Cádiz

Noventa años de sol y edad

El día de su concepción el sol se asomaba cotilla por las ventanas de un Madrid recién republicano. La matrona escarbó en las entrañas de su madre y sacó, como del fondo de una mina, una niña tan negra como el cacao. Teresita no lloraba, sino que reía.

Las lenguas malhablaban por los zocos y verdulerías de la ciudad: con esa piel negra como una noche de grillos, tan oscura que azuleaba, la niña no podía ser hija de su padre: un extravagante rubio de ojos verdes que se movía por la capital con un monociclo y un tití al hombro. Se quiso creer entonces que su madre, Concha –una señora grande como un castillo–, fue preñada, en uno de sus viajes a las mil islas del cuerno de África, por un mandingo.


Su abuelo gustaba de llevar a la negrita por los bares de ese Madrid sin rey a comer hocico de jabalí y chupar cuerno de ciervo. A Teresita le encantaba coincidir en aquellos templos de la casquería con Manuel Azaña, a la sazón presidente del consejo de Ministros, y que le contara los cuentos de Calleja.


Por motivos de trabajo, siendo aún muy cría, sus padres se la llevaron a una de las mil islas de ébano y marfil. La travesía a lomos –o a caparazón– de un galápago gigante fue pesadísima. Al poco de estar en la ínsula de Fernando Poo, un veneno serpentino y multicolor infectó a la niña con el virus del sueño. Del que no despertaría hasta dos años, cinco horas y veintitrés minutos después, gracias al buen hacer de un chamán de tribu local. Al amanecer, Teresita se encontró con una nueva hermana, Choni, esta sí, fruto indudable del matrimonio entre el hombre extravagante de la cola de tití y la mujer-castillo.


Tras la larga siesta, la familia se instaló en Jerez de la Frontera. Allí vería la luz la grande hermana pequeña, Julita, hija del hambre, que nació con un bocadillo de chicharrones bajo el brazo. Dicen que durante el embarazo, a Concha le crujían las tripas como truenos en una tormenta tropical, pero no eran las suyas, sino las de la niña que abrigaba en su vientre. El quijotesco padre moriría al poco de regresar de la negritud entre fiebres horrorosas que le ponían el cuerpo a 60 grados. Combustionó.


El día que expiró el padre, una monita salió de debajo de la cama en la que el buen hombre pasó los últimos calores. El primate se hizo un hueco en la casa como una cuarta hermana. Nuestra Teresita peleaba a menudo con la mona en unas palizas enredadas en las que bien no se sabía dónde acababa aquel simio y dónde empezaba la ya joven negrita.


Mas el hambre llamaba a la puerta del hogar tras la crudelísima Guerra de Los Hermanos. Dicen, que como en el cuento de El Coronel, Concha, la matriarca, ponía piedras a hervir para que los vecinos no pensaran que en su casa se pasaba hambre. Aunque Julita, que cobijaba en su cuerpo una solitaria como una anaconda, se las comía como si de patatas duras se trataran.


(…)


Teresita, para apoyar la economía del hogar, se puso a trabajar de costurera en el taller de banderas de Don Mario. La negrita, astuta cual zorrillo de las nieves, tejía y destejía –en un remedo entre Penélope y Mariana Pineda–, los retales amarillos para aclarar el morao de las banderas. Daba la impresión de ser la más trabajadora, aunque en sus diez años en lo de Don Mario, sólo convirtió tres pendones republicanos en nacionales.


(…)


Entre tela y tela, conocería a Paco, un hombre con corazón de buey, y pronto se casarían. Tendrían hasta seis hijos. Tan deseada era la primogénita, que le dieron por nombre todo un continente: África. La siguiente, Almudena, ya monologaba en la barriga de su mamá. Pero antes de alumbrar a la tercera, María Teresita, un calco de Teresita –o Doña Teresa ya por entonces–, La Desgracia, eterna vecina, se le presentó a la familia. Llamó al timbre de la casa y tomando de la mano a la niña África, la sacó al patio, la levantó en peso y la ofreció al cielo. Como Amaranta la Bella en la magna obra de García Márquez, la niña, abducida por una luz cenital, subiría a la patria celeste cual globo de helio.


Al poco de la ascensión, Doña Teresa la negrita, agigantó de nuevo su vientre para parir, cómo no, otra hembra. Le pusieron por nombre África II, aunque todos la llamaban Tati, nunca nadie supo por qué. Y, por fin, a la quinta, –con Paco, el hombre del corazón de bóvido, desesperado–, vino al mundo un varón en aquella suerte de gineceo o sororidad. Paquito le bautizaron.


Y cuando ya la familia se hubo consolidado. Teresita noto que Juan José se cocinaba en su entraña. Cuando nació, no sin dificultades, ya que aquella criatura pesó más que un atún, Juan José resultó ser Rocío, que con los años y con la misma edad que su madre entonces, daría al mundo un ratoncillo llamado Alejandro. El famoso parto de los montes.


