Cádiz

Vivir como Mágico, escribir como Gistau

Si no se puede escribir como David Gistau, al menos uno intenta parecérsele. Para ello, es fundamental dejarse crecer la barba y la talega. Además, uno agrava su voz y afina su acento, y de manera automática al hablar colisiona una palabra con la otra, como un dominó, porque la mente le opera a una velocidad endemoniada. Y, si es necesario, se pone unos guantes de boxeo. 

De tanto leer a los buenos columnistas compulsivamente, no he aprendido a escribir como ellos, pero sí a vivir como ellos. Por consecuencia, he conocido que, para ser un prestigioso columnista, no hace falta escribir, sino vivir como tal. 

Hoy, sé que para ser columnista de éxito hay que cumplir con tres requisitos básicos: beber ordenadamente, vivir desordenadamente y escribir casi bien. Por ese orden, siendo el último prescindible. Por ejemplo: Un columnista serio no puede planificar más allá de la columna de mañana. El auténtico columnista ingenia sus mejores piezas en la resaca de un martes (las buenas columnas no las levanta el sacrificio, sino el vicio). El columnista fetén solo debe preocuparse por el dinero si no le llega para convidar a la siguiente cerveza o al próximo whisky: es entonces cuando este siente la necesidad de escribir (he aquí el motor de la columna).  

De ahí que, los maestros de la columna, como tiende a pensarse, no fueron ni González-Ruano, ni Umbral, ni siquiera Larra. El paradigma de gran columnista fue Mágico González: que no escribió ni una sola línea pero, con su ejemplo, sentó las bases de la ortodoxia vital de la canalla columnística. Así Jabois, por ejemplo, cuando quiere empaparse de estilo no bucea en las antologías de Camba, sino que se pone a ver en Youtube compilaciones de jugadas del ‘mago’, no con el Cádiz, sino en la noche de Cádiz.   

Yo, lo dicho: quiero ser Gistau. Para ello no pienso dejarme las retinas leyendo ni irme a cubrir una guerra, pudiendo quedarme en el sofá repanchingado viendo un partido del Mundial, atusándome la creciente barba, fumándome un Ducados tras otro, alternando con buches de cerveza. Mañana presumiré de talega en la playa y de columna en mi blog. 

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Tacita de Lata

Cádiz ha sido La Habana, ha sido Pamplona y ahora es Marsella. Parece que la ciudad, al igual que los gaditanos, le ha cogido el gusto a disfrazarse.

El pasado viernes caminaba con unos amigos por el Malecón gaditano, o sea, el Campo del Sur; íbamos a cenar y a tomar unas copas en la taberna habitual. Nos quedamos muy confusos al ver que de las farolas del paseo marítimo pendían carteles de unas supuestas elecciones municipales marsellesas. Necesitábamos una respuesta a aquella súbita incógnita, y empezamos a elucubrar las teorías más peregrinas y descacharrantes:

Una decía que si era una performance de ‘El Kichi’. Otro, que se habían equivocado los encargados de correos con el envío de carteles electorales, y los montadores ya que estaban los colocaron ahí… “Eso es cosa del Pedro Sanche’, que na’ más llegar al gobierno ya está haciendo cosas raras”, soltó otro. Yo: que si había sido una gamberrada nocturna de un grupo de borrachines gabachos. En fin…

Y, de la sorpresa pasamos al análisis estético-político (eso sí: con mucha guasa): “Esos son los Podemos franceses, no ves que salen cinco o seis en un cartel y van todos en camiseta cutre”. “Ese tiene cara de buena gente, yo le votaría, … ah, no, que es socialista, mira la flor roja”. “Hostia, este es el típico que apoyaría tu padre, tiene pinta de ser del partido de Le Pen”. Y: “Esta es la mía, guapa, y además creo que es de Macron”.

No despejamos la incógnita hasta la mañana siguiente, cuando supimos por la prensa local que se iban a rodar unas escenas de una película, ‘The Rhythm Section’, en la que Cádiz haría de Marsella. (Pese a que aquí la marsellesa se cante con otra letra.)

Parece que Cádiz es el escenario perfecto para, a bajo coste, hacerla pasar por la ciudad que sea, menos por Cádiz, claro. Aunque sin faltar a la verdad, Cádiz alguna vez ha hecho de sí misma: Recuerden al Capitán Alatriste, Vigo Mortensen, desembarcando con Los Tercios en La Caleta, o, la mítica y folklórica ‘Viudita Naviera’ de Pemán.

