PSOE

8M: Pasacalles taurino

La quedada del machihembrado, que diría Umbral, era en hora taurina (18h), y el ‘meeting point‘ donde la antigua plaza de toros de Cádiz, cuyos paredones de sangre roja fueron demolidos en el ’76 por los estigmas que dejaron los fusiles franquistas. Desde entonces no ha visto Cádiz más torero que el de la chirigota, hasta que esta tarde hizo el paseíllo morado José Luis Ábalos, hijo del novillero ‘Carbonerito‘ antes que ministro en funciones. 

Marchaba Ábalos, con hechuras de banderillero gordo, casi a la cola de toro de esta suerte de pasacalles de chirigota larga con ribetes morados como de penitencia cuaresmal y santa y puta inquisición. Se dejaba ver Carbonerito jr, el pecho palomo, la chaqueta de tenor y el llavero del Cortijo asomando por el bolsillo del pantalón. Flanqueado por su cuadrilla en la que figuraba el alcaldable panzasanchista Fran González y el susánida Juan Cornejo. La estampa invitaba a que sonara Suspiros de España y a rematar la faena en Casa Manteca apurando un Tío Pepe y un papelón de chicharrones de Chiclana. 

Pero la realidad era bien distinta y disonante: al paseíllo sociata lo acompañaban las voces agudas del gineceo hormonal con el popurrí acostumbrado: que si “mi coño”, que si “el patriarcado”, que si “el capital criminal”, etc. Si Heliodoro Ábalos, paz descanse, levantara la cabeza. 

En fin, que había manifa más allá del fomentador, y ésta al girar el coso taurino y enfilar la Avenida comenzó a estirarse y formarse en abanicos, como un pelotón ciclista en persecución: por el ritmo de batucada con apretón o de procesión con cielo negro pareciera que encabezaran el grupo los Sky de Thomas y Froome. No me sorprendió ver por allí, entre banderas guerrepublicanas, juventudes comunistas (sumo oxímoron), pezoneras y ombligos morados al sobrio concejal de Ciudadanos, JMPD, como una más haciendo el lila: pintaditos los cachetes con el símbolo de la mujer. Y digo que no me chocó porque en tiempo de elecciones… 

Pero como uno es cronista de los márgenes, como un Jesús Quintero sin teatro, fui a pescar en el caladero último, a ese fin de fiesta que los Locales tienen que ir azuzando con varas como pastores a mulillas. Y, ¡oh!, bendito regalo de la simbología: tras una cutrepancarta de ‘Podemos Cádiz’, quince, literalmente quince, viejos rockeros comunistas, una concejala kichista con megafonía y un Histórico profesor de la UCA que unta la manteca en pan en clave marxista. Olor a vinazo reseco al sol y a naftaleno. “Por el barrio de La Viña quiso el destino que se encontraran/ la peñita de Fidel Chano y la peñita del Chele Vara./ Y salió sin querer esta revolución”. 

 

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De la moral no se come

 
Me alarma la poca o nula reflexión que he observado en mi entorno, incluyo el mediático, respecto al terrible dilema –pan o paz- que supone la venta de instrumentos de guerra a Arabia Saudí. Pareciera que para ellos la colusión no existe, ni merece siquiera el mínimo debate moral, interno o externo. “Con el pan no se juega, y punto”, parecen decir.
 
Lo que más he captado han sido voces de crítica feroz al Gobierno por hacer tambalear unos negocios que supuestamente ya estaban cerrados. “Ineptos”, “populistas”, “ignorantes”, y otros ‘piropos’ irreproducibles -y no por ello desacertados-. Lo más parecido a un cuestionamiento moral que he llegado a escuchar por boca de alguien cercano ha sido una justificación vana: “No seamos tontos: si no se lo vendemos nosotros, ya lo hará otro.” Un ‘argumento’ cínico que se puede homologar con el del cantinero del viejo oeste: quien, ante la entrada en su cantina del vaquero, parroquiano y amigo, del que se pide la cabeza, bajo cuantiosa recompensa, decide sacar el revólver y descerrajarlo. Luego se justifica: “Total, para que lo mate otro, me llevo yo la plata”.
 
Puedo entender, incluso justificar, la falta de reflexión, de debate moral, de un trabajador de los Astilleros que, como el peón, no puede ver más allá de su casilla en este tablero de ajedrez geoestratégico, en el que es la mano invisible del Dinero y el Poder la que dispone las piezas para salvaguardar los intereses del Rey. Si este peón tiene que comerse al de enfrente para que coman sus hijos, lo hará sin duda ni remordimiento, y puede que con desconocimiento. Al trabajador, lógicamente, le importa engordar a sus hijos, no engordar su moral, que esta no da de comer. Para él, lo inmoral sería ver la olla de su casa vacía o a su familia en la cola del comedor social.
 
El único discurso sincero y valiente que he escuchado al respecto ha sido, sin que sirva de precedente, el del alcalde de Cádiz, Kichi, quien, en un brete ideológico, ha dicho lo único que podía decir: y, es que no le quedaba otra si no quería cavar su tumba política, y no solo política, en Cádiz. El regidor, ante la disyuntiva pan para los suyos, paz para los otros, elige la primera, pero se justifica y admite el dilema que le supone y la contradicción con la que tiene que cabalgar. No sabemos si en un ejercicio sincero, o de postureo ante su militancia más ideologizada -los estudiantes de Políticas y el tuiteriado- reconoce lo que le cuesta tomar esta posición, que enfrenta dos de los pilares fundamentales de la izquierda: el obrerismo y el pacifismo. Pero prima, y creo que justamente, el “derecho a que suene el pito de la olla”.
 
