relato

Con cariño y malafollá

No elegí mi nombre, tampoco mi equipo; otros decidieron por mí: y digo yo que al menos podrían haber tenido la deferencia de consultarme. Mi abuelo se llamaba Manolo, mi padre se llama Manolo y yo me llamo Manolo; mi abuelo era del Granada, mi padre es del Granada… y a mí no me quedó otra. No era quién para romper la cadena familiar. Tampoco mi hijo la romperá, aunque estoy pensando seriamente en ponerle un nombre moderno: Jonatán de Messi o Cristiano Ronaldo de Jesús, o algo por el estilo.

El mayor hito granadinista familiar lo fechó mi abuelo, concretamente el 21 de junio de 1959, cuando presenció en las gradas del Bernabéu la final de la Copa del Generalísimo, cara al sol y con la camisa nueva, entre el Granada Club de Fútbol y el Fútbol Club Barcelona. Fue un día histórico para el Granada: perdimos cuatro a uno.

El otro gran hito del granadinismo familiar lo viví yo, bueno, mi bufanda (que tiene su historia que luego contaré). El caso es que mi bufanda estuvo presente en el Estadio Martínez Valero de Elche cuando ascendimos a Primera, en 2011, treintaicinco años después. (¡Oh, Ighalo!) No pude conseguir una entrada, así que a las siete de la mañana del día del partido me colé en la fila de autobuses que partían desde Los Cármenes hasta Elche, y allí, sutilmente, tras saludar a mi amigo Jesús, un afortunado con entrada, le abrí un poco la cremallera de la mochila y se la introduje, la bufanda. Al rato, con Jesús en el bus, le mandé un sms letal que decía: “Mi bufanda va en los bajos del autobús dentro de tu mochila: no la toques hasta llegar a Elche. Que entre en el estadio y que ascienda. ¿Entendido?”. No le quedó otra, sabía con quién jugaba: estaba ante el clan familiar de los Manolos.

Hoy, miro mi bufanda, con un bonito grabado que representa una cenefa nazarí, colgada en la pared de mi cuarto y me subo a la cama y acerco mi nariz hasta que aspiro su olor, aún huele a ascenso y a palmera. Y un poco a mierdecilla acumulada, pero es que no quiero lavarla, no vaya a ser que pierda sus atributos totémicos.

Mi padre tuvo la fortuna de coincidirle la infancia consciente, cuando más intensamente se vive el fútbol y todo, con el Gran Granada, el de las ocho temporadas seguidas en Primera, el que quedó dos veces sexto en la clasificación, el que tuvo un pichichi llamado Porta, mañico, el de los oriundos en la defensa de hierro: Aguirre Suárez (que yo siempre pensé que eran dos), Montero Castillo y Fernández. ¡Échense a temblar! Estos oriundos eran suramericanos a los que por su supuesta ascendencia española les estaba permitido jugar la Liga. Llegaban a la madre patria con ganas de partir más de un tobillo y alguna ceja de españolito tibio o de estrellita europea. Que se lo pregunten a Amancio.

Por aquel entonces, en la niñez de mi padre, el Granada jugaba aún en el (antiguo) campo de Los Cármenes, hoy día una gran plaza rodeada de modernos edificios. Este estadio, tenía de mítico su colindancia con la cárcel: cuentan que los presos trepaban las rejas del patio para ver los goles de Porta y las paradas de Ñito. Aunque sospecho que esta historia está aderezada por mi padre. En fin, un estadio de hombres: en pie, con chaqueta gris, con cigarro y con sombrero. El sueño de mi padre con el Granada se rompió en el año ’76 con el “mítico”, el “gran” Miguel Muñoz, ex del Real Madrid y de la Selección, en el banquillo: nos fuimos a Segunda, y ya no volvimos a la élite hasta 2011.

Hasta aquí los vagos recuerdos prestados por Manolo y por Manolo; ahora déjenme que tire de memoria propia, la de Manolo, para narrarles mi relación sentimental con el Granada.

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Antología de la mentira (en construcción)

Poema* 1: Los hechos 

Bajo el subtítulo se leía: 

“Era un matrimonio de mediana edad. Ella era ama de casa y soñadora. Él era médico. Era la hora de comer, y estaban en la sala de estar junto a la chimenea.” 

Ese fue el relato que ofrecieron los diarios. 

Él no es médico, sino un celador jubilado. No es de mediana edad, tiene 68 años. No era la hora de comer, era medianoche. No estaba en la sala de estar, sino en la terraza: por lo que tampoco había chimenea.  

Ella no existe.  

Está soltero. 

Vive solo. 

