ciclismo

CICLISMO MÁGICO

Manuel López Sampalo

Una mañana de verano, mi madre regresó de su ruta en bicicleta por los pueblos de la Vega de Granada con una bolsa del mercadillo de Fuente Vaqueros colgada del manillar de su vieja bici de carretera: la que se hubo comprado con el primer sueldo de médico residente. Mientras mis primas, mi hermana y yo desayunábamos picatostes en la mesa del patio pequeño de El Corti, mi madre fue sacando de aquella bolsa, como un mago, cuatro mallas color pistacho con un dibujito de Piolín. A cada una le había escrito un nombre compuesto con permanente: “Cristina-Pantani”, “Belén-Jalabert”, “Almu-Ullrich” y “Yiyo-Olano” ‒aunque a los dos días me lo tacharía y escribiría el apellido “Escartín”, dado el fraude del ciclista vasco, Abraham Olano; llamado a ser el sucesor de Induráin‒.  Aquél nimio episodio provocó el apasionamiento de mi hermana por Jan Ullrich, tanto o más como el que sufría por Mijatovic, y mi tendencia a bancar a los ciclistas españoles: ya se apellidasen Beloki o Sevilla.

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En aquél cortijo de la Vega granadina, las siestas eran sagradas, y más en los cuarenta grados del verano. Mis padres, mi hermana y yo nos encerrábamos después de comer en la salita a seguir el Tour de Francia con devoción: bueno, mi padre roncaba tumbado en el sofá del fondo y de vez en cuando se sobresaltaba diciendo “¡Qué ha pasao, qué ha pasao!”, hacía un comentario aleatorio de la carrera y volvía a sus sueños. Las voces de Carlos de Andrés y Perico Delgado, con el ruido de fondo de las aspas del helicóptero están grabadas por siempre en mi memoria sentimental. Afortunadamente, esa combinación de sonidos la puedo seguir disfrutando a día de hoy, en este mundo tan cambiante e instantáneo. El Tour también se consagró en aquél caserón de campo.

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No vi correr a Induráin. Pero si mi madre no lo hubiese visto, probablemente, a mí no me gustaría el ciclismo. Ella me contaba cuando toda España se paralizaba a media tarde para seguir con devoción al ciclista navarro con corazón de buey, superhéroe magnánimo. Una vez, por ejemplo, ellos subían en el coche de Paco Pérez ‒personaje torrentino‒ a Madrid y pararon en una venta manchega para seguir por la tele la carrera de Miguelón. Los relojes de España entera, de Conil a Rosas, de Mojácar a Ferrol se paraban a la hora de la siesta. Toreaba Miguel.

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A mi madre, su antiguo novio, que fue quien la introdujo en el mundo de las dos ruedas y los pedales, le regalo una réplica en miniatura de la bici con la que Induráin batió el record de la hora, la ‘Espada’. No sé si ella luego se la re-regaló a mi padre o la tenían como objeto común en su casa matrimonial. El caso, es que cuando se separaron, mi madre se quedó con los niños ‒o sea, mi hermana y yo‒ y mi padre con la réplica de la bici de Miguelón. A día presente, aquella mini-bicicleta sigue luciendo, con su pata de cabra de alambre, en las repisas del despacho paterno, y mi madre, de vez en cuando se acuerda de ella y nos pide que cuando vayamos a verlo se la traigamos de vuelta. Y ya de paso, dice bromeando, que nos quedemos alguno de los dos allí.

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Ya digo, que la devoción ciclista de mi madre era y es mayor que la de mi padre; lo que no quiere decir que sea anterior. Mi padre cuenta con Luis Ocaña como ídolo de infancia. Luis Ocaña, ‘el héroe trágico’ contra Eddy ‘El Caníbal’ Merckx: aquéllos duelos debían de ser colosales.

