chiste

Gitanos

Detrás del chiste, del tópico, hay un sustrato de verdad. Partimos de aquí.  

Claro que, como en una caricatura, se exageran los rasgos característicos para alcanzar el efecto deseado, en este caso el humor, mediante la hipérbole. Pero el chiste, o el chiste tópico, se basa en una realidad: los enanos no llegan al interfono y a los andaluces nos gusta la siesta. Cierto. Cuando un chiste escuece, para bien o mal, es porque ha tocado verdad. Tanto se aproximó a la realidad el humorista Rober Bodegas en su polemizado monólogo (“Ya no se pueden hacer chistes de gitanos. Cada vez que alguien hace un chiste de gitanos llegaba una carta pidiendo que no se hiciese eso más.”) que recibió más de 400 amenazas de gitanos. Fast check. 

Muchos gitanos —no todos, claro— se refugian en una identidad colectiva, como otros tantos grupos identitarios: homosexuales, negros, judíos, indígenas, etc. Disuelven su individualidad en la identidad grupal. Son antes gitanos, por ejemplo, que ciudadanos. Van por la vida siendo gitanos, o negros o judíos. O catalanes. Algunos viven de ello. Cuando el calé renuncia a ser un individuo, no puedes tratar inter pares con María Romero o Pedro Cortés, ciudadanos; tratas con un gitano y, por ende, con todos. 

Estos gitanos a los que me refiero, que son numerosos, no sé si mayoría, viven en clanes y se rigen por una cultura propia. Siguen unas leyes ancestrales, paralelas a la Ley que todos nos hemos dado, que en ocasiones cruzan tangencialmente los márgenes constitucionales rompiendo la convivencia. Usan ciertos códigos mafiosos que no tienen cabida dentro de una sociedad democrática y avanzada. A mi padre, por ejemplo, que fue médico internista en un hospital público le amenazaron físicamente en repetidas ocasiones si no curaba a uno de los suyos. “Nosotros hemos pedido que vivan acordes a nuestras normas sociales, y ellos supongo que necesitan tiempo”, dice Bodegas en su monólogo, no sin razón.  

Estos grupos identitarios, los calés entre ellos, encuentran al tonto útil en la izquierda tuitiritera. Que les concede una suerte de bula, de derecho de pernada, para pasarse el feminismo esencial, por ejemplo, por L’ Arc de Triomphe; véase el burka en la mujer islámica o la prueba del pañuelo en la gitana en nupcias. (“Esto es un payo que el día de su boda no le mete un pañuelo en el coño a su mujer”, cuenta Bodegas irónicamente). El palo de su limbo moral, puesto por la tuitirizquierda, está mucho más alto. Su machismo radical se queda en el limbo, justamente (“pero que yo no lo vea”). Nuestra izquierda tuitiritera, obviamente, usa el doble rasero moral con su identitarismo. 

Escribo desde Jerez de la Frontera, donde precisamente no hay frontera entre payos y gitanos. Jerezanos. Aquí se ríen con el gordito Bodegas.

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