Broncano

La Vida Moderna

Al grito de “¡Moderno, que eres un moderno!” recibieron ayer los taxistas a Albert Rivera en la puerta de Atocha. Me evocó las entradas de David Broncano al plató de ‘La Resistencia’: “¡animal, mastodonte, intrépido!” El periodista John Müller, finísimo, dijo en lo de Alsina que ese “moderno” era el “¡Vivan las caenas!” de hoy.  

Lo del taxi tiene difícil solución, porque el enemigo no es Cabify, ni Uber, ni siquiera Ciudadanos, “es el mercado, amigo”, que diría R.R. Lo apuntó con acierto Iñaki Gabilondo en la SER: “Con las luces largas, es evidente que se enfrentan [los taxistas] a un rival al que no se puede vencer, un cambio de página de la historia, al que hay que adaptarse. Inexorablemente”. 

Mientras, el propio Rivera defendía en lo de Herrera el “derecho a elegir de los ciudadanos en el siglo XXI”. Comparto su tesis, y añado que no se puede anteponer el bien de un sector laboral al de la sociedad; o, mejor dicho, frenar el avance social con fueros, monopolios y llantas apiladas en llamas. Como si los periodistas en su momento hubiesen saboteado la conexión a internet para obligar al lector a pasar por el quiosco. 

Es justa y necesaria, sí, una legislación de iguales para los competidores.  Lo que ya no sé, es si hay razón en las peticiones a escala de los taxistas. Si la hubiera, desde luego, la pierden con las formas. Y es que estos taxistas, de tanto escucharlo, se han convertido en Jiménez Losantos, miles de Federicos al grito de “¡Muera la libertad!”. 

Aparecerán, al tiempo, mesiánicos, Iglesias y Abascales para desconectar los caballos de los Prius y tirar personalísimamente de ellos. Abanderar la marcha absolutista de los ‘gilets jaunes’ castizos, “¡Mueran los negros!” 

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La Resistencia

Cuando ganamos la Guerra en el 39… 

No, hombre, no. No quería ir por ahí porque luego en el 45 nos la devolvieron. 

El caso es que quiero hablar de Humor, porque le debo una grande a La Resistencia, a David Broncano y compañía (puto Grison), que tan buenas siestas me están haciendo pasar. Desde Induráin… 

Decía Spengler que un pelotón de soldados siempre acababa por salvar la civilización. A lo que Paco Arévalo añadía que “los enanitos tienen una pierna así en el medio”. Pero volviendo a Spengler, parafraseándolo, me atrevo a decir que es el humor lo que siempre acaba por salvar al mundo. Mientras haya un átomo de humor, resistiremos. 

Caigo en el topicazo, pero ya sabemos que detrás del tópico subyace cierta verdad, de que la mayor inteligencia se demuestra con el humor. No sería capaz de mantener una relación, salvo interés o sangre, con una persona sin sentido del humor. Me siento una persona altamente humorística, en el sentido que pienso constantemente en clave de humor. Hago mía la máxima de Julio Camba “no me tome ni demasiado en serio, ni demasiado en broma”. Pero tengo un problema, y es que ese humor desde el que percibo el mundo, y que continuamente produzco mentalmente, no sé expresarlo; no soy buen comunicador humorístico. Por eso, admiro tanto a esos genios que directamente te matan con un gesto. Mi amigo Evaristo Rivieccio, a priori es un tipo muy serio y callado, es un puto genio de la narración humorística. Con nadie me he reído más. 

El Humor, el bueno, no tiene por qué producirte la carcajada. Que también, de vez en cuando. Considero que el buen Humor es el que te deja, mientras dura, la sonrisa perenne de bobalicón, como cuando piensas en la chica que te gusta. En su presentación en la Cope hablaba, con acierto, Carlos Herrera de que “hay cada triste por ahí que te dan unas ganas horrorosas de llorar. También es verdad que hay tíos jocundos y señoras jocundas que creen que todo es un chiste. Y luego, otros muchos que saben guardar los equilibrios imprescindibles y necesarios”. Por eso cuando hablo de Humor no me refiero a ese espécimen ojediano tan frecuente por estas latitudes, ‘el grasioso’. Aquí abajo, lejos de la gracia fácil y gilipollas, tenemos dos maestros del humor, Yuyu y Selu. 

Anteayer, escuche al genial humorista Ingatius Farray, aka José Ignacio, citando a Bertrand Rusell en defensa de la libertad humorística, de la expansión de sus límites y del derecho a transgredir y errar. Venía a decir que hay determinadas profesiones a las que tácitamente se les concede el bulo o el privilegio de poder realizar ciertas acciones que serían reprobadas en cualquier otro ciudadano, como el cartero de Rusell, quien podía llamar a todos los telefonillos de los portales sin reprimenda o castigo a alguno.  

Porque el Humor, y especialmente este humor posmoderno (o millenial), que cultivamos y recibimos ahora, debe ser transgresor o no será. El programa de Movistar, (beso en la solapa) La Resistencia, cumple con creces el objetivo de la transgresión. Paradigma, punta de lanza, de este nuevo y magnífico humor que se está produciendo en nuestro país (LVM, Pantomima Full, Miguel Noguera…), el programa de Broncano, como acertadamente dijo un invitado, es diferente. Tiene un no sé qué, inexplicable, inefable, que te engancha y te devuelve la esperanza en la civilización spenglariana: que se salva gracias a un pelotón de humoristas. La Resistencia.