(…)


Pasaron los años, y a Paco padre, por culpa de su cardiopatía, le crecía más y más el corazón –que ya era como el de un elefante– (“paquidermo” le decían bromeando sus amigos): conforme más grande se le hacía el órgano más buena persona era. Sabía que un día, no muy tarde, le estallaría el corazón de extrema bondad.


Con sus hijos ya crecidos y dándole nietos y venga más nietos, Doña Teresa dedicaba merecidamente los días a tomar el sol con su hermana Julita, la famosa tía Julia del escribidor. Eran como lagartos aletargados que pasaban días y días bajo el aliento del Lorenzo. Una tarde, nuestra negrita, impulsivamente, decidió vencer su fobia al agua y se echó a la mar. Cuando salió, lo hizo con la piel escamada y una cola como de lagartija.


A la vejez, en una suerte contraria a la de Benjamin Button, su cuerpo envejecería a pasos agigantados, quedando la pobre Teresa como una uva pasa. Por cambio, su mente rejuvenecía recuperando facultades olvidadas y optimizando los cinco sentidos. De natural nervioso, su rabo de lagartija se movía cuando rumiaba alguna preocupación. O sea, siempre. Harta de ese delator apéndice de saurio, cada viernes lo hacía cortar en su peluquería, pero como el hígado de Prometeo, a la noche se regeneraba. Estaba condenada a vivir con su bata de cola y nervio.


El día de su noventa cumpleaños, en un infinito comedor rodeada de sus hermanas, hijos, nietos y bisnietos; con dos sillas vacías que ella llenaba con el recuerdo de Paco y de África, pronunció estas palabras: “En casi un siglo, siento que he vivido seis vidas; pero afortunadamente puedo decir que nunca he conocido la soledad”.


“Claro, abuela”, replicó una de sus nietas: “El sol siempre se rodea de estrellas”.

Kichín Pamplina, cantautor de Plaza Mina

Arrugué mi camisa y salí de casa. La cita era a las 7, como en Las Ventas. 

Volvía Kichi a torear en su plaza, la de Mina. Aquella en la que pegaba megafonazos como liberado sindical, cuando desertaba de la que le correspondía en Tabernas. Pero no estuvo solo. Hasta seis teloneros, ¡seis!, le calentaron la silla. 

Alberto Garzón (rayo que no cesa) se cayó del cartel, a Pablo Iglesias le amenazaron con cortarle la coleta si la asomaba por aquí. Miguel Urbán, “becerro”, vino como único embajador de la Corte y Villa; aunque se dedicó a dar lecciones de Europa, como si a Cádiz no hubiera llegado el adsl o siguiéramos con la peseta. No comprendía el eurodiputado que, de él, la audiencia solo aceptaría recomendaciones de dónde comer los mejores gofres en Bruselas. 

Los adelantados habían tomado para sus juegos el ruedo central de la plaza de Mina, entre sol y sombra, privando a los niños de sus políticas de cada tarde (aunque alguno se coló por allí correteando para darle un aire de madurez al acto). La cosa, como era de esperar no empezó hasta las 7 y 25, y se alargó casi hasta las 9 por culpa del lenguaje inclusivo.  

A la hora que comenzó a hablar Lola Cazalilla, no se registraba ni media entrada al coso: cuatro amigotes de la comparsa, dos viejos sindicalistas y los privilegiados del kichismo en barrera de sombra; o sea: Paco Cano (aka Sinmu, aka Sinver), Barcia y demás camelos.  

No le sentó bien a Cazalilla que un tal Ernesto Alba, portagrito de IU en Andalucía, despotricara de “los bienvestidos de Ciudadanos” siendo ella la candidata de Cs por Adelante Kichi. Reivindicó la futura concejala la dignidad y a Ana Camelo, que es como reivindicar la cultura y a Álvaro Ojeda. Añadió que Cádiz necesita vitamina K, “de Kichi”, mientras nos ofrecía la K de kursi. Terminaba leyendo un popurrí de Juan Carlos Aragón, y cuando iba por la mitad ponía cara de que mejor hubiera sido un cuplé, aunque rematase con sacada de nabo. 

Cuando tomó la palabra la otra concejalable, Eva Tubío, sobrevolaban el ruedo las cotorritas argentinas aclimatadas al sudapopulismo del acto; sus graznidos se confundían con los de la Tubío, poniéndole un punto de coherencia al discurso. 

No fue el descubrimiento de la tarde la número cuatro de AK, Lorena Garrón, que solo hizo pelearse con el micro; el hallazgo fueron las perlas que dejó la juntaparlamentaria Ángela Aguilera, y que he tenido a bien recogerlas para su goce: “Los fascistas no vienen del cielo”, “Acordaos cuántas ruedas nos han puesto en el camino” o, mi favorita, “Cs lleva 40 años apuntalando el sistema bipartidista”.  

