España

El oro de Moscú

La esperanza de vida media de los españoles está cifrada en 83 años. Lo cual se traduce en vivir 20 mundiales: que según se mire, pueden ser demasiados o poquísimos. Mis abuelos cumplieron, año arriba o abajo, con la media: y jamás vieron a la Selección Española ganar la Copa del Mundo. Tengo primos que con cinco años ya habían ‘ganado’ un Mundial y dos Eurocopas.

Yo, con el de Rusia, llevo seis mundiales. El de Estados Unidos, obviamente, no lo cuento porque con el biberón en la mano y el chupete en la boca no estaba para protestar por el codazo de Tassoti a Luis Enrique (que luego con los años comprendí que bien merecido se lo tenía).

Mis primeros recuerdos de un campeonato del Mundo, el de Francia ’98, son muy difusos. Con seis años que tenía entonces, solo me viene a la memoria una cantada de Zubizarreta ante Nigeria, creo. Clemente siempre cabreado. Subir corriendo de jugar en la placita para ver a España vestida de blanco contra Australia. Recuerdo mejor, quizás por mi primer Fifa o por los cromos, la gran selección francesa: Barthez, Deschamps, Blanc, Desailly, Vieira, Zidane, Karembeu, Trezeguet, Henry, Dugarry…

De Corea y Japón, 2002, de quien mejor me acuerdo es de la madre del árbitro Al-Ghandour. Madrugar un sábado para con la ilusión del niño que yo era ver a España meterse en semifinales. Joaquín en la prórroga que centra desde la banda derecha y el Moro que remata de cabeza. Y después lo que vino… Y el flequillo y los goles de Ronaldo cuando aún no era gordo ni cristiano.

En la fase de grupos del de Alemania, 2006, nuestra Selección sentó las bases sobre las que luego, a los cuatro años, construiría una victoria épica y ética. Fue el Mundial de hacernos con un TDT para seguir por La Sexta la narración del genial Andrés Montes con sus “Tiburón Pujol” y sus “Suit Iniesta”. Fue también el de la prepotencia de Marca y de un país que quiso jubilar a Zidane antes de hora. El bueno de Zizou se jubilaría a sí mismo como debe hacerlo todo gran jugador: en una final y cabeceando el pecho de un contrario, como un muflón, derribándolo.

El de 2010 en Suráfrica fue Nuestro Verano. Empezó con el Waka Waka de Piqué ante Suiza, hasta que Villa, investido del espíritu del 7 de España, acalló las bubucelas a base de golazos. Casillas que para guay. Un cabezazo de Pujol que, de haber existido aún, rompería el muro de Berlín. Y, finalmente, el pie y el beso del santo, y el 114 en el que Iniesta tal y como cuenta en el libro de De la Morena: “…y, ¡mira por donde!, Cesc que me la pone perfecta y ¡pam!, para dentro.” Y la celebración, en la que el de Fuente Albilla se ganó la amarilla más amortizada del mundo, por su amigo Dani Jarque.

Luego, Brasil, y la venganza que se tomó Holanda en forma de goleada: especialmente doloroso el cabezazo acrobático de Van Persie. Nefasto Mundial para nuestros intereses, con la selección de Chile marcándonos un gol ya desde los himnos. Poco más: la goleada que le infligió Alemania a los anfitriones en semifinales. Los partidos entre la selva y la playa.

Y, en este que mañana empieza en Rusia, esperábamos traernos, por fin, de vuelta, el oro de Moscú, no llevarles el Hierro de Vélez-Málaga. En fin.

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Apuntes en sucio sobre la patria

Dijo von Rilke que la patria es la infancia, y yo, desde aquí, le digo que eso es una soberana cursilería. Estas son las dos definiciones que ofrece la RAE sobre el término ‘patria’: 

  1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que sesiente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.
  2. f. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido.

Bien, en ningún momento se dice que la patria sea la infancia, o la sonrisa de tu madre o el jodido olor de los churros los domingos en la plaza. Eso son bobadas, cursilerías propias del terrorismo por escrito que practicaron entre otros Eduardo Galeano, y que tantas cabezas ha carcomido. 

(…) 

Han arreciado recientemente las críticas a Ciudadanos, y a Rivera, por la exhibición patriotera del otro día. Sí, digo patriotera, porque como dice de nuevo la Rae, fue un alarde excesivo e inoportuno de sentimiento patrio. Sentimentaloide. Entiendo el fondo de lo que el partido naranja pretendía y pretende con la nueva plataforma ‘España Ciudadana’: Que no es otra cosa que normalizar a España, lo español y su simbología. Pero para ello, en este país corrompido por la alianza eterna de los pútridos nacionalismos con la progresía biempensante, hace falta una labor de fondo, pedagogía frente a demagogia, que puede llevar varias décadas. Rivera acierta en la intención, pero se precipita en su ejecución. 

