Cristiano

¿Rendición?

Atentos a la escena: Ayer por la tarde. Antesala de la consulta de la loquera (sanadora de melancolías, para lo cursis). Sentados a mi vera, con una silla de separación, una pareja de unos cuarentaitantos. Frente a nosotros una monja que acompaña a una señora mayor y de apariencia adinerada. Sor Fulana rompe el silencio, lanza un comentario que ninguno captamos, aunque todos sonreímos educadamente: lo mismo se podría estar ciscando en nuestras castas que preguntándonos la hora. Repite: “Digo, que el niño ha salido al abuelo”. Nos miramos mientras procesamos la frase. La novia o esposa responde confusa, “sí, el niño…”, y luego “no, no”. Salgo yo al quite: “Señora (hermana suena raro), no somos familia”. La monja, para arreglarlo: “Es que como él es tan alto y ustedes tan bajitos, pues pensaba yo que salía al abuelo”. Al rato, sin quererlo, me entero de que ellos estaban allí porque habían perdido a un hijo.

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Pero, yendo a lo serio: Van tres días seguidos que me cruzo por la orilla a David Barral, haciendo lo que nunca hace sobre el césped: correr. Quizás deba plantearse pasarse al fútbol-playa. Como futbolista se le recordará no por sus goles, sino por un tuit: el de la sandía.

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Anoche terminé la novela ‘Rendición’, de Ray Loriga. Notable. Se me ha quedado grabada la frase del protagonista sin nombre cuando llegan a la Ciudad Transparente: “donde no hay pudor, no hay rubor”, recuerda que le dijo su madre. Pienso en esta potente sentencia mientras imagino la mierda inodora bajando, mostrándose, por esas tuberías de cristal, o el sexo, también sin olor, a la vista de todos. Saco dos reflexiones del libro de Loriga.

Una es que el autor ignora en su distopía que muy pronto lo audiovisual será audiolfativovisual. Imagina un futuro inodoro, cuando ya hay prototipos de pantallas con olor: Piénsense viendo Gladiator oliendo la sangre, el sudor, el hierro quemado. O leyendo con una pinza en la nariz los tuits de Rufián.

La otra es que el protagonista, en realidad, no se rinde. Él resiste hasta que es posible. Como Cristiano Ronaldo en el Real Madrid, o como el Real Madrid con Cristiano Ronaldo: ¿La resistencia tiene que ser hasta la muerte? Y aquí dos máximas tópicas, pero ciertas: Más vale una retirada a tiempo y Adaptarse o morir.

Por cierto, que no me sorprende del libro que el autor no les haya puesto nombre al protagonista de la novela ni a su mujer; sino que yo no se los haya puesto. Ni siquiera rostro.

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Volviendo a Cristiano. Bellísima la portada de Marca hoy. Pero se dejan el gol más importante que ha marcado CR7 a su paso por el Madrid: el que metió con la camiseta del Granada. Testarazo que nos dio la victoria en Los Cármenes por uno a cero. Gracias, Cris.

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El martes en lo de Alsina. Entrevista al diputado de la CUP, Vidal Aragonés. El presentador de ‘Más de uno’ le pregunta que si Torra se bajó los pantalones en su reunión con Sánchez. El cupero responde que ellos no responden a cuestiones LGTBIfóbicas… Estos rufianes, además de al champú, tienen fobia a la inteligencia en cualquiera de sus manifestaciones.

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Me despierto cada mañana, desde el 7 de julio, a eso de las 7,40 sin necesidad de despertador; basta con dejar dos dedos de la persiana abierta. Digo que me levanto temprano, sin necesidad, y con la ilusión de un niño en Reyes, para ver los encierros de San Fermín. El culpable: Chapu Apaolaza, que me ha ‘emponzoñado’, aún más si cabe, con la relectura de su libro ‘7 de julio’: que, si no lo han leído ya, no sé qué c*** hacen con su vida.

