like

Red social

Os confesaré algo. He redescubierto una vieja red social. Estoy tan enganchado. Me paso las noches conectado, experimentando con ella. Empecé con apenas tres seguidores, que eran amigos que decidieron unirse a la vez. Ahora, ya voy por la veintena. En esta comunidad debatimos de política, de fútbol, de cine, incluso de toros. También, cómo no, cotilleamos. No hay más etiquetas que las que penden de nuestras camisas de algodón o poliéster. El único filtro es el de las botellas destiladas, y el único hilo, el musical. No encontraréis ‘stories’, pero escucharéis estupendas historias. Aquí, los ‘likes’ no se expresan con un pulgar arriba o con un corazoncito; sino con una sonrisa, una caricia, una palmadita, un choque de manos o un beso. -Contacto y con tacto-. Y nuestro influencer tira cervezas. Anteanoche, tuve un ‘match’ con una chica, y le mandé un mensaje privado: “A rose is a rose is a rose”, escribí con bolígrafo azul en una servilleta. Pero lo mejor, lo adictivo, es lo libre que somos: nadie nos fiscaliza, ni se escandaliza porque conversemos en los márgenes de la corrección. Os animo a probarla. Se llama bar.

Tinder

Mi amigo I. se ha pasado Tinder: Se va a casar con su actual pareja, J., a la que conoció por la app de la llamita blanca. También, su anterior novia, le pescó por allí. Entre una y otra medió una semana. Si eso no es pasarse Tinder, que venga Sobera y lo vea. Obvia decir que I. tan confiado en las apps pide trabajo mediante DM en Instagram. Y, es que, por algo le decimos ‘El Animal’.

Un ejemplo más de fortuna tinderina, es el de A., otro buen amigo. A. contactó con la polaca más buenorra del orbe, que, por casualidad, pasaba el verano de ‘au pair’ en San Fernando. Una noche, se enamoraron, y ¡hala!, viajes de novios a París, a Polonia, a Portugal, a Marruecos… Pero A. se quedó en el nivel 38, ya que, aquello lo acabó por romper la distancia. No en vano, se le conoce como ‘El Monstruo’.

Tengo otros colegas, que se piensan que el Tinder es el Candy Crush, y los cabrones, antes de haber llegado a la nueva ciudad ya han gastado todos sus likes, ¡y te piden vidas!:

-Déjame probar desde el tuyo.

-Lo que faltaba, que suplantes mi identidad.

Mi experiencia en Tinder, como en el Super Mario, es penosa: no creo haber pasado del nivel dos. Me quedo en el puto cutre “Buenass!!, qué tal! =)” y ya no sé cómo seguir, cuando, en contadas ocasiones, me responden: “Bieen, y tú?”. No es lo mío, sinceramente: En una ocasión me crucé a mi prima, y de lo nervioso que me puse de pensar que me descubriera allí, deslicé el índice hacia la izquierda lo más rápido posible con la mala suerte de que pulsé ‘super like’.

Es curioso que nos dé pudor reconocer que usamos app de ligues, como Tinder. No escondo que cuando alguien ve en la pantalla de mi móvil el círculo con la llamita blanca, me pongo del color que la rodea. Y joder, ¡qué tío no ha usado nunca Tinder! Las chicas, en cambio, salvo para jugar, no creo que lo necesiten. Ya dije en otra ocasión que ellas lo tienen mucho más fácil para ligar: les basta ser y estar. El cortejo, por naturaleza y no por patriarcado (entonces la del pavo real y el ciervo, por ejemplo, serían sociedades machistas), casi siempre ha correspondido al macho.

Y, bueno, la mayoría de chicas que están en Tinder tienen alguna tara [me da a mí que esto no pasa la censura de la 3ª ola]. Valga el caso de otro colega, Q., que conquistó chateando a una gachí guapa, culta y cariñosa, y cuando quedaron en persona resulta que tenía una pupila hacia Sanlúcar y la otra hacia Cartagena. No pudo mirarla cara a cara en toda la cita, ¡y eso que era la primera!