playa

Morir y resucitar en la playa

Esta mediodía salí a dar un paseo por la playa. Estuve al borde de la muerte. Siempre pensé que tendría un final cómico, pero no hasta tal punto, ni tan temprano. Por fortuna, sobreviví al percance (u odisea, según se mire) y puedo narrarlo.

Abandoné el hogar en torno a las 13 horas para pasear por la orilla de la playa, y despejarme, y de paso pensar en algún buen tema para escribir en mi abandonado blog. Ya de regreso de la caminata me reencontré una zona de la playa acotada por vallas -a la ida la esquivé por el Paseo Marítimo-, en la que no se permitía el acceso a nadie ajeno a la obra de rehabilitación (se trataba de mitigar un escalón arenoso originado por elementos climatológicos, con la añadidura de arena en la zona baja y retirada de la sobrante en la más alta) que se estaba realizando en la playa de La Victoria en Cádiz. Cuando llegué a este sector delimitado por barreras metálicas, pensé como es lógico en ponerme las chanclas y la camiseta, y continuar el camino por la acera. No lo hice así, ya que delante mía un señor de edad avanzada se precipitó a la zona vallada y siguió caminando por ella tan tranquilo. Yo seguí su ejemplo y me aventuré por la zona restringida sorteando la barrera con un sencillo quiebro de cadera emulando a Isco; total, como mucho me llamaría la atención un operario. Ignorante de mí.

Al poco de caminar por esta acotación del terreno orillado empecé a notar que cada vez era más dificultoso avanzar porque los pies se hundían en un terreno farragoso; fango provocado por la marea en ascenso que bañaba la ingente cantidad de arena añadida por la pala mecánica. Eran menos de 500 metros lo que me restaban para el final de la playa, y decidí seguir aunque me costase el avance. Pero llegó un momento en el que se hizo imposible progresar más; estaba con la arena por las rodillas. Lo curioso es que el liviano señor que me precedía había pasado por aquel terreno sin apenas dejar su huella en la arena, levitando. Ese tipo de persona que nunca les pasa nada. Con el fango ya en los muslos traté de seguir mi avance, no me quedaba otra, pero conforme pataleaba, más me hundía. Llegué a estar con la arena al cuello, literal: solo la cabeza fuera. Fueron diez segundos (para mí una vida) de agónica lucha por la pervivencia. Nadie alrededor a quién pedir ayuda. Iba a morir ahogado en la arena, sería portada del Diario de Cádiz…, ¡y saldría en los telediarios nacionales! (o no, alomejor me quedaba ahí abajo tres mil años, como los fenicios). El caso es que fecharía un precedente: ¡el primer ahogado en la orilla de la playa! Angustiado al máximo, hasta el punto de no poder articular palabra, se me ocurrió nadar bajo la arena -la cabeza seguía fuera- hacia la parte seca. Sacando fuerzas de flaqueza, logre liberar los brazos del manto arenoso y me agarré a la arena seca, me agarré a la vida. Poco a poco, con las manos en terreno firme, fui emergiendo de la arena, como un topo.

Ya con la vida asegurada, luché por salvaguardar mi orgullo: miré en derredor por ver si alguien había presenciado la escena; como cuando tropiezas por la calle y oteas en torno a ti deseando que nadie te haya visto. Comprobé que venía una pareja de mediana edad paseando en dirección opuesta a la mía; yo, altanero, como el que ha tenido un pequeño resbalón, sacudiéndome los codos con aire despreocupado (estaba de barro hasta las cejas), me crucé con ellos y les advertí de la existencia de <<un pequeño lodazal>>. Abandoné la playa como el héroe bélico que acaba de sobrevivir a una emboscada, me coloqué las embadurnadas chanclas y la camiseta, crucé la calle y entré en casa con el objetivo cumplido: ya sabía sobre qué iba a escribir en la nueva entrada del mi blog.

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