Carnaval de Cádiz

La chusma selecta

Como una profecía artúrica, estaba escrito que solo Antonio podría mojar su pluma de gaviota en el tintero de cicuta de Juan Carlos. Resultó que esa difusa chusma selecta, que fue reuniendo el capitán en torno a su hoguera de apóstol y su guitarra de hampón, tenía la cara y los apellidos de Martínez Ares.

Qué calambre y qué orgullo nombrarlos de seguido y de la mano: Juan Carlos Aragón y Antonio Martínez Ares.

Antonio y Juan Carlos. Impares y primos. En las antípodas de los siameses. Cónsules de Cádiz. Dos catedrales góticas en la ciudad del tanguillo y la convidá. Virreyes de este enclave caribeño en la piel de toro. Patrones laicos de oración de popurrí: San Antonio y San Juan Carlos. Cuatro manos zurdas. Genios de un mismo tiempo, cosecha del 67. Góngora y Quevedo. Un par de locos que se fueron haciendo grandes en su carrera armamentística, en su Guerra Cálida, y ensancharon las costuras y el orgullo de nuestra ciudad-galeón.

Juan Carlos y Antonio. Capitán y corsario. Canalla y bohemio. Filósofo y melómano. Uno con prisas, otro sin tiempo. Un centinela de la muralla de arena de Cortadura y un gato errante que roza sus nudillos con el ostión de los bloques. El guevarista y el sofisticado. El poeta y el músico. Uno que Silvio Rodríguez y otro que Walt Whitman. De calle y de buhardilla. El cupletero y el pianista. María Jiménez y Pedro Romero. Sabina y Serrat. Un ateo de sus propias religiones y un creyente de cristo de barrio. Un beduino castizo y un gadita del cosmos.

Ares y Aragón. La vida y la muerte. Dos caras del mismo doblón. ¡Viva esta hermandad!

La lengua mordidita

La lupa mediática nacional ya no hay quien la aparte del Teatro Falla hasta que acabe el Concurso. Toca convivir (cantar) con esa presión añadida. Mas dudo que los autores de carnaval se amilanen ante esta situación de perenne vigilancia mediático-social; es más, en las sucesivas fases arreciarán, seguro, las letras críticas contra esta inquisición extramuros y a favor de la libertad de expresión.

Cuesta creer que la amenaza con los juzgados pueda atemorizar a los autores, parapetados tras el ‘animus iocandi’ (intención de broma) y confiados en una justicia local conocedora de la fiesta. Aunque cabe resaltar que el ‘animus iocandi’ hay que tomarlo como lo que es, un amortiguador y contextualizador de la posible ofensa; no un justificante de un delito de odio: no todo vale, y sí es delito encubrir el odio dentro del humor.

Pero como sucedía con la Ley Fraga, la censura más eficaz, que puede acallar a los autores, es la propia: la temida autocensura. Escribir con cortapisas, llenar el papel de borrones o teclear con el dedo corazón diestro acariciando sobre la flecha de retroceso, son los síntomas más evidentes de esta práctica abortista. Por desgracia, ya es una realidad que la pluma de los autores carnavaleros sucumbe ante la inquisición digital de lo políticamente correctísimo: o sea, los tuiteros insomnes que fiscalizan hasta la letra más inocua de la última comparsa. No vaya a ser que llamen parienta a la mujer, suegra a la suegra, o negro al negro.