ciclismo

Sin memoria

Imagina que le quitan el Mundial a España. Que no hubo gol de Iniesta. Y, por tanto, no hubo beso de Iker y Sara. Tampoco tú besaste, entre la euforia y las olas, a esa chico o chica que pintó de naranja tus mofletes con los suyos. Desde luego, al siguiente abril no nació tu hija, fruto de la pasión. Y la estrella se ha descosido. 

Ahora, deja de imaginar, y recuerda que a Amstrong sí le quitaron, -¡zas!, de un plumazo-, siete Tours de Francia. Quedando estos desiertos. Inexistentes. A mí, con esto, me robaron siete veranos de la infancia. Siete julios en los que para ese niño el Tour era sinónimo de verano, y el verano lo era de vida.  

Quién me devuelve el tiempo y las ilusiones invertidas. Quién y por qué me quitó las siestas con mi padre al calor de la Vega de Granada y de la voz de fondo de Perico y Carlos. Por qué me saquearon la magia que suponía levantarse por la mañana, abrir el periódico y consultar la clasificación y el perfil de la etapa del día. Y a quién le molestó, hasta erradicarlo, que a la tarde me fuera con la bici por los carriles a emular a mis ídolos.  

¿Por qué le quitaron los Tours a mi antihéroe robándome así lo más preciado de la infancia, que es el héroe? 

No tengo respuestas.  

El único consuelo es que hoy, cuando me cruce al pedante, al soberbio de turno, podré decirle, mirándole a la cara y sin miedo a que me corrija, que Lance Amstrong ganó siete Tours de Francia. Y así, recuperar, aunque solo por un día, aquella infancia que me expoliaron.  

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Alejandro

Ayer tarde leía en EPSemanal un reportaje sobre el mejor deportista español, sin complementos, Alejandro Valverde. Y el más infravalorado, casi un desconocido para quienes me estáis leyendo. El ‘Magno’, como le gusta llamarle a Jesús Abril Vela, de ser belga, podría disputarle la Corona a los Sajonia-Coburgo-Gotha (dinastía que reina en el país).

A mitad de la lectura la mente se me fue a Granada, al cortijo de la familia paterna, donde fui feliz los veranos de mi infancia. Allí pedaleaba el niño gordito, con la bici remendada, por el caminito de tierra que ascendía entre olivos, soñando que era Valverde, vestido de lunares rojos, esprintando y levantando las manos en la meta invisible que se dibujaba de tronco a tronco. Yo sería ciclista, porque si ganaba siempre a mis rivales imaginarios, siendo la imaginación lo más poderoso de la infancia, ¿cómo no hacerlo con los de hueso y piel?

Eran julios de Tour, piscina, primos y bicicleta. La plenitud. ¿Acaso no era aquello la dicha plena?

(…)

Con los primeros granos llegó el cuestionamiento, las dudas terrenales a despejar. El gordito crecía y se espigaba… centímetros y centímetros por encima de sus ídolos. Tampoco entrenaba el resto del año: sin bici de carreras, sin equipo, sin competición… Por primera vez la realidad empinaba el sueño.

Los avatares adolescentes acabaron por traicionar al niño. Desengañado quiso acercarse a su deporte primero por medio del INEF y, luego, de rebote, por el periodismo deportivo, allí donde dicen que vamos los deportistas frustrados.

(…)

Dos veranos escribiendo Deporte en el Diario bastaron para que el joven, herido por la realidad, desviara de nuevo su meta, convirtiéndose en el Judas del niño feliz que fue.

Qué lejos quedaba la bici. Arrumbada en el trastero. Aplastada por libros y otras cosas inútiles de mayores.

(…)

Pero al abrir la revista, y como el dinosaurio de Monterroso, allí seguía él. Más enjuto, sin pelo y con arrugas, con los huesos de la pierna puenteados por metales y el lumbar hendido por la sospecha envidiosa. Viejo. Pero con la ilusión en la mirada y la sonrisa limpia del que no se ha traicionado, y que, a pesar de todo, no me ha traicionado.