Granada

Madridismos

En una clase de Sociología, en segundo de carrera, nos contó don Ubaldo, un hombre que se viste por los pies, que llevaba tiempo estudiando sociológicamente el madridismo en Granada y su periferia: desde que se despertó su interés al ver un partido del Madrid en un bar de Armilla rodeado de culés. Llegó a la conclusión de que Granada capital era blanca “de la hostia”, pero conforme se alejaban los círculos concéntricos (siendo el eje central la Catedral), se volvía azulgrana. Hoy, todo está más difuso con esto de la conurbación, el metro y el independentismo: El cinturón rojo, con Maracena (“la Rusia chica”) y los zubiéticos a la cabeza, ha ido perdiendo sus colores; así como el núcleo de la capital, en cuyo subsuelo descansan el yugo de Isabel y las flechas de Fernando, ya no es tan del color del culo de Franco.

Sin salir de la ciudad nazarí, no puedo hablar del Madrid y pasar por alto a quien reconoce que su madridismo se le ha ido de las manos, Jesús Abril Vela; que estaba predestinado a ser jefe de prensa del Real y, por la vida que es muy puta y el periodismo que es su hijo, ha acabado preparando, como media España, unas oposiciones. Jesús es un auténtico ratonero de entradas de Champions: El día antes del partido lo dedica a pulsar F5 en la web del Madrid hasta que un socio libera su asiento y él lo caza. La jornada de Champions, se monta en su autobús de buena mañana y se tira seis horas hasta llegar a Madrid –no niega cierta emoción al pasar por Casa Pepe-. Tras el partido vuelve, a medianoche, a Granada. En el camino del Bernabéu al bus, le echa siempre una monedilla al dios Neptuno como si de un mendigo se tratase, y se enjuaga la cara con el agua bendita de la diosa Cibeles.

Y, es que, siempre he sostenido que el madridismo más puro es el que baja desde Ciudad Real a Motril: Allí viven agazapados entre sus olivares los más fervientes merengones. Recuerdo, de la primera vez que fui al Bernabéu en Champions (derrota vs Lyon), lamernos las heridas en el Txistu, entre cava con sorbete y tejas, con otro grupo de excursionistas que venían de los montes bastetanos. Mi padre, emocionado, soltó: “¡Si es que allí es donde está el buen madridismo, coño!”

La última vez que fui a ver al Madrid en Champions fue muy distinta: acabé rescatando de madrugada a mi amigo J. de un puti en una bocacalle de la Gran Vía. J., como muchos, es un madridista advenedizo: culé de toda la vida, hizo un Carlos Herrera, ya que su nacionalcatolicismo subyacente no le permitía seguir apoyando a un club rompepatrias. Fuimos, vs Bayern, a un palco del Bernabéu, cortesía de El Español, y como catetos de pueblo deslumbrados estuvimos más pendientes de los canapés y de las azafatas que del fútbol. Había barra libre y la cosa acabó como tenía que acabar.

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Machísmo

El Granada es un equipo machísta (que no machista). O sea, no se confundan, que su machísmo no es una “actitud de prepotencia de los varones frente a las mujeres” (RAE), nada más lejos; sino una dependencia de Darwin Machís.

Sí, el Granada a día de hoy sufre (o goza, según se mire) de machísdependencia, aceptémoslo. Y es que, sin el jugador venezolano en el césped el equipo apenas genera peligro ofensivo. En los tres partidos ligueros que no ha disputado Machís (el último frente al Reus el pasado sábado), se ha demostrado que el Granada de Oltra -sin él- es como un buen cuchillo sin afilar; con un mango firme, elegante y bien tallado, y una hoja fabricada con un metal de calidad, pero que ni corta, ni pincha: solo sirve para untar mantequilla o sobrasada. Acuérdense por ejemplo del partido contra el Sevilla Atlético en casa: tampoco estuvo presente el extremo venezolano.

El jugador suramericano ha participado en las ocho victorias del Granada. En los tres partidos que no ha disputado, por sanción o lesión, el equipo ha empatado en dos ocasiones y perdido en una. Además, siempre que este ha marcado, el Granada ha obtenido los tres puntos: Córdoba (2 goles), Hoya Lorca (3), Huesca (1) y Almería (1).

Cuando Machís está en el campo, el equipo le busca continuamente para que sea él quien desborde por la banda izquierda y genere la ocasión de gol. Cada vez que el ‘once’ tiene el balón se intuye el peligro para el rival. Y hace bien el contrario en alarmarse cuando el extremo conduce la bola en sus pies: Machís es el segundo máximo goleador del equipo (7), y solo le supera Joselu, que lleva ocho tantos en su haber. Además, ha dado hasta la fecha cinco asistencias de gol, el que más del Granada y el cuarto de la Liga 1|2|3 (lo cual invalida las acusaciones de individualista o chupón: y es que como todo crack que se precie, gusta de hacer alguna filigrana innecesaria).