Cerró el acto el alcalde alcaldable, que siguiendo la tónica de sus compañeros se apropió de la figura de Juan Carlos Aragón, paz descanse, hasta titular su perorata “Cádiz resiste”. Este kichilicuatre, que guarda aspecto como de cantautor o de pedirte fuego, se acordó de las bondades de su mandato, tapando las vergüenzas como sus michelines; como quien vende un crecepelo efectivo, pero omitiendo que te deja estéril. Estuvo cumbre cuando afirmó rotundo que ellos no hacían populismo, para acto seguido marcarse un ejercicio impecable de dicha práctica: “El bastón de Salvoechea volverá a donde tiene que estar, en las manos del pueblo”. 

En fin, pamplinas. Y los niños, sin plaza.  

Liberales en un 207

Tanto parecía aquello un bautizo pijo, que cuando llegué al lugar realmente pensaba que lo era: felicité a los padres, le pellizqué un cachete al niño y pregunté dónde era lo de Rivera

No era precisamente un crío al que se consagraba en la pileta bautismal del Atlántico, sino más bien una señora que cumplía 207 años, ¡Felicidades Pepa! Un número, 207, que evoca cierto modelo de Peugeot, coche en el cual hoy día, y como dice el ingenio, seguirían cabiendo los genuinos liberales españoles. Uno de ellos es José Ramón Bauzá, expresidente balear, quien ya sin portar la alianza del PP venía soltero acompañando a Rivera en su ya tradicional ofrenda floral, como rito iniciático de la primavera, a la Constitución gaditana. 

Decía que Albert se acompañó del boticario balear para que vendiera las recetas de su farmacopea anti(pan)catalanista. Parecía Bauzá, entre conde y matador, con su patrico y sus ricitos en la nuca, el mar de fondo, navegar en un catamarán en las aguas de Menorca. 

El escenario del coloquio, el Parador Atlántico, era el mismo en el que hace justo 7 años, en la celebración del Bicentenario de la Constitución, se tomaron las fotos de José Mari Aznar, otro dizque liberal, saliendo a hacer running de buena mañana, Federico en los cascos y sus machacas detrás.

Distraído de la trivial tertulia, captó poderosamente mi atención un grupo de jóvenes, como de nuevas generaciones naranjitas, formados en pelotón tras el coloquial escenario, que parecían los liberales de Torrijos, muchos años después, esperando a ser fusilados. Aunque los únicos disparos fueran los flashes de las cámaras, y ellos más que dispuestos a morir por la Libertad parecieran convencidos a hacerlo por un quinto puesto en una lista de provincias.  

Acabo Albert su speech con un “¡Viva Cai, viva La Pepa y Viva España!” Le faltó darle un viva a Malú.  

8M: Pasacalles taurino

La quedada del machihembrado, que diría Umbral, era en hora taurina (18h), y el ‘meeting point‘ donde la antigua plaza de toros de Cádiz, cuyos paredones de sangre roja fueron demolidos en el ’76 por los estigmas que dejaron los fusiles franquistas. Desde entonces no ha visto Cádiz más torero que el de la chirigota, hasta que esta tarde hizo el paseíllo morado José Luis Ábalos, hijo del novillero ‘Carbonerito‘ antes que ministro en funciones. 

Marchaba Ábalos, con hechuras de banderillero gordo, casi a la cola de toro de esta suerte de pasacalles de chirigota larga con ribetes morados como de penitencia cuaresmal y santa y puta inquisición. Se dejaba ver Carbonerito jr, el pecho palomo, la chaqueta de tenor y el llavero del Cortijo asomando por el bolsillo del pantalón. Flanqueado por su cuadrilla en la que figuraba el alcaldable panzasanchista Fran González y el susánida Juan Cornejo. La estampa invitaba a que sonara Suspiros de España y a rematar la faena en Casa Manteca apurando un Tío Pepe y un papelón de chicharrones de Chiclana. 

Pero la realidad era bien distinta y disonante: al paseíllo sociata lo acompañaban las voces agudas del gineceo hormonal con el popurrí acostumbrado: que si “mi coño”, que si “el patriarcado”, que si “el capital criminal”, etc. Si Heliodoro Ábalos, paz descanse, levantara la cabeza. 