 

Poema 2: Mátrix mediático 

Le pidieron que escribiese un relato distópico. Mas no le hizo falta recurrir a su imaginación. Le bastó con sacar de su mochila el diario del día y empezar a pasar las páginas ante los presentes: 

Referéndum ilegal: Editorial contundente: con sus mossos, su Fiscalía, sus patriotas, sus rufianes, sus anarquistas y su olé que viva la Guardia Civil. 

Elecciones alemanas. 

Caminata del presidente por Washington. 

Victoria del Real Madrid y derrota del Atleti. 

Boda del torero con la farandulera. 

Televisión y 

tiempo soleado. 

El escribiente cerró el periódico y preguntó al auditorio: ¿Ven ustedes suicidios por alguna parte? Pues yo, tampoco. 

 

(*) Estos escritos no son poemas, pero puestos a mentir. 

Morir y resucitar en la playa

Esta mediodía salí a dar un paseo por la playa. Estuve al borde de la muerte. Siempre pensé que tendría un final cómico, pero no hasta tal punto, ni tan temprano. Por fortuna, sobreviví al percance (u odisea, según se mire) y puedo narrarlo.

Abandoné el hogar en torno a las 13 horas para pasear por la orilla de la playa, y despejarme, y de paso pensar en algún buen tema para escribir en mi abandonado blog. Ya de regreso de la caminata me reencontré una zona de la playa acotada por vallas -a la ida la esquivé por el Paseo Marítimo-, en la que no se permitía el acceso a nadie ajeno a la obra de rehabilitación (se trataba de mitigar un escalón arenoso originado por elementos climatológicos, con la añadidura de arena en la zona baja y retirada de la sobrante en la más alta) que se estaba realizando en la playa de La Victoria en Cádiz. Cuando llegué a este sector delimitado por barreras metálicas, pensé como es lógico en ponerme las chanclas y la camiseta, y continuar el camino por la acera. No lo hice así, ya que delante mía un señor de edad avanzada se precipitó a la zona vallada y siguió caminando por ella tan tranquilo. Yo seguí su ejemplo y me aventuré por la zona restringida sorteando la barrera con un sencillo quiebro de cadera emulando a Isco; total, como mucho me llamaría la atención un operario. Ignorante de mí.

Al poco de caminar por esta acotación del terreno orillado empecé a notar que cada vez era más dificultoso avanzar porque los pies se hundían en un terreno farragoso; fango provocado por la marea en ascenso que bañaba la ingente cantidad de arena añadida por la pala mecánica. Eran menos de 500 metros lo que me restaban para el final de la playa, y decidí seguir aunque me costase el avance. Pero llegó un momento en el que se hizo imposible progresar más; estaba con la arena por las rodillas. Lo curioso es que el liviano señor que me precedía había pasado por aquel terreno sin apenas dejar su huella en la arena, levitando. Ese tipo de persona que nunca les pasa nada. Con el fango ya en los muslos traté de seguir mi avance, no me quedaba otra, pero conforme pataleaba, más me hundía. Llegué a estar con la arena al cuello, literal: solo la cabeza fuera. Fueron diez segundos (para mí una vida) de agónica lucha por la pervivencia. Nadie alrededor a quién pedir ayuda. Iba a morir ahogado en la arena, sería portada del Diario de Cádiz…, ¡y saldría en los telediarios nacionales! (o no, alomejor me quedaba ahí abajo tres mil años, como los fenicios). El caso es que fecharía un precedente: ¡el primer ahogado en la orilla de la playa! Angustiado al máximo, hasta el punto de no poder articular palabra, se me ocurrió nadar bajo la arena -la cabeza seguía fuera- hacia la parte seca. Sacando fuerzas de flaqueza, logre liberar los brazos del manto arenoso y me agarré a la arena seca, me agarré a la vida. Poco a poco, con las manos en terreno firme, fui emergiendo de la arena, como un topo.

Ya con la vida asegurada, luché por salvaguardar mi orgullo: miré en derredor por ver si alguien había presenciado la escena; como cuando tropiezas por la calle y oteas en torno a ti deseando que nadie te haya visto. Comprobé que venía una pareja de mediana edad paseando en dirección opuesta a la mía; yo, altanero, como el que ha tenido un pequeño resbalón, sacudiéndome los codos con aire despreocupado (estaba de barro hasta las cejas), me crucé con ellos y les advertí de la existencia de <<un pequeño lodazal>>. Abandoné la playa como el héroe bélico que acaba de sobrevivir a una emboscada, me coloqué las embadurnadas chanclas y la camiseta, crucé la calle y entré en casa con el objetivo cumplido: ya sabía sobre qué iba a escribir en la nueva entrada del mi blog.