El extremo zurdo hace mejor al equipo. El rendimiento ofensivo del Granada no solo mejora por Machís, sino que lo hace con Machís: es decir, que este con su sola presencia en el campo aumenta la efectividad del rendimiento en ataque de sus compañeros: probablemente más confiados y atrevidos. Especialmente Joselu funciona de maravilla cuando el tucupiteño está en el once.

Pero, al igual que el otro extremo, Pedro Sánchez (seis goles y tres asistencias), Darwin Machís (que ha marcado sus ocho goles en Los Cármenes) muestra un rendimiento muy desigual en casa y fuera. En muchos de los encuentros como visitantes se ha visto mermada notablemente la capacidad de ambos jugadores: esto en buena medida ha sido el motivo por el que el equipo solo ha obtenido dos victorias fuera (Alcorcón y Soria).

Pese a este último apunte, no cabe duda de que Machís es la única pieza irreemplazable en el puzle de Oltra. No nos queda otra, a los granadinistas, que ser machístas.

 

 

 

Con cariño y malafollá

No elegí mi nombre, tampoco mi equipo; otros decidieron por mí: y digo yo que al menos podrían haber tenido la deferencia de consultarme. Mi abuelo se llamaba Manolo, mi padre se llama Manolo y yo me llamo Manolo; mi abuelo era del Granada, mi padre es del Granada… y a mí no me quedó otra. No era quién para romper la cadena familiar. Tampoco mi hijo la romperá, aunque estoy pensando seriamente en ponerle un nombre moderno: Jonatán de Messi o Cristiano Ronaldo de Jesús, o algo por el estilo.

El mayor hito granadinista familiar lo fechó mi abuelo, concretamente el 21 de junio de 1959, cuando presenció en las gradas del Bernabéu la final de la Copa del Generalísimo, cara al sol y con la camisa nueva, entre el Granada Club de Fútbol y el Fútbol Club Barcelona. Fue un día histórico para el Granada: perdimos cuatro a uno.

El otro gran hito del granadinismo familiar lo viví yo, bueno, mi bufanda (que tiene su historia que luego contaré). El caso es que mi bufanda estuvo presente en el Estadio Martínez Valero de Elche cuando ascendimos a Primera, en 2011, treintaicinco años después. (¡Oh, Ighalo!) No pude conseguir una entrada, así que a las siete de la mañana del día del partido me colé en la fila de autobuses que partían desde Los Cármenes hasta Elche, y allí, sutilmente, tras saludar a mi amigo Jesús, un afortunado con entrada, le abrí un poco la cremallera de la mochila y se la introduje, la bufanda. Al rato, con Jesús en el bus, le mandé un sms letal que decía: “Mi bufanda va en los bajos del autobús dentro de tu mochila: no la toques hasta llegar a Elche. Que entre en el estadio y que ascienda. ¿Entendido?”. No le quedó otra, sabía con quién jugaba: estaba ante el clan familiar de los Manolos.

Hoy, miro mi bufanda, con un bonito grabado que representa una cenefa nazarí, colgada en la pared de mi cuarto y me subo a la cama y acerco mi nariz hasta que aspiro su olor, aún huele a ascenso y a palmera. Y un poco a mierdecilla acumulada, pero es que no quiero lavarla, no vaya a ser que pierda sus atributos totémicos.

Mi padre tuvo la fortuna de coincidirle la infancia consciente, cuando más intensamente se vive el fútbol y todo, con el Gran Granada, el de las ocho temporadas seguidas en Primera, el que quedó dos veces sexto en la clasificación, el que tuvo un pichichi llamado Porta, mañico, el de los oriundos en la defensa de hierro: Aguirre Suárez (que yo siempre pensé que eran dos), Montero Castillo y Fernández. ¡Échense a temblar! Estos oriundos eran suramericanos a los que por su supuesta ascendencia española les estaba permitido jugar la Liga. Llegaban a la madre patria con ganas de partir más de un tobillo y alguna ceja de españolito tibio o de estrellita europea. Que se lo pregunten a Amancio.

Por aquel entonces, en la niñez de mi padre, el Granada jugaba aún en el (antiguo) campo de Los Cármenes, hoy día una gran plaza rodeada de modernos edificios. Este estadio, tenía de mítico su colindancia con la cárcel: cuentan que los presos trepaban las rejas del patio para ver los goles de Porta y las paradas de Ñito. Aunque sospecho que esta historia está aderezada por mi padre. En fin, un estadio de hombres: en pie, con chaqueta gris, con cigarro y con sombrero. El sueño de mi padre con el Granada se rompió en el año ’76 con el “mítico”, el “gran” Miguel Muñoz, ex del Real Madrid y de la Selección, en el banquillo: nos fuimos a Segunda, y ya no volvimos a la élite hasta 2011.

Hasta aquí los vagos recuerdos prestados por Manolo y por Manolo; ahora déjenme que tire de memoria propia, la de Manolo, para narrarles mi relación sentimental con el Granada.