En fin, que había manifa más allá del fomentador, y ésta al girar el coso taurino y enfilar la Avenida comenzó a estirarse y formarse en abanicos, como un pelotón ciclista en persecución: por el ritmo de batucada con apretón o de procesión con cielo negro pareciera que encabezaran el grupo los Sky de Thomas y Froome. No me sorprendió ver por allí, entre banderas guerrepublicanas, juventudes comunistas (sumo oxímoron), pezoneras y ombligos morados al sobrio concejal de Ciudadanos, JMPD, como una más haciendo el lila: pintaditos los cachetes con el símbolo de la mujer. Y digo que no me chocó porque en tiempo de elecciones… 

Pero como uno es cronista de los márgenes, como un Jesús Quintero sin teatro, fui a pescar en el caladero último, a ese fin de fiesta que los Locales tienen que ir azuzando con varas como pastores a mulillas. Y, ¡oh!, bendito regalo de la simbología: tras una cutrepancarta de ‘Podemos Cádiz’, quince, literalmente quince, viejos rockeros comunistas, una concejala kichista con megafonía y un Histórico profesor de la UCA que unta la manteca en pan en clave marxista. Olor a vinazo reseco al sol y a naftaleno. “Por el barrio de La Viña quiso el destino que se encontraran/ la peñita de Fidel Chano y la peñita del Chele Vara./ Y salió sin querer esta revolución”. 

 

La rebelión de los palos selfies y David Gistau

Eran el día (domingo) y la hora (11,30) de misa. Si fuera un mitin del PP allí no iba ni Dios, literalmente. Pero era Ciudadanos el que casi abarrotaba la antigua fábrica de tabacos de Cádiz, aunque eso sí, con más militancia que ‘votancia’.

Albert Rivera se dejó las muletas en casa, por lo que me chafó el gran inicio de crónica que tenía preparado; lo que no es óbice para que os lo suelte igualmente:

La imagen del Presidente de Cs encaramándose al escenario del ahora Palacio de Congresos, ayudado por dos muletas, supone una metáfora potentísima de lo que es hoy el partido naranja o, al menos, de lo que pretende ser:

Una formación que quiere dejar de servir de muleta del bipartidismo para ser el que se apoya en ellos para gobernar, ya sea con la izquierda o la derecha. A eso aspira Cs en Andalucía, a liderar la Junta apoyándose en el PP. Y por qué no, si fuera posible, en el PSOE, o incluso en los dos a la vez. Como Rivera subiendo los escalones con sus soportes: ora derecha, ora izquierda.

El partido “liberal-progresista” quiere culminar de una vez el proceso freudiano de matar al padre, y hacerse con el volante del coche familiar, relegando al progenitor al asiento de copiloto, quien apenas podrá dar consejos de seguridad, “no corras”.

Pero bajemos de las metáforas pseudopolitológicas al barro de lo tangible.

Nada más entrar en el salón de actos me encuentro en la fila de prensa a mi admirado David Gistau repanchigado en la butaca, con una chupa de motero y aires de púgil entre round y round. Me siento detrás de él y abro el cuaderno para copiarle la crónica que creo que está escribiendo en el móvil. Luego pienso que es mejor ir de legal y pedirle que al acabar el acto, como si fuera un partido amistoso, intercambiemos crónicas. “Sales ganando, David”, le diría. Pero para mi sorpresa y gozo, no escribe, sino que repasa en el iphone los resultados de la Liga 1|2|3.

Sergio Romero, el primero de Cs por Cádiz, actúa de telonero. Gistau, al verle, se vuelve y me comenta que “todos se parecen a Rivera”, le respondo que “sí, el partido de los guapitos”. “Menos Juan Marín”, coincidimos ambos entre risas. Mientras, el político sanluqueño larga el topicazo del “vagón de cola”, se pone rotundo para afirmar que “A partir del día 2 de diciembre se separan los caminos de PSOE y Andalucía”, ¡ja! Acaba con una cursi metáfora de un faro, una luz y unos espejos.

Turno de la valiente Inés Arrimadas, que en esta larga campaña está haciendo del puente aéreo BCN-XRY un cercanías. La lideresa critica la relación de monopolio que pretende Susana Díaz (La reína del peronismo rociero, Carlos Mármol dixit) con el acento andaluz. Pero no es Inés la más apropiada para hablar de acentos: ella que en el Parlament parla como si fuera de El Masnou de toda la vida y cuando baja por aquí, recupera el acento jerezano por ensalmo. DG se gira de nuevo para comentarme que “está repitiendo lo de ayer en Sevilla, calcao”. Ay, si Inés fuera la candidata, suspirarán muchos.

Sube al ‘speaker’s corner’ el candidato Juan Marín entre gritos de “¡Presidente!”, mientras a mi espalda una señora disgustada le comenta a su marido: “Anda hombre, presidente… si luego le das los votos a los socialistas. Yo lo he votado y lo voy a volver a votar, pero con la nariz… (y se tapa la suya, como cuando huele mal)”. Amén, señora, le diría si estuviéramos en misa. Como buen joyero, Marín se guarda el collar de perlas cultivadas para sacarlo al final: “Yo quiero liderar un gobierno con el apoyo del PP”.

