Maestranza

El oro del Perú

Al niño de José Mari Manzanares le pasa lo que al de Santiago Amón, que son figuras en lo suyo sin alcanzar a padre. O eso hablan los que han vivido. Lo de Suárez Illana –ayer en La Maestranza – es más como lo del chico de Paquirri.

El alicantino Manzanares resucitó el domingo con guapura bailando un toro con apéndices blanquiazules como una libélula oronda.

Roquita, que es virrey de la República del Perú, tiende los puentes de sangre que volaron San Martín y O’Higgins. Se deja los alamares en el filo de las astas como ofreciendo el último oro del Perú, y se pasa la vida y el toro por la taleguilla. Morir para vivir: ¡resurrección! Y domingo. Sevilla y don Mario Vargas Llosa –paisano tuyo, Roquita, ¡y mío! – en el tendido. Y el Juli, ahí es poco, que le brinda el primero al Nobel. No habrá faena, Roquita, pero ya la tarde tiene su literatura; y la mañana ya la tuvo: que dicen que pregonó García Reyes de Puerta del Príncipe. Y que allí estaba en el coso Alberto, el escribidor de Sevilla, y a su verita Carlos Herrera, que comía pipas como le come audiencia a la Ser.

No sé qué tiene la Plaza, Roca, pero allí no van mujeres, allí va la flor de la eugenesia a verte: francesas, portuguesas y sevillanas como Esperanzas, Trianas y Macarenas. Vale, sí, también estaba Esperanza Aguirre

Yo tampoco sé en qué momento se jodió el Perú, Roquita, pero ten por seguro que contigo y Mario, tu bandera sangre y blanca (como tu vestido) que pendía ayer en la plaza marinera, también es la mía.

“Firme y feliz por la reunión”.

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