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Los catetos y el Madriz

Nos llaman catetos. Quiénes, esos de Capitales. Nos llaman catetos por ser del Real Madrid (o del Barsa) siendo de provincias/provincias. Ese palangana, ese verderón, ese ché, ese indio, ese culé, ese merengue, o ese león, que te suelta: “¿y tú no eres ‘caditano’? pues tú del Cádiz; el Madriz para los de Madriz, etc.”.

Amigo, pongamos que como yo, tú has nacido en los 90s (o en los 80s), y el equipo de tu ciudad, llamémosle Betis, ha estado durante toda tu corta vida en Primera (salvo excepciones muy excepcionales), en Europa y en final de Copa. Amigo, tú no has tenido la necesidad de hacerte de un Equipo, de adoptarlo, porque tu Equipo estaba allí, siempre, compitiendo con, enfrentándose a. 

Yo no, amigo, yo soy -por ejemplo- del Granada (aunque perfectamente podría ser del Recre, que para el caso vale igual). Te contaré que yo me hice del Granada en el 97 (creo), con 6 años, cuando retransmitieron por Canal Sur 2 Andalucía un partido del Granada en 2ºB, y mi padre, maniqueísta, me dijo que los buenos eran los que iban de rojiblanco: así, como en las pelis de indios y vaqueros. A los meses fui con él a Los Cármenes (al nuevo) y me compró una bufanda con una bella cenefa nazarí (que a día de hoy cuelga de la pared de mi cuarto, y la deschincheto cada vez que hay partido) y ahí empezó mi pasión turca por esos colores rojiblancos en horizontal, que tanto me ponen a día de hoy. Quizás es lo poco, lo único, o lo más acentuado que conservo de mi origen granadino. Bendito legado boabdileño.

Pero faltaría a la verdad si dijese que me sentía completo siguiendo a mi Granada por segundabé (y por tercera); como futbolero (y futuro futbolista que no sería), yo me interesaba por la Liga y me apasionaba por Europa; y ni en la una ni en la otra estaba mi pequeño e íntimo equipo. Yo no soy equidistante, no soy árbitro, no soy objetivo; soy sujeto, y por tanto subjetivo (como todos, aunque la hipocresía o cobardía de algunos pretenda taparlo). Necesitaba, por consecuencia, tomar partido (¡no me sale ser neutral ni en un Mataró-Granollers!), formar parte de, tener un Equipo en: y elegí el Real Madrid: ¿por qué? Por herencia, seguramente (mi abuelo, al igual que mi padre, era blanco y rojiblanco: él tuvo la fortuna de presenciar en el campo nuestro mayor hito, la final de Copa del Generalísimo entre Granada y Barcelona en el Bernabéu en el 59).

Cada semana yo veía a los vaqueros blancos en Canal Plus (¡oh, esa música y esa dupla Martínez-Robinson!), en La 1, o en Canal Sur. Tuve la fortuna, siendo niño, de ir tres veces al Bernabéu. Me entró el Madriz, ganamos la Séptima, me afilié al sindicato blanco, me hice devoto raulista (con estampitas y todo: como si se tratase del Gran Poder), me regalaron la equipación Teka, dibujaba el escudo y pintaba las alineaciones en clase: Casillas, Roberto Carlos, Hierro… Pero por supuesto, mi equipo seguía ahí y no me olvidaba que yo ante todo era y soy granadinista. Pero mientras esperaba, y el mío vagaba por campos de tierra en tercera y césped sintético en segundabé, pues tenía un Equipo. 

Llegas a considerar las divisiones como divisiones reales, es decir, que un equipo está de verdad separado del otro, que juegan a otra cosa, contra otros rivales, que jamás puede haber una conexión, un encuentro entre ellos; una autovía que jamás se cruzará con la comarcal: como si uno jugase al futbito y el otro al fútbol. Estaba el Granada, su liga y liguilla / y estaba el Madriz, su Liga y sus Copas. No existe competencia; sí existe una complementariedad o una suplencia: “Madrí, caliéntame el banco de Primera mientras llega mi Granada, que tardará un rato”.

Llegó.

Solo hay una ocasión que quiero que pierda el Real Madrid, y es cuando juega contra el Granada (por cierto, el único momento que comparto con un culé).

Pero está Europa. Y el Granada no ha viajado por Europa (no ha hecho su Erasmus: es virgen continentalmente).  Y al no estar el Granada en Europa –ni un viaje iniciático al Algarve si quiera- pues Europa para mí, es terreno Blanco. Es decir, yo en Europa soy del Madriz, porque el Madriz es España y viceversa, con sus luces y sus sombras.  

Con todo lo anterior, no vengo a justificar nada, solo quiero decir que en dos semanas estando el Granada ya en Segunda (salvo milagro de Fray Leopoldo, porque Tony Adams está más por dar clases de zumba…), y el Madriz jugándosela (la Liga) en nuestra casa, quiero que ganen los míos pese a que ya no se jueguen ni el orgullo. Porque ya lo he dicho, en Europa es el Madriz, pero el Granada ya está aquí.