Junta

Empapelados

Y amanecerá la ciudad empapelada, con rostros a tamaño real que ni (re)conocemos. Como si se hubieran precipitado los Reyes Magos, disfrazados de diligentes scouts de Partido, dejando durante la noche el papel de los regalos extendido y pegado en las marquesinas, farolas, fachadas e incluso en los laterales de los autobuses. No busquen dentro el regalo, sino en el propio papel: una sonrisa blanqueada con Photoshop y la eterna promesa del cambio: “Ahora sí”, exclamarán unos; “Ahora sí que sí”, responderán otros; “Es la hora”, prometerán aquellos; “Por Andalucía”…
 
En Sevilla, devotas de La Macarena y de La Esperanza, madrugarán para rezarle, junto a los taitantosmil funcionarios, a los carteles tamaño fachada-corteinglés de la auténtica reina de Sevilla, La Susana. Los viñeros, ya que no podrán votar a su Ilustre Vecina Teresa, envolverán el pescado de la mañana con su jeta. Los chavales malagueños jugarán al basquet en el río entre carteles de Imbroda, al que en sus tiempos muertos grafitearán el pelo que les tomará.
 
Es un deber cívico controlar a nuestros representantes, por lo que no sería una mala idea tomar un rotulador bien gordo para responder inquieriendo a sus promesas en vez, o además, de pintarle un bigotito hitleriano a Juanma Moreno (Bonilla), unos cuernos a SS, o sea, Susana Díaz, o hacerle una mella a Juan Marín. ¿”Ahora sí”, qué?, ¿”Es la hora” de qué, del café?, ¿”Por Andalucía” qué pasa, aparte del Guadalquivir?, y así con todo.
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El perro andalú

Vayan estos tres relatos a la atención del Instituto Andaluz de la Mujer, a la de la Junta:

Con apenas dieciocho año recuerdo salir de juerga por El Puerto a finales de verano. Callejeando, un amigo y yo, nos desviamos del resto en busca de una esquina tranquila donde cambiarle el agua al canario. Un par de puretonas (tendrían 15 años más que nosotros) iban riendo detrás nuestra, y una de ellas agarró las nalgas de mi amigo. La reacción de este fue inmejorable, “¿puedo yo también?”, preguntó amablemente. Y ¡pum!, palmadita de vuelta en el pompis de la pureta. La cosa quedó empatada.

Me contó mi padre que, también con dieciocho años, salía de casa tras las uvas para dirigirse a su primer cotillón. Caminaba por las calles del centro de Granada cuando un par de jóvenes exaltadas de su edad empezaron a gritarle desde una ventana próxima “¡tío bueno!” y de ahí para arriba. Él, nervioso y distraído, chocó contra una farola y se hizo una brecha en la frente.

En mi colegio cada año se celebraba (y se celebra, supongo) un torneo de fútbol del que participaban todas las clases de secundaria y bachillerato. La final de este era el gran evento de la fiesta de la escuela. Al partido asistían principalmente niñas con los nombres del guapito o chulito de turno pintados en ciertas partes de su cuerpo. Apoyaban a este o a otro jugador con gritos y cánticos tales como “¡Pepe, guapo!”, “Juanito, buenorrooo” y aún más “Paco, capullo, queremos un hijo tuyo”.

Y me pregunto: ¿Son estas mujeres unas cerdas por gritar barbaridades?, ¿son gallitas por “opinar libremente sobre nuestro aspecto físico”?, ¿son pulpas por palpar traseros? ¿son buitras, son búhas, son gorrionas?

Yo creo que no.

Si consideramos que todo hombre es un potencial acosador o violador, y toda mujer una posible víctima, el pacto por la igualdad está roto: lo rompen ustedes mismos al dividirnos en agresores y víctimas, en animales y mujeres. Lo único que van a conseguir por ese camino es desnaturalizar las relaciones entre mujeres y hombres y agrandar la brecha entre los dos géneros.

#NoSeasAnimal