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Mientras mi hermana disfrutaba de Jan Ullrich, infalible en cada Tour, siempre luchando si no por la victoria, por el podio; yo padecía a los ciclistas españoles, uno tras otro, que fracasaban en el intento de emular al inigualable gigante navarro. Lo mío fue un desamor tras otro: Abraham Olano, Fernando Escartín, Óscar Sevilla, Joseba Beloki, Paco Mancebo, Roberto Heras, Ibán Mayo, Carlos Sastre… Ninguno cuajó. Si acaso, más tarde, el cuñado de El Chaba. Todos grandes ciclistas, pero lejos de ser grandes ídolos eran idolillos de temporada, de quita y pon: segundones. Ahora sí, qué alegría cuando alguno de los vasquitos se escapaba en hazaña brutal por los puertos pirenaicos a más de 100 kilómetros del final y empapado de ikurriñas hacía la machada: remember Roberto Laiseka.

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Yo iba a ser ciclista, ahí no cabía debate. Después de cada etapa del Tour y de La Vuelta, me daba un baño en la piscina, merendaba torta de chocolate o pan con aceite y azúcar, me ponía mi ropa deportiva y a correr bicicleta. Cuando más niño, subía por la antigua vía del tren ‒un camino de tierra pedregoso‒ hasta la puerta de la vaquería y bajaba de nuevo hasta el cortijo. Luego daba vueltas por el patio y por las eras simulando finales de etapa. Me atacaba a mí mismo, retransmitiendo mentalmente, y  esprintaba cada vez que enfilaba el portón y levantaba los brazos al pasar por este. Siempre ganaba. Mi imaginación estaba repleta de imágenes de etapas y de narraciones de Carlos y Perico, que estallaban en mi cabeza al estímulo de los pedales. Era feliz.

Llegué incluso a organizar una contrarreloj con mis primas y mi hermana, compañeras de juego y de infancia. No sé cómo las convencía, pero el caso es que aquél paripé se llevaba a cabo y como estaba previsto, arrasaba yo.

Algo más crecido empecé a explorar rutas de tierra en torno al Cortijo, y me llegaba hasta la abandonada iglesia de Frajana, una torre de campanario de aspecto mejicano a punto de derrumbarse con un inmenso muro en el que se leían pintadas de “Cárcel, no”, o “Fuera ETA”, en relación al penal para terroristas que planteaban construir en aquella zona de la Vega granadina. Como tenía miedo de ir más allá de los dominios familiares, que eran bastos, a veces, daba vueltas pedaleando por el patio a la espera de que mi tío Jaime ‒aka Tito Jeans‒ ese día se decidiera a coger la bici. Entonces, cuando salía por el portón, yo esprintaba hasta llegar a su rueda y me iba detrás de él, pese a su disconformidad, a descubrir mundo con la bicicleta. Las más veces me llevaba hasta el cortijo de Casas Blancas, camino de Íllora, sito en una elevación entre olivos, al que se accedía tras subir un camino largo, estrecho y empinado. Era mi Tourmalet a escala. Tan motivado iba que le arrancaba a mi tío en la cuesta, y él se enfadaba recordándome que íbamos de paseo. Me enseñó que los puertos se suben a ritmo y con la cadena flojita. La bajada era un gozo.

Mi padre, harto de comprarme cámaras de repuesto, ya que todas las semanas, sin falta, pinchaba una o las dos ruedas, me enseñó a reparar un pinchazo. Separar la rueda del cuadro, con unos destornilladores planos sacar la cubierta por encima de las llantas, extraer la cámara, inflarla y meterla en un cubo de agua buscando la pérdida de aire, o sea, el pinchazo. Señalarlo con una lima y deshinchar del todo la cámara. Secar bien la zona y aplicarle pegamento en torno al agujerito, superponer el parche con su plástico correspondiente y apretar con los dedos gordo e índice durante cinco minutos, retirar el plástico y voilá, cámara reparada. Revertir el proceso anterior para colocar la rueda en el lugar que le corresponde en la bicicleta ‒si es la trasera, cuidado con ajustar bien la cadena y los frenos‒ e inflarla bien. Y a correr de nuevo. He llegado a tener cámaras con hasta veinte parches o cicatrices de batalla.