Cádiz, como buena doble cinematográfica, se disfrazó de La Habana, y poco tuvo que customizarse, para ver salir de las aguas de su playa a una deslumbrante Halle Berry, mientras Pierce Brosnan, la contemplaba tomándose un Martini en el chiringuito.

En una ocasión la ciudad hizo de Pamplona para acoger el rodaje de la película ‘Noche y día’, en la que Cameron Díaz y Tom Cruise son la pareja protagonista; y, entre escena y escena, un toro se escapó del corral sembrando el pánico por las calles de Cádiz. Afortunadamente se quedó en una anécdota más de las que atesora la ciudad.

Y, digo yo: ¿No es más lógico que Marsella haga de Marsella; La Habana, de La Habana; Pamplona, de Pamplona…, y, sobre todo, Cádiz, de Cádiz? Será que lo que brilla en nuestras aguas no es la plata, sino, corrigiendo al poeta, la lata.

 

Coda: ¿Marsella es Cai con más moritos? / ¿Cai es Marsella con más Podemos? 

Robinsones

Sigo teniendo la sensación, cuando paseo por la calle, de que muchas de las personas que me rodean componen una escenografía: o sea, que son como figurantes de las películas (en este caso, mi película), o personajes de atrezo de un videojuego. Estos, con su mera presencia, darían verosimilitud a nuestra vida. Vendrían a componer el entorno o contexto de ese andar solitario entre la gente del que habla Antonio Muñoz Molina.

Yo, como buen Robinson Urbano (y sigo citando a Muñoz Molina), en mi caminar callejero (en mi correr playero, mejor dicho) he creído hallar ciertos personajes que, más que rescatados de la insignificancia de un videojuego o una película, parecen escapados de un cuento de Roberto Bolaño. Solitarios, excéntricos, compulsivos. Como aquel personaje de la novela ‘El Tercer Reich’ del escritor chileno, ‘El Quemado’, que al caer el sol se dedicaba a apilar patines en una playa de la Costa Brava formando una suerte de estrella para pasar las noches refugiado en esta.

El caso, es que mis personajes, de los que llevo mucho tiempo queriendo hablaros sin saber cómo, son tres…; bueno, en realidad son cuatro:

La primera vez que me fijé en María (pongamos que se llama así), supongo que ya me la habría cruzado unas cuantas veces sin despertar mi atención; estaba yo ejercitándome junto a un amigo en unos palos de madera en la playa y ella caminada deprisa por el paseo marítimo: llevaba un chándal, el pelo recogido en una tensa coleta, iba ligeramente encorvada y andaba con aires masculinos y atléticos pese a su enjutez. -Ciertamente, perdonad la maldad, me recuerda un chimpancé-. Pero, no centré mi atención en ella porque fuera bella o llamativa, que no lo es. Sino porque pasó ante nuestros ojos (mi amigo también cayó) dos veces, con ropa diferente y en el mismo sentido en cuestión de un minuto.

A partir de entonces, cada día que fui a la playa a hacer deporte, me la cruzaba, quizás con demasiada frecuencia, y de nuevo, cambiante de ropa. El misterio se despejó cuando un día mi amigo me dijo que ya lo tenía: ¡María eran dos! A La segunda María la llamé Ana. Aunque a día de hoy no sé quién es Ana ni quién es María. En resumen: Tenemos a dos hermanas gemelas, de mediana edad, de constitución enjuta y varonil, con hechuras simiescas, que caminan deprisa por el Paseo Marítimo de manera compulsiva, que no se paran a hablar con nadie, y lo que más me intriga: que jamás van juntas.

A Paco, siempre me lo encuentro entre el Paseo y la Avenida caminado con su perro, Oveja. Él debe frisar los sesenta años, y Oveja debe tener la misma edad traducida a años caninos. Caminan arriba y abajo, constantemente, hasta que se agota el día, aislados como en una burbuja. Pareciera que se bastan el uno al otro. Paco mira con ojos melancólicos y desconfiados al resto de caminantes, tiene el pelo muy rizado, al igual que su perro, que recuerda a la lana (de ahí el nombre del can). La cara consumida y la barba ceniza que enmascara el bajo rostro. No puedo evitar, cada vez que me los cruzo, pensar en quién de los dos morirá antes, y lo solo que se quedará el otro.

