Movistar

La Resistencia

Cuando ganamos la Guerra en el 39… 

No, hombre, no. No quería ir por ahí porque luego en el 45 nos la devolvieron. 

El caso es que quiero hablar de Humor, porque le debo una grande a La Resistencia, a David Broncano y compañía (puto Grison), que tan buenas siestas me están haciendo pasar. Desde Induráin… 

Decía Spengler que un pelotón de soldados siempre acababa por salvar la civilización. A lo que Paco Arévalo añadía que “los enanitos tienen una pierna así en el medio”. Pero volviendo a Spengler, parafraseándolo, me atrevo a decir que es el humor lo que siempre acaba por salvar al mundo. Mientras haya un átomo de humor, resistiremos. 

Caigo en el topicazo, pero ya sabemos que detrás del tópico subyace cierta verdad, de que la mayor inteligencia se demuestra con el humor. No sería capaz de mantener una relación, salvo interés o sangre, con una persona sin sentido del humor. Me siento una persona altamente humorística, en el sentido que pienso constantemente en clave de humor. Hago mía la máxima de Julio Camba “no me tome ni demasiado en serio, ni demasiado en broma”. Pero tengo un problema, y es que ese humor desde el que percibo el mundo, y que continuamente produzco mentalmente, no sé expresarlo; no soy buen comunicador humorístico. Por eso, admiro tanto a esos genios que directamente te matan con un gesto. Mi amigo Evaristo Rivieccio, a priori es un tipo muy serio y callado, es un puto genio de la narración humorística. Con nadie me he reído más. 

El Humor, el bueno, no tiene por qué producirte la carcajada. Que también, de vez en cuando. Considero que el buen Humor es el que te deja, mientras dura, la sonrisa perenne de bobalicón, como cuando piensas en la chica que te gusta. En su presentación en la Cope hablaba, con acierto, Carlos Herrera de que “hay cada triste por ahí que te dan unas ganas horrorosas de llorar. También es verdad que hay tíos jocundos y señoras jocundas que creen que todo es un chiste. Y luego, otros muchos que saben guardar los equilibrios imprescindibles y necesarios”. Por eso cuando hablo de Humor no me refiero a ese espécimen ojediano tan frecuente por estas latitudes, ‘el grasioso’. Aquí abajo, lejos de la gracia fácil y gilipollas, tenemos dos maestros del humor, Yuyu y Selu. 

Anteayer, escuche al genial humorista Ingatius Farray, aka José Ignacio, citando a Bertrand Rusell en defensa de la libertad humorística, de la expansión de sus límites y del derecho a transgredir y errar. Venía a decir que hay determinadas profesiones a las que tácitamente se les concede el bulo o el privilegio de poder realizar ciertas acciones que serían reprobadas en cualquier otro ciudadano, como el cartero de Rusell, quien podía llamar a todos los telefonillos de los portales sin reprimenda o castigo a alguno.  

Porque el Humor, y especialmente este humor posmoderno (o millenial), que cultivamos y recibimos ahora, debe ser transgresor o no será. El programa de Movistar, (beso en la solapa) La Resistencia, cumple con creces el objetivo de la transgresión. Paradigma, punta de lanza, de este nuevo y magnífico humor que se está produciendo en nuestro país (LVM, Pantomima Full, Miguel Noguera…), el programa de Broncano, como acertadamente dijo un invitado, es diferente. Tiene un no sé qué, inexplicable, inefable, que te engancha y te devuelve la esperanza en la civilización spenglariana: que se salva gracias a un pelotón de humoristas. La Resistencia.  

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Alejandro

Ayer tarde leía en EPSemanal un reportaje sobre el mejor deportista español, sin complementos, Alejandro Valverde. Y el más infravalorado, casi un desconocido para quienes me estáis leyendo. El ‘Magno’, como le gusta llamarle a Jesús Abril Vela, de ser belga, podría disputarle la Corona a los Sajonia-Coburgo-Gotha (dinastía que reina en el país).

A mitad de la lectura la mente se me fue a Granada, al cortijo de la familia paterna, donde fui feliz los veranos de mi infancia. Allí pedaleaba el niño gordito, con la bici remendada, por el caminito de tierra que ascendía entre olivos, soñando que era Valverde, vestido de lunares rojos, esprintando y levantando las manos en la meta invisible que se dibujaba de tronco a tronco. Yo sería ciclista, porque si ganaba siempre a mis rivales imaginarios, siendo la imaginación lo más poderoso de la infancia, ¿cómo no hacerlo con los de hueso y piel?

Eran julios de Tour, piscina, primos y bicicleta. La plenitud. ¿Acaso no era aquello la dicha plena?

(…)

Con los primeros granos llegó el cuestionamiento, las dudas terrenales a despejar. El gordito crecía y se espigaba… centímetros y centímetros por encima de sus ídolos. Tampoco entrenaba el resto del año: sin bici de carreras, sin equipo, sin competición… Por primera vez la realidad empinaba el sueño.

Los avatares adolescentes acabaron por traicionar al niño. Desengañado quiso acercarse a su deporte primero por medio del INEF y, luego, de rebote, por el periodismo deportivo, allí donde dicen que vamos los deportistas frustrados.

(…)

Dos veranos escribiendo Deporte en el Diario bastaron para que el joven, herido por la realidad, desviara de nuevo su meta, convirtiéndose en el Judas del niño feliz que fue.

Qué lejos quedaba la bici. Arrumbada en el trastero. Aplastada por libros y otras cosas inútiles de mayores.

(…)

Pero al abrir la revista, y como el dinosaurio de Monterroso, allí seguía él. Más enjuto, sin pelo y con arrugas, con los huesos de la pierna puenteados por metales y el lumbar hendido por la sospecha envidiosa. Viejo. Pero con la ilusión en la mirada y la sonrisa limpia del que no se ha traicionado, y que, a pesar de todo, no me ha traicionado.