Cuando con la primera adolescencia comencé a hacer rutas de verdad yo solo, saliendo a carretera con mi nueva bici de montaña y pasando por los pueblos ‒Ezcórnar, Valderrubio, Fuente-Vaqueros, Cijuela, Romilla, Chauchina, Láchar…‒ empecé a preocuparme en serio en ser ciclista. El primer obstáculo que pasó por mi mente derivaba del pánico a los ascensores, fruto de mi claustrofobia, a los que por entonces no me subía. “¿Cómo voy a ser profesional del ciclismo sin montarme en ascensores?”, esa era la duda irracional que empezaba a corroer mi sueño de ser ciclista. Me imaginaba en el hall de un hotel con unos señores de la UCI diciéndoles que yo subiría a la décimo-segunda planta por la escalera. Bueno, todo se andaría.

Algo más tarde, y más crecido física y mentalmente, la preocupación de dar al traste con mi sueño se tornó más real. Ya por entonces, tendría unos 14 ó 15 años, medía cerca de 1 metro con 90. Con esa altura no podía ser ciclista; desde luego, no escalador. Es probable que me fijara mucho en los escarabajitos colombianos o en esos ciclistas vascos con estatura de jockey y cara de duende. Entonces, en el pelotón mandaban los sherpas. Más tarde, llegaría el tour de Wiggings (1.90) o los de Froome (1.86) para echar abajo mi teoría del ciclista de talla baja; demasiado tarde. Ahora pienso que me podría haber fijado en Miguel Induráin, un tipo grandullón y que mandaba en todas las disciplinas.

Pero sin duda, lo que cambió el “yo voy a ser ciclista” por el “yo iba a serlo” fue la cruda realidad. Si yo pasaba los veranos en aquél cortijo familiar dándole todas las tardes a los pedales, el curso lo pasaba en mi ciudad, Cádiz; probablemente el peor municipio español para querer ser ciclista. De ahí, que el número de ciclistas profesionales salidos de la ciudad de Cádiz o del entorno de la Bahía sea igual a cero. Cádiz, solo tiene una salida para las bicicletas y es la autovía a San Fernando, peligrosa por lo estrecho de sus arcenes y muy transitada. Para encontrar alguna cuesta hay que ir hasta Medina-Sidonia o Vejer, a casi cincuenta kilómetros de la capital. Si esto no te quita las ganas de ser ciclista, añádanle un viento espantoso que ya, definitivamente, le quita las ganas a cualquiera. Incluso a mí. O sea, que durante el curso me olvidaba de los puertos y las pájaras y retomaba el pragmatismo de querer ser veterinario o policía.

Así que, mis planes de futuro se quedaron en el trastero luminoso de la niñez como un juguete especial. Quizás, después decidiría cursar la carrera de periodismo por hacerme periodista deportivo y poder estar lo más cerca posible de ese sueño, aunque del otro lado de la valla, siguiendo la máxima de que el periodista deportivo es un deportista frustrado. Cuando acabé la carrera, ni siquiera me decanté por el periodismo deportivo, ni por el periodismo, vaya.

En mis fogonazos de escritor, cada cierto tiempo repito que Nieto Jurado, con 35 piñones, aún tiene una Vuelta en las piernas. Yo tengo 28, ¿quién sabe si acaso tengo una Vuelta en los dedos?

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Con la entrada del siglo, el bloque familiar ‒si es que alguna vez fue tal‒, en torno a la hoguera del Tour, se derritió definitivamente. Mi madre ya no pasaba los veranos en El Corti, mi hermana prefería ver ‘Pasión de Gavilanes’ con mis primas y mi padre cada vez dormía, y roncaba, más profundamente en el sofá del fondo. Me quedé sólo al pie del puerto. Cada mañana miraba en el diario IDEAL el perfil de la etapa de ese día y leía la crónica del día anterior: si era llana, una sensación de desilusión me atrapaba, si era montaña, alta montaña, era día de fiesta, día grande para mí.