Lo dicho, la moral no engorda. Y nuestra sociedad está a dieta.
(*Fotografía tomada de Radio Cádiz).

CARMEN CALVO Y LA RAE

“En el papel que leían en la mesa solo ponía consejo de ministros. Pero la vicepresidenta pensó que eso no podía ser, […] e improvisó sobre la marcha ‘Ministras y ministros’. Fue una sorpresa para todos, incluido Sánchez. Los demás luego se habrían ido sumando espontáneamente a la idea”, relata Iñigo Domínguez en El País. 

Ante la avalancha de dudas sobre la formulación de la vicepresidenta Carmen Calvo, la RAE, rauda, se pronunció vía Twitter: “La fórmula ‘Consejo de Ministras y Ministros’ es gramaticalmente aceptable si se desea evidenciar la presencia significativamente mayoritaria de mujeres en el nuevo Gobierno.” Y también: “En ‘Consejo de Ministros’ se usa el masculino con valor genérico, en referencia a un colectivo formado por mujeres y hombres”. A lo que añado el recordatorio de que una de las características fundamentales del lenguaje es la concisión. Y la también ministra de Igualdad, para más inri, es andaluza (egabrense, no cabrona), donde más se economiza el castellano: Recuerden al popular youtuber Amerizano: “Ancabuela”. 

Es obvio, que dijera lo que dijese la Real Academia, la vicepresidenta Calvo podría jurar, dentro de un margen de respeto a la Constitución, como le saliera de sus ministrables. La RAE, la sacrosanta Academia, no es dueña de nuestra rica lengua: es una simple entidad prescriptora. 

Otra cosa es la eficacia de la fórmula acuñada por la vicepresidenta socialista. ¿Acaso la señora Calvo no se dio cuenta de que el mensaje feminista estaba implícito en la potente imagen –¡11 ministras y 6 ministros!- que abriría las portadas de todos los diarios del país? ¿No fue consciente de que con su redundancia ponía en evidencia la capacidad y fortaleza de la mujer, que no necesita de estos artilugios verbales ni de cuotas que justifiquen su posición? Por cierto, una paridad inexistente, como explicaba Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz: “pero la paridad, si es impar, deja de ser paridad. Y eso es lo que pasa en su gobierno [de Sánchez] con más mujeres que hombres, y todos estamos tan contentos”. 

No recuerdo haber leído o escuchado, en estos días, alguna crítica a la capacidad de estas once ministras para ocupar sus puestos de responsabilidad. Nadie ha señalado a ninguna con el dedo y le ha dicho que si está ahí es por la cuota de género. En cambio, sí he apreciado muchas críticas a dos de los ministros varones, Màxim Huerta (Cultura y Deporte) y Grande-Marlaska (Interior). Casualmente ambos homosexuales: 

Al bueno de Huerta le han llovida críticas de todos los colores prejuzgando su incompetencia, y aún ni si quiera había jurado el cargo. El caso de Grande-Marlaska, por su extensa, relevante y controvertida trayectoria como magistrado, merecería un capítulo aparte: aunque en pocas palabras, puedo adelantar que las feroces críticas procedentes del machismo-leninismo por su supuesta cercanía al PP y su también supuesta ideología conservadora son la cáscara de nuez en la que esconden su verdadero desprecio al capitalismo homosexual. 

Vicepresidenta, no era cuestión de ministras y ministros, sino de ministros y ministros. 

Sumisión

No se debe pasar por alto el gesto simbólico de Pedro Sánchez, cuando en su toma de posesión como presidente del Gobierno, juró el cargo únicamente ante la Constitución Española, ausentes, en la mesa de ceremonias, la cruz y la Biblia, por primera vez en democracia. El mensaje que lanza el nuevo presidente es de coherencia y de resignación. Coherencia por el respeto a la aconfesionalidad del Estado, y resignación por el reconocimiento implícito de la muerte del catolicismo.  

En su última novela, ‘Sumisión’, el intelectual francés Michael Houllebecq, dibuja una distopía en la cual la socialdemocracia francesa pacta con un partido musulmán para hacerse con la presidencia de la República, derrotando en la segunda vuelta al Frente Nacional de Marine Le Pen. Con la formación islámica gestionando lo público se van estrechando las libertades en Francia hasta que el protagonista de la novela se encuentra en la dicotomía de someterse o huir. 

Decía el genial G.K. Chesterton, que “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa.” Y España, como gritó Sánchez el pasado sábado, ya no es creyente.  

Pero la demografía apunta a que España, inexorablemente: al igual que el resto de estados europeos, volverá a ser creyente: eso sí, cambien el dios cristiano por el dios musulmán. Y, a los datos me remito: En Francia un 9% de la población ya es musulmana, en Bélgica un 7% (¡un 26% en Bruselas!), en Alemania e Inglaterra alcanza el 6%, por un 5% en Italia y un 3%, todavía, en España. Según el Pew Research Center, Europa puede ser el primer continente musulmán en torno a 2050 con más de 75 millones de devotos de Alá.  

Con el gesto de Sánchez, se estrena oficialmente ese tiempo de transición entre dos religiones, en el que “se cree en cualquier cosa”. Y, me parece magnífico que se crea en lo que se quiera, como si es en nada. El problema reside en lo efímero de este “estado de libertad de las cosas”. Si mañana, Pérez-Reverte o Arcadi Espada, por ejemplo, publicasen una novela distópica, en la que un tal Pablo Mezquitas jura, por Alá, el cargo de presidente de la República Española ante el Corán, y junto a él su primera dama Irina Montera luciendo un negro burka, no errarían demasiado los escritores.