columna

Mi primera eco

Hoy me hicieron mi primera eco. Estaba en el Registro de la Universidad echando unos papeles, y la secretaria tenía dudas sobre un documento de los cientaitantos que le había entregado, y llamó a su superior: un señor adusto y trajeado de unos sesenta años. Dio el okey a dicho escrito y se quedó pasando mis documentos burocráticamente hasta parar abrupto en un folio tintado de negro con una suerte de habichuelita blanca en el medio. Me miró por encima de sus gafas, le miré con cara de yo no he sido, me miró la barriga, me la acaricié intuitivamente y pensé: primero que “qué hago” y segundo que “me estoy poniendo bonico, hoy salgo a correr”.

“Esto es suyo, supongo, enhorabuena”, me dijo alargándome la fotocopia de la ecografía. Me salió darle las gracias, a veces soy demasiado cortés, pero seguidamente le devolví el papel diciendo que no era mío. “Estaba con sus papeles”, y me lo volvía a dar. “Sí, lo he traído yo, pero no…” Me interrumpió: que me lo llevara, que él ya tenía tres y una edad, me suelta. Entonces me acordé de la chica rubia con barriga incipiente, que estaba a mi lado en la fotocopiadora, y de que le llevaría a su marido un título de periodismo. Estaba resignado, a veces hay que aceptar lo que te viene, sin más; agarré la ecografía de las manos de aquel secretario jefe y salía, torero, abrazado a ella, cuando en la puerta, la primera secretaria, sonriendo: “¿Niño o niña?” “Son mellizos, señora”, le respondí, ya dispuestos al disparate. Total: ahora hasta dudo de si en unos meses me examinaré de unas oposiciones o me fumaré, nerviosérrimo, un cigarrillo tras otro en la puerta del paritorio.

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Vivir como Mágico, escribir como Gistau

Si no se puede escribir como David Gistau, al menos uno intenta parecérsele. Para ello, es fundamental dejarse crecer la barba y la talega. Además, uno agrava su voz y afina su acento, y de manera automática al hablar colisiona una palabra con la otra, como un dominó, porque la mente le opera a una velocidad endemoniada. Y, si es necesario, se pone unos guantes de boxeo. 

De tanto leer a los buenos columnistas compulsivamente, no he aprendido a escribir como ellos, pero sí a vivir como ellos. Por consecuencia, he conocido que, para ser un prestigioso columnista, no hace falta escribir, sino vivir como tal. 

Hoy, sé que para ser columnista de éxito hay que cumplir con tres requisitos básicos: beber ordenadamente, vivir desordenadamente y escribir casi bien. Por ese orden, siendo el último prescindible. Por ejemplo: Un columnista serio no puede planificar más allá de la columna de mañana. El auténtico columnista ingenia sus mejores piezas en la resaca de un martes (las buenas columnas no las levanta el sacrificio, sino el vicio). El columnista fetén solo debe preocuparse por el dinero si no le llega para convidar a la siguiente cerveza o al próximo whisky: es entonces cuando este siente la necesidad de escribir (he aquí el motor de la columna).  

De ahí que, los maestros de la columna, como tiende a pensarse, no fueron ni González-Ruano, ni Umbral, ni siquiera Larra. El paradigma de gran columnista fue Mágico González: que no escribió ni una sola línea pero, con su ejemplo, sentó las bases de la ortodoxia vital de la canalla columnística. Así Jabois, por ejemplo, cuando quiere empaparse de estilo no bucea en las antologías de Camba, sino que se pone a ver en Youtube compilaciones de jugadas del ‘mago’, no con el Cádiz, sino en la noche de Cádiz.   

Yo, lo dicho: quiero ser Gistau. Para ello no pienso dejarme las retinas leyendo ni irme a cubrir una guerra, pudiendo quedarme en el sofá repanchingado viendo un partido del Mundial, atusándome la creciente barba, fumándome un Ducados tras otro, alternando con buches de cerveza. Mañana presumiré de talega en la playa y de columna en mi blog.