Sin duda, es Teodoro, el más excéntrico de mis personajes. En la cuesta donde caliento antes de echar a correr por la arena, allí deja su bici atada con un candado a la barandilla: esta es un modelo de montaña antiguo, tuneada artesanalmente por él: Bandera española en el guardabarros frontal, muñecos atados al manillar, sillín asillonado, y lazos y conchas colgando del cuadro. A Teodoro, que viste tan estrafalario como su bici, me lo puedo encontrar a la hora que sea, corriendo o andando por la arena seca. Lleva siempre, haga frío o calor, la misma sudadera verde fosforito del Barsa, una gorra con el escudo constitucional, una capucha y sobre esta unos aparatosos auriculares de música. Luce una barba como de náufrago coqueto, la piel cetrina y arrugada que denota su proximidad al sol y a la última edad. Siempre me pregunto dónde pasará la noche.

Mi espíritu periodístico, que se fundamenta en la curiosidad, me empuja a acercarme a mis personajes y preguntarles por sus vidas, a hilvanar una semblanza cosiendo los retazos que tengo de cada historia. Pero la timidez se impone; o, quizás sea mi otro espíritu, el novelístico, que prefiere no conocer para ficcionar.

El caso, es que a veces me pregunto, si no seré yo para ellos un personaje, como ellos lo son para mí, también.

Cal y arena

Mi primer recuerdo con Teófila es prestado. Correteaba, con apenas cuatro años, al sol del paseo de domingo junto al mar. La mujer rubia, en campaña, se paseaba elegante y nueva, buscando las manos, los ojos y los labios de los vecinos. Topó frontalmente con el chiquillo que era, se agachó a la carantoña y descorché -con el descaro reservado a los primeros y últimos compases de la vida- el pensamiento inocente y feliz: “¡Hola, Rafaela!” Su sonrisa fue el voto de confianza de mis mayores.

El otro encuentro que conservo en la memoria es propio y más reciente. Diecinueve años después, ella en el ocaso de su mandato y yo en el amanecer de mi profesión, nos cruzábamos cada viernes prensa y gobierno. Tras la perorata de la alcaldesa, se ponía, resignada y con prisas, a disposición de los que inquirían: yo entre ellos. En una de esas debí tocar una tecla incómoda y ella solventó el picor con descortesía y arrogancia: “Usted es muy joven para conocer ese asunto”, zanjó.

Así fueron sus 20 años al frente: una de cal y una de arena. La mejor alcaldesa que tuvo Cádiz. Y también, la peor.

La lengua mordidita

La lupa mediática nacional ya no hay quien la aparte del Teatro Falla hasta que acabe el Concurso. Toca convivir (cantar) con esa presión añadida. Mas dudo que los autores de carnaval se amilanen ante esta situación de perenne vigilancia mediático-social; es más, en las sucesivas fases arreciarán, seguro, las letras críticas contra esta inquisición extramuros y a favor de la libertad de expresión.

Cuesta creer que la amenaza con los juzgados pueda atemorizar a los autores, parapetados tras el ‘animus iocandi’ (intención de broma) y confiados en una justicia local conocedora de la fiesta. Aunque cabe resaltar que el ‘animus iocandi’ hay que tomarlo como lo que es, un amortiguador y contextualizador de la posible ofensa; no un justificante de un delito de odio: no todo vale, y sí es delito encubrir el odio dentro del humor.

Pero como sucedía con la Ley Fraga, la censura más eficaz, que puede acallar a los autores, es la propia: la temida autocensura. Escribir con cortapisas, llenar el papel de borrones o teclear con el dedo corazón diestro acariciando sobre la flecha de retroceso, son los síntomas más evidentes de esta práctica abortista. Por desgracia, ya es una realidad que la pluma de los autores carnavaleros sucumbe ante la inquisición digital de lo políticamente correctísimo: o sea, los tuiteros insomnes que fiscalizan hasta la letra más inocua de la última comparsa. No vaya a ser que llamen parienta a la mujer, suegra a la suegra, o negro al negro.

 

 

¡Selu, fascista!

Me siento triste e indignado: a todos los carnavaleros de verdad se nos ha caído un mito.

Sepan ustedes que el Selu y su chirigota han actuado en el acto de cierre de campaña, a las elecciones catalanas, del partido político fascista Ciudadanos. Algo que no tiene defensa ninguna, por más que el autor justifique que lo hacen por motivos económicos (y no de afinidad ideológica) y recurra por Twitter a rastreros argumentos emocionales como que el componente de su agrupación Jose Mari le hace falta el dinerito para los reyes de su niña. O que también cantaron en su momento para Nuestro Partido, el único que defiende la democracia, Podemos. No hay justificación posible, Selu, no te lo perdonaremos jamás.