Con el comienzo de La Vuelta a España acababan nuestros veranos colosales de casi tres meses en El Corti. La ronda a española la seguía a caballo entre Granada y Cádiz, pues. No tengo para olvidar aquélla etapa montañosa en que un joven y casi desconocido llamado Alejandro Valverde, ciclista del Kelme-Costa Blanca ‒ese Betis del ciclismo‒ se impuso a los mejores ‒Roberto Heras, Óscar Sevilla, Félix Cárdenas‒ con una potencia descomunal. Ese día me enamoré y aposté todo, sin razonar, a ese caballo ganador. Me salió bueno. Aún vibro como un chiquillo con sus hazañas más de quince años después. Y lo que le queda, lo que nos queda…

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La canción de La Vuelta, que se anunciaba a mitad de Tour en sus anuncios, era todo un hito del verano. Sin duda, no se admite discusión, la mejor ha sido la de Melendi. Brutal. Las ha habido muy buenas, como la de Pastora Soler, la de Patricia Monterola ‒“Que el ritmo no pare”‒ o hasta la de Nena Daconte. Pero la de Melendi alcanza la categoría de mítica. Aunque los de generaciones anteriores nos hablen con devoción del “Me estoy volviendo loco” de Azul y Negro.

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A mí, las clásicas ‒y discúlpenme los clasicómanos‒ me importan un carajo. Y me importan un carajo porque no las he mamado, no forman parte de mi educación sentimental: mi ciclismo se reduce a Tour y Vuelta y, si acaso, algún Mundial. Las clásicas para los come-gofres.

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El dopaje o, mejor dicho, los controles antidopaje o, especificando más aún, la proliferación y endurecimiento de estos controles casi acaban con el ciclismo. Los siete Tours que vivimos sometidos a Amstrong y su guardia pretoriana fueron una mentira. Es duro que te borren siete veranos de un plumazo. Nada ha vuelto a ser igual en este mundo de las dos ruedas y los pedales: la afición ha mermado como atacada por una gripe de alta mortandad y los que quedamos somos mucho más escépticos: a cada truco de magia le buscamos la trampa y el cartón, a los ataques arácnidos de Froome, el motor; porque sencillamente hemos dejado de creer en la magia. A veces, se nos olvida y volvemos a conectar con esa sensación especial que transmite este deporte: que puede que sea el más aburrido del mundo, pero sigue siendo, con toda seguridad, el más bello del orbe.

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Un día de finales de Secundaria, un compañero de clase me soltó que a él le gustaba tanto la Fórmula-1 como a mí el ciclismo. No le dije nada. Pero aún sigo pensando qué habrá mamado ese chiquillo de la fiebre pasajera por esa competición de motor y lujo, que duró lo que duró Alonso en la élite. No se puede comparar una moda con un modo… de vivir. Yo el ciclismo, como todo buen aficionado, lo llevo en la sangre y aunque se envenene, ahí seguirá haciéndome retorcer. Ciclismo y Fórmula-1, ¡já! Es como comparar a tu madre con una noviecita de la adolescencia.

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Jugaba a un juego con mi hermana, y aún seguimos jugando, cuando hay un tercero delante, para demostrar ante el mundo sus conocimientos de ciclismo, los cuales llegan hasta la retirada de Ullrich. Muy sencillo: yo decía el nombre del ciclista y ella remataba con el apellido. Así:

Yo: ‒Erik…

Almu: ‒Zabel.

‒Fabian…

Cancellara.

‒Andreas…

Klöden.

‒Laurent…

Jalabert.

‒Joseba…

‒Beloki.

‒Floyd…

Landis.

Y su favorito: ‒Jan…

‒¡Ullrich!

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Sostengo que Valverde es más grande que Induráin.

