cine

Tacita de Lata

Cádiz ha sido La Habana, ha sido Pamplona y ahora es Marsella. Parece que la ciudad, al igual que los gaditanos, le ha cogido el gusto a disfrazarse.

El pasado viernes caminaba con unos amigos por el Malecón gaditano, o sea, el Campo del Sur; íbamos a cenar y a tomar unas copas en la taberna habitual. Nos quedamos muy confusos al ver que de las farolas del paseo marítimo pendían carteles de unas supuestas elecciones municipales marsellesas. Necesitábamos una respuesta a aquella súbita incógnita, y empezamos a elucubrar las teorías más peregrinas y descacharrantes:

Una decía que si era una performance de ‘El Kichi’. Otro, que se habían equivocado los encargados de correos con el envío de carteles electorales, y los montadores ya que estaban los colocaron ahí… “Eso es cosa del Pedro Sanche’, que na’ más llegar al gobierno ya está haciendo cosas raras”, soltó otro. Yo: que si había sido una gamberrada nocturna de un grupo de borrachines gabachos. En fin…

Y, de la sorpresa pasamos al análisis estético-político (eso sí: con mucha guasa): “Esos son los Podemos franceses, no ves que salen cinco o seis en un cartel y van todos en camiseta cutre”. “Ese tiene cara de buena gente, yo le votaría, … ah, no, que es socialista, mira la flor roja”. “Hostia, este es el típico que apoyaría tu padre, tiene pinta de ser del partido de Le Pen”. Y: “Esta es la mía, guapa, y además creo que es de Macron”.

No despejamos la incógnita hasta la mañana siguiente, cuando supimos por la prensa local que se iban a rodar unas escenas de una película, ‘The Rhythm Section’, en la que Cádiz haría de Marsella. (Pese a que aquí la marsellesa se cante con otra letra.)

Parece que Cádiz es el escenario perfecto para, a bajo coste, hacerla pasar por la ciudad que sea, menos por Cádiz, claro. Aunque sin faltar a la verdad, Cádiz alguna vez ha hecho de sí misma: Recuerden al Capitán Alatriste, Vigo Mortensen, desembarcando con Los Tercios en La Caleta, o, la mítica y folklórica ‘Viudita Naviera’ de Pemán.

Cádiz, como buena doble cinematográfica, se disfrazó de La Habana, y poco tuvo que customizarse, para ver salir de las aguas de su playa a una deslumbrante Halle Berry, mientras Pierce Brosnan, la contemplaba tomándose un Martini en el chiringuito.

En una ocasión la ciudad hizo de Pamplona para acoger el rodaje de la película ‘Noche y día’, en la que Cameron Díaz y Tom Cruise son la pareja protagonista; y, entre escena y escena, un toro se escapó del corral sembrando el pánico por las calles de Cádiz. Afortunadamente se quedó en una anécdota más de las que atesora la ciudad.

Y, digo yo: ¿No es más lógico que Marsella haga de Marsella; La Habana, de La Habana; Pamplona, de Pamplona…, y, sobre todo, Cádiz, de Cádiz? Será que lo que brilla en nuestras aguas no es la plata, sino, corrigiendo al poeta, la lata.

 

Coda: ¿Marsella es Cai con más moritos? / ¿Cai es Marsella con más Podemos? 

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Indulto

El libro infantil ‘El cuento de Ferdinando’ fue prohibido en la España franquista y en la Alemania nazi, ya que era considerado un texto antibelicista/pacifista que iba en contra del espíritu militar de la época; a lo que en nuestro país se sumaba la consideración de alegato contra la fiesta nacional: los toros. También se encontró con la censura en Estados Unidos, acusado de corromper a la juventud.

La recién estrenada película de animación ‘Ferdinand’ está basada en este cuento, de gran éxito (pese a todo), escrito por el norteamericano Munro Leaf y publicado en 1936. Y que fue llevado por primera vez en 1938 a la pantalla por Walt Disney, en forma de cortometraje, premiado con un Óscar.

La pasada tarde fui al cine con mi primo pequeño a ver el largometraje. Esperaba un mensaje maniqueísta en el que los humanos taurinos fuesen pintados como bestias despiadadas y los animales, como bellísimas personas. Y, sí, por un lado me encontré con una historia que resulta maniquea a ojos de los niños, quienes solo captan bien una de las dos lecturas que suele ofrecer esta clase de película de animación: la superficial.

El niño se quedará con la historia de un toro pacifista que se niega a pelear, y que solo quiere oler flores y disfrutar la vida con sus parlantes y sensibles amigos animales. Pero el destino es inexorable y el toro es llevado contra su voluntad a pelear a la plaza por los crueles humanos -quienes ya habían asesinado a su padre-. Allí se enfrenta a un señor arrogante vestido de dorado, que va acompañado por una cuadrilla de picadores y banderilleros con sus respectivas armas afiladas: o sea, un acoso y derribo, al pobre animal asustado, ante la muchedumbre humana que ha venido a disfrutar con su muerte y de su sangre. Pero el toro, por su buen comportamiento en el albero, es indultado y se salva. Y comieron perdices.

Mi primito, de cinco años, al resumirle la película a su madre, expresó una conclusión: “los toreros son unos asesinos”. Subliminal.

Pero la película tiene una segunda lectura, más profunda, que se compone de matices. Unos matices que amortiguan el maniqueísmo, y que destiñen lo negro a un gris oscuro y tiñen lo blanco de un gris claro. Aquí van los dos más notables:

1. El indulto es pedido por los aficionados taurinos presentes en la plaza, y concedido por el director de la misma. O sea, que los mismos que van supuestamente a disfrutar de la muerte del toro son los que acaban por salvar su vida. 

2. Ferdinand, el toro protagonista, es la excepción: el resto de astados que asoman en la película son bravos y ansían la llegada del día de la pelea contra el hombre (para ganarle): es su objetivo en la vida. He aquí la condición del toro de lidia.

***

Nadie ha hecho más por la causa animalista que Walt Disney, que humanizó (antropomorfizó) a los animales: les dotó de sentimientos humanos y les puso a hablar en la gran pantalla. Recientemente, en España, se aprobó una proposición de ley en el Congreso de los Diputados para considerar a los animales como seres vivos, y no como cosas.

Bien, los animales ni son cosas, ni son seres humanos: son animales.