Pone el colofón al acto el líder, Albert Rivera, que como es habitual en Cádiz hace referencia a los “valientes liberales que hace 206 años pusieron la primera piedra del liberalismo europeo”. Habla en clave nacional, con críticas feraces y feroces al PSOE de Sánchez y a los nacionalismos. Reivindica Alsasua frente Atsasu y a Nicolás Redondo Terreros frente a Ánder Gil, “que llamó perros a las víctimas”. Se refiere además a la relación bipartidista PPSOE como “los pimpinela”, que fingen enfadarse mientras pactan los miembros del CGPJ.

Tiene Carlos Herrera un espacio de opinión en OK Diario titulado ‘No sin mi palo selfie’. Pues eso pensarán los líderes de Cs, no cerramos el acto sin nuestro palo selfie, que como en el spot de campaña Juan Marín toma en su mano ambidiestra y retrata a los mandatarios en el escenario con los ciudadanos (y ciudadanas) de fondo: “¡Na-ran-ja!”

Cuando desperté, Gistau ya no estaba allí.

gistaau

David Gistau reflexiona

Abascal en casa de Kichi. Crónica del acto de VOX en Cádiz

Si no estuviera en un mitin de VOX pensaría que estaba en un mitin de VOX. Y es que hay veces, las menos, que uno encuentra lo que esperaba.

Marines con plaza en La Isla de León: la piel curtida, el pelo al rape y la musculatura aparatosa. Niñas pijas y guapas venidas de El Puerto, de Jerez (Vista Hermosa, El Centro Inglés, Puerto Sherry, El Altillo School. El fruto dulce y fresco, eugenésico, de la endogamia patriótica). Viejos ‘legías’, pendencieros y amputados. Doctores y abogados que frisan la jubilación y que perdieron los complejos: escuchantes de ES Radio, lectores de ABC, con gafas de cristales redondos y camisas de marca, pantalón de pinza y patrico en los pelos que van quedando. Banderas de España por doquier: en la correa del reloj y cinturón, bordada en la camisa, pulseras, en gorros, en los zapatos.  

Españoles tan heterogéneos convergentes allí, en El Palacio de Congresos de Cádiz, por una misma idea: España. La única de VOX. 

A la entrada de la antigua fábrica de tabacos no hay colas como cuando viene Albert Rivera a perorar de La Pepa. En los aledaños se ven las primeras banderas de España que ondean y orientan al despistado. En la misma puerta del salón de conferencias hay dos mesas con merchandaising, que no tienen otra función que la del independentismo: trocear y vender España. Y un cartel verde que reza “Actúa”. Dentro, los asistentes que aguardan se hacen selfies patriotas, hablan de política y medios: de la tesis de Sánchez, de “La Secta”, de FJL. 

Con puntualidad oxoniense aparece cabizalto el Presidente de VOX Santiago Abascal, los españoles presentes se ponen en pie, dan palmas atronadoramente y ondean las rojigualdas al aire acondicionado; suena música épica a lo Gladiator, como no podría ser de otra forma. Abascal tiene pestañas de ternero, los ojos y el físico de un toro bravo y una barba aguda y negrísima que evoca a un comerciante turco del siglo XVII, como de novela de Pamuk. Desde otro ángulo guarda cierto parecido con Scar, el malo del Rey León.  

Tres teloneros calientan la patria allí reunida, cargos provinciales y autonómicos. Un tal Juan Carlos Sáinz, Presidente Provincial, cuenta la anécdota con los “demócratas podemitas” que les esperaban a las puertas de sus reuniones a cantarles “Si somos uno o dos, ya somos más que VOX”. “Hoy tendrían que buscar una rima con miles”, dice orgulloso. Habla del “pirata Piccardo”, de revertir la “injusta” Ley de Género y “luchar” por la custodia compartida, que, “por experiencia propia”, deja a los padres “relegados a cajeros automáticos”. Entra en lo personal, emociona, su hija mayor ya no le trata, y “la chica va por el camino”, confiesa. Antes del Presidente Nacional, sube a hablar Salud Anguita (vaya apellido para ser de VOX), dizque Vicesecrataria Nacional, con acento de la Andalucía oriental, “qué buena está”, comenta uno de tantos carlosherreras. 

Santiago Abascal entra como un Miura a su discurso, “¡Buenas tardes, FUERA AUTONOMÍAS Y GIBRALTAR ESPAÑOL!” Enloquecen los patriotas. Parece evocar el quinto precepto del decálogo de las remontadas de Juan Gómez ‘Juanito’: “La primera jugada tiene que acabar en la línea de fondo o arrancar un grito desde las gradas”. Aunque VOX no tiene nada que remontar, ya que no tiene nada que perder. Por eso el discurso tan al ataque, tan ofensivo, en el que hasta el portero sube a rematar los saques de esquina.

