Iniesta

Sin memoria

Imagina que le quitan el Mundial a España. Que no hubo gol de Iniesta. Y, por tanto, no hubo beso de Iker y Sara. Tampoco tú besaste, entre la euforia y las olas, a esa chico o chica que pintó de naranja tus mofletes con los suyos. Desde luego, al siguiente abril no nació tu hija, fruto de la pasión. Y la estrella se ha descosido. 

Ahora, deja de imaginar, y recuerda que a Amstrong sí le quitaron, -¡zas!, de un plumazo-, siete Tours de Francia. Quedando estos desiertos. Inexistentes. A mí, con esto, me robaron siete veranos de la infancia. Siete julios en los que para ese niño el Tour era sinónimo de verano, y el verano lo era de vida.  

Quién me devuelve el tiempo y las ilusiones invertidas. Quién y por qué me quitó las siestas con mi padre al calor de la Vega de Granada y de la voz de fondo de Perico y Carlos. Por qué me saquearon la magia que suponía levantarse por la mañana, abrir el periódico y consultar la clasificación y el perfil de la etapa del día. Y a quién le molestó, hasta erradicarlo, que a la tarde me fuera con la bici por los carriles a emular a mis ídolos.  

¿Por qué le quitaron los Tours a mi antihéroe robándome así lo más preciado de la infancia, que es el héroe? 

No tengo respuestas.  

El único consuelo es que hoy, cuando me cruce al pedante, al soberbio de turno, podré decirle, mirándole a la cara y sin miedo a que me corrija, que Lance Amstrong ganó siete Tours de Francia. Y así, recuperar, aunque solo por un día, aquella infancia que me expoliaron.  

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El oro de Moscú

La esperanza de vida media de los españoles está cifrada en 83 años. Lo cual se traduce en vivir 20 mundiales: que según se mire, pueden ser demasiados o poquísimos. Mis abuelos cumplieron, año arriba o abajo, con la media: y jamás vieron a la Selección Española ganar la Copa del Mundo. Tengo primos que con cinco años ya habían ‘ganado’ un Mundial y dos Eurocopas.

Yo, con el de Rusia, llevo seis mundiales. El de Estados Unidos, obviamente, no lo cuento porque con el biberón en la mano y el chupete en la boca no estaba para protestar por el codazo de Tassoti a Luis Enrique (que luego con los años comprendí que bien merecido se lo tenía).

Mis primeros recuerdos de un campeonato del Mundo, el de Francia ’98, son muy difusos. Con seis años que tenía entonces, solo me viene a la memoria una cantada de Zubizarreta ante Nigeria, creo. Clemente siempre cabreado. Subir corriendo de jugar en la placita para ver a España vestida de blanco contra Australia. Recuerdo mejor, quizás por mi primer Fifa o por los cromos, la gran selección francesa: Barthez, Deschamps, Blanc, Desailly, Vieira, Zidane, Karembeu, Trezeguet, Henry, Dugarry…

De Corea y Japón, 2002, de quien mejor me acuerdo es de la madre del árbitro Al-Ghandour. Madrugar un sábado para con la ilusión del niño que yo era ver a España meterse en semifinales. Joaquín en la prórroga que centra desde la banda derecha y el Moro que remata de cabeza. Y después lo que vino… Y el flequillo y los goles de Ronaldo cuando aún no era gordo ni cristiano.

En la fase de grupos del de Alemania, 2006, nuestra Selección sentó las bases sobre las que luego, a los cuatro años, construiría una victoria épica y ética. Fue el Mundial de hacernos con un TDT para seguir por La Sexta la narración del genial Andrés Montes con sus “Tiburón Pujol” y sus “Suit Iniesta”. Fue también el de la prepotencia de Marca y de un país que quiso jubilar a Zidane antes de hora. El bueno de Zizou se jubilaría a sí mismo como debe hacerlo todo gran jugador: en una final y cabeceando el pecho de un contrario, como un muflón, derribándolo.

El de 2010 en Suráfrica fue Nuestro Verano. Empezó con el Waka Waka de Piqué ante Suiza, hasta que Villa, investido del espíritu del 7 de España, acalló las bubucelas a base de golazos. Casillas que para guay. Un cabezazo de Pujol que, de haber existido aún, rompería el muro de Berlín. Y, finalmente, el pie y el beso del santo, y el 114 en el que Iniesta tal y como cuenta en el libro de De la Morena: “…y, ¡mira por donde!, Cesc que me la pone perfecta y ¡pam!, para dentro.” Y la celebración, en la que el de Fuente Albilla se ganó la amarilla más amortizada del mundo, por su amigo Dani Jarque.

Luego, Brasil, y la venganza que se tomó Holanda en forma de goleada: especialmente doloroso el cabezazo acrobático de Van Persie. Nefasto Mundial para nuestros intereses, con la selección de Chile marcándonos un gol ya desde los himnos. Poco más: la goleada que le infligió Alemania a los anfitriones en semifinales. Los partidos entre la selva y la playa.

Y, en este que mañana empieza en Rusia, esperábamos traernos, por fin, de vuelta, el oro de Moscú, no llevarles el Hierro de Vélez-Málaga. En fin.