Sevilla

Borgianismo romano

En su tercera y desconocida epístola a los corintios San Pablo refirió de manera profética el hito trascendental (perdonen la redundancia) que acaecería al poco de llegar el tercer milenio contando desde el descenso de Dios hecho carne en Jesús de Nazaret. El texto, en un hebreo primario no daba más pistas que el marco espacio-tiempo: el cuándo ya lo saben, el dónde, en el suroeste de la tierra que será relacionada con la piel del bóvido.

Este texto oculto por los saberes occidentales llegó por azar a manos de Henrique Salazar Solomao, caudillo de las huestes mercenarias del cantón del Alentejo portugués. El bárbaro mas erudito Salazar en su llegada al nuevo mundo en 1564 hizo reproducir la escena que Pablo de Tarso relataba en su carta: Las rodillas sobre el lodazal del húmedo trópico brasileiro, el torso desnudo sobre la piedra verdeada por el musgo y la humedad, los brazos en cruz y el peso muerto cadera arriba apoyado en la roca; la deposición a sus pies: Huacatlayan Azqlyetat, Rey y Dios de la extinta y exigua tribu de los Kayatezlalascanes (hoy apenas se conservan dos referencias a esta en pergaminos ilegibles en el museo indígena de la otrora rica cauchera ciudad de Manaus) recibía el peso inmisericorde del acero barnizado en plata sobre su yugular. Antes de morir, su cabeza, independiente de su cuerpo, pronunció/bufó unos sonidos a los que precariamente se le podría llamar palabras de un idioma que no entiende de letras ni símbolos.

Al este de la selva negra germana, en una cabañita hecha de uralita, cañas y otros vegetales, vivía su retiro allá por 1868 Edward Studdentlon, filósofo y teólogo inglés afincado en Alemania desde su adolescencia. Sir Edward, afamado investigador de los Escritos “no escritos” del Sagrado Libro, topó con el relato de la reproducción fidedigna del cruento Salazar en una suerte de crónica ficcionada de un viejo y descatalogado libro de aventuras amazónicas con el que se hizo en un mercadillo de un barrio popular de Liverpool en uno de sus retornos a su patria de cuna e infante.

Este hecho o relato tuvo en vela forzosa al filósofo durante seis lunas, llegando al séptimo sol a la conclusión de que el relato era cierto y con la revelación (que le llenaba de euforia y terror) de que en un monasterio calvinista de una pequeña ciudad austrohúngara se encontraba conservado bajo la piedra el manuscrito original del texto epistolar de San Pablo. Guiado por el instinto, cual bodeguero, se hizo en cuatro jornadas con el original tras no pocas intimidaciones, peticiones y amenazas: su sorpresa al leer el texto fue que no estaba escrito en hebreo, si no en un latín heterodoxo y avanzado que parecía una suerte de texto genesíaco del castellano. La epístola, reveladora de un futuro lejano que había de cumplirse, tras la precaria narración del hecho que estamos bordeando y que Salazar emuló fiel y cruentamente, dejaba un nombre, un título y una fecha –que paso a reproducir traducidos- que hubo que mirar con lupa, ya que la caligrafía era minúscula: “Señor de la Torre de Juan Abad, Vida de San Pablo, 1644”.

No era otro sino el bronce de Francisco de Quevedo el que, como en un espejo, en su capítulo noveno de su obra, había dibujado con precisión el encuentro futuro de San Pablo con Studdentlon y Salazar en 2013 bajo el calor de abril de la ciudad del río que no es río y la devoción que no es abstracta sino concreta y de madera y oro. El filósofo inglés sufrió un deceso instantáneo por la debilidad de su corazón que no soportó tal hallazgo.

Ese día que precisamente había esculpido con su limpio bronce Francisco de Quevedo llegó, y ese encuentro no se produjo, al menos a ojos de nosotros, los mortales. Pero curiosamente, en un bar de la Calle Góngora de Madrid, leyendo la prensa diaria nacional, en la página treintaisiete topé con una relación periodistico-literaria (más bien literaria, porque se trataba de un hecho absolutamente intrascendente, que solo podía justificarse por el estilo y la ficción) de unos hechos que tuvieron ocasión (así lo afirma el autor) dos lunas antes en la ciudad de Hispalis, a la orilla izquierda de la dársena del río Betis.

El titular decía así, “Una deposición ‘sonámbula’ tras una noche de juerga en la feria de Sevilla”. Y seguía: “El joven E.R.V. de 23 años tras cometer un exceso gastronómico en la feria de Abril sufrió un episodio de sonambulismo con cagalera. Su amigo M.L.S, presente en la habitación del protagonista relata que a las 8 de la mañana se encontró a los pies de su cama supletoria una ‘moñiga que no pone ni una vaca asturiana’… luego hace referencia a la posición en que se encontró a su amigo, “‘estaba de rodillas, las rodillas en el suelo, el torso apoyado, peso muerto sobre la cama, los brazos en cruz y la camisa fuera, los pantalones del pijama hasta arriba de mierda. Un reguero de caca llegaba hasta la cocina’…”.

La lectura completa del relato, que omitiré por pudor y por guardar cierto misterio, revela tres coincidencias rotundas con lo escrito por Pablo a los corintios y por lo emulado por Salazar con Huacatlayan Azqlyetat: el cuerpo que yace a medias sobre una superficie elevada, la deposición, los brazos en cruz y las rodillas hincadas (a lo que se le suma el estado de seudoinconsciencia, guareciéndose en un umbral entre la ficción y la vida, tanto del Rey indio como del joven E.R.V. como de Jesús de Nazaret antes de expirar).

A ojos de la realidad, el inexorable destino (perdonen otra vez la redundancia) que trazó Francisco de Quevedo en el capítulo IX de la Vida de San Pablo, no se cumplió, no se produjo ese encuentro que hubiera trascendido las leyes de este mundo, el concepto preconcebido de espacio tiempo, esa confluencia que hubiera dibujado otra dimensión -como en la Baja Edad Media se dibujo/creó la perspectiva-. No se produjo ese encuentro en la realidad, tampoco en la ficción se quiere contar esta historia de espejos que no es más que carne de la seudorealidad, de la ficción entendida como realidad, de la realidad entendida como ficción, de ese umbral inexistente, de ese arcoíris monocolor que dibujó Julio Cortázar. Yo, quiero creer que E.R.V. es Studdentlon, y este a su vez fue Quevedo, y que Quevedo no es más que el desdoblamiento de Azqlyetat (coetáneo suyo), y este no es otra cosa que el reflejo de su verdugo suicidado Salazar, a su vez siendo este la repetición, la reencarnación, la metempsicosis taoísta del Apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso.

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