S.A. Pide elecciones ya y asegura que VOX entrará en el Congreso. No da tregua, marca una cadencia marcial. Se refiere al “licenciado Sánchez”, “por culpa del registrador Rajoy”, como “cómplice de la invasión migratoria y el tráfico de seres humanos”. Tiene para todos: para Soros, para “la derechita cobarde” que se abstiene ante “una expropiación a la Iglesia”, dice por la exhumación de Franco. Y se acuerda también de “la veleta naranja”, “Riveleta”, que “se mueve según marcan las encuestas”. Hace pública una propuesta personal: “Implantar el servicio militar obligatorio de nuevo”. ¡Bum! 

Como hilo conductor de su arenga patriótica se refiere a la “España viva”, la de los españoles sin complejos: “Vamos a llamar al pan, pan, y al vino, vino”. Frente a la “España muerta”, “que solo piensa en desenterrar a los muertos y resucitar los odios”. Se produce un momento catártico en el Palacio cuando Abascal toca el tema de la independencia de Cataluña e inflama su discurso contra los golpistas; y los patriotas aplauden a rabiar, y se levantan y aplauden más fuerte aún, y Abascal alza su tono, ya de por sí alto, por encima de los aplausos, y aquello ‘pega un explotío’ de euforia. 

Finaliza tan arriba como empezó: con un “¡Viva España!”. Y los patriotas, a una sola voz, cuadrados, “¡Viva!”. Suena el himno nacional. Cuando snchz estuvo en este mismo escenario, en su tour Peugeot, sonó La Internacional.  

Sale uno a la calle, empatriotado, y le choca, le contrasta fuertemente, “la España viva” de Abascal con la Cádiz comatosa del Kichi.  

De la moral no se come

 
Me alarma la poca o nula reflexión que he observado en mi entorno, incluyo el mediático, respecto al terrible dilema –pan o paz- que supone la venta de instrumentos de guerra a Arabia Saudí. Pareciera que para ellos la colusión no existe, ni merece siquiera el mínimo debate moral, interno o externo. “Con el pan no se juega, y punto”, parecen decir.
 
Lo que más he captado han sido voces de crítica feroz al Gobierno por hacer tambalear unos negocios que supuestamente ya estaban cerrados. “Ineptos”, “populistas”, “ignorantes”, y otros ‘piropos’ irreproducibles -y no por ello desacertados-. Lo más parecido a un cuestionamiento moral que he llegado a escuchar por boca de alguien cercano ha sido una justificación vana: “No seamos tontos: si no se lo vendemos nosotros, ya lo hará otro.” Un ‘argumento’ cínico que se puede homologar con el del cantinero del viejo oeste: quien, ante la entrada en su cantina del vaquero, parroquiano y amigo, del que se pide la cabeza, bajo cuantiosa recompensa, decide sacar el revólver y descerrajarlo. Luego se justifica: “Total, para que lo mate otro, me llevo yo la plata”.
 
Puedo entender, incluso justificar, la falta de reflexión, de debate moral, de un trabajador de los Astilleros que, como el peón, no puede ver más allá de su casilla en este tablero de ajedrez geoestratégico, en el que es la mano invisible del Dinero y el Poder la que dispone las piezas para salvaguardar los intereses del Rey. Si este peón tiene que comerse al de enfrente para que coman sus hijos, lo hará sin duda ni remordimiento, y puede que con desconocimiento. Al trabajador, lógicamente, le importa engordar a sus hijos, no engordar su moral, que esta no da de comer. Para él, lo inmoral sería ver la olla de su casa vacía o a su familia en la cola del comedor social.
 
El único discurso sincero y valiente que he escuchado al respecto ha sido, sin que sirva de precedente, el del alcalde de Cádiz, Kichi, quien, en un brete ideológico, ha dicho lo único que podía decir: y, es que no le quedaba otra si no quería cavar su tumba política, y no solo política, en Cádiz. El regidor, ante la disyuntiva pan para los suyos, paz para los otros, elige la primera, pero se justifica y admite el dilema que le supone y la contradicción con la que tiene que cabalgar. No sabemos si en un ejercicio sincero, o de postureo ante su militancia más ideologizada -los estudiantes de Políticas y el tuiteriado- reconoce lo que le cuesta tomar esta posición, que enfrenta dos de los pilares fundamentales de la izquierda: el obrerismo y el pacifismo. Pero prima, y creo que justamente, el “derecho a que suene el pito de la olla”.
 
Lo dicho, la moral no engorda. Y nuestra sociedad está a dieta.
(*Fotografía tomada de Radio Cádiz).

Vivir como Mágico, escribir como Gistau

Si no se puede escribir como David Gistau, al menos uno intenta parecérsele. Para ello, es fundamental dejarse crecer la barba y la talega. Además, uno agrava su voz y afina su acento, y de manera automática al hablar colisiona una palabra con la otra, como un dominó, porque la mente le opera a una velocidad endemoniada. Y, si es necesario, se pone unos guantes de boxeo. 