El carnaval de Cádiz siempre ha sido patrimonio de la izquierda, y es una alta traición que un carnavalero reconocido se venda a la extrema derecha. ¿Qué buen demócrata en su sano juicio no preferiría dejar a sus niños sin regalos de reyes antes que ponerle el culo a la oligarquía tirana del Ibex35 y del artículo 155? La coherencia debe estar por encima de todo, incluso hasta del pan de tus hijos. Si hay que pasar hambre, se pasa.

Y, es que, es una verdadera incoherencia que un supuesto defensor de la libertad de expresión como José Luis García Cossío (José Luis García Vendío, desde ahora) colabore en la recogida de votos con un partido tan reaccionario que defiende la muerte digna, el aborto regulado, la supresión de los privilegios carlistas, el matrimonio homosexual, la regulación de la prostitución o la legalización de la marihuana entre otros planteamientos propios del siglo XIX. Un partido heredero del franquismo (movimiento que silenció la voz del carnaval durante 40 años), cuyo líder Albert Rivera, un reconocido consumidor de cocaína, casi comparte apellido con el fundador del movimiento falangista José Antonio Primo de Rivera. Y cuya lideresa catalana, esa “mala puta” (Albà dixit) de Inés Arrimadas ¡es jerezana! ¿Desde cuándo uno de “Cadi Cadi” apoyando a alguien de Jerez?

Desde aquí, compañeras y compañeros, ciudadanas y ciudadanos de Cádiz, propongo un boicot a la chirigota del Selu. No comprad entradas para el día que actúe en el Concurso o fuera de él, abucheadles y escracheadles cada vez que los veáis por la calle. Decir NO al Selu es decir NO al fascismo, y, por tanto, decir SÍ a la democracia y a la libertad de expresión.

Firmado: un votante de Ciudadanos, hijo de una jerezana.

 

Cádiz es Pamplona (comentario de ‘7 de Julio’, de Chapu Apaolaza)

El libro ‘7 de julio’ llegó a mis manos de manera azarosa, diría que mágica. Como buen humano débil, tengo mis vicios y mis compulsiones: el mío es caro pero instructivo, se trata de comprar libros por Amazon, por impulso, sin pensarlo: reconozco sentir placer al clicar y añadir al carrito, y luego cuando llega a casa y rompo el cartón y tomo en mis manos el nuevo libro y huelo sus páginas… El caso es, que el día del chupinazo de 2017 sentí una atracción repentina y fugaz por una fiesta que me era totalmente desconocida y ajena, necesitaba saber algo de ella. Me vino el libro de Chapu a la mente, ya que sabía de su existencia por ser seguidor del buen hacer de la editorial Libros del K.O.; tenía también ‘Fiesta’ rondándome la cabeza. ¿Cuál de los dos comprar y leer? “‘7 de Julio’, está claro”. “No, mejor ‘Fiesta'”. “Bueno, mejor los dos”. Clic, clic.

Así, la noche del lunes 10 estaba sentado en mi butaca de leer con ‘7 de julio’ en las manos, sin saber qué me iba a deparar. (Pensé en leer primero, a modo de telonero a Chapu, para luego pasar a Hemingway… Ahora tengo cierto miedo de comenzar ‘Fiesta’, no vaya a ser que eche por tierra todo lo que Chapu ha despertado en mí).

Puedo afirmar y afirmo que el libro de Chapu me ha inoculado el veneno de San Fermín. Esa noche de lunes me acosté tarde leyendo, el libro me atrapó y perdí la noción del tiempo. Pero no me importó, puse el despertador del móvil a las 7 y 45, media hora antes de lo habitual: necesitaba corroborar por la tele y en directo lo que había leído en el libro. Normalmente pongo tres alarmas en el móvil, con tres minutos de diferencia cada una, para así despertar de manera más suave con la última. La mañana del martes 11 me incorporé en la cama como un resorte, a la primera, impulsado por una energía, por un motivo potente y desconocido. ¿Cuál era?, pensé en esos cuatro o cinco segundos de ubicación que uno necesita al despertar. “Hostia, el encierro”. Corriendo al sofá y La 1 puesta.

Era verdad, no me mintió. En la tele me encontré, corroboré, lo que Chapu me había narrado la noche anterior. El rezo de menos 3, el canto que desde 2009 también se hace en euskera, el pequeño santo moreno, el rezo de menos 1, los pocos valientes en la cuesta de Santo Domingo, las caras de tensión de los corredores más conscientes, los estiramientos, el cohete, los cencerros. El encierro.