Chapu, es hoy la punta de lanza del periodismo taurino. Portavoz de la Fundación Toro de Lidia y comentarista de San Isidro para Movistar. Para el desconcierto de los que estén prejuzgando a Apaolaza les diré, si no lo saben, que no es ningún monstruo. Por poneros un ejemplo, que rompa sus esquemas, ganó en 2017 el galardón de periodismo de Unicaja por un artículo precioso sobre las dos egregias travestis gaditanas, La Petróleo y La Salvaora. Aquí va un extracto: “Me sirvieron un DYC. Quería preguntarles por la lucha gay, la censura y toda la vaina y entonces la Petróleo abrió fuego: ‘Nosotras somos las artistas porque cantamos con nuestra voz, no como las demás’. Comprendí que se merecían una entrevista de estrellas y hablamos de la copla y del arte y de Concha Piquer. ¿Qué importaba el sexo o el travestismo de cada uno? Allí, con los rellenos de silicona encima de la mesa comprendí lo que era ser reportero. De alguna manera, esa noche nací como periodista. La Petróleo me hizo un hombre.”

(Perdonen que hable tanto de mí, pero es lo que tengo más a mano).

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Madridismos

En una clase de Sociología, en segundo de carrera, nos contó don Ubaldo, un hombre que se viste por los pies, que llevaba tiempo estudiando sociológicamente el madridismo en Granada y su periferia: desde que se despertó su interés al ver un partido del Madrid en un bar de Armilla rodeado de culés. Llegó a la conclusión de que Granada capital era blanca “de la hostia”, pero conforme se alejaban los círculos concéntricos (siendo el eje central la Catedral), se volvía azulgrana. Hoy, todo está más difuso con esto de la conurbación, el metro y el independentismo: El cinturón rojo, con Maracena (“la Rusia chica”) y los zubiéticos a la cabeza, ha ido perdiendo sus colores; así como el núcleo de la capital, en cuyo subsuelo descansan el yugo de Isabel y las flechas de Fernando, ya no es tan del color del culo de Franco.

Sin salir de la ciudad nazarí, no puedo hablar del Madrid y pasar por alto a quien reconoce que su madridismo se le ha ido de las manos, Jesús Abril Vela; que estaba predestinado a ser jefe de prensa del Real y, por la vida que es muy puta y el periodismo que es su hijo, ha acabado preparando, como media España, unas oposiciones. Jesús es un auténtico ratonero de entradas de Champions: El día antes del partido lo dedica a pulsar F5 en la web del Madrid hasta que un socio libera su asiento y él lo caza. La jornada de Champions, se monta en su autobús de buena mañana y se tira seis horas hasta llegar a Madrid –no niega cierta emoción al pasar por Casa Pepe-. Tras el partido vuelve, a medianoche, a Granada. En el camino del Bernabéu al bus, le echa siempre una monedilla al dios Neptuno como si de un mendigo se tratase, y se enjuaga la cara con el agua bendita de la diosa Cibeles.

Y, es que, siempre he sostenido que el madridismo más puro es el que baja desde Ciudad Real a Motril: Allí viven agazapados entre sus olivares los más fervientes merengones. Recuerdo, de la primera vez que fui al Bernabéu en Champions (derrota vs Lyon), lamernos las heridas en el Txistu, entre cava con sorbete y tejas, con otro grupo de excursionistas que venían de los montes bastetanos. Mi padre, emocionado, soltó: “¡Si es que allí es donde está el buen madridismo, coño!”

La última vez que fui a ver al Madrid en Champions fue muy distinta: acabé rescatando de madrugada a mi amigo J. de un puti en una bocacalle de la Gran Vía. J., como muchos, es un madridista advenedizo: culé de toda la vida, hizo un Carlos Herrera, ya que su nacionalcatolicismo subyacente no le permitía seguir apoyando a un club rompepatrias. Fuimos, vs Bayern, a un palco del Bernabéu, cortesía de El Español, y como catetos de pueblo deslumbrados estuvimos más pendientes de los canapés y de las azafatas que del fútbol. Había barra libre y la cosa acabó como tenía que acabar.