De tanto leer a los buenos columnistas compulsivamente, no he aprendido a escribir como ellos, pero sí a vivir como ellos. Por consecuencia, he conocido que, para ser un prestigioso columnista, no hace falta escribir, sino vivir como tal. 

Hoy, sé que para ser columnista de éxito hay que cumplir con tres requisitos básicos: beber ordenadamente, vivir desordenadamente y escribir casi bien. Por ese orden, siendo el último prescindible. Por ejemplo: Un columnista serio no puede planificar más allá de la columna de mañana. El auténtico columnista ingenia sus mejores piezas en la resaca de un martes (las buenas columnas no las levanta el sacrificio, sino el vicio). El columnista fetén solo debe preocuparse por el dinero si no le llega para convidar a la siguiente cerveza o al próximo whisky: es entonces cuando este siente la necesidad de escribir (he aquí el motor de la columna).  

De ahí que, los maestros de la columna, como tiende a pensarse, no fueron ni González-Ruano, ni Umbral, ni siquiera Larra. El paradigma de gran columnista fue Mágico González: que no escribió ni una sola línea pero, con su ejemplo, sentó las bases de la ortodoxia vital de la canalla columnística. Así Jabois, por ejemplo, cuando quiere empaparse de estilo no bucea en las antologías de Camba, sino que se pone a ver en Youtube compilaciones de jugadas del ‘mago’, no con el Cádiz, sino en la noche de Cádiz.   

Yo, lo dicho: quiero ser Gistau. Para ello no pienso dejarme las retinas leyendo ni irme a cubrir una guerra, pudiendo quedarme en el sofá repanchingado viendo un partido del Mundial, atusándome la creciente barba, fumándome un Ducados tras otro, alternando con buches de cerveza. Mañana presumiré de talega en la playa y de columna en mi blog. 

Tacita de Lata

Cádiz ha sido La Habana, ha sido Pamplona y ahora es Marsella. Parece que la ciudad, al igual que los gaditanos, le ha cogido el gusto a disfrazarse.

El pasado viernes caminaba con unos amigos por el Malecón gaditano, o sea, el Campo del Sur; íbamos a cenar y a tomar unas copas en la taberna habitual. Nos quedamos muy confusos al ver que de las farolas del paseo marítimo pendían carteles de unas supuestas elecciones municipales marsellesas. Necesitábamos una respuesta a aquella súbita incógnita, y empezamos a elucubrar las teorías más peregrinas y descacharrantes:

Una decía que si era una performance de ‘El Kichi’. Otro, que se habían equivocado los encargados de correos con el envío de carteles electorales, y los montadores ya que estaban los colocaron ahí… “Eso es cosa del Pedro Sanche’, que na’ más llegar al gobierno ya está haciendo cosas raras”, soltó otro. Yo: que si había sido una gamberrada nocturna de un grupo de borrachines gabachos. En fin…

Y, de la sorpresa pasamos al análisis estético-político (eso sí: con mucha guasa): “Esos son los Podemos franceses, no ves que salen cinco o seis en un cartel y van todos en camiseta cutre”. “Ese tiene cara de buena gente, yo le votaría, … ah, no, que es socialista, mira la flor roja”. “Hostia, este es el típico que apoyaría tu padre, tiene pinta de ser del partido de Le Pen”. Y: “Esta es la mía, guapa, y además creo que es de Macron”.

No despejamos la incógnita hasta la mañana siguiente, cuando supimos por la prensa local que se iban a rodar unas escenas de una película, ‘The Rhythm Section’, en la que Cádiz haría de Marsella. (Pese a que aquí la marsellesa se cante con otra letra.)

Parece que Cádiz es el escenario perfecto para, a bajo coste, hacerla pasar por la ciudad que sea, menos por Cádiz, claro. Aunque sin faltar a la verdad, Cádiz alguna vez ha hecho de sí misma: Recuerden al Capitán Alatriste, Vigo Mortensen, desembarcando con Los Tercios en La Caleta, o, la mítica y folklórica ‘Viudita Naviera’ de Pemán.

Cádiz, como buena doble cinematográfica, se disfrazó de La Habana, y poco tuvo que customizarse, para ver salir de las aguas de su playa a una deslumbrante Halle Berry, mientras Pierce Brosnan, la contemplaba tomándose un Martini en el chiringuito.

En una ocasión la ciudad hizo de Pamplona para acoger el rodaje de la película ‘Noche y día’, en la que Cameron Díaz y Tom Cruise son la pareja protagonista; y, entre escena y escena, un toro se escapó del corral sembrando el pánico por las calles de Cádiz. Afortunadamente se quedó en una anécdota más de las que atesora la ciudad.