Se dice del populismo que propone soluciones fáciles para problemas difíciles: pues eso es, precisamente lo que presentó Ciudadanos el último domingo. Y como guinda, el pijerío ñoño de Marta Sánchez. Solo faltaron Taburete y José Manuel Soto de teloneros. Hala, todo sea para cebar más el prejuicio de que C’s es un partido de pijos: ¿Si lo votan 5 o 6 millones de españoles en las próximas generales, se puede decir que hay tantos pijos en España? 

El caso es que, he podido comprobar que la progresía (anti)española solo critica a los nacionalismos periféricos como daño colateral, en comparación, de la ofensiva directa contra eso que ellos llaman “nacionalismo español” o “españolismo”. A ver, no existe tal nacionalismo español; os lo explicaré fácil, mis queridos progres: 

Cuando nación coincide con estado y, por tanto, con nacionalidad: ¡no puede haber anhelo alguno de nación, de patria!: No se lucha por un objetivo (constituirse como estado), porque ya lo es. Solo se defiende la patria, la nuestra, de los ataques de quienes quieren dinamitarla, descuartizarla. 

Me produce, además, mucha rabia la hipocresía de estos progres, que por besar nuestra bandera o pronunciar “España” con la cabeza alta y sin complejos, nos llamas nacionalistas, fachas, etcétera. Ellos, por un lado, ubican su patria, como ya dije antes, en algo abstracto y cursi: las arrugas de las manos de su abuela, el capullo del azahar abriéndose, la peca de la espalda de su novia… Pero, por el otro, se abrazan fervorosamente a otra bandera que representa una comunidad autónoma o vetustas y efímeras repúblicas. Les da urticaria lo rojigualda, pero no dudan en sus mítines en lucir la verdiblanca en un deseo de patria imposible propio del peor nazionalismo. O llevan su chapita de la republicana en la mochila. Y, recordad: ¡Cuánto más pequeño es el territorio, más estrechas son las ideas y peor el nacionalismo! 

 

‘HIMNOTIZADOS’

Cuando hay Mundial de fútbol lo que más me gusta es la ceremonia de los himnos. Si el horario no se corresponde con el europeo, me puedo levantar a a las 4 de la mañana para escuchar el himno de Togo y el de Dinamarca. Me fijo en los jugadores formando en línea; emocionados, con la cabeza alta, la mano en el pecho henchido y la garganta hinchada del canto. En el pasado mundial de Brasil, yo le hubiera dado la Garganta de Oro a los jugadores y afición chilena cantando a capela su precioso himno, y a Gigi Buffon desgañitándose por “Italiaaaa, Italiaaa”.

Más allá de lo deportivo, el himno, como la bandera, es un símbolo de la patria. Pero si detrás de la acción simbólica de patriotismo no hay sustancia, contenido o idea, ese ejercicio de canto se queda en mero patrioterismo. Es decir, el amor a la patria puede ser solo factual sin necesidad de símbolos. En cambio, no se es patriota solamente por exaltar la simbología. Digamos que los símbolos son un añadido del que enseña la patria por la ventana, pero no por ello la hace.

Los auténticos himnos son populares. Nadie los impone. El pueblo, de manera natural, los hace suyos y comulga con ellos. El Cádiz Club de Fútbol, por ejemplo, tiene dos himnos oficiales, pero el que la afición canta es el oficioso: que se trata de un pasodoble de una chirigota, ‘Me han dicho que el amarillo’. Y es que, es fundamental para que un himno cale, que se componga sin intención de hacerse himno.

Hay himnos bellísimos, como La Marsellesa, y los hay horrendos, como el de Corea del Norte. Pero la calidad de la composición no es relevante cuando la comunidad se siente representada por esta. Un caso curioso es el de El Arrebato, un artirsta del montón, pero que un momento de lucidez compuso el himno de los himnos del fútbol español. ¿Quién no ha llevado en su mp3 “Dicen las lenguas antiguas”? ¡Hasta los béticos! Esta composición más flamenquita que marcial ha destapado un inédito género himnario.

En España no hay consenso respecto al himno nacional. Unos lo tachan de franquista, como todo lo que no imponen ellos. Otros quieren acoplarle letra por sus patrios cojones: como si de ponerle el cascabel al gato o sacar la puta espada de Excálibur se tratase. Ya son muchos los aspirantes fracasados; la última, Marta Sánchez y su cursilada de salita de té de Serrano.

