincante le colocabas el mando de la Playstation entre las manos y lo ponías a jugar contigo al Pro Evolution; este pulsaba todos los botones del mando sin ton ni son en busca de cualquier combinación efectiva. Yo igual: presionaba con el índice en la pantalla, deslizaba el dedo hacia arriba, abajo, a la derecha; ora hacia atrás, ora regreso a la pantalla inicial… Involuntariamente logré sacarme cuatro o cinco selfies. Descubrí la opción de añadir texto a la foto y a uno de esos autorretratos no deseados lo bauticé con un “probando esta app tan rara”. Seguidamente, y no me pregunten cómo lo conseguí, compartí el logro en lo que se suponía que era mi perfil.

Caí en la cuenta de que no le había llegado a nadie, no tenía amigos… Me sentía frustrado; nadie iba a poder ser partícipe de mi consecución. Mis sensaciones debían ser parecidas a las del niño que llega el colegio nuevo durante la hora del recreo: ¡necesitaba encontrar amigos (en Snapchat)! Tras seguir un par de tutoriales en la web, conocí las vías para agregar amistades a tu perfil. Recurrí a mi agenda de Whatsapp, donde apenas encontré ocho contactos compatibles; la mayoría de ellos primos adolescentes o hermanos pequeños de amigos. Los míos no estaban: demasiado viejos. En fin, agregué a los que pude y mandé algún mensaje a modo de prueba y con el fin de dejar constancia de mi existencia en aquel universo pueril gobernado por la efebocracia.

Había leído y oído acerca de una de las funciones más populares de Snapchat, los filtros fotográficos. En su prueba y experimento, me puse a trastear con la cámara y pasé un rato divertido prestando el contorno de mi cara al rostro de amigos y familiares de los que guardaba fotos en la galería. También me disfrace de cánido, de zombi, de hawaiana…

Deslizando la pantalla dos veces a la derecha descubrí Discover (valga la redundancia); un apartado que llamó mi atención como periodista. Allí pude localizar distintos medios internacionales como CNN, MTV o National Geographic. Lógicamente accedí a ellos y descubrí un novedoso formato multimedia por el que exponer el contenido diario. Se me pasó por la cabeza que el futuro de los medios nacionales -en pos de conquistar al público más joven- pasaba por allí; me pareció muy atractivo la combinación en la misma pantalla de vídeo, audio, imagen y texto. Además el contenido resultaba ameno, atractivo por lo llamativo y fresco, y exento de distracciones. Creo que pronto veremos a EL PAÍS, a El Huffintong Post o a Neox con su propio canal en Discover.

Casualmente, en el informativo de la tarde, Antena 3 Noticias anunciaba su presencia en Snapchat; no como canal en Discover, sino como cuenta. En pos de ver su actividad en el medio traté de agregar esta cuenta a mis contactos. Tuve que remover cielo y tierra para conseguir el nombre de usuario de la cuenta de A3Noticias, ya que no he logrado descifrar aún el algoritmo del Snapcódigo (agregación de usuarios por medio de una suerte de código QR). Tras antena 3, engrosé mi escuálida lista de contactos con RTVE y Sefútbol. Comprobé que tanto A3 como TVE ofrecían de manera precaria el contenido que hay detrás de ‘bambalinas’, lo que no se ve en la tele. La Selección nacional, no publicó nada. Podemos considerar que estos medios se encuentran en fase beta, están explorando las posibilidades de Snapchat.

Una vez finalizaron las 48 horas decidí desinstalar la aplicación de mi móvil, presionado por el poco espacio que dispongo en el dispositivo. Pienso que actualmente no me es útil ni me resulta interesante la app, pero de aquí a un tiempo retornaré; cuando el periodismo (los medios) tengan mucho más presente a Snapchat. Por ahora se queda en una red para que los adolescentes jugueteen. Es complejo comprender su funcionamiento, hace falta tiempo y cierta pericia para hacerse con esta app, que no sigue un único camino recto, sino que se bifurca conformándose una suerte de espacio social con diferentes compartimentos estancos.