Y, digo yo: ¿No es más lógico que Marsella haga de Marsella; La Habana, de La Habana; Pamplona, de Pamplona…, y, sobre todo, Cádiz, de Cádiz? Será que lo que brilla en nuestras aguas no es la plata, sino, corrigiendo al poeta, la lata.

 

Coda: ¿Marsella es Cai con más moritos? / ¿Cai es Marsella con más Podemos? 

Robinsones

Sigo teniendo la sensación, cuando paseo por la calle, de que muchas de las personas que me rodean componen una escenografía: o sea, que son como figurantes de las películas (en este caso, mi película), o personajes de atrezo de un videojuego. Estos, con su mera presencia, darían verosimilitud a nuestra vida. Vendrían a componer el entorno o contexto de ese andar solitario entre la gente del que habla Antonio Muñoz Molina.

Yo, como buen Robinson Urbano (y sigo citando a Muñoz Molina), en mi caminar callejero (en mi correr playero, mejor dicho) he creído hallar ciertos personajes que, más que rescatados de la insignificancia de un videojuego o una película, parecen escapados de un cuento de Roberto Bolaño. Solitarios, excéntricos, compulsivos. Como aquel personaje de la novela ‘El Tercer Reich’ del escritor chileno, ‘El Quemado’, que al caer el sol se dedicaba a apilar patines en una playa de la Costa Brava formando una suerte de estrella para pasar las noches refugiado en esta.

El caso, es que mis personajes, de los que llevo mucho tiempo queriendo hablaros sin saber cómo, son tres…; bueno, en realidad son cuatro:

La primera vez que me fijé en María (pongamos que se llama así), supongo que ya me la habría cruzado unas cuantas veces sin despertar mi atención; estaba yo ejercitándome junto a un amigo en unos palos de madera en la playa y ella caminada deprisa por el paseo marítimo: llevaba un chándal, el pelo recogido en una tensa coleta, iba ligeramente encorvada y andaba con aires masculinos y atléticos pese a su enjutez. -Ciertamente, perdonad la maldad, me recuerda un chimpancé-. Pero, no centré mi atención en ella porque fuera bella o llamativa, que no lo es. Sino porque pasó ante nuestros ojos (mi amigo también cayó) dos veces, con ropa diferente y en el mismo sentido en cuestión de un minuto.

A partir de entonces, cada día que fui a la playa a hacer deporte, me la cruzaba, quizás con demasiada frecuencia, y de nuevo, cambiante de ropa. El misterio se despejó cuando un día mi amigo me dijo que ya lo tenía: ¡María eran dos! A La segunda María la llamé Ana. Aunque a día de hoy no sé quién es Ana ni quién es María. En resumen: Tenemos a dos hermanas gemelas, de mediana edad, de constitución enjuta y varonil, con hechuras simiescas, que caminan deprisa por el Paseo Marítimo de manera compulsiva, que no se paran a hablar con nadie, y lo que más me intriga: que jamás van juntas.

A Paco, siempre me lo encuentro entre el Paseo y la Avenida caminado con su perro, Oveja. Él debe frisar los sesenta años, y Oveja debe tener la misma edad traducida a años caninos. Caminan arriba y abajo, constantemente, hasta que se agota el día, aislados como en una burbuja. Pareciera que se bastan el uno al otro. Paco mira con ojos melancólicos y desconfiados al resto de caminantes, tiene el pelo muy rizado, al igual que su perro, que recuerda a la lana (de ahí el nombre del can). La cara consumida y la barba ceniza que enmascara el bajo rostro. No puedo evitar, cada vez que me los cruzo, pensar en quién de los dos morirá antes, y lo solo que se quedará el otro.

Sin duda, es Teodoro, el más excéntrico de mis personajes. En la cuesta donde caliento antes de echar a correr por la arena, allí deja su bici atada con un candado a la barandilla: esta es un modelo de montaña antiguo, tuneada artesanalmente por él: Bandera española en el guardabarros frontal, muñecos atados al manillar, sillín asillonado, y lazos y conchas colgando del cuadro. A Teodoro, que viste tan estrafalario como su bici, me lo puedo encontrar a la hora que sea, corriendo o andando por la arena seca. Lleva siempre, haga frío o calor, la misma sudadera verde fosforito del Barsa, una gorra con el escudo constitucional, una capucha y sobre esta unos aparatosos auriculares de música. Luce una barba como de náufrago coqueto, la piel cetrina y arrugada que denota su proximidad al sol y a la última edad. Siempre me pregunto dónde pasará la noche.

Mi espíritu periodístico, que se fundamenta en la curiosidad, me empuja a acercarme a mis personajes y preguntarles por sus vidas, a hilvanar una semblanza cosiendo los retazos que tengo de cada historia. Pero la timidez se impone; o, quizás sea mi otro espíritu, el novelístico, que prefiere no conocer para ficcionar.

El caso, es que a veces me pregunto, si no seré yo para ellos un personaje, como ellos lo son para mí, también.