Los momentos previos a la salida de los toros sentí cierta ansiedad, angustia, un hormigueo en los dedos de las manos, dificutad para tragar saliva y un estrechamiento del esófago. Lo mismo que había sentido de noche con el relato de Chapu, un superdotado en la capacidad de transmisión de sentimientos, un transcriptor de la vida. El encierro fue rápido, 2 minutos y diez segundos, y apenas pude fijarme en las carreras de los mozos ante las astas, ya que mi atención se centraba en la supervivencia de estos. En la repetición multicámara de TVE, ya sí pude disfrutar.

Antes mencioné la inoculación del veneno sanferminero, y prueba de ello es que esa mismo martes a la hora de comer, muy serio yo, frente a mi abuela en la mesa, le dije con voz de quien decide ir voluntario a la guerra: “Abuela, el año que viene me voy a correr los sanfermines”. Esa tarde-noche, tapeando con un amigo le solté: “Quillo, el verano próximo nos vamos pa’ Pamplona a correr, con dos huevos”. ¿Qué mejor prueba de que la llama había prendido en mí, de que por culpa de Chapu me había envenenado en una sola noche de lectura?

El miércoles, el jueves y el viernes repetí ese rito recién creado. Alarma a las 7:45 y la tele enchufada. Me habitué a esa leve ansiedad mañanera que acentuaban los cantos al santo de menos tres y de menos uno y disparaba el bum del cohete; aunque el jueves viendo el encierro y habiendo leído la noche anterior el capítulo de la muerte, cambié de opinión y pensé “no corro, ni de coña”; la ansiedad me dominó solo de pensar que el próximo julio yo estaría allí. El viernes, de nuevo decidí que corría. Sentimientos viejos: la euforia; monstruos antiguos: la ansiedad, la puta ansiedad, pero aplicados a algo nuevo. Al nuevo mundo en el que acababa de desembarcar. San Fermín.

Cuando Chapu habla en su libro de Pamplona, yo pienso en Cádiz; cuando habla de San Fermín, yo pienso en el Carnaval de Cádiz. Dos  fiestas a priori en la antípodas, pero que si se rasca un poco en ellas, el fondo es el mismo: un baile entre la vida y la muerte, una exaltación de la vida. Escribía Martínez Ares para la comparsa La Eternidad, que Cádiz es “la tierra donde tropiezan y donde descansan los vivos y los muertos”. ¿Acaso no es eso la Pamplona de los sanfermines? Juan Carlos Aragón con Los Millonarios comparó el Carnaval con una religión laica (valga el oxímoron):

[…]todas las calles de Cádiz/ también son el templo de una religión/
que da a la vida sentido, /por eso te digo, si vienes de fuera /o si eres de aquí
pero aún no te enteras /qué es el Carnaval:/
No es una fiesta más ni una feria de tantas, /es un modo de estar de la gente de Cádiz,/
que hace de su cantar su semana más santa, /su semana de gloria, de olvido y pasión./
Y como tal religión tiene oración, /culto y profeta, canto, castigo y perdón, /resurrección, música y letra,/
y como tal religión, /mi religión, /tú las respetas.

¿No son acaso los sanfermienes eso mismo? Una religión laica en la que se venera a San Fermín, en muchos casos, desde posiciones ateas; una fiesta en la que no hay más dios que el toro. Acaso es San Fermín una simple fiesta más o una feria de tantas; no es acaso un modo de estar, de vivir. Una semana de gloria, de olvido y pasión. Desde la jota del día siete, hasta el “pobre de mí”, pasando por los rezos al santo, no son más ni menos que oraciones. No son acaso los corredores más destacados, profetas de la trayectoria del toro, del devenir de la fiesta. ¿No es cierto que son componentes del encierro el castigo y el perdón concedidos por el toro? Acaso no es otra cosa el encierro, la fiesta, que una resurrección.

Mil kilómetros separan a Cádiz de Pamplona. Pero la distancia es solo física, ya que estamos “pegados por la saliva” como dijo el sabio, ligados por la muerte y la vida, por la sangre, por el vino. Cádiz, tan idosincrásica no se entiende sin Pamplona; Pamplona, tan foral ella, no se entiende sin Cádiz; por ello la importancia de coser un país por los márgenes, sin necesidad de pasar por la imposición de un Estado Central.