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Mi último recuerdo ligado al ciclismo que mamé es el de mi padre madrugándome en una mañana de agosto para bajar a nuestra salita de El Corti a ver el final de la prueba de ciclismo en línea de las Olimpiadas de Pekín 2008, las mejores que he vivido. Si no recuerdo mal, teníamos dos caballos ganadores en esa prueba: Óscar Freire y mi Alejandro Valverde. Ninguno de los dos entró en el corte definitivo; si lo hizo Samu Sánchez, un escalador menudo del Euskaltel-Euskadi ‒ese Athletic del pelotón‒. No teníamos confianza en que siquiera fuera a sacar una medalla; sabíamos que era bueno subiendo y también bajando, pero al sprint no hubiese apostado por el ciclista asturiano ni su madre. No sé cómo, no sé de dónde sacó las fuerzas, qué imagen le pasó por la cabeza…que va el tío y vence al sprint. ¡Samu campeón olímpico! Qué manera de despertar aquella mañana del 9 de agosto de 2008. ¡Qué subidón!

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Yo pensaba que se quedaba. En aquella pared de Insbruck, que dejaba en un falso llano las rampas del Angliru, yo pensaba que se quedaba. No quería mirar. Veía a Bardet, escalador nato, tan joven y canijo, subiendo como un sherpa al Himalaya, con esa facilidad… y veía que hasta Alaphilippe cedía; me parecía inverosímil que Alejandro, con casi 40 años y La Vuelta aún caliente en las piernas, aguantara un segundo más la rueda del francés. Entre ellos, un tal Wood, leñador canadiense, convidado a la mesa de los mayores. En cambio, una vez coronado aquel muro de las lamentaciones, aquel infierno vertical, suspiré aliviada y fuertemente pensando “esto ya está hecho”. Pensamiento que desapareció en cuanto vi que Dumoulin, esa mala bestia, conectaba con el trío de los metales. El arcoíris, como el amarillo para los artistas, estaba maldito para Valverde. “Dumoulin les va a arrancar a kilómetro y medio de meta y los va a dejar tiesos a los tres.”, rumiaba. No fue así: 1 kilómetro, 700 metros, 500 metros, 400, 300 y ¡pum!, arranca Alejandro. «¿¿¡¡Dónde vas!!??», dijimos todos. La cámara de meta enfocaba a los cuatro, y aquél sprint parecía a cámara súper lenta, hasta tres veces pensé que Bardet había superado a Alejandro. Obvia decir, que llevaba 20 minutos viendo la carrera de pie, como los finales de partido de mi equipo. Cuando Alejandro levantó los brazos hubo en mí una explosión de sentimientos inefable. Corría, saltaba y me revolcaba emocionado y excitado por los pasillos de casa. ¡Qué alegría, Dios mío! ¡Qué justa es a veces la vida! «¡Cucha el Balica, coño, con 38 años!», como dijo él mismo.

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La firma falsa de Induráin:

Para cerrar el círculo de mi historia sentimental ciclista he de contar que mi madre, en torno a 2012, fue a un congreso a Pamplona. No recuerdo bien de qué: algo relacionado con la medicina, pero también con el liderazgo. Para su gozo, su ídolo de juventud, Miguel Induráin, estaba anunciado como ponente en el acto. Unos años atrás, yo había comprado un maillot amarillo de líder del Tour en la tienda Nike de Londres. Lo saqué del armario y le dije que se lo guardara en su maleta y, por favor, me lo trajese firmado por Induráin. Así fue. A los cinco días regresó con la firma en la maleta. «A Manolo, que consiga tantos éxitos como dispute… M. Induráin», esa era la dedicatoria que el gigante navarro había plasmado con un rotulador permanente negro y de punta gorda a las espaldas de mi maillot. Tanta ilusión me hizo, que lo colgué de la pared de mi cuarto. Jamás sospeché de su veracidad, aunque al pasar unos años, no sé por qué, quizás el remordimiento o un despiste, mi madre me confesó que aquélla firma no era de Miguel, sino de ella. ¡Qué chasco y qué cabreo! Induráin, por lo visto, no acudió finalmente a aquél congreso, y mi madre, por no desilusionarme, por cumplir con su papel de reina maga, había suplantado la firma del ciclista. De las mallas de piolín al maillot, y siempre la letra materna dotando de magia a aquéllas prendas inertes: mitificando un deporte, un modo de vida.