 

 

 

 

 

Contra Ciudadanos

Como votante declarado de Ciudadanos, hay multitud de puntos (llamémoslo así) de este partido que no me gustan, con los que estoy en desacuerdo. Creo que la autocrítica es fundamental , como se suele decir, para la salud democrática de una formación política. También es un ejercicio positivo pararse a razonar y recordarse a uno mismo que el partido al que votas no es tu equipo de fútbol; es decir, yo soy votante de C’s, no un hincha del partido naranja (“y cada día el de más gente”). Mañana, por lo que sea, puede que vote al PSOE, y pasado alomejor al Partido X, que me convence más. En cambio, jamás apoyaré a otro equipo que no sea el mío, el Granada: y es que en este caso no juega la razón, sino el sentimiento. Sí, estoy hablando de la cláusula emocional; innegociable, como la rescisión del contrato de Messi. Los puntos son los siguientes:

  1. El bandazo ideológico: De C’s me desagradó mucho su cambio ideológico en 2017 de la noche a la mañana, como si la ideología fuera un eslogan, o mejor, un peinado: “ayer me acosté socialdemócrata y hoy me he levantado liberal-progresista”. ¿Esto es serio? ¿Es una declaración de intenciones del partido de hacer residuales las políticas sociales?
  2. Tránsfugas y arribistas: A nivel regional, provincial y municipal C’s no se ha preocupado de crear unas estructuras sólidas y de confianza. La formación naranja se lanzó con mucha prisa a presentarse a las municipales y regionales de 2015 con unos cuadros políticos compuestos en buena parte por arribistas, tránsfugas y personajes de toda calaña.
  3. Más susanistas que Susana: ¿Qué hace el partido apoyando en Andalucía al PSOE más corrupto? ¿Por qué el elegido para liderar a C’s en Andalucía es Juan Marín, quintacolumnista del peronismo rociero, lacayo de Susana Díaz?
  4. El Losantismo y el neoliberalismo: Si el partido atrae votantes procedentes de la órbita de Jiménez Losantos, o sea, la extrema derecha neoliberal y desalmada, es que algo se está haciendo (muy) mal. O bien, si resulta que el objetivo de C’s es llegar a ser un partido faústico que vende su alma al mercado. Quizás la renuncia, a lo social por lo liberal, antemencionada vaya por ese camino.
  5. El asquito andaluz: Hay ocasiones (contadas) en las que Albert Rivera presume de su origen andaluz por parte materna; pero parece que lo hace cuando le interesa y en beneficio propio. No hay que ser un lince para darse cuenta de que parece hablar a (y de) los andaluces con condescendencia (en el mal sentido de la palabra). Recuerdo aquello que dijo en un mitin para las autonómicas de que había que “enseñar a los andaluces a pescar”. Y en este sentido es llamativo también que Inés Arrimadas en el Parlament camufle su acento andaluz, de Jerez de la Frontera; como si este fuera un residuo indeseable de tiempos oscuros. En cambio, bien que recurre al acento, lo fuerza, cuando le interesa electoralmente.

Pese a lo expuesto, a día de hoy, no tengo intención de cambiar mi voto. Ciudadanos, entre lo malo, es lo menos malo. Y de momento, en la balanza naranja, pesa más lo positivo.

 

 

Ojeda con dos cojones (en defensa de la incorrección política)

Hace casi dos años que escribí un artículo, “Hay más tontos que botellines”(mi blog cerró, aquí lo recuperé) bastante crítico con Álvaro Ojeda, del cual a día de hoy no me arrepiento (hay etapas) pese a que haya cambiado mi percepción del sujeto. En las siguientes líneas pretendo desmontar mi propia opinión pasada y defender, en la medida de lo posible, a Álvaro Ojeda.

La palabra que más repetí, por activa y por pasiva, en mi citado y enlazado texto fue “tonto”. Sí, (des)califiqué a este tipo de tonto hacia arriba. Me equivoqué: ¿Cómo pude yo llamar a Ojeda tonto? Ojeda no tiene de tonto un pelo, que yo sepa nadie le ha dado nada hecho: todo lo que tiene (la influencia, la fama, el empleo-el dinero) se lo ha ganado él solito desde la nada. ¿Se puede (des)calificar de tonto a alguien que comenzó con una cámara barata, una silla y su palabra, se hizo viral, formó una legión de seguidores, y hoy colabora en un diario nacional cobrando lo que Inda no le pasa a sus niños y le publican y vende libros? Simplificando la cuestión, ¿es tonto alguien que de la nada ha logrado empleo, remuneración, fama e influencia (y no precisamente en cantidades exiguas)? Ahí dejo eso…