* * *

Permítaseme la coda: La Cádiz de hoy, la del Kichi, no puede estar más alejada del mundo del toro. “Ciudad libre de espectáculos con animales”, así ha sido declarada hace poco. Un alcalde, que ignorante él, tacha a la fiesta con trazo grueso de “maltrato animal”. Pero pese a que Cádiz desde los años setenta no tiene plaza de toros, por causa del estigma franquista (se hizo de las paredes del coso un paredón), no hay que olvidar jamás la importancia que tuvo la esplendorosa Gades en el toreo. La ciudad puede presumir de algunos hitos de la tauromaquia como la invención del toreo a pie, el ser pionera a la hora de construir un ruedo, o acoger el primer mano a mano entre Juan Belmonte y Joselito El Gallo. Casi ná.

¡Gora San Fermín y viva el Carnaval!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Morir y resucitar en la playa

Esta mediodía salí a dar un paseo por la playa. Estuve al borde de la muerte. Siempre pensé que tendría un final cómico, pero no hasta tal punto, ni tan temprano. Por fortuna, sobreviví al percance (u odisea, según se mire) y puedo narrarlo.

Abandoné el hogar en torno a las 13 horas para pasear por la orilla de la playa, y despejarme, y de paso pensar en algún buen tema para escribir en mi abandonado blog. Ya de regreso de la caminata me reencontré una zona de la playa acotada por vallas -a la ida la esquivé por el Paseo Marítimo-, en la que no se permitía el acceso a nadie ajeno a la obra de rehabilitación (se trataba de mitigar un escalón arenoso originado por elementos climatológicos, con la añadidura de arena en la zona baja y retirada de la sobrante en la más alta) que se estaba realizando en la playa de La Victoria en Cádiz. Cuando llegué a este sector delimitado por barreras metálicas, pensé como es lógico en ponerme las chanclas y la camiseta, y continuar el camino por la acera. No lo hice así, ya que delante mía un señor de edad avanzada se precipitó a la zona vallada y siguió caminando por ella tan tranquilo. Yo seguí su ejemplo y me aventuré por la zona restringida sorteando la barrera con un sencillo quiebro de cadera emulando a Isco; total, como mucho me llamaría la atención un operario. Ignorante de mí.

Al poco de caminar por esta acotación del terreno orillado empecé a notar que cada vez era más dificultoso avanzar porque los pies se hundían en un terreno farragoso; fango provocado por la marea en ascenso que bañaba la ingente cantidad de arena añadida por la pala mecánica. Eran menos de 500 metros lo que me restaban para el final de la playa, y decidí seguir aunque me costase el avance. Pero llegó un momento en el que se hizo imposible progresar más; estaba con la arena por las rodillas. Lo curioso es que el liviano señor que me precedía había pasado por aquel terreno sin apenas dejar su huella en la arena, levitando. Ese tipo de persona que nunca les pasa nada. Con el fango ya en los muslos traté de seguir mi avance, no me quedaba otra, pero conforme pataleaba, más me hundía. Llegué a estar con la arena al cuello, literal: solo la cabeza fuera. Fueron diez segundos (para mí una vida) de agónica lucha por la pervivencia. Nadie alrededor a quién pedir ayuda. Iba a morir ahogado en la arena, sería portada del Diario de Cádiz…, ¡y saldría en los telediarios nacionales! (o no, alomejor me quedaba ahí abajo tres mil años, como los fenicios). El caso es que fecharía un precedente: ¡el primer ahogado en la orilla de la playa! Angustiado al máximo, hasta el punto de no poder articular palabra, se me ocurrió nadar bajo la arena -la cabeza seguía fuera- hacia la parte seca. Sacando fuerzas de flaqueza, logre liberar los brazos del manto arenoso y me agarré a la arena seca, me agarré a la vida. Poco a poco, con las manos en terreno firme, fui emergiendo de la arena, como un topo.

Ya con la vida asegurada, luché por salvaguardar mi orgullo: miré en derredor por ver si alguien había presenciado la escena; como cuando tropiezas por la calle y oteas en torno a ti deseando que nadie te haya visto. Comprobé que venía una pareja de mediana edad paseando en dirección opuesta a la mía; yo, altanero, como el que ha tenido un pequeño resbalón, sacudiéndome los codos con aire despreocupado (estaba de barro hasta las cejas), me crucé con ellos y les advertí de la existencia de <<un pequeño lodazal>>. Abandoné la playa como el héroe bélico que acaba de sobrevivir a una emboscada, me coloqué las embadurnadas chanclas y la camiseta, crucé la calle y entré en casa con el objetivo cumplido: ya sabía sobre qué iba a escribir en la nueva entrada del mi blog.