Sin memoria

Imagina que le quitan el Mundial a España. Que no hubo gol de Iniesta. Y, por tanto, no hubo beso de Iker y Sara. Tampoco tú besaste, entre la euforia y las olas, a esa chico o chica que pintó de naranja tus mofletes con los suyos. Desde luego, al siguiente abril no nació tu hija, fruto de la pasión. Y la estrella se ha descosido. 

Ahora, deja de imaginar, y recuerda que a Amstrong sí le quitaron, -¡zas!, de un plumazo-, siete Tours de Francia. Quedando estos desiertos. Inexistentes. A mí, con esto, me robaron siete veranos de la infancia. Siete julios en los que para ese niño el Tour era sinónimo de verano, y el verano lo era de vida.  

Quién me devuelve el tiempo y las ilusiones invertidas. Quién y por qué me quitó las siestas con mi padre al calor de la Vega de Granada y de la voz de fondo de Perico y Carlos. Por qué me saquearon la magia que suponía levantarse por la mañana, abrir el periódico y consultar la clasificación y el perfil de la etapa del día. Y a quién le molestó, hasta erradicarlo, que a la tarde me fuera con la bici por los carriles a emular a mis ídolos.  

¿Por qué le quitaron los Tours a mi antihéroe robándome así lo más preciado de la infancia, que es el héroe? 

No tengo respuestas.  

El único consuelo es que hoy, cuando me cruce al pedante, al soberbio de turno, podré decirle, mirándole a la cara y sin miedo a que me corrija, que Lance Amstrong ganó siete Tours de Francia. Y así, recuperar, aunque solo por un día, aquella infancia que me expoliaron.  

Alejandro

Ayer tarde leía en EPSemanal un reportaje sobre el mejor deportista español, sin complementos, Alejandro Valverde. Y el más infravalorado, casi un desconocido para quienes me estáis leyendo. El ‘Magno’, como le gusta llamarle a Jesús Abril Vela, de ser belga, podría disputarle la Corona a los Sajonia-Coburgo-Gotha (dinastía que reina en el país).

A mitad de la lectura la mente se me fue a Granada, al cortijo de la familia paterna, donde fui feliz los veranos de mi infancia. Allí pedaleaba el niño gordito, con la bici remendada, por el caminito de tierra que ascendía entre olivos, soñando que era Valverde, vestido de lunares rojos, esprintando y levantando las manos en la meta invisible que se dibujaba de tronco a tronco. Yo sería ciclista, porque si ganaba siempre a mis rivales imaginarios, siendo la imaginación lo más poderoso de la infancia, ¿cómo no hacerlo con los de hueso y piel?

Eran julios de Tour, piscina, primos y bicicleta. La plenitud. ¿Acaso no era aquello la dicha plena?

(…)

Con los primeros granos llegó el cuestionamiento, las dudas terrenales a despejar. El gordito crecía y se espigaba… centímetros y centímetros por encima de sus ídolos. Tampoco entrenaba el resto del año: sin bici de carreras, sin equipo, sin competición… Por primera vez la realidad empinaba el sueño.

Los avatares adolescentes acabaron por traicionar al niño. Desengañado quiso acercarse a su deporte primero por medio del INEF y, luego, de rebote, por el periodismo deportivo, allí donde dicen que vamos los deportistas frustrados.

(…)

Dos veranos escribiendo Deporte en el Diario bastaron para que el joven, herido por la realidad, desviara de nuevo su meta, convirtiéndose en el Judas del niño feliz que fue.

Qué lejos quedaba la bici. Arrumbada en el trastero. Aplastada por libros y otras cosas inútiles de mayores.

(…)

Pero al abrir la revista, y como el dinosaurio de Monterroso, allí seguía él. Más enjuto, sin pelo y con arrugas, con los huesos de la pierna puenteados por metales y el lumbar hendido por la sospecha envidiosa. Viejo. Pero con la ilusión en la mirada y la sonrisa limpia del que no se ha traicionado, y que, a pesar de todo, no me ha traicionado.