Mi artículo en cuestión fue muy aplaudido y recibí en el blog un número de visitas desorbitantes (para mis números habituales): en torno a 150mil usuarios pasaron por el post, cuando lo habitual es que no superase los 300 usuarios por entrada. Me pregunto cuál fue el secreto del éxito de dicha opinión vertida…, como una fórmula de la Cocacola lo busco y lo busco en pos de la receta del éxito (si hubiese tenido ese número de visitas por artículo otro gallo cantaría en mi carrera profesional como periodista). ¿Fueron las musas?, ¿la temática?, ¿el sitio y el momento?… Hay algo de lo que si tengo certeza que contribuyó a la buena acogida de la paliza verbal a Ojeda, y es la corrección política que utilicé en el texto, totalmente impropia de mí (huyo de ella, tengo pesadillas con ella). ¡Cuán fácil es criticar a Ojeda (políticamente incorrectísimo y controvertidísimo,… ah y de derechas) y que te aplaudan! Prueben a hacerlo con Jiménez Losantos o con Sostres, el resultado será similar. Eso sí, no se les ocurra meterle mano a Wyoming, al Follonero o a Preescolar.

Sigo, párrafo aparte, desmenuzando mi artículo y su política corrección. En este vine a decir que Ojeda era un intolerante que no respetaba las ideologías diferentes, que era un machista retrógrado, un fascista y un etcétera de calificativos sacados del manual de bolsillo de insultos de la nueva izquierda (y lo de cuñado porque aún no se llevaba…). Y es cierto que este señor sea algo machista, ¿y qué?, que tire la piedra el que no tenga su ramalacito machistoide; además no creo que Ojeda se enorgullezca de ello, ni hace apología de su machismo (al menos de forma [mal]intencionada). Que no tolera o respeta otras ideologías… él no pone la mordaza ni censura a nadie, simplemente da su opinión libre, natural, desnuda, puede que hasta sin pensarla. Critica a Podemos o al independentismo de manera, muchas veces, agresiva y desacertada: ¿Y? ¿Acaso Podemos no es un partido liderado por una cúpula endogámica, agresiva y desacertada (más en sus propuestas que en su análisis)? ¿No es el independentismo una agresión a España y un desacierto absoluto? Y aunque no lo fueran, este hombre (y tú) puede decir lo que le salga de los cojones: siempre ateniéndose a las consecuencias. Si no te gusta, no lo escuches. Y ¿qué tiene Ojeda de “falangista”? El color de la camisa, porque de los ideales primigenios de José Antonio Primo de Rivera (junto a Ruíz de Alda y cía.) a los que preconiza Ojeda hay siete galaxias.

Vale, Ojeda es bastante inculto, es cateto y es un patriotero: es verdad, pero ¿acaso no es así el españolito medio? ¿Qué tiene de malo? Es el quinto pecado capital, la Envidia (perdón por la mayúscula) la que lleva al redil a despellejarlo. ¿Cuántos periodistas (y no periodistas) como yo, desempleados, envidiamos un puesto como el de este hombre? A mí, me jode mucho poner Telecinco y ver el circo de colaboradores no-periodistas que están cobrando un pastizal en torno al periodismo rosa (por cierto, una rama periodística tan respetable como cualquier otra); también me jode ver que Ojeda, que no tiene título de Periodismo (como Carlos Herrera, como Wyoming, como Lama…) esté en la pomada precisamente del periodismo nacional. Me jode, pero me aguanto, porque es que es lo que hay, es el panorama que nosotros mismos hemos creado y alimentamos. Volviendo al artículo, en el que le ataqué por su ausencia de titulación periodística y el desprestigio de la profesión que estaba favoreciendo. Pero, ¿es que acaso está profesión no está por los suelos? ¿Cuán mínima será la cuota de culpabilidad de Ojeda?

“Ladran, luego cabalgamos”: Esta expresión o cita popular que se le atribuye erróneamente al Quijote de Cervantes, podría ser perfectamente el leitmotiv de Ojeda. Y es que si los fariseos custodios de la corrección política y de la moral hacen ruido es que Ojeda está cabalgando. Si hay decenas de páginas en redes sociales donde se agrupan odiadores profesionales de Ojeda, si el Jueves lo animaliza cada miércoles sin falta, si le conceden premios al “tonto”, al “cuñado”, al “gilipollas” del año… es que está haciendo daño; es que tiene influencia y está jodiendo. Ojeda le está haciendo mucha pupita a la autodeminada progresía; sin más armas que su palabra.

Posdata: No entiendan mi abrupto cambio de opinión como un ataque de bipolaridad o ausencia de criterio, tómenselo como lo que es, una maduración de la opinión de alguien que está en proceso de formación, abriendo los ojos. Yo ni lo sigo (a Ojeda), ni lo seguiré, porque ni me hace gracia ni me entretiene, pero lo respeto y desde aquí aplaudo su osadía, su naturalidad y su estoicismo. Pero sobre todo, aplaudo su Libertad (perdón